¡Ay, qué penita y qué dolor! Woody Allen no volverá a filmar en Barcelona, agobiado -dicen sus representantes- por las presiones «mezquinas» (sic) que ha tenido que soportar.
No han aclarado mucho más, pero se ve que don Woody se molestó por el cuestionamiento que se hizo de las abundantes subvenciones y otros auxilios en especie que recibió durante su estancia en Barcelona. Esta es la versión oficial. También es posible que, en vez o además de esto, Allen se haya cabreado por tener que hacer el paripé con toda la chusma del partido, lo que, siendo así, yo comprendería perfectamente.
Es todo caso, suceden varias cosas. La primera, que en los últimos tiempos la gente de la farándula resulta tremendamente antipática a los ojos de la gente, gracias al silencio otorgante que todo el gremio guarda ante las burradas que dice en público la señora esta, la Bardem. No me extiendo sobre ello porque las paellas constituyen excepción de la temática general de «El Incordio» y no voy a hacer excepciones en la excepción o esta bitácora se convertiría en una casa de locos.
El segundo tropezón de don Woody lo hizo víctima de lo cósmico: fue a filmar -bueno, ahora lo llaman grabar- por las calles, interrumpiendo el normal transcurso del tráfico y de la vida ciudadana, con enteros pelotones de guardias urbanos que dejaron de poner denuncias por mal aparcamiento para abrirle anchos espacios en los más hermosos y característicos -y frecuentados- lugares de la ciudad, y, encima justo cuando estaba toda la ciudadanía tosiendo a pulmón podrido gracias a casi doscientos generadores gordos echando humazo por toda la ciudad tras un derrumbamiento a plomo de la infraestructura eléctrica de nuestra desgraciada urbe (derrumbamiento que, por cierto y según creo recordar, se produjo precisamente sobre los días en que don Woody arribó a estos pagos con armas y bagajes). La gente, obviamente, no estaba para películas, en ningún sentido de la expresión.
En tercer lugar, los paseos de Allen con toda su parafernalia arriba y abajo, molestias objetivas aparte, constituyeron la escenificación de lo que más odiamos los barceloneses y que desde los tiempos de Clos es un mal endémico que, tras Clos, se ha incrementado en vez de mitigarse: el trueque de nuestra ciudad en un parque temático en el que, encima, a los ciudadanos nos toca el papel de camareros y de barrenderos (del casino ya se ocupan los trileros).
Woody Allen es un cineasta admirado aquí, de los que llenan salas y, obviamente, a años luz de la piorrea local. Los escenarios barceloneses serán, seguramente, un buen reclamo para la taquilla catalana -y seguro que también para la española en general- pero sin los escenarios barceloneses yo creo que la recaudación no se le caería significativamente. Y, por lo demás, la recaudación española es nimia comparada con las posibilidades internacionales (y eso es lo que interesaba a la peña hostelera e inmobiliaria de aquí). Pero que le gusten -y mucho- sus películas no implica que el ciudadanito acepte con una sonrisa todas las putadas que el achuntamén le propina a la mayor comodidad y regalo de mister Allen a todo lo largo y ancho de la ciudad.
Y menos cuando está de mal humor. Y menos aún cuando tiene tan excelentísimas razones para estar de un humor de perros.
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Doña Magdalena Álvarez (Malena, para amigos y camaradas) está que se sale. Con la única excepción de los camaradas, todo el arco parlamentario catalán -en Catalunya y en el Congreso- le ha exigido que tome el tole y que se vaya con la música a otra parte y, en todo caso, a hacer puñetas. No tendría importancia tanta unanimidad (también la ha habido con leyes ominosas, como la de propiedad intelectual) si no estuviera más que claro que, por una vez, al menos por una vez, los políticos interpretan positiva y literalmente el sentimiento de la ciudadanía (se limitan a expurgar del repertorio insultos, imprecaciones, sapos, culebras y tacos diversos, que quedan parlamentariamente inconvenientes).
Pero eso, para ella, es luz y color.
Ayer montó un magnífico espectáculo parlamentario de chulería de la peor laya, con sonrisa despectiva por delante, en plan digan lo que quieran, señores, que yo me cago ampliamente en ustedes, en lo que dicen, en lo que quieren y en lo que piensan. Ella se instituye en una especie de Teresa de Calcuta de las obras públicas hispanas y pasa olímpicamente de las quejas de los ateos porque el pueblo elegido proclama devotamente y a gritos su santidad incuestionable. No es coña: la tía anda diciendo a todo el que quiere oirla que lo está haciendo de puta madre (igual ella se lo cree y todo, vete a saber) con independencia de que todo se derrumbe a su paso. La culpa la tiene el PP. Cuatro años después, la culpa la tiene el PP.
Y como la fantasmada es barata, la Malena no se corta: la gente «normal» (sic) le envía cartas de reconocimiento por su labor. Ya me extraña. La gente «normal» ya no escribe cartas ni de amor a la novia: no la veo escribiendo cartas de jaleo a un político. A menos, claro, que sea de la cuerda y obre por órdenes de la superioridad. Así las cosas, sí que podría pensarse en algún buena fe de Fregenal de la Sierra, por ejemplo, que, a instancias del cacique local del partido escriba a la ministra: Malena, cielo, que no hagas caso de los facistas, que lo estás haciendo guapo de la muerte, mi alma, que les vas a dejar un AVE y unas Cercanías a los catalanes que sólo les va a faltar ponerles un lacito rosa. Pero, con todo, no creo que tenga la Álvarez mucha correspondencia porque en España se teme más al ridículo que a la muerte y estas cosas dan mucha vergüenza, aunque se sea militante del PSOE.
La chulería torera queda bien en medio de un ruedo y a cinco metros de un morlaco, seiscientos kilos de mirada aviesa, pero fuera de ahí, y desde un cargo público, suena a cachondeo y, desde luego, con independencia de lo que suene, esta señora se mofa y se befa de los ciudadanos que le pagamos el sueldo; de los catalanes, desde luego, pero también de los gallegos o de los castellanos. No fueron tontos, no, los andaluces cuando se la quitaron de encima: Chávez le dió a Zapatero un auténtico tocomocho, con esta perla de oriente.
Estábamos todos -con nuestra buena razón- a la greña con Dixie y hay que ver lo que descubrimos debajo de la alfombra cuando ella se marchó.
Qué horror.
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Esta entradilla no trae enlace a ningún periódico. Esta es de cosecha propia -o casi- y es una anécdota -bien documentada, como se verá- de algo que le ha sucedido a un compañero mío esta misma mañana.
Resulta que al ir a tomar el metro, se ha dado cuenta de que se le habían terminado los viajes de la tarjeta, de modo que ha preguntado a un agente de información de la compañía que andaba por allí dónde estaban las máquinas para adquirir tarjetas multiviaje. El otro, lacónicamente (más lacónicamente, imposible), le señala con el dedo el aparato correspondiente, sin decir palabra. Mi compañero, Miquel -vamos a llamarle Miquel para soslayar redundancias-, introduce su tarjeta de crédito y solicita de la máquina la expedición de tres tarjetas multiviaje (clase T-1, de prepago de diez trayectos cada una), operación cuyo importe asciende a 20,70 (6,90 cada tarjeta) como así se lo indica la máquina. La máquina, seguidamente, imprime la primera tarjeta que deja caer en la bandeja de recogida y acto seguido ¡cataclonc! enciende el letrerito de «fuera de servicio».
Miquel se queda con la duda de si la máquina, pese a haber expedido sólo una tarjeta, habrá cobrado tres, por lo que se dirige nuevamente al agente de información de la compañía, el mismo de antes. Tras varios intentos de explicarle la cosa, mi compañero descubre que el otro es inmigrante -aparentemente indostánico-, cosa que no tendría mayor importancia si no fuera porque el hombre… ¡no entiende ni el catalán ni el castellano! ¡Un agente de información de la compañía de transportes municipales de Barcelona que no puede informar porque no conoce las lenguas oficiales! Puede parecer inaudito, pero no lo es del todo: ese mismo problema puede fácilmente encontrárselo uno con los agentes de información de RENFE en la estación de Sants, sin ir más lejos.
En fin, Miquel, a base de aquello de yo Jane tú Tarzán, consigue que el otro se entere de que, de algún modo, en algún sitio, hay un problema y que llame por el interfono al jefe de estación, ubicado en un lugar ignoto. Una voz cazallera contesta acusando recibo de la cuestión y diciendo que ya va alguien para allá.
«Alguien» tarda quince minutos -de reloj- en llegar, o sea que la ubicación de la tienda del jefe de estación, además de ignota, debe estar cabe la mar océana pero, en fin, nunca es tarde si la dicha es buena. Llega el empleado -este sí, parece que está al loro lingüístico… bien, más o menos, como se verá- y sin siquiera mirar la máquina, asegura que si ha expedido una tarjeta habrá cobrado una tarjeta. Abre la máquina para comprobar la eventualidad de que la máquina haya podido imprimir más tarjetas que hayan quedado atascadas en alguna parte, pero no. No consulta el programa de gestión informático ni nada, pero ahora ya no asegura sino que certifica: la máquina sólo ha cobrado los 6,90 de una tarjeta. Miquel le pide certificación escrita, para luego contrastar con el saldo de su tarjeta de crédito, y la obtiene, no faltaba más, todo lo berroqueña que es de ver:

Es un signo representativo de lo que es esta ciudad: informadores que no informan porque no entienden el idioma (en realidad, es una forma de burlar la normativa que impide que los ciudadanos no europeos -los inmigrantes, para entendernos- realicen funciones de segurata, que es lo que, de hecho, hacía el indostánico en cuestión, puedes apostarte el cuello y no lo pierdes); y, en conjunto, un servicio al cliente que, sin excesos verbales, puede calificarse de cutre y salsichero.
Parque… quizá. Pero jurásico.
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Pues, hala, ya tenéis la paella servida, y hoy con tropezón y todo, no os iréis a quejar. La próxima semana vuelve a ser complicada, con lo del puente y tal; además, el jueves 6 me toca el botillo anual (el de verdad, no en sentido figurado) y con un botillo encima mal se guisa una paella. Como creo que ya hice por el puente de Todos los Santos, habrá paella pero o bien el miércoles o bien el viernes, sin que ahora mismo pueda precisar qué día en concreto subirá.
O sea que, para averiguarlo, vais entrando en «El Incordio». Aunque no haya llegado aún la paella, seguro que alguna cosita que otra iréis encontrando (y según se está calentando el ambiente, igual en vez de cosita encontráis cosota. Todo es estar al loro.
Y salud que haya.