Agua, comida y hambre
Lo del agua era una cosa muy seria. Coñes, que nos estábamos quedando sin agua. Hubo que buscar soluciones como fuera y ahí empezaron a torcerse las cosas porque los políticos -imaginativos ellos-, incapaces de asumir que al tema de los trasvases se le había dado carpetazo tras una revuelta contra el Plan Hidrológico Nacional del Travase a Punta de Pala, que tan buen resultado le dio (la revuelta, no el Plan) a Zap II para llegar a ser Zap I, se inventaron un trasvase que no era trasvase porque no se trasvasaba lo que se trasvasa sino todo lo contrario, elevado al cuadrado menos su raíz cuadrada.
Mientras se vestía de seda a la siniestra mona del Plan Hidrológico Privativo y Exclusivo de la Patria Catalana, y botifler el que no bote, el plan de alerta establecía saludables medidas -efectivas unas, sanamente simbólicas otras- de ahorro de agua. Entre las medidas efectivas estaban la prohibición de regar jardines y llenar piscinas con agua de boca; entre las simbólicas, el cierre de fuentes públicas, incluso de aquellas que funcionan con circuito cerrado y cuyo consumo de agua es mínimo, pero se entendió, con excelente criterio, que la mujer del César, además de no ser puta, debía llevar el refajo permanentemente puesto. En el ínterin, con toda la Ribera del Ebro en pie de guerra, los valencianos y los murcianos vomitando sapos y culebras de cuarenta megatones y los aragoneses con unos cuernos así de grandes, pero calladitos y firmes, que socialismo es disciplina, se empieza a construir el tubito para el trasvase que -recordémoslo- no es un trasvase (entre un trasvase y eso que han hecho o pretenden hacer hay la misma diferencia que entre «crisis» y «desaceleración», así que qui potest capere, capiat, que los sociatas controlan el lenguaje que ríete tú de todos los sillones mayúsculos y minúsculos de la Polvorienta en pleno) y se empiezan a fletar barquitos para traer agua. A todo esto, la chusma hostelera montando en cólera so oficial pretexto de que ante los turistas queda muy feo eso de que el agua venga en barco, pero sufriendo, más que por la seguridad del tráfico hídrico marítimo, por la nefasta imagen de las piscinas de cinco estrellas vacías y de los campos de golf con un desagradable color de ictericia.
Sic stantibus rebus, va y llueve. Y llueve, pero bien. Cincuenta litros por metro cuadrado aquí, sesenta allá, incluso ciento y pico acullá, que ponen a los pantanos al 30 por 100. Nos ha jodido San Pedro por partida doble: primero no hace llover y luego elige el momento más encabronante para mearse encima del tripartit. Porque, claro, un 30 por 100 del volumen embalsado sigue siendo una mierda de volumen embalsado, pero es lo suficiente, y hasta un poquito sobrante, como para levantar la alerta gorda y pasar a una más relajada. En el preciso momento en que venía para acá el primer barquito y cuando ya se había repartido el chollete de la instalación del tubo una joint venture encabezada por AGBAR.
Lo del agua, a partir de ese momento, deja de ser una cosa seria para convertirse en un vodevil. Los titulares de los periódicos barceloneses del martes 13 (vaya por Dios) eran para mear y no echar gota: apenas uno o dos manifestaban el normal alivio de saber que tendríamos agua hasta fin de año aunque no cayera una gota más (lo que, tan estrictamente hablando, también parece difícil); el resto, echando las campanas al vuelo, casi materialmente, porque ya se pueden regar los jardines y llenar las piscinas. El conseller Baltasar, batiendo su propio récord de despropósitos -tras haberse cubierto de gloria en materia de vivienda-, anuncia el alivio de las medidas, o sea, que, efectivamente, se podrán regar jardines y llenar piscinas.
De pronto, hay gente que empieza a sentirse como puta gratuita y financiera de cama y, acto seguido, el alcalde de Tarragona anuncia que prou, que aquí no se llena un puto barquito más para que la pijancia barcelonesa llene piscinas y ordena el cierre fulminante del grifo. La leche y la releche: con siete barquitos ya contratados y -si no me falla la memoria- cincuenta kilos (de los de ahora, de euros) comprometidos. Y Zaragoza, al borde de llamar a Agustina (catalana, pero de Reus, o sea, fiel al Ebro) con cañón y todo, que estalla en cólera. Y los valencianos y los murcianos (y diría que hasta el PP, si no fuera porque anda en otras preocupaciones), montando una zalagarda de aquí te espero, porque o regamos campos de golf todos o rompemos el swing. Y los regantes del Ebro cagándose en muchos padres y en muchas putas madres.
Así que Montilla decide que hay que sacar urgentemente la pata de la galleda (la pota del cubu, como le harán decir en «Polònia») y dar marcha atrás, de modo que las medidas se emergencia se aliviarán pero se mantendrá la prohibición de regar jardines y llenar piscinas. Oficialmente, claro. Veremos si el cumplimiento de esa prohibición se controla férreamente o la falta de medios que tanto nos aqueja por nuestro crónico déficit de financiación impedirá una atención extrema sobre hoteles y clubs de calzoncillismo pijo -con y sin palos- debiendo limitar la represión disciplinaria a propinarle un potente garrotazo a un vecino de Sant Cugat que riega inocentemente sus geranios.
Todos los logros que se habían alcanzado en materia de concienciación de la ciudadanía hacia el ahorro de agua -que, por cierto, había llegado a cotas de rsultados extraordinarios-, un despliegue ingente (y hasta inteligente, no me importa reconocerlo) de pedagogía de la sostenibilidad, que se va al garete porque un gobierno no puede ocultar su condición de calzonazos ante la codicia de los lobbyes hosteleros y, a la primera gota que cae, se les escapa corriendo el subconsciente. Porque ahora va a ahorrar agua Rita la Cantaora, sépase.
Damas, caballeros, personal de servicio y militares sin graduación: acomódense, dispónganse a degustar pipas y chufas y relájense de sus preocupaciones cotidianas. Empieza el espectáculo.
El espectáculo de verdad.
——————–
Servidor es un poco cocinillas; me gusta meterme en los fogones y afrontar el desafío de llevar a la mesa platos que requieren un poquito de habilidad preparados de forma correcta y presentados de forma apetecible. Incluso he recibido algo de formación al respecto. Pero hasta aquí. No soy un gastrónomo. Es una afición que requiere, sin duda, un cierto amor por la gastronomía, pero tampoco puedo cultivarla lo necesario como para disfrutar de un nivel de conocimientos y de experiencia razonables siquiera como aficionado.
Tengo, no obstante, unos cuantos conceptos claros: la cocina es la artesanía de la alimentación. Gastronomía y alimentación, cocina y alimentación, son, a mi modo de ver las cosas, conceptos absolutamente inseparables. Cuando se separan, podemos estar ante cosas muy nobles que incluso pueden llegar a la categoría de arte, lo he dicho ya alguna vez anteriormente, de arte en la misma medida que la pintura o la música, pero, en esa misma medida, asimismo alejado de la gastronomía y de la cocina precisamente por ajeno a la alimentación. Y no se vea en ello una intención peyorativa, como no sería peyorativo decir que «La rendición de Breda» o «Tosca» son manifestaciones artísticas ajenas a la alimentación. Así las cosas, lo que hacen Ferran Adrià o Carme Ruscalleda, entre otros, y siempre en mi humildísima opinión, es arte porque procura un placer intelectual conceptualmente elaboradísimo a los sentidos del gusto y del olfato, pero no es cocina porque es una manifestación ajena a la alimentación.
Lo tengo así de claro -por más que, como todo en la vida, es discutible- y por ello siempre he mirado con desconfianza la cosa esta de la nouvelle cuisine, llevada a extremos importantes, hay que reconocerlo, por una notable generación de artistas españoles, como los dos citados y algunos más entre los que recuerdo, por ejemplo, a Juan Mari Arzak. ¿Que ellos se hacen llamar cocineros? Con justicia, porque de buen seguro que lo son, y de los buenísimos pero… no ejercen. Ellos no hacen cocina, hacen otra cosa.
Eso no quiere decir que yo no sea partidario de la evolución y de la innovación en materia culinaria. Por supuesto: la sociedad evoluciona, la actividad humana evoluciona y la alimentación, como es normal, sigue su propia evolución a partir de las otras y ello por nomencionar los avances de la bromatología que deben incorporarse necesariamente a la dieta diaria. Pese a mi gusto y preferencia por la cocina tradicional, tengo también muy claro que las recetas de la abuela son platos para días de fiesta y el plato de cada día debe ser algo no radicalmente distinto de lo tradicional, pero sí adecuado a las necesidades y usos del hombre de hoy. Hay un muy importante grupo de cocineros -de cocineros en ejercicio aunque, eso sí, poco mediáticos- que están en esa línea y que están ofreciendo un estilo culinario directamente enlazado y sin solución de continuidad con la cocina de siempre, pero evolucionada; una cocina menos contundente, menos proteica y mas fácil de digerir para el operador de un equipo informático, para un taxista o para un dependiente de comercio. Es evidente que uno no puede meterse entre pecho y espalda, en un día laborable, una fabada de las que hacía mi abuela, porque hoy nadie baja a la mina a quemarla (bueno, sí hay quien pero, por suerte o por desgracia, no es ya un sector sociolaboral relevante). La fabada de las que hacía mi abuela queda reservada para un día festivo que permita el riego de un tinto potente y el remate de una (1) pequeña copita de licor digestivo y con tiempo (meteorológico y cronológico) y entorno (interior y exterior) que faciliten una pequeña siesta y un largo paseo, sin que haya por delante maquinaria peligrosa, volante o ejercicio de responsabilidad.
Viene todo esto al follón que ha montado Santi Santamaría, un cocinero -parece que en ejercicio- no tan mediático como los que he citado pero con tantas estrellas Michelin como el que más (seis, igual que Ferran Adrià), que acaba de liar un sidral descomunal en la comunidad cocinera (o más o menos) al asegurar, en un libro que acaba de publicar, que lo que hacen los otros ni es cocina ni es nada, que son puros fenómenos mediáticos y que algunos de sus guisopos contienen incluso ingredientes dañinos para la salud. Toma castaña.
Si lo que quería era publicidad para su libro (aunque ya va bien servido con el premio de 60.000 euros que le han dado por él) «La cocina al desnudo», en lo que a mí respecta lo ha conseguido porque el 27 de mayo, fecha de aparición de la obra, iré puntualmente a mi librero habitual para comprarlo.
No faltaría más.
——————–
Hay dictaduras brutales que, pese a serlo, no llevan esa brutalidad a su extremo más execrable; ahí tenemos, por ejemplo, al régimen chino, moviendo todo lo que es capaz de mover para salvar la vida de sus ciudadanos afectados por un terremoto cuyas cifras de víctimas engordan tremendamente a cada día que pasa y que no parece que vaya a rechazar la ayuda internacional que se le está ofreciendo; y si llegara a rechazarla, sería por un falso concepto de la dignidad que, de todos modos, estaría precedido de una suficiencia de recursos propios.
Y hay dictaduras brutales que, además de serlo, llevan esa brutalidad a su extremo más inhumano y abominable; ahí tenemos, por ejemplo, al régimen birmano, que, con una cifra de muertos que acabará alcanzando el medio millón y ni se sabe qué cifras en cuántas otras tipologías de victimario a causa de un ciclón, está poniendo todas las trabas posibles a la ayuda internacional, porque no quiere testigos ni intervenciones que obstaculicen sus salvajes designios y su toma fraudulenta y cafre del poder. Si tienen que cascar un millón de parias, que casquen, pero lo primero es lo primero.
Esto es un crimen contra la Humanidad. Esto es para coger a toda esa Junta de cafres con uniforme y llevarlos al Tribunal de La Haya a puntapiés en el trasero, a ver si les meten treinta o cuarenta años de vacaciones a la sombra. Para ese tipo de cabrones creo que la Unión Europea debiera alquilarle a Francia un tugurio bien infecto en la Guayana y dejar que se pudran ahí sin que el mundo vuelva a saber de ellos e incluso sin que ellos vuelvan a saber nada del mundo, convirtiendo el tren de vida de Papillon cuando anduvo por aquellos pagos, en una colonia veraniega de boy scouts, incluyendo una guillotina que funcionara una o dos veces al trimestre por aquello de encourager les autres. Bueno, lo de la guillotina no, no vamos a ser como ellos; pero un buen pozo lleno de mierda para utilizarlo como celda de castigo para el que se desmande, sí.
Incluso se ha hablado de meter ahí la ayuda humanitaria a vida fuerza. Y no lo han dicho cuatro matados: lo han propuesto oficial y seriamente Francia y Alemania. Personalmente, no me disgustaría nada ver a la Legión corriendo a gorrazos a esos hijoputas y repartiendo víveres, abrigo y otras provisiones a aquella pobre gente, entre ráfaga y ráfaga de fusil de asalto. Pero las intervenciones militares son caras y en Birmania no hay petróleo ni, según parece, nada que pueda interesar a los empresarios amiguetes del presidente americano, así que nada de intervenciones carísimas para sacar de la miseria a unos pocos millones de desgraciados cogidos por los cojones -al menos aquellos a quienes quedan cojones que puedan ser cogidos- por una sarta de cabrones bananeros.
O quizá, más probablemente, el negocio para unos cuantos cerdos en los que estoy pensando, resida precisamente en la sarta de cabrones bananeros. No habrá pues intervención armada occidental para proteger la vida de esa pobre gente.
Y paro de escribir sobre esto, que me dan arcadas por momentos…
——————–
En el mismísimo centro geométrico -si así puede decirse- del mes de mayo, la paella, queridos todos, está servida. El próximo jueves será 22 y, en principio, no veo que nada se oponga a que este plato semanal vaya a ser servido en las debidas condiciones (y nada de nouvelle cuisine: al pan, pan, y al vino, como leones).
«El Incordio», no obstante, continúa su andadura diaria, así que aquí os quiero seguir viendo.
Hasta casi ahora mismo.
De la serie Los jueves, paella |









May 15th, 2008 at 17:02
Gracias a la magnífica gestión del Sr. Baltasar en la cartera de Vivienda y Medio Ambiente, se ha firmado el subvencionar a los ladrilleros para construir supuesta VPO (aún no sé de dónde se va a sacar el dinero) y se está llevando a cabo una inepta y errática política del agua. Y eso que este señor va por la vida de “ecosocialista”. Apaga y vámonos.
May 15th, 2008 at 17:55
[…] El Incordio wrote an interesting post today on Agua, comida y hambreHere’s a quick excerpt Lo del agua era una cosa muy seria. Coñes, que nos estábamos quedando sin agua. Hubo que buscar soluciones como fuera y ahí empezaron a torcerse las cosas porque los políticos -imaginativos ellos-, incapaces de asumir que al tema de los trasvases se le había dado carpetazo tras una revuelta contra el Plan Hidrológico Nacional del Travase a Punta de Pala, que tan buen resultado le dio (la revuelta, no el Plan) a Zap II para llegar a ser Zap I, se inventaron un trasvase que no era trasvase porque […]
May 15th, 2008 at 23:47
Como siempre es un placer leeerlo, y no podría estar mas de acuerdo ,excepto en un punto.Mejor no enviar a esa panda de cabrones a la Guayana francesa ,como sabrá hoy en día es utilizada por la ESA para sus lanzamientos, y no me gustaría ver de gente de esa calaña al lado de los flamantes ATV.
May 16th, 2008 at 7:48
Esteee… los ATV esos ¿no necesitan lastre, así como… no sé, descartable?
May 16th, 2008 at 9:04
Otro que se apunta a comprar el libro de Santi Santamaria, que carambas… ya era hora de que alguien dijera alto y claro que el emperador está desnudo…
May 16th, 2008 at 13:23
Un librito curioso - aunque no es una joya de la literatura, precisamente - es Confesiones de un Chef, de Anthony Bourdain; en uno de los últimos capítulos narra una conversación con un compañero de parrilla y olla, durante la que sale a colación Ferrán Adriá. “Bluff” es el epíteto más suave que le dedican.
Y es que una cosa son los fogones, y otra caer en gracia al público.
Habrá que echarle un ojo al libro de Santamaría, a ver qué tal…