El canon que no llega
Suele decirse que en España hay cuarenta y cinco millones de partidos políticos, cuarenta y cinco millones de ideologías y cuarenta y cinco millones de presidentes de gobierno. Me parece exagerado. Debe haber como unos cuantos centenares de miles de inmigrantes que aún no han adoptado los vicios indígenas (aunque todo se andará).
Eso da un valor (mucho valor) añadido a lo que ya no es una simple campaña anticanon sino un verdadero clamor ciudadano contra el canon digital. Si esto empezó hace cuatro años entre un par (y pico) de asociaciones en red (la Asociación de Internautas e Hispalinux) contra la potentísima (que sigue siendo) $ociedad General de Autore$ y Editore$ (vulgo $GAE y más vulgo otras cosas que mejor no repetir por aquello de las demandas por injurias a las que son tan aficionados), lo cierto es que ahora, a medida que la información ha ido calando en el común de la sociedad española, es difícil encontrar algún colectivo favorable al canon que no sea el de los propios interesados. De una parte de los interesados, porque entre ellos también andan a la greña: los guisasola boys pasan de canon y exigen la prohibición redonda (y tipificada en el código penal) de la copia, da igual que sea privada o no, «machacada» disco a disco o bajada de la red; los del emporio bautista, en cambio son partidarios furibundos del canon… que necesita justificarse con la figura de la copia privada. El problema es qué se entiende y qué no por copia privada. Es un problema que no afrontan en público pero al que tarde o temprano se le deberá plantar cara. Si, por una parte, es absurdo pretender que los millones de copias privadas que dicen que se realizan (y con las que pretenden justificar e canon) se llevan a cabo a la vieja usanza, es decir, de soporte físico a soporte físico, por la otra, está claro que no pueden admitir el intercambio en redes de pares porque podría suponer un fraccionamiento de la propia $GAE que conviene no olvidar que es algo muy parecido al sindicato vertical en el que los editores están también (y no poco) representados, tanto, que se sospecha que su peso real en la entidad es mayor que el de los autores propiamente dichos.
El problema lo tienen ahora los políticos, que se han metido solitos en un buen jardín por ignorar la pura y simple realidad social. Metidos en sus burbujas de dorado aislamiento, se negaron a escuchar a los representantes de la sociedad civil y, a la hora de redactar una Ley de Propiedad Intelectual, sólo prestaron oídos a las sociedades de gestión de derechos peseteros de autor y a la industria de contenidos de ocio, como si no hubiera más agentes sociales implicados. Y resulta que «agentes sociales implicados» son nada menos que: la práctica totalidad de la industria tecnológica, el mundo de la empresa, en general, las compañías de telecomunicaciones, las asociaciones de consumidores, los colegios profesionales, las asociaciones de comerciantes, la hostelería, las sociedades de festejos locales, la administración de Justicia, las entidades cívicas, las asociaciones en red, sindicatos… Es decir, sin ambages: la sociedad entera.
Ha habido que ponerle al Parlamento más de 1.300.000 firmas encima de la mesa para que el Gobierno se diera cuenta del error, de la tremenda metedura de pata que estaba cometiendo y, de hecho, de la que ha cometido ya, porque la LPI contiene burradas de no imposible pero sí muy difícil vuelta atrás. Y si es verdad que -no sin grandes esfuerzos de muchos ámbitos en red- se han evitado grandes abominaciones en la LAECAP y en la LISI, no es menos cierto que, en la primera, han quedado ahí trapazadas de bulto y, en la segunda, las abominaciones no han quedado completamente conjuradas. A partir del 4 de septiembre, habrá que volver a batallar contra una propuesta de la $GAE y compañía que intenta (nuevamente) establecer la censura privada en red. Ni siquiera la reacción claramente adversa del conjunto de la sociedad contra la censura ejercida por un juez (y eso que es la única admisible) que se ha visto muy recientemente con el caso «El Jueves» puede hacer que nos confiemos en este tema que, como ya anuncié, acabará siendo como lo de las patentes de software en Europa, el cuento de nunca acabar, y a ver si no tendremos que acabar haciendo en serio aquello que anuncié como una broma: vigilar las leyes de acompañamiento de los Presupuestos Generales del Estado, no vaya ser que nos metan por ahí la censura en Internet (que puede hacerse, ojo).
Mientras tanto, el canon, que debió ponerse en marcha por mano gubernamental en el mes de febrero, a falta de acuerdo -como era previsible- entre los sectores implicados (sólo parte de los sectores implicados, en lo que al bando cívico respecta), sigue ahí colgando y nosotros con estos pelos. Si hace seis meses se sospechó que iban a dejar pasar las elecciones municipales y autonómicas para afrontar esa medida polémica, luego se pensó que podrían dejar pasar incluso el verano para, a su vez, saltarse las generales, que iban a ser para el Pilar o para Todos los Santos. Pero la ruptura de la tregua etarra ha cambiado los planteamientos y ahora parece que la legislatura se alargará casi hasta el último día, hasta el mismísimo límite legal.
¿Qué va a ocurrir, mientras tanto? ¿Cumplirá el canon el año de «cuelgue» a la espera de las elecciones que (parece) van a ser al borde mismo de la primavera? ¿Van a tener la jeta de ir dándole puntapiés adelante a la cosa para no comerse el marrón antes de las elecciones generales? El 1.300.000 los tiene muy asustados y, por primera vez, le han visto bien largas las orejas al lobo. Si se las hubieran visto antes de la marranada de la LPI, se hubieran ahorrado muchos insomnios.
Mientras tanto, la sociedad civil debe evitar que lleguen las elecciones y el asunto del canon esté sin zanjar. Urge moverse porque no hace falta ser profeta bíblico para saber lo que ocurrirá como el montante del canon lo decida un Gobierno con cuatro años por delante, da igual de qué color sea: si en el PSOE hubo una Calvo (y sigue estando ahí y, además, la Chacón), en el PP está la Salmones, que déjala correr. Todos sabemos que sea cual sea la mayoría, sea cual sea la combinación de fuerzas, no hay fuerza política de la que nos podamos fiar, ni sola ni en compañía de otros. Sin la posición de fuerza que nos da la proximidad de unas elecciones, estamos perdidos.
Hay que tener en cuenta, además, que este primer decreto sobre canon es esencial porque, de hecho, determinará todos los demás, será la base sobre la que, dentro de dos años (y sucesivamente), los interesados (con una parte coja) habrán de negociar y será, pues, la que, sin grandes modificaciones, volverá a ser aprobada por decreto si no hay acuerdo (que, en no variando muchísimo las cosas, seguirá sin haber).
El objetivo de que el canon se fije antes de las elecciones es esencial si queremos que establezca cantidades soportables. Soportables, que no asumibles. Porque la lucha contra el canon no terminará mientras éste exista, sea cual sea su importe. Pero en éste nos va la competitividad (ergo, la viabilidad) de muchísimos sectores industriales y comerciales.
Hay que apretar fuerte y deprisa.
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