Cocina, cultura y palos
Una de mis aficiones -o «centro de interés personal», como le llaman ahora- es la cocina. No practico mucho, la verdad, o, en todo caso, mucho menos de lo que me gustaría, pero cuando mi calendario lo permite, siempre que puedo asisto a cursillos, talleres y tal. Y, modestia aparte, tengo un poco de mano. Incluso alguna vez he hecho un ejercicio en esta bitácora utilizando la gastronomía para ilustrar problemáticas de las que constituyen el eje de la misma.
Y en este ámbito de la gastronomía soy eminentemente conservador: partidario de las suculencias ancestrales y de la sólida cocina tradicional, y poco dispuesto a los inventos revolucionarios (sí, en cambio, a la razonable y racional evolución de las recetas: de la misma manera que las sociedades evolucionan, los hábitos alimentarios lo hacen en consonancia y la cocina debe responder a ello, pero manteniendo siempre un firme nexo de unión con lo tradicional porque la gastronomía forma parte de la cultura y es imposible conocer un país o una región sin comérselos).
Por eso nunca me han interesado, más allá de un mínimo conocimiento imprescindible para toda persona que desee mantener una cierta cultura general, fenómenos como la nouvelle cuisine y menos cuando acaba constituyéndose en una moda abarrotada de malos (y carísimos) imitadores. Cuando el verano pasado estuve en el País Vasco, aprecié y disfruté mucho más con el primor con que se trabaja la cocina casera que por seis o siete euros puede degustarse en cualquier restaurante de carretera que con las virguerías de restaurantes empeñados en una suerte de bisutería comestible. Lo que me gusta de Asturias, por ejemplo -y que vi también en Guipúzcoa-, es esa cocina de ama de casa, hecha como de toda la vida y sin pretensiones, pero que es un festival de sabores y de puntos exactos como un reloj atómico, muy al contrario de lo que sucede en Barcelona, donde la cocina de los restaurantes «de diario» es francamente asquerosa, vomitiva y totalmente insalubre.
Y en estas estando, me encuentro con que Ferran Adrià, constituido en «catalán universal», nombrado no sé dónde «el mejor cocinero del mundo», destinatario del máximo botafumeiro de la Guía Michelin, lleva, según dicen, la cocina al arte (el certamen Documenta 12). Y se monta el gran debate sobre si la cocina es o puede ser un arte o se trata de una manifestación -por acabada que sea- de artesanía.
Sin ánimo de pontificar, como una modesta opinión más, la mía es que la cocina es artesanía y lo que hace Ferran Adrià es arte, pero no cocina. La cocina es alimentación, fundamentalmente; y, como toda satisfacción de una necesidad, tiene un factor de sensualidad, de placer para los sentidos, pero es un placer finalista, no empieza ni termina en sí mismo: la cocina no es concebible (siempre en mi opinión) sin esa finalidad alimenticia de transfondo y esa es la razón por la que yo valoro mucho conocer la historia de un plato, además de su receta. Ferran Adrià no es un cocinero sino un artista -con todas las de la ley- cuya obra se percibe con los sentidos del gusto, del olfato y del tacto, de la misma manera que la pintura se percibe con la vista y la música con el oído sin que haya en esa percepción otra finalidad que la percepción misma. Lo que hace Ferran Adrià es necesariamente comestible, pero no es un asunto de alimentación sino puramente de sensorialidad, de percepción a través de unos determinados sentidos.
Ferran Adrià no ha revolucionado la cocina: ha desarrollado un arte nuevo que puede tener en la cocina su antecedente, pero que ya se ha independizado totalmente de ésta. Mis felicitaciones (sinceras, sentidas) a Adrià por ello, a quien considero un artista y un artista, efectivamente, de los grandes, tal como acredita su presencia en el certamen citado. Con toda seguridad es, además, un excelentísimo cocinero, pero no es de ahí de donde le viene su grandeza y su universalidad.
Que conste.
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Un escándalo. Lo que está pasando con la Feria del Libro de Frankfurt y la manipulación brutal de la cultura catalana a cargo de los talibanes de la barretina me parece un escándalo mayúsculo y un ejemplo de pueblerinismo de los de chiste de Lepe, además de una estupidez patente.
La exclusión -disfrazada de una autoexclusión a la que han sido claramente forzados- de los escritores catalanes que escriben en castellano en una edición de la Feria dedicada a Catalunya es una verdadera atrocidad y no quiero emplear palabras más graves (no más gruesas: más graves) por temor a que aparezcan como una exageración que no es en absoluto.
Además, constituye una falsificación deliberada de la realidad catalana, que el talibanismo pretende presentar como monolingüe cuando todos, dentro y fuera de Catalunya, sabemos que no es así, que es bilingüe y que lo es no desde épocas recientes sino desde hace, por lo menos (¡por lo menos!), quinientos años. Alguna vez he comentado que la historia de este bilingüismo no ha constituido siempre la de una convivencia cordial pero que ello no autoriza tampoco a hablar, al respecto, de un enfrentamiento radical y, mucho menos aún, constante. Por demás, es cierto que en Catalunya hay dos comunidades lingüísticas, pero sin otra dualidad que tenga la menor transcendencia sociológica o política: esto no es Irlanda del Norte; ni siquiera Bélgica. Al momento presente -considerando como tal los últimos cuarenta o cincuenta años- y la razonable previsión de un futuro a corto o incluso a medio plazo, las aguas están muy tranquilas pese a los constantes intentos de unos cuantos estúpidos de ambas lenguas por revolverlas. Como pasa ahora mismo, aunque el hecho de que sepamos que la sangre no va a llegar al río no le quita ominosidad a la situación.
Esta estupidez talibán ha dejado fuera de la Feria nombres y presencias como Eduardo Mendoza, Juan Goytisolo, Carlos Ruiz Zafón o Juan Marsé. Prescindir de autores así, exiliarlos culturalmente, no es símbolo de riqueza sino de una miseria intelectual rayana en el analfabetismo más cafre y el desperdicio de una ocasión magnífica para mostrar el verdadero patrimonio de que gozamos: dos lenguas, dos genios y, no pocas veces, el solapamiento de ambos.
Así nos luce el pelo: contemplándonos el ombligo y, encima, sin molestarnos en quitarle la pelusilla y en lavarlo periódicamente. Lo más patético es que esto viene a suceder cuando, por primera vez en la Historia, tenemos un presidente de la Generalitat nacido en Córdoba y cuya lengua materna es el castellano. Sería para caerse de risa si no fuera por lo triste, lo ridículo y lo impresentable de la situación.
Yo no sé para qué queremos ultramontanos en Madrid haciéndonos la pascua, si nuestros ultramontanos locales se pintan solos para hacernos ir para atrás como el cangrejo. Si yo fuera de los del toro coñaquero, celebraría con enormes borracheras de peleón el ascenso de ERC a los gobiernos de Catalunya, la mejor y más rápida fórmula para convertirla en mierda en cuatro días. No, perdón, hay una fórmula aún más rápida: una coalición ERC-CiU. Más rápida, pero no mejor.
Estamos apañados.
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Otra vez un problema -grave, gravísimo- con un niño destrozado sin que las instituciones hayan reaccionado a tiempo y encima, puestas en evidencia, se tiren los trastos a la cabeza: que si la culpa es de la juez, que si lo es de la Generalitat. Y, por si las moscas, la causa se atribuye a la lentitud del correo: hombre, yo soy muy geek pero hay que reconocer que, con toda la informática administrativa de la Generalitat en manos de Micro$oft, es más seguro y hasta más rápido enviar un hombre a caballo que fiarse de Outlook.
Bromas aparte (que no son tampoco del todo bromas: algo hay de eso), lo cierto es que es la segunda vez que pasa. Que pasa con consecuencias extremadamente dramáticas: habrá que ver cuántas veces ha venido sucediendo sin que al río haya llegado demasiada sangre.
De todos modos, son cosas con las que hay que ir con cuidado: hay que pensar que un error sería tremendo. Todos los que somos padres podríamos imaginarnos lo que sentiríamos si nos quitaran un hijo porque un médico ha dicho (sin ser cierto: por error o por imbécil) que le estamos sacudiendo la badana excesiva y peligrosamente. Aunque, más a la larga que a la corta, la situación pudiera corregirse, el trauma para todos, padres e hijo arrebatado de un hogar estable y feliz sin comerlo ni beberlo, permanecería durante mucho tiempo. Me lo hacen a mí y yo creo que me convierto en terrorista.
Yo creo que la posibilidad de ese error tremendo frente a lo capital del diagnóstico médico es el que disuade a los facultativos de dar parte de lesiones por causa de agresión familiar salvo que lo tengan muy, muy claro. Y tenerlo muy, muy claro es un niño materialmente destrozado.
Los jueces deben ejercer el protagonismo que la ley les da en la toma de decisiones y no actuar como autómatas en función de lo que diga el parte médico; porque ello supone trasladar de hecho la responsabilidad al médico y ese no es el tipo de responsabilidades que los médicos está preparados para afrontar, entre otras importantes razones porque no son las suyas.
Y es necesario cambiar todo el sistema procedimental español. El sistema debe ser garantista para impedir -en la medida de lo humanamente posible- los errores que causan graves daños, pero los pequeños procesos civiles o mercantiles, con poco valor en juego, deben ser de instancia única o, de otro modo, con procedimientos verbales ultrarrápidos. Lo que no puede ser es que la documentación de casos graves como este quede amontonada -y perdida- entre los quintales de legajos de recursos de juicios de faltas o de pequeños problemas que si uno pierde injustamente, se jode y nada más (me pasó dos veces a mí en el último año y me aguanté, no se hunde el mundo). Yo creo que la solución del problemón judicial que tenemos en España no pasa por más juzgados, más medios y más funcionarios sino por un severo aligeramiento del procedimiento.
Y ojo, que con un procedimiento light las cosas tambien pueden hacerse bien y con razonable justicia. En todo caso, vemos prácticamente a diario -y así se refleja frecuentemente en esta bitácora- que los procedimientos largos y complejos impidan las barbaridades judiciales.
Y, sobre todo, que no lo paguen los niños.
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Hasta aquí llegó hoy el arroz. El próximo jueves será 21, primer día de verano, aunque la paella probablemente sea aún primaveral, porque el solsticio no entra hasta las 20:08 CEST (que es la hora en la España peninsular) en el meridiano de Barcelona que pasa por la plaza de Sant Jaume y si no le fallan los cálculos al programita informático (cosa que no le ha pasado nunca).
Por lo tanto, metiendo ya las cocas (las cocas y no las rayas) en el horno y el cava en la nevera, puesto que el sábado es la verbena más importante del año en muchas zonas de España -principal, pero no únicamente, en la costa mediterránea-, aquí estaré con la paella en ristre. Que no es mala cena, por cierto, para una verbena veraniega.
Hasta entonces.









junio 19th, 2007 at 13:41
Cuando quieras hacer una parada entre Asturias y el País Vasco, dímelo y te recomiendo unos cuantos sitios en Cantabria en los que vas a chuparte los dedos por el precio de un menú del día.
Alguno de ellos es un típico “bar de carretera” donde una cocinera anónima, normalmente entre 50 y 60 años, elabora sin darse ninguna importancia unos platos de quitarse el sombrero.
Y si quedas descontento, te devuelvo tu dinero…