Empezaremos en corto…
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Impresionante… no, espera, que lo pongo con mayúsculas y negrita: IMPRESIONANTE el artículo de Pérez-Reverte del domingo pasado en «XL Semanal». Ni que decir tiene que lo suscribo íntegramente, con puntos, comas y acentos. Y con entusiasmo desbordado.
Sin más comentarios.
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Ahora en Somalia. Lo dije y lo reiteré. Ya sabía yo que eso iba a convertirse en un deporte internacional del tercermundismo. Ahora, a ver cómo lo arreglan los imbéciles de turno. Pagando, claro. Hasta que un día no se arregle pagando y nos lapiden a una española por un quítame de allá ese vaquero ajustado al culo.
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En el zoo de San Francisco un tigre ha matado a un visitante y ha herido a otros dos. Es lo que pasa con los tigres, que son animales en peligro de extinción y son carísimos. Si en vez de ser un tigre llega a ser un negro, hubiera caído acribillado por los disparos de no menos de seis policías antes de tener tiempo de empezar siquiera a explicar que lo único que quería era darle cacahuetes al chimpancé.
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Ahora que caigo, 2008 es el año del bicentenario de la guerra de la Independencia. Bueno, no sé si será políticamente correcto esto de seguir llamándola de la Independencia. Desde luego, si se celebra con el mismo espíritu con que se celebró el Quinto Centenario (y démoslo por descontado si tenemos ahí a Zap), ya sabemos lo que nos tocará: pedirles perdón a los franceses.
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Y ahora vamos a alargar un poquito…
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No tengo fe en nadie, pero sí hay gente a la que otorgo tal credibilidad que la presumo veraz salvo prueba en contrario. Uno de ellos -y mis siete u ocho lo saben bien- es Arturo Pérez-Reverte, imagino que por lo generacional -tiene apenas cuatro años más que yo- y, consecuentemente, por lo educacional, cuando menos en lo escolar; lo demás ya es otra cosa. Pero es que, además, lo ya mucho que llevo leído de él, coincide en buena parte con mi propia experiencia vital. No, no es que yo haya tenido una vida tan aventurillas como la suya, pero, cada cual con su propia y distinta experiencia, llegamos frecuentemente a conclusiones muy parecidas.
Estoy leyendo un libro suyo que me ha traído por Nochebuena el tió, reconvertido en Niño Jesús por herencia de la tradición familiar de mi mujer subsumida en la nuestra propia: se trata de «No me cogeréis vivo», una selección de sus artículos dominicales escritos en «XL Semanal» entre 2001 y 2005; o sea que, en buena parte, podría decir que lo estoy releyendo.
En lo que llevo leído -y digo bien para el caso: se trata de artículos que no había leído antes- me llaman la atención dos con el mismo tema: la cafrada que los pescadores españoles -en su ignorancia y en su barbarie, según el caso- están cometiendo en el Mediterráneo con el atún rojo, inducidos por empresarios sin escrúpulos y por la insaciable voracidad japonesa (de esos habrá que hablar despacio algún día) a cometer una verdadera tropelía exterminando, como si se tratase de un verdadero genocidio, a una especie valiosísima y matando, de paso, su propio futuro; el de ellos, de los pescadores. Aparte de que los procedimientos que utilizan son claramente peligrosos para la navegación. La autoridad [llamada] competente, mientras tanto, se menea el miembro a la salud, como dice el propio Pérez-Reverte, de la cesta de Navidad o de mejor es no saber qué.
Esto me lleva a recordar que yo me inicié en las lides funcionariales en un Departamento de Agricultura, Ganadería y Pesca, en el que entré sabiendo, por toda cultura agraria, que un tomate es esa cosa de color rojo que suele yacer al lado de la lechuga en una ensalada. Con el tiempo, entre lo que aprendí allí y lo que fui aprendiendo por mi cuenta por aquello de conocer un poco mejor el entorno que me rodeaba cada día, aunque mi trabajo estaba a años luz del azadón y consistía más bien en bregar con las macros de las hojas de cálculo, acabé sabiendo alguna cosilla, una nimiedad comparada con lo que realmente hay que saber para comprender lo que está pasando en el mundo rural, pero una enciclopedia monumental al lado de lo que sabe el ciudadano común que es poco menos que nada.
Quizá de lo que menos aprendí fue del mundo de la pesca que es, dentro de lo que se considera agrario, un mundo verdaderamente aparte. Pero sí llegué a saber que los pescadores españoles eran considerados en ambientes europeos -y con buenas razones, según parece, por desgracia- como una plaga. Ignorantes, indisciplinados, garrulos y, en demasiados casos, incluso delincuentes. Unos verdaderos depredadores. Supongo que habrá excepciones, como en todas partes, y supongo que si una de esas excepciones lee esto se pondrá como una moto, pero yo sólo reflejo la impresión que impera al respecto en los ámbitos europeos, lo que cuenta Pérez-Reverte (desgraciadamente coincidente con esa opinión europea) y lo que pude deducir yo mismo de cuatro o cinco cosas que llegué a saber de ciencia propia en aquellos años que estuve allí.
Hay una anécdota que lo ilustra. A principios de los noventa, se convocó un concurso -exactamente creo que era un campeonato mundial- de pesca submarina que debía celebrarse en aguas de l’Estartit, frente a las islas Medes, aguas que constituyen un ámbito protegido por la correspondiente declaración de espacio natural. La Dirección General de Pesca Marítima de la Generalitat vetó, en consecuencia, tal concurso por los daños que podían ocasionar las decenas de tíos con arpón que andarían buceando, por más que fuera a pulmón libre, a la búsqueda de ejemplares especialmente lustrosos. Eso levantó una fuerte protesta en ese ámbito deportivo, desde el que se alegó que los daños que podría ocasionar una pesca tan precisa y artesanal serían nimios en términos absolutos, pero aún más comparados con los que causan otras artes extractivas que sí estaban permitidas o, no estándolo, operaban por aquellas aguas cn total impunidad.
La televisión autonómica catalana, siempre fiel a su obligación de reflejar el preciso sentir de la autoridad competente (y más cuando ésta era pujolera) entrevistó al director general en el propio escenario donde se habría celebrado la prohibida competición para que éste la justificara prolijamente y a su gusto. Y así fue: con el hermoso escenario de las islas Medes como fondo, el preboste se explayó en las mediambientalísimas razones por las que había dado carpetazo al campeonato… justo en el momento en que, tras él, pasaba un arrastrero llevándose por delante -con artes prohibidísimas en aquella zona- hasta los estratos del Terciario. Huelga explicar el pitorreo que hubo en el Departamento… e imaginarse el que habría en la federación de pesca submarina afectada por la cosa.
Todos llevamos dentro un nacionalista (al que habría que exterminar) y por ello nos indignamos cuando una patrullera -no siempre marroquí: no pocas veces, también islandesa o canadiense- apresa unos pesqueritos españoles. Nuestra apelación a la Armada es perentoria y urgente, pero, en nuestra ignorancia, no nos damos cuenta de que el apresamiento es, frecuentemente, un acto de caritativa generosidad: lo que hubiera sido procedente, en muchísimos casos, es el cañoneo e inmediato hundimiento de un barco que, más que pesquero, es pirata.
Otro día iremos a las culpas del asunto, que tampoco están siempre en las tripulaciones.
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Y hasta aquí llega esta paella de último jueves del año. El próximo ya será en 3 de enero, de 2008, claro está, y tendremos encima a los Reyes comprobando si nos portamos bien tras haber fisgado concienzudamente la traza de nuestras IP de todo el año.
La mayoría de nosotros -no todos, pero sí la mayoría- tenermos, reales o virtuales, dos cierres de año: uno es el de inmediatamente antes de las vacaciones estivales, que suponen, verdaderamente, un antes y un después en el curso de nuestra actividad laboral, académica y quizá vital; en septiembre, de alguna manera, siempre empieza algo que no es exactamente lo mismo que terminó en julio; y el otro es ahora, con el año solar, el cual imagino que pasaría desapercibido de no estar clavado como un remache en la justa mitad de las fiestas locas estas.
De cualquier modo, no hay momento malo ni pretexto pequeño para agradeceros a todos vosotros vuestra atención, el privilegio que me otorgáis teniendo esta página como uno de vuestros centros de interés, la infinita paciencia con que leéis estos larguísimos e inacabables rollos que escribo. Y que, encima, muchos invertís valioso tiempo comentando. Y, además -eso ya es un auténtico lujo-, elogiosamente, en general. No tengo capacidad de agradecimiento suficiente para todo ello.
La única manera que se me ocurre para corresponderos es reafirmar la promesa de que «El Incordio» seguirá ahí casi cada día y las paellas seguirán siendo el plato de todos los jueves, con alguna aislada excepción por la que nunca me cansaré de pediros disculpas, y con algún retraso asimismo ocasional por el que también me permito abusar de vosotros requiriendo vuestra indulgencia.
Deseo que 2008 sea un gran año para todos vosotros, un año, parafraseando a Kavafis y a su Ítaca, pleno de venturas, de experiencias, rico en conocimiento y sabiduría, un hito hermoso en un viaje apasionante.
Con este mi fuerte abrazo.