La crisis crónica
Aunque temporibus illis estudié algo de Economía política (una única asignatura al principio de la carrera que no llevaría mucho más allá de treinta horas… cincuenta, a todo estirar), evidentemente con eso apenas lleva uno encima los fundamentos más rudimentarios de la cosa. Podemos, en todo caso y a lo sumo, añadir a eso dos o tres centímetros cúbicos de ciencia infusa procedente de mis destinos como funcionario en los que se toca la cuestión, y arreando. Estoy, por tanto, a años luz de ser, ya no un gurú, sino un simple entendido en la materia.
Pero, dicho esto, hay cosas que cantan y de las que debería poder percatarse no el más lerdo -ése está en el gobierno- sino el ciudadano común y corriente, sobre todo si estudió el Bachillerato en 1980, por todo lo más tarde.
Estamos ahora mismo con una crisis encima. A sus puertas, en su plenitud o -mucho más dudosamente- saliendo de ella; casi ni sé por qué admito esta posibilidad siquiera como hipótesis. Pero la temible y con encaje de bolillos evitada palabra «crisis» está ahí, omnipresente en las portadas de los periódicos, incluso de los periódicos afines al partido en el poder (pero no antes, por supuesto, de celebradas las últimas elecciones, cuando incluso la palabra desaceleración -tan cara a algunos- estaba prohibida como una blasfemia).
Es hora, pues, de reflexión, de una reflexión que, en cierto modo, sí que se hace, pero se queda en lo enunciativo, porque nunca llega a recordarse cuando las aguas económicas llevan a su cauce. Nuestras bonanzas económicas viajan únicamente en dos vehículos: el ladrillo y el turismo. En ambos casos, la actividad se caracteriza por que, de hecho, su único interés general está en el chorro fiscal que, a pesar de los grandes caudales de dinero negro y de multitud de tipologías de economía sumergida que se practican por doquier, genera una dinámica económica importante. Por lo demás, unos de esos dos sectores, el del turismo, se caracteriza por el mal reparto de los beneficios -peor aún que en cualquier otro sector- que genera. La especulación inmobiliaria que lleva a un incremento de la actividad en el sector de la construcción, por lo menos genera un volumen creciente en muchísimos otros sectores industriales. De todos modos, en ambos casos se trata de sectores sucios que no generan una estructura estable de producción y de creación tecnológica. En el caso del turismo, además, estamos ante un verdadero cáncer mediambiental que se ha cargado todas las costas españolas -y eso que tenemos 5.000 kilómetros de literal- y que ahora está poniendo sus puercas manazas en la montaña, un entorno muchísimo más escaso (aunque igual de delicado). Antes podía temerse por la montaña proyectando con la imaginación lo sucedido en la costa; ahora, por poner sólo un ejemplo especialmente doloroso para mí, basta ir a ver la montaña asturiana, la zona de los Picos de Europa, no hace falta proyectar nada.
Sin embargo, se trata de los prácticamente únicos modelos de inversión en este país.
Vemos ahora lo que nos sucede con la construcción derrumbada -nunca mejor dicho- y veremos qué le pasa al turismo porque, aunque la trayectoria española en esta materia es larga, nunca deja de ser una cuestión de pura moda, caprichosa, por tanto; y, además, de moda actualmente asociada al low cost y eso sí que es peligroso, porque hay países con bellezas paisajísticas comparables a las nuestras -y con cuotas razonables de monumentalidad antigua y de calidad gastronómica- que están dispuestos a encabezar la clasificación del bajo coste, porque están necesitados de divisas fuertes y están recién salidos de crisis sociales tremebundas (tan tremebundas como la guerra misma). Los países de lo que fue Yugoeslavia, que ya apuntaban maneras en tiempos de Tito y se habían constituido en destinos con mucho glamour al alcance de cualquier bolsillo occidental, han visto en el turismo una industria rápida y productiva. Eso quiere decir competencia. Ni siquiera, después de tantos años, se ha creado aquí un sistema turístico de calidad, y se ha arrasado con todo en un modelo intensivo de turismo barato contra el que cualquier tercermundista avispado puede plantear una competencia eficaz.
¿Y qué hay al lado de esto?
Basta con leer, como muestra puramente sintomática, las entradas que están en portada la página web de la Asociación de Internautas en este preciso instante: un sistema astronómico de última generación se ve frenado por una conexión a Internet ineficiente, mediante módem de 54 Kbps; la mayoría de las comunidades autónomas españolas hace un uso deficiente o, simplemente, no hace uso de la red como sistema eficaz de información al ciudadano; Observatorio Nacional de las Telecomunicaciones y de la Sociedad de la Información sobre el año 2007: esto no va nada bien.
El capitalismo hispánico -casposo, salchichero y maloliente- necesita un importante reciclaje, necesita un profundo cambio de cultura. Siempre se ha dicho que el dinero es cobarde, pero no es tolerable que estemos tan atrasados en importantes -¡cruciales!- ámbitos tecnológicos mientras unos cuantos están haciendo fortunas inmensas sin siquiera aportar, a cambio de sus ingentes pelotazos, una estructura productiva moderna que nos permita mirar al futuro con confianza, afrontar crisis cada vez más bestias con algún arma de potencia aceptable.
Tenemos ahora una crisis causada por la especulación inmobiliaria; más o menos saldremos, a trancas y barrancas, aunque pagaremos una factura probablemente enorme en forma de una crisis social causada por un desempleo que afectará fundamentalmente a la inmigración de baja cualificación laboral (lo que equivale a decir casi toda ella), que se cargará las reservas de la Tesorería de la Seguridad Social; una crisis que nos pilla casi sin patrimonio estatal, que fue dilapidado para enjuagar la deuda y poder ingresar en la zona euro. Si esta crisis -o una de estas- llegara a coincidir con una crisis turística, lo que le pasaría a este país sería espantoso. Verdaderamente espantoso, no quiero imaginarme a qué clase de pozo podríamos llegar a caer.
Que los amos de la pasta jueguen al pelotazo es algo que puede comprenderse; pero lo que no puede comprenderse es que los políticos jueguen el papel de la cigarra. Esos impresentables que hay en el gobierno se han dedicado a rascarse miserablemente la barriga en estos cuatro años de bonanza (de bonanza para los especuladores, pero en fin); esa bonanza ha servido, además, para que la ciudadanía no viera con meridiana claridad -como tiene ocasión de ver ahora y como verá el miércoles que viene contemplando a ese presidente patético, ignorante y renta baja, balbucear estupideces escritas por otros, que ni él mismo entiende, abarrotadas de lugares comunes y de eufemismos ridículos- que el Gobierno socialista en la actualidad es incapaz, pero incapaz de verdad. Hasta en sus propias mierdas de igualitarismo gilipollesco, se ve impotente para alcanzar una mínima altura, como ha demostrado claramente la ministra de la cosa y no precisamente -o no solamente- por lo de sus lamentables miembras. Por supuesto que tanta negligencia, aparte de lo congénito, tiene explicaciones adicionales, como por ejemplo el hecho alucinante de que una oposición con más de un centenar de diputados de haya entregado durante un año a la labor de pura perrera azuzada por dos o tres medios de comunicación rabiosos por la pérdida inesperada de un poder (¿qué poder esperaban exactamente, por cierto?) que ya saboreaban y que perdieron, simplemente, porque los españoles no toleramos las mentiras -claras y evidentes- de un dirigente nefasto cuya única habilidad fue la de largarse para que el puntapié que le dedicamos lo recibiera el trasero de un tercero.
Pudieron aprovecharse estos cuatro años de viento en popa para calafatear la nave y para adaptarle sistemas modernos de navegación y de propulsión que ayudaran a aprovechar mejor los vientos y a seguir adelante a falta de ellos. Pero prefirieron apoltronarse y escuchar a los negociantes adictos que tenían mucho que ganar con el mantenimiento de estructuras antiguas. Lo malo es que la factura no la pagarán ellos, sino nosotros.
Nuestros capitalistas viven al día, nuestros gobernantes viven al día… y es que los ciudadanos también viven al día. Parece que la raza no tiene en su genética la capacidad para la previsión a medio y largo plazo. Somos el país de los sobrados y toda esa crisis -en la que la falta de liquidez familiar no es pequeño determinante- no impide que, puente tras puente, Semana Santa tras Semana Santa, agosto tras agosto, las agencias de viajes cuelguen el letrero de «no hay billetes». Las agencias de unificación de deudas -peligrosísimos bandoleros en un porcentaje demasiado importante de ellas- están haciendo su agosto, sentándoles la mano a ciudadanos que amontonan todas sus deudas en una… para volver a empezar la pelota (VISA limpia: ¡esto es Jauja!).
Y, encima, leo hoy esto. ¿Una exageración típica del pescador en río revuelto? Muy probablemente. Pero con la misma probabilidad, algo de cierto habrá. Y si algo de cierto hay en esta noticia, no hacía ninguna falta exagerarla: es conceptual e intrínsecamente alarmante. Muy alarmante.
Y daos cuenta de que ni siquiera he mentado el canon…
De la serie Correo ordinario |









June 27th, 2008 at 16:57
Lo del cambio de los billetes de los países del grupo pigs (aunque creo que la I era de Irlanda) lo había leído hace algun tiempo en Meneame ,pero no le daban demasiada credibilidad por ser una noticia de un periódico antieuropeista, de todos modos creo que de ser cierto se debe de limitar a billetes de escaso valor pues de aquí no se escapa ni un solo billete de 500€
June 27th, 2008 at 21:30
[…] Javier Cuchí escribió un interesante artículo sobre La crisis crónica. Un resumen rápido: […]