Hambre y sangre
Jueves día 1 de mayo, fiesta de San José Obrero… ¡ay, no! ¿Qué digo? Fiesta del Trabajo, que los trabajadores celebramos, muy apropiadamente, no trabajando. Y mañana, 2 de mayo, fiesta nacional de la comunidad de Madrid, pero la de mañana, precisamente la de mañana, sí es Nacional, con mayúsculas y sin cursivas: se cumplen doscientos años de algo muy gordo, realmente muy gordo, que aún no sabemos si fue para bien o para mal. No pocos, sospechamos que fue para mal. Y muchos no lo sospecharon: tuvieron constancia cierta de que fue para mal una décima de segundo antes de que su cuello se rompiera con el tirón de una cuerda en la madrileña plaza de la Cebada. Y en tantos otros lugares.
Al final hablaremos un poco de ello. Empezamos la paella con otros temas que me tienen sublevado.
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Crisis alimentaria habemus. Y gorda. Se prevén hambrunas acojonantes en los países más desgraciados y, consecuentemente, rebotes sociales de los gordos. Aquí, en occidente, no. Aquí dicen que andamos jodidísimos con las hipotecas y será así, pero entre ayer por la tarde y hoy por la mañana se han ido de Barcelona medio millón de coches y en el aeropuerto se espera que circule medio millón de pasajeros, o sea que la casa sigue siendo potente y no repara en gastos, aunque mi mujer notó ayer que los anaqueles del Àrea de Guissona (una cooperativa alimentaria low cost, como si dijésemos) estaban completamente vacíos mientras que en Caprabo (ahora Eroski), que de low cost tiene más bien tirando a poco, daba gusto comprar de la poca gente que había.
Pero volviendo a la crisis de verdad, a la que mata gente (el arroz, un alimento básico y practicamente único para medio mundo, ha subido un 40 por 100 en un año), un preboste de la ONU, tras una reunión celebrada en Suiza al efecto, declaró que lo que está pasando con los alimentos es un crimen.
No es que no tenga razón -la tiene toda- pero estamos ante la clásica gilipollez de la ONU. Cuando se habla de crímenes, es necesario hablar de criminales, porque los crímenes no son arcanos, ni fenómenos, ni cambios climáticos: los crímenes son trapazadas cometidas por unos señores llamados criminales, que no son entes etéreos y ectoplásmicos sino cabrones de carne y hueso (de mucha carne, en este caso). Y cuando se habla de crímenes y de criminales, tiene que ir gente a la cárcel, porque si hablamos de crímenes y de criminales y no hay gente en la cárcel o un montón de fiscales empeñados en que vaya, nos quedamos en el terreno de la más pura mariconada.
Ya hace tiempo que se veía venir que la llamada globalización que, en realidad, no es sino la ocupación pura y dura del entero mundo a cargo de las corporaciones financieras, iba a afectar a los alimentos y, de hecho, hasta es sorprendente que haya tardado tanto. El libre comercio llevado a sus extremos más brutales, impuesto sin paliativos y a la trágala en todo el orbe, dejando aún más inermes a los países menos desarrollados (que, casualmente, son en su práctica totalidad los que en un momento u otro de la historia relativamente reciente han estado sometidos a imperios coloniales) con el criminal y falsario pretexto de la bondad de una igualdad de oportunidades comerciales que, en realidad, nace de una radical desigualdad para irla acentuando aún más, hasta ahora había supuesto la ruina de millones de personas: ahora, rematará la faena llevándolas a la tumba.
El tío este que es secretario general de la ONU (nunca he sabido para qué sirve un secretario general de la ONU) dice que el desafío es «excepcional»; sin embargo, el pájaro se ha cuidado muy bien de anunciar medidas «excepcionales». Pero lo que serán excepcionales serán los follones que se ven venir.
El problema, sin embargo, el verdadero problema, la raíz, en definitiva del problema, es que los botines, los albertos y unos cuantos de sus camaradas de todo el mundo, no tendrán sin embargo problemas: para ellos, no habrá hambre, ni conflictos (en los que otros combatirán por ellos), ni nada.
Ni siquiera la cárcel.
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Ayer oía a Manolo Tomás, presidente de la Plataforma de Defensa del Ebro, acusar a la Caixa de ser uno de los grandes beneficiarios del trasvase del Ebro (aunque los sociatas vistan a la mona de seda, lo que hay es un trasvase) porque es la entidad que controla todas las infraestructuras de Cataluña.
Bueno, pues sí. Los historiadores del futuro van a tener un buen trabajo desentrañando toda la maraña de ese oligopolio sin ánimo de lucro que, realmente, controla media España. En primer lugar, porque controlar Cataluña ya es tener agarrado por los cojones a una quinta parte del PIB español; y, en segundo lugar, porque sus tentáculos van más allá del Principado.
Quizá por ello tenemos las infraestructuras como las tenemos, quizá por ello nos cuestan a los catalanes un riñón y quizá por ello, estatut tras estatut, tripartit tras tripartit y antes los convergentes, no conseguimos salir de la vergonzosa situación de ser los únicos españoles que, además de tener que pagar para salir de casa (y para regresar), vivimos todavía en pleno feudalismo sin que los políticos tengan, en realidad, la menor intención de cambiar las cosas porque quien paga manda y se acabó.
Que se lo pregunten, si no, al comercio, socio forzoso de la Caixa en su práctica totalidad, que tiene que aforar al señor feudal sin ánimo de lucro entre un 2 y un 15 por 100 del importe de las operaciones pagadas con tarjetas de crédito o de débito, que son la mayoría; la práctica totalidad, en según qué tipos de establecimiento. Y que se lo pregunten a la mayoría de las familias catalanas pringadas en una hipoteca inacabable y, en muchas ocasiones, insufrible. Los más afortunados, teminaremos de pagarla prácticamente el día de la jubilación; pero cada vez van siendo más los que van a dejarla como herencia.
Siervos de la gleva, como en el siglo XI, pero con tecnologías siglo XXI, que para eso las ciencias económicas han avanzado mil años: antes el señor feudal heredaba a nuestros hijos, atados a la tierra; ahora los hereda la Caixa, atados a nuestra hipoteca. Hasta ahora, dejábamos a los hijos un patrimonio; ahora dejamos a nuestros hijos bien atados al patrimonio… de la Caixa.
La burla que se nos hace a los ciudadanos por parte de unos políticos que prometen mejoras (¡y levantamientos de peajes!) mientras maman de las ubres que cobran esos peajes es absolutamente sanguinaria. Pero como somos todos un hatajo de tontos del culo incapaces de hacer el menor sacrificio para darles una dolorosa lección, los que pasamos dolores (y de parto) somos nosotros. Mientras podamos ir de vacaciones al Caribe aún a dieta del insulso pollo del Àrea de Guissona (y que no falte), alegría de la huerta…
Es la obra social, que le llaman…
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Mañana hará doscientos años que Madrid se levantó contra el francés, inaugurando una serie de levantamientos que iniciaron una guerra técnicamente extraña por aquel entonces (de guerrillas, una de las pocas palabras que el castellano ha pasado intacta al resto de los idiomas, icnluyendo el inglés, cosa rara) que nosotros hemos denominado en nuestra historiografía como «Guerra de la Independencia».
Mañana hará doscientos años que un pueblo ignorante y torpe, mediatizado por el oscurantismo y por los curas (y, en este caso, no es un tópico) entregó lo mejor de su heroísmo y de su sangre en holocausto a la causa más retrógrada que cupiera imaginarse y se sacrificó gloriosamente clamando por una monarquía vergonzosamente putrefacta e invocando al unáninemente tenido por el canalla más abominable que haya ceñido jamás la corona de España. El pueblo de Madrid, como primero de tantos otros, incluyendo al catalán, cerró la puerta a la ilustración aquel 2 de mayo de 1808 y entregó a España al atraso, a la ignorancia, al analfabetismo no sólo intelectual sino también moral (eso sí, perfumado con el botafumeiro incesante de toda la tropa ensotanada), al olor a pies y a la halitosis cazallera, a un estado de podredumbre nacional del que aún nos resentimos porque aún hay quien parece deseoso de recuperarlo en sus más intensas esencias.
Mañana, algún cornetín entonará el toque de oración en memoria de los héroes madrileños (espero que sea el cornetín, no esa antipática melodiorra diabética, kumbayá y postconciliar que se han sacado de la manga, qué vergüenza ajena, por Dios) y yo guardaré respetuoso silencio ante ese toque porque el sacrificio y el heroísmo son intrínsecamente dignos de homenaje y de respeto, no importa si la trinchera en la que se producen es amiga o enemiga o si la causa es bella o perversa. Aquel día, aquel año, todos hubiéramos sido igualmente madrileños y todos hubiéramos incurrido en aquel error. Además, dicho sea de paso, los franceses de Murat eran unos hijos de la grandísima puta, que esa es otra.
Cada vez que presencio el famoso cuadro goyesco de los fusilamientos, me sobrecojo. Más aún que al ver «La carga de los mamelucos». Es la Ilustración cepillándose a la España del piojo. Y me sorprendo y me indigno al darme cuenta de que mi corazón y mi hígado, por más que el cerebro se resiste a gritos, están decididamente del lado de los ejecutados. Parece que nuestro sino sea el de ser eternamente buenos vasallos de unos perfectos cabrones.
Y no hay Dios que nos proteja de nosotros mismos.
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Hasta aquí, hoy he cumplido con la paella, no sé si festejando el trabajo o trabajando en festivo, vete a saber. El próximo jueves será 8 y yo os dejo raudo porque tengo a la familia esperando para irnos a dar una vuelta y si escribo una sola línea más, la carga de los mamelucos se va a volver a representar, pero en mi casa.
Uf.
De la serie Los jueves, paella |









May 2nd, 2008 at 10:43
“Parece que nuestro sino sea el de ser eternamente buenos vasallos de unos perfectos cabrones.”
Una verdad como un templo.