Inhibidores, multiculturales e identidades
Paella con un día de retraso, por el que pido disculpas. Ayer, jueves, tuve un día abarrotado y hoy, viernes, voy camino de Madrid para participar mañana en la asamblea anual de la Asociación de Internautas, una asamblea que será movidita, a la vista de cómo están los frentes de batalla, con la $GAE pleiteando como posesa contra todo bicho viviente mientras intenta una ingente tarea de lobbyng (antes decíamos «de zapa») para que la LISI se ponga la Constitución por montera, con el 902 de las telecos metido ya en vía judicial, con las campañas de seguridad en la red en alza, y con montones de cosas más. Va a ser un día intenso.
Pero, bien, en todo caso ya hablaremos de todo ello porque la paella va de otra cosa, así que abróchense los cinturones, que vamos allá…
——————–
Nuevamente, la tozudez de los hechos deja con el culo al aire a la marrullería de los políticos que parecen, todos ellos, incapaz de concatenar dos verdades seguidas. El timo al ciudadano como juego de sociedad de palacio.
Lo triste es que esta vez el trasfondo es el de nuestros seis chavales muertos en Líbano. Ya hablé de este tema, pero ahora ha salido el tema del inhibidor de frecuencias. Ahora todo el mundo parece saber de inhibidores de frecuencias como si los hubiera habido toda la vida. Yo, a lo sumo, había oído hablar de ese chisme como utilizado en lugares donde es imprescindible que los teléfonos móviles se estén calladitos a base de privarles de cobertura. Bien, en todo caso, el aparato en cuestión -que parece complejo y costoso- se utiliza militarmente porque de la misma manera que neutraliza un teléfono móvil inutiliza también el mando a distancia que detona una mina.
El caso es que la aplicación militar del chisme no es barata (parece ser que cuesta más de 20.000 euros por vehículo) y que tiene indeseables efectos secundarios sobre algunos sistemas que podrían equipar al propio vehículo. Sin embargo, los BMR no parace que tengan, en general, sistemas que pudieran verse afectados por el inhibidor (que sí tiene, en cambio, un carro de combate como el «Leopard») y algunos de estos vehículos ya han sido equipados… para prestar servicio en Afganistán.
Bueno, es cierto que el de Afganistán es un conflicto duro donde todo puede pasar y, por tanto, toda tecnología es poca; pero no sé qué hizo pensar a no sé quién que lo del Líbano iba a ser un veraneo y que algo como lo que pasó no iba a pasar. Por otra parte, 20.000 euros -una fortuna para un trabajadorcito de a pie- son una minucia imperceptible en el inmenso mar de los presupuestos de Defensa (o de Industria, cuando se utiliza a este ministerio para la ingeniería presupuestaria que camufla gastos militares que nunca son gratos al ciudadano). Cien inhibidores son un par de millones de euros y con eso no tiene, por ejemplo, Reyna, ni para las vitolas de los puros, así que parece que no se entiende tanta cicatería para equipar a nuestros soldados con un sistema que estoy por jugarme algo serio (y seguro que no lo perdería) que equipa al coche de Zapatero.
Otro día habré de hablar de los rifirrafes que hay en el ministerio de Defensa y en estados mayores diversos alrededor del material, materia en la que, según leo con harta frecuencia, se juega bastante sucio.
Naturalmente, la oposición ha atacado con los inhibidores y a Rajoy se le han ido palabras casi gruesas con el tema (como si los inhibidores fueran un invento tan reciente que el PP no hubiera podido equipar con él a nuestras Fuerzas Armadas cuando estuvo en el poder). Si no hay entrega de Navarra a ETA y ésta no pone bombas que permita a la perrera ponerse como loca, lo de los inhibidores ya sirve.
En consecuencia, el ministro de la cosa empieza a balbucear tonterías y un día que sí, al siguiente que no, que bueno, que ya mandamos inhibidores al Líbano pero que conste que allí no los lleva nadie y los italianos que responden que «nadie» lo será tu tía, que nuestros bambini llevan inhibidores hasta en la cremallera de la bragueta.
Mientras tanto, en paralelo, los forenses le han dicho al juez Marlaska que, ahora que ya ha salido en la foto, ya puede permitir que incineren los cadáveres de los chavales, que ya han hecho todas las autopsias que tenían que hacer y han tomado todas las muestras que tenían que tomar y que, a no ser que vayan el Trashorras y el Jomeini Losantos a liar la cosa de si churras o si merinas, de si dinamita o si bicarbonato sódico, todo está perfectamente definido, caracterizado y almacenado por si hacen falta segundas, terceras y enésimas pruebas y sexagésimos informes por si hay más jueces que quieran salir en los papeles.
Y los ciudadanos, como siempre, contemplamos este espectáculo surrealista oyendo los sollozos de dolor de seis familias que pueden llegar a entender que sus hijos fueran allí (y ya es mérito de entendimiento), que los mataran de un bombazo (aunque Zap I «El Anodino» siga con la cagarela de «misión de paz» y las medallitas las dé de amarillo limón, aquello es una zona de guerra y los chicos murieron en un acto de guerra), pero no que se monte con ellos el espectáculo subsiguiente.
Lo de los inhibidores puede ser una cagada, una más, la enésima. Pero por más que la perrera se ponga histérica, esto no es como lo del «Yak», ni mucho menos.
No obstante lo cual, constituye también una mierda así de grande…
——————–
Se ve que desde hace ya tiempo hay problemas en el barrio barcelonés de Ciutat Meridiana; problemas de inseguridad causados por bandas. Esto de las bandas es una de las gracias de la multiculturalidad que tanto gusta a los del buen rollito y que ya ha dado bastante trabajo a la policía, a los jueces, a los funcionarios de prisiones, a los médicos forenses y a los servicios de pompas fúnebres; no obstante tanta dinámica cultural y económica, parece que al vecindario le da por lo xenófobo y se queja. En vez de disfrutar del colorido de los atuendos y de la simbología que lucen los chicos, de la belleza del diseño de las navajas, katanas y bates de béisbol que ventean los angelitos, y de ese rico lenguaje que llama «huevón» a cualquier pacífico ciudadano mientras se toma una cervecita, los vecinos se quejan. Muy mal. Así no hay quien integre a la gente, coño…
El caso es que los vecinos pedían mayor presencia policial y, sobre todo, que esa presencia fuera en forma de patrullas a pie, dado que las apariciones automovilísticas son, por definición, fugaces y no consiguen disuadir a los muchachos de su peculiar manifestación folklórico-cultural sino, únicamente, suspenderla de forma momentánea y, por lo demás, breve. Naturalmente, los vecinos no fueron escuchados, no faltaría más, hay que joderse, los muy fachas…
Bueno, pues resulta que la noche de San Juan -en puridad, su víspera: la verbena, para entendernos- los de las bandas ensayaron un número nuevo para alegría del vecindario: primero mandaron a dos gachupines en plan descubierta; los tales mozos se ciscaron en lo que les dio la gana y rasgaron no sé cuántas banderas -casual y exclusivamente españolas-, lo que provocó una muy censurable reacción vecinal ante una espectáculo folklórico de tan refinado nivel, consistente en echarlos de allí a puntapiés; pero entonces surgió el grueso del pelotón, que esperaba agazapado, y, seguidamente, el cabaret hispano-ultramarino procedió a la apoteosis final del reparto de leña dejando multitud de contusionados y unos cuantos heridos de arma blanca de diversa y no pequeña consideración. Total, chiquilladas, hombre, cosas que causan más risa que daño.
Increíblemente, los vecinos se han cabreado, a falta de algo mejor que hacer, y un par de días de esta semana han cortado la Meridiana (una de las principales arterias de acceso a la ciudad) y han causado embotellamientos gordos, de dos y más horas, anunciando, además, los muy intolerantes, que no pararían hasta que se les atendiera. En resumidas cuentas, la autoridad antes llamada «gubernativa» y ahora no sé cómo, pero, en fin, ya se entiende, ha prometido a los vecinos que habrá vigilancia, que les den siquiera dos semanas de cuartelillo para arreglar la cuestión y, sobre todo, que no se entreguen a la venganza fiera sobre los multiculturales, no vaya la cosa a acabar saliendo en la COPE, que esos tienen muy mala leche y enseguida le hacen creer al personal que Barcelona es como Alabama.
Fin del tonito cachondo. Ahora completamente en serio.
Manda mil millones de pares de cojones que para que a un ciudadano le atiendan sus justas reivindicaciones, más aún, que le presten unos servicios públicos de calidad por los que paga unos gravosísimos impuestos, más aún, que velen por su más básica integridad física, tenga que echarse a la Meridiana y cortar el tráfico.
Es absolutamente intolerable y encabronante que la más justa solicitud de protección de los más esenciales derechos se vea ninguneada por un montón de pringados que no sé para qué coño creen que se les paga el nada menguado sueldo que no se ganan.
Es irritante hasta la apoplejía, que por más que todas las encuestas del universo les digan que los ciudadanos estamos hartos de sus mierdas, de sus querellas, de sus gilipollescas rencillas de partido, de su sucio pasteleo de reparto de poder, de sus estúpidos estatutos que no sirven sino para enredar aún más lo que solito ya está bastante liado, de que lo que queremos los ciudadanos es que se preste atención a nuestros problemas reales y sustanciales, estos tíos pasen del mambo y sigan con sus porquerías sin novedad, señora baronesa.
Quosque tandem? ¿Hasta dónde habremos de llegar en la reivindicación no de grandes metas políticas, como hace treinta años, sino en la mucho más simple y humilde de que podamos llevar una vida cotidiana -ya de por sí difícil- sin estar al albur de que cualquier imbécil, con total impunidad, nos sacuda con un bate o nos corte una oreja con una katana, de que cualquier otro imbécil nos tire de la cartera o del bolso así, por la cara, de que las empresas nos esquilmen, o de que los servicios que se nos deben (tanto públicos como privados) no se presten y, encima, no pase nada?
¿Qué creen que puede pasar aquí el día que nuestra paciencia se agote?
——————–
Anoche intenté seguir en la 2 una interesante entrevista de Joan Tapia (director que fue otrora de «La Vanguardia») a Josep Piqué, el lider nada indiscutible del PP catalán. No pude: estaba hecho polvo y no aguanté más que unos pocos minutos.
La figura de Piqué me parece interesante por lo que representa y Piqué (él, no el PP) representa un ámbito de la sociología catalana muy amplio (porque es muy amplio, dígase lo que se quiera) y muy antiguo, que es el catalán de viejísima cepa, con el sentido identitario muy arraigado (catalanohablante, por ello) y creyente en el proyecto español cuyo liderazgo desea para una Catalunya firmemente integrada en una esencia hispana; en absoluto, pues, nacionalista, al contrario. La primera vez que yo leí esta caracterización, la caracterización de algo que yo conocía porque todos conocemos con nombres y apellidos a varios de estos catalanes, salidos o no «del armario», como se dice ahora, fue en la obra «Otra Historia de España» de Fernado Díaz-Plaja. Ese sector fue acusado de colaboracionista con el franquismo -y, efectivamente, sus empresarios e industriales fueron los impulsores en Catalunya de los proyectos desarrollistas del Régimen- aunque yo creo que lo hizo de un modo finalista, persiguiendo ese liderazgo catalán sobre el conjunto de España.
Cambiamos un poco de perspectiva. El PP no es en Catalunya una formación homogénea, como tampoco lo es el PSC, aunque por causas distintas. El PP de Catalunya tiene dos claras corrientes -en términos sociológicos, pero que, lógicamente, acaban proyectándose inevitablemente en el ámbito político-: una es la de los de ese sector que he descrito en el párrafo anterior; otra es la del toro coñaquero, más agarrada al patrioterismo rojigualdo, castellanohablante (y ferozmente agresivo en el ámbito lingüístico) que procede de la inmigración de otras regiones españolas, pero no de la inmigración como se entiende en su más clásico sentido, sino de otra mucho más curiosa.
Cuando las tropas franquistas entraron en Barcelona en febrero de 1939, muchos de sus soldados descubrieron un mundo nuevo y maravilloso: era la primera macrourbe que veían en su vida y casi todos ellos procedían de la geografía rural y miserable de la España de entonces. Entraron como vencedores y pensaron -y acertaron con esa idea, sin perjuicio de que la mayoría hubo de trabajar muchísimo- que esa condición les haría más fácil una nueva vida aquí. Y efectivamente, cuando fueron desmovilizados no volvieron al pueblo sino que trajeron aquí a sus familias y se integraron en la vida de la ciudad, ya para siempre. Pero, al contrario que los inmigrantes que llegaron antes de la guerra y, sobre todo, de las ingentes masas inmigrantes que llegarían pocas décadas después procedentes básicamente del sur de España, esos antiguos soldados de Franco se integraron -en general, de manera militante- en las estructuras del Régimen y formaron parte preferente del funcionariado, no sólo como un premio sino también porque, en sus respectivos niveles socioculturales, eran elementos de confianza que el franquismo necesitaba tener ahí para mantener bajo control a la sociedad catalana.
Ellos, no obstante, también se integraron en la vida catalana y, con todo su derecho, se consideran (y los consideramos, claro está) catalanes, pero fueron unos catalanes con matices peculiares. No adquirieron un sentimiento identitario catalán, del que siempre, más en superficie o más en el fondo, desconfiaron; y tampoco conservaron el suyo originario (al contrario que la inmigración posterior, cortaron -siempre en general- sus vinculos regionales anteriores); adquirieron, quizá porque era el único al que podían agarrarse, un fuerte sentimiento identitario español, sin ulterior descenso en la escala geográfica que permitiera completar y complementar esa identidad; sus hijos han evolucionado de diferentes formas, lo cual no impide que ese sector -no sé decir si de grado o forzado por las circunstancias- haya integrado en su seno al ámbito juvenil más frenéticamente torocoñaquero (de procedencia y con génesis muy diferente pero con similares líneas de -digamos- pensamiento, si bien mucho más radicalizadas. Evidentemente, constituyen el sector más odiado por el nacionalismo, odio que, por otra parte, es recíproco.
Pues este sector constituye la otra corriente del PP y no sé si realmente la encabeza Vidal-Quadras pero, en todo caso, sus miembros lo han constituido en su mentor político-espiritual.
Los dos sectores desconfían mutuamente porque a cada uno de ellos lo caracteriza aquello que más preocupa al otro: para unos, los otros son «demasiado» catalanes y eso puede suponer un tanto de tibieza en su hispanismo; para los otros, los primeros son excesivamente «rojigualdos» y su animadversión hacia la identidad catalana sería un severo obstáculo para ese liderazgo catalán en España.
El PP catalán, mirado con distanciamiento y objetividad, es un caso curiosísimo en la política española y -pienso yo- un campo de observación sociológica de primer orden, un intrigante «ni contigo ni sin ti puedo seguir viviendo: contigo porque me matas y sin ti porque me muero».
——————–
Y hasta aquí, en este tardío viernes ya madrileño. El próximo jueves será 5 de junio y la paella estará aquí si no hay problemas como esta semana (nunca es previisible que los haya, porque de no ser así avisaría con tiempo).
Más vale, en todo caso, tarde que nunca, y aquí seguirá «El Incordio» incansable.
De la serie Los jueves, paella | 1 comentario »








