Paella (o sartenazo) educacional
En un país que lleva treinta años saturado de días históricos, es fácil que se escapen los días históricos de verdad, y esta semana hubo uno: la jubilación de Fidel Castro. En otra paella, más adelante, quizá hable de mis propias ideas sobre esa historia, pero hoy voy a otra cosa.
Con tan fausto motivo, el profe de historia de mi hija mayor se aplicó al caso y, oyendo a mi hija, parece que lo hizo bastante bien. Precisamente estos días están dando en clase las guerras mundiales y, sobre todo, la guerra fría. Como a mi hija le gustan bastante estos temas, anteanoche nos dio una pequeña conferencia a la hora de la cena; bien entructurada, con los conocimientos suficientes, quizá con los datos un poco prendidos con alfileres, pero bien, en conjunto. La estuve escuchando en silencio y, cuando terminó, le pregunté: «Bien… ¿y qué sabes de Ramiro II el Monje?» ¿Quién? ¿Mande? ¿Fue un papa? No lo sabía. Es que no tenía ni pajolera idea. Ahora el lector pensará que vaya mala leche de padre dedicado a chafarle la guitarra a una hija que acaba de efectuar una brillante exposición de sus conocimientos.
Pero no. Mi mala leche -que la hubo- no se dirigió contra mi hija, absolutamente inocente de su burrez, sino a la constatación de que, efectivamente, su quinta -es decir, la gente de su quinta que pone interés, que que son cuatro y el cabo- podrá ubicar con bastante precisión el contexto histórico de «Los cañones de Navarone», pero ignora que Ramiro II, rey de Aragón en una época muy turbulenta, tuvo una hija, llamada Petronila, a la que prometió (con un año, chiquilla mía) al conde de Barcelona (rey, de hecho, del territorio catalán, también éste un poco de hecho) Ramón Berenguer IV y que Ramiro y Ramón definieron las condiciones en que se relacionarían ambos reinos y el carácter con el que Ramón gobernaría en Aragón en nombre de su esposa -imposibilitada para ello por ser mujer- como princeps que no como rey, título, el de rey de Aragón, que no adquiriría sino su hijo cuando lo hubiere (que lo hubo: Alfonso II, rey de Aragón y conde de Barcelona), creando con ese convenio una… bah, una fruslería que apenas pasaría de ser uno de los grandes estados europeos de la época, denominado convencionalmente Corona de Aragón, en cuyos dominios el sol sí que llegaba a ponerse, pero tardaba bastante rato. O sea que cojonudo: sabemos el cómo y el porqué del desembarco de Normandía, pero ni puta idea de algo tan esencial para la existencia misma de España (cualquier cosa que sea la que resulte ser España ahora, quizá más apropiadamente denominable Gilipollaslandia). Y tienen quince años, camino de dieciséis, los angelitos.
Montado en cólera, me puse a redactar una carta de veinte megatones con destino al profe de historia, pero luego la borré del disco duro pensando que, a fin de cuentas, el pobre profe es una víctima más del sistema y que tiene que atenerse, a ver qué vida, a los programas de estudios, si bien no lo eximo totalmente de responsabilidad porque yo tengo mis propias ideas sobre lo que representa el grado universitario y el liderazgo social que éste implica y que pueden recordarse aquí.
Con la geografía ocurrió lo mismo. Recuerdo que, de pequeño, al abrir cualquier libro de geografía o cualquier atlas, lo primero que aparecía era una sucesión de mapas mundi indicando, a nivel continental, climatologías, componentes de los vientos, las grandes corrientes marinas, la geomorfología, etcétera. Tendría, no sé, siete u ocho años, cuando cantaba -literalmente- el nombre de los cinco continentes; quizá sin tener una idea muy precisa de los mismos, pero ya sabíamos que el planeta tenía cinco grandes masas de tierra en las cuales se enclavavan distintos países y que, además, eran grosso modo residencia original y habitual de cada una de las razas humanas (que también cantábamos). Con los años, dentro de esos continentes ubicamos España, después Cataluña y sus comarcas y después Barcelona y su entorno. Un año más allá, nos íbamos a la geografía universal y allí estudiábamos los demás países y hasta me acuerdo de que cuando se daba la ONU, el cachondo del editor del libro de texto puso una fotografía de Nikita Khruschef enarbolando su ilustre zapato. Hoy no: empiezan por estudiar (es un decir lo de estudiar: pintan de colores; nóminas y más nóminas gastadas en jodidos lápices de colores) su entorno inmediato y Cataluña, mucha Cataluña; y entonces las subes al coche, te las llevas a Asturias y casi te la pegas contra un árbol cuando te preguntan en qué comarca de Girona está Sama de Langreo. Total: que tuve que reprogramarles yo, completamente, la puta geografía (medi social, que le llaman los gilipollas infectos esos de los inventores de programas de enseñanza) porque tenían su medi social completamente desubicado y errante en la inmensidad del universo.
Eso sí: ayer, el cole me hizo llegar una cartita diciéndome que consideraba importante que los chavales fueran tomando contacto con la realidad actual y, por consiguiente, los iban a llevar a un mitin del PSOE y a uno del PP, salvo que yo me opusiera, claro. No me voy a oponer, faltaría más, pero mi hija irá perfectamente aleccionada de lo que va a ver: un espectáculo en el que una masa de fanáticos descerebrados, de mente completamente vacua y acrítica, relincha fieramente jaleando a una peña de sinvergüenzas que les toman el pelo prometiendo un amontonamiento -cuanto mayor, mejor- de estupideces crematísticas o halagadoras de sus instintos más primarios y despreciables a fin de obtener su voto -que, encima, ya tienen por anticipado, es que es la leche- para, una vez obtenido, entregarse a cambio de un plato de lentejas putrefactas -que, además, pagamos nosotros como tontos- a los designios del hatajo de cabrones que ostenta el poder económico. Efectivamente, es conveniente que tome contacto con la realidad política actual; en casa ya le tendremos preparado el desinfectante.
Vaya, por tanto, mi homenaje dedicado a esos pedagogos de mercadillo de saldos asociados a esos políticos nefastos en la tarea de confeccionar programas de estudio dedicados a la manipulación y a la falsificación de contenidos y a la solipedación de las jóvenes generaciones, homenaje que rindo con las siguientes flores: falsarios, asnos, manipuladores, ignorantes, analfabetos, inútiles, corruptos y mierda de profesionales.
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Ando hoy bastante retrospectivo. Hace poco más de un par de años, escribí una paella en la que hice -y así la titulé- un elogio de la maruja en el que sostenía, entre otras muchas cosas, que la figura del ama de casa y la vida familiar distinta a la actual que esa figura suponía y que, a los efectos que me interesan para el caso, consistía en una mayor convivencia de los hijos con la madre, lo que facilitaba la adquisición de referencias muy positivas. Decía, en este orden de cosas, que esa referencias son las que evitan que un tío asesine a su pareja con una katana o liquide a su padre de un virotazo lanzado desde una ballesta.
Estos días hemos sabido de la chiquita quinceañera de Ermua destrozada por sus propios compañeros en un apaleamiento salvaje. Y es un hecho repetitivo, a veces amenizado con su grabación mediante un teléfono móvil y eso cuando no es esa grabación la finalidad primaria del palizón. También ayer o anteayer un menor asesinaba a su madre (¿que le pasará por la cabeza a ese padre, madre mía?).
No piense nadie que me dejo llevar por el pánico, pero aquí está pasando algo muy gordo. La falta de referencias, desde luego; eso es evidente: la gente con una sólida formación moral, da igual que tenga un origen religioso o laico pero, en todo caso, con un deber ser bien implantado en su mobiliario mental, no anda asesinando a su familia ni destrozando a patadas en el hígado a sus compañeros de cole. Pero hay más: esa falta individal de referencias -que alcanza a lo patológico, eso está claro- tiene un campo abonado en una falta social de referencias. Guardando las distancias -meramente formales y finales, no muchas más- y si lo miramos bien, no hay tanta diferencia entre el hijoputa que rompe el páncreas a patadas a un compañero de instituto y el cabrón que aparca en doble fila: ambos no conciben otro parámetro existencial que su propio placer o su propio interés. Hemos edificado un país en el que en vez de ser cuarenta y cinco millones de ciudadanos, somos cuarenta y cinco millones de leyes del embudo que aplicamos en cada situación y minuto de nuestra vida en función de nuestra preferencia de peso: el conductor de autobús se mea en el coche, el coche se caga en la moto y en la bici y ambas se ciscan impunemente en el peatón; los asientos del bus reservados para personas que merecen una especial atención son un adorno al servicio de jovencitos y de ultramarinos y, encima, te expones a un conflicto si les recuerdas su obligación de cederlo a esa embarazada que está ahí de pie o a aquel anciano que casi no tiene barra a la que cogerse (conflicto que, por cierto, arrostro gustoso, hasta ahí podríamos llegar). O sea que aquí cada cual hace lo que le da la gana sin más freno (que no siempre funciona porque no siempre actúa eficazmente) que el palo de la autoridad; pero la autoridad casi siempre encuentra más productivo multar los coches mal aparcados que no molestan (por ejemplo, los que se pasan de la hora en la zona azul o verde).
Seguramente es un fenómeno de alcance global: aquí somos tan poco creativos que hasta parece raro que la gilipollez colectiva de que adolecemos sea intrínsecamente nuestra. Pero, de cualquier modo, hay que empezar a ponerle coto a esto o pronto andaremos a tiros unos con otros. Bueno, de hecho, en Norteamérica ya van así: las palizas colegiales no son artesanales y cutres como las de aquí, allí funcionan arreando con el fusil de asalto y maricón el que no bote.
Y eso -lo siento, educadores, hoy la he tomado con vosotros- empieza en el propio cole. A ver: no se trata de volver a aquello de «la letra, con sangre entra», pero los niños son niños, no huevos crudos y tienen una cierta y muy necesariamente ejercitable capacidad de sufrimiento. En otras palabras: hay que tener más mano dura. Por supuesto, protegiendo férreamente a los profesores que la ejerzan con racionalidad (me encantó ver a aquel par de padres bárbaros sentados en el banquillo). Mano dura que, por supuesto, no se refiere a la violencia física sino al ejercicio férreo y sistemático del incentivo al esfuerzo y del palo al pasotismo, aderezado todo ello por un razonable y adecuado, pero no menos patente, culto al resultado, porque la vida real es así de jodida. Por lo demás, seré anticuado, pero pienso que el gamberrismo escolar grave, cuando no tiene entidad delictiva, debiera ser reconducido con un período forzoso de tres añitos en la Legión. Lo cierto es que -todo hay que decirlo, aunque no guste- muchas de las cosas que pasan en los coles son perfectamente sabidas por los profes, lo cuales, con excesiva frecuencia, miran para otro lado. Cuando se produce un hecho luctuoso de los que comentaba al principio, habría que pasar por la piedra a medio claustro, en la seguridad de que no correría sangre propiamente inocente.
Pero la acción del cole no basta. Es esencial la de la familia. El cole parte de donde parte y llega hasta donde llega. Los hijos son algo más que el subproducto de un polvo o algo que hay que tener, así, por las buenas, como hay que tener un coche. Los hijos suponen, entre otras cosas que ahora no son del caso, una muy seria responsabilidad que, además y por encima de un gasto, suponen una importante inversión en tiempo y en dedicación. No basta con pagar el recibo del cole ni en firmar el crédito para comprar los lápices de colores, hay que estar por ellos, observarlos, escucharlos; quitárselos de encima encendiendo la tele o comprándoles la playesteichon es el pasaporte al desastre. Si la pareja fundacional se rompe -cosa cada vez más frecuente porque los parámetros que hay son los que hay- ello no excusa para el detrimento de ese esfuerzo: al contrario, probablemente obligue a redoblarlo. Hay que tomarse tiempo observando sus amistades, hay que saber con quién hablan y, si es posible, de qué; hay que ejercer de forma inmediata todo el contrapeso posible sobre todas las imbecilidades que les entran diariamente -a cada hora- por los oídos y por los ojos y hay que infundirles un recto sentido de circulación por la vida.
Lo que le hace falta a esta sociedad es mucho menos buen rollito y mucha más caña, menos molicie y más trabajo, menos hedonismo y más concepto del sacrificio, menos individualismo y más personalidad, menos egoísmo y más sentido de comunidad.
O esto o nos vamos directamente y a cien por hora al carajo. Todos.
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Larga, malhumorada y tardía paella. Y casi monotemática, además. Cuando uno se sube a la parra por algo que le irrita las almorranas intelectuales, envía a tomar por el saco el guión cultivado durante la semana para poner en acción la artillería. Pero, en fin, precisamente para eso inventé las paellas y me huelo que precisamente para eso venís a leerla la media docena que lo hacéis.
El próximo jueves será día 28 y penúltimo día del mes de febrero. Ya dicen que año bisiesto año siniestro, y el primer hecho que da la razón al refrán es que trabajamos un día más por el mismo precio. De todos modos, ya nos hemos cargado el segundo mes. Ya falta menos para que se cumplan los catorce años necesarios para que el AVE llegue a la Sagrera, ahora que ya lo tenemos en un extremo de la ciudad. También de eso habrá que ir hablando, que es un tema desgraciadamente recurrente.
Sagrada Familia mediante.
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February 22nd, 2008 at 15:26
Como es habitual estoy completamente de acuerdo con vd.,aparte lo dicho creo que seria conveniente señalar el hecho de que no todos los prodesores son iguales y lo mismo que hay excelentes profesionales con vocacion,nos encontramos con algunos elementos que se dedican a leer unos temas en voz alta y pensar en los puentes que se pueden coger,incapaces de transmitir interes por sus asignaturas,estos dos tipos cobran lo mismo tanto el que realiza su trabajo con vocacion y profesionalidad como el que solo deseaba pasar la oposicion para cobrar un sueldo del estado,pienso que se deberia premiar a los primeros ,por ejemplo aumentando su sueldo en funcion de los resultados de sus alumnos,por supuesto los examenes deberian ser iguales en todos los centros y garantizar la imparcialidad de los examinadores,quizas eso animara a tratar de fomentar el interes de los alumnos,a crear clases mas interresantes y preocuparse por los resultados de los alumnos,hoy en dia en esa profesion gana igual el que realiza un excelente trabajo que el que no pega un palo al agua.
February 22nd, 2008 at 23:19
Hombre, no se si el Sol se ponia en los territorios de la Corona de Aragon, pero me han contado que no habia pez en el Mediterraneo que no luciera su escudo en las escamas…:-)
February 23rd, 2008 at 11:58
La escena que describes, de la cena en familia en donde los hijos “raritos”, esos que aún se emocionan con las materias y la adquisición de conocimientos, dan una mini conferencia mientras a nosotros se nos agria progresivamente la cena. Es tristemente habitual. Es dificil ahogar la reacción que fustra al niño y hay que esperar a que el estómago se enfrie. En caliente te aseguro que no se pueden soportar las contestaciones ni de director, ni de profesorado. Se empieza hablando de cultura y se acaba siempre hablando de racismo…
Ha dia de hoy, lo único que he conseguido en la escuela de mi hija, es que eliminen ” la silla de pensar” (en donde sentaron a la mia en dos ocasiones con 4 años, por hablar en castellano) y en cuanto a educación general…los martes y los jueves ( desde que empezó el nuevo curso), dejo mi trabajo y los dedico a estudiar junto a mi hija todo aquello que consideramos interesante y parece no existir…segun el plan de estudios actual.
Yepaaa!!!, esto nos pasa por reparar en ciertas “cosas” en una sociedad en la que por tener todo en un sitio, parece ordenada…
February 25th, 2008 at 9:44
No es nuevo lo que señalas, caro figlio: Ya en 7º de EGB recuerdo que dedicamos tres meses de Geografía e Historia a estudiar la emocionante lucha por la emancipación del pueblo mozambiqueño. Me ha sido muy útil en la vida.
Sin embargo es de justicia romper una lanza, no a favor del profesorado - colectivo adocenado do los haya, con pocas y honrosas (muy pocas y, por tanto, muy honrosas) excepciones - sino contra el patriarcado. Recordemos, carissimi fratelli, que la labor del colegio es instruir y la de los padres es educar; labor que no cedo a nadie, que no me sale de los destos que un profesor enseñe a mi hijo cómo tiene que pensar (tampoco es que hagan demasiado caso, ni a padres ni a profesores, pero esa - como decía Kipling - es otra historia).