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Vivir en la Edad Media

September 19th, 2008 por Javier Cuchí

Yo comprendo que el aggiornamento es siempre incómodo, muchas veces laborioso y en no pocas ocasiones complicado. Cuando aquello en lo que hay que ponerse al día supone un cambio radical en varios aspectos de nuestra cotidianidad y de nuestro trabajo hasta tal punto que puede llegar a modificar el modo tradicional de ver y entender las relaciones humanas, la adaptación se hace muy cuesta arriba.

Lo que ya comprendo menos es que a los cambios tecnológicos que modifican irreversiblemente usos, costumbres y conceptos cotidianos, se les oponga una resistencia próxima al ludismo o, simplemente, se los ignore desde una altivez que hace que nos preguntemos si ese desprecio en clave de plano superior no esconderá, en realidad, algo parecido a una suerte de analfabetismo (que aún hoy apellidamos como digital, pero que al correr de no mucho tiempo no tendrá apellido alguno) y a una fuga de la realidad que poco a poco se va escapando del estudio de los sociólogos para ir siendo ya materia de psicólogos. O de psiquiatras.

No son pocos todavía los ámbitos sociales y profesionales donde esos neoluditas, como los calificó con exactitud Enrique Dans, proliferan, pero entre ellos destaca, por especialmente extendido y especialmente dañino, el estamento judicial.

Las sentencias bochornosas en las que los jueces anteponen su pleistocénico y polvoriento deber ser de jurisprudencia no ya del siglo XX sino del mismísimo XIX incluso a leyes positivas y vigentes -hemos visto muchas veces cómo han dejado de aplicar la LSSI simplemente porque no les cuadra- ya son proverbiales y la red está plagada de comentarios sobre ellas. Es un fenómeno que, afortunadamente, parece que se va corrigiendo -hemos tenido una muestra hace poquísimas horas- pero muy, muy despacio. Excesivamente despacio.

Hace un año nos descojonábamos de risa -por no llorar de vergüenza ajena- ante el triste espectáculo -doblemente triste, si le sumamos el contexto- del juez Del Olmo reclamando las planchas de la portada de «El Jueves» para proceder a su destrucción, mientras esa portada había dado -material, literalmente- la vuelta al mundo, sin planchas ni nada.

Anoche, me sorprendía de la indignación de otro juez -y de varios colectivos- por la divulgación de la filmación del trastazo del vuelo de Spanair del 20 de agosto. Y me pregunto: ¿en qué mundo viven?

Hasta hace unos años, estas filmaciones se realizaban en cintas de vídeo (y aún hace muchos más, en la plasta aquella del yoduro de plata). No es nada del otro jueves copiar una cinta de vídeo, pero ello requiere -requería, porque ya…- una pequeña infraestructura, un tiempo y tal. Estas filmaciones -obsérvese el arcaísmo tecnológico de la etimología de la palabra- se realizan hoy en formato digital, lo cual quiere decir, en la que nos ocupa, que a los pocos minutos de ser detectada por el primero que la vio, ya estaba copiada en una memoria USB, enviada por correo electrónico y, más que probablemente, almacenada en unos u otros servidores de Google (los adscritos a YouTube o a Gmail, por simple ejemplo); además, por supuesto, de muchísimas otras posibilidades digitales.

El cabreo del juez cuando se enteró de que existía una filmación del trastazo que ya había sido vista por un montón de gente, es comprensible. Pero no lo es su indignación -ni la de los familiares de las víctimas ¡ni mucho menos las de los representantes de los pilotos!- por su aparición en la prensa. Era solamente una cuestión de tiempo -y de no demasiado tiempo- que eso pasara cuando ese archivo estaba ya en centenares -no me atrevo a decir miles, pero es probable que con ello no exagerara- de discos duros. No me he molestado en ir a comprobar si está en YouTube; probablemente estará y si no lo está será, seguramente, porque los gestores de YouTube no tendrán ganas de andar a broncas con el juez.

Y me pregunto, nuevamente, qué visión tienen de la realidad. Me pregunto cómo un juez, que lo es ya entradito el siglo XXI, en plena era digital, puede pensar que metiendo un CD en una caja fuerte, su contenido ya queda fuera del alcance del mundo entero, como cuando lo que metía en la caja fuerte era una cinta de vídeo o un rollo de celuloide. Y si mi sorpresa es grande con el juez, más lo es cuando se indignan también los pilotos, que son unos señores que viven de y entre las tecnologías más avanzadas. ¿También ellos se encastillan en la altivez propia de quienes acaso creen que son los únicos dioses que tienen acceso al Olimpo tecnológico? ¿Ignoran que conocimientos que prácticamente monopolizaban ellos y pocos más hasta hace veinte años, están ya extendidísimos en la sociedad? ¿No quieren ver que hasta los chavales de catorce años utilizan como si tal cosa -aunque para otros fines- las mismas, idénticas, tecnologías que ellos? Porque, pensando así, en su caso, si los jueces lo tienen crudo, los pilotos ya pueden ir metiendo el culo en una palangana…

A esta gente le esperan grandes contrariedades si no empieza a mirar un poco hacia afuera y no asume la humildad intelectual de constatar que su mundo, ese mundo de legajos casi medievales, de gruesos expedientes, de aranzadis espesísimos llenando las estanterías, está ya fuera de la realidad. Y que, con ese mundo, quedan también fuera de la realidad muchas maneras de ver, de entender y de interpretar las cosas; quizá la vida misma, incluso. Lo malo es que, mientras se deciden a llevar o no a cabo ese cambio de óptica, tienen un poder que ejercen sin contemplaciones, demasiadas veces como auténticos amos de un cortijo, y están causando mucho daño. A personas y a entidades, pero también al conjunto de la sociedad y del país, porque esas decisiones absurdas derivadas de vivir con cincuenta años de retraso -si no con más- causan atraso tecnológico y el atraso tecnológico se paga hoy, finalizando ya la primera década del siglo XXI a un precio muy alto; más alto de lo que nunca ha sido.

Y no pienso solamente en los jueces.

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Un comentario

  1. Analfabetos digitales (y no digitales) « Bloguear por bloguear… Says:

    [...] en El Incordio, en un artículo que destaca el analfabetismo digital de algunos jueces, pero que puede aplicarse a [...]