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Ciudad sin ley

October 6th, 2008 por Javier Cuchí

Existe una creencia generalizada -que, no sé por qué, todo el mundo da por buena- de que Internet es una especie de ámbito intelectual implantado en lo digital en el que no hay ley, en el que cada cual puede hacer lo que le da la gana sin tasa ni medida. Como una especie de refinado salvaje oeste.

Huelga decir que esta imagen ha sido cuidadosa e intensivamente cultivada por los grandes perjudicados de la libertad en red, los industriales del apropiacionismo intelectual, que ven cómo su negocio se va progresivamente hundiendo en su propia incapacidad para adaptarlo a la nueva realidad tecnológica. Pero semejante esfuerzo sería insuficiente sin otros intereses -que tampoco andan tan lejanos a aquellos- como son los del sector mediático tradicional -prensa, radio y televisión- que ven también descender muy peligrosamente su propio negocio, no sólo por la competencia de los medios en red sino también -y quizá sobre todo- por su propia falta de credibilidad puesta de manifiesto masivamente y a diario por una blogosfera implacable.

Todo ese esfuerzo -que es ingente, desde luego- sería pólvora en salvas si no hallara campo bien abonado en la credulidad que deriva de la ignorancia o de esa especie de caverna neoludita que, aunque pequeñaja y residual, ofrece feroz resistencia a la adaptación a los nuevos tiempos, a los nuevos medios y, en definitiva, a los nuevos modos. Son posiciones destinadas a su extinción social a plazo más corto que largo, pero que canalizan las insidias de los enemigos de la red. Lo peor, sin embargo, es que esa caverna de la tecnoignorancia o del neoludismo tiene fuerte implantación en ámbitos como la judicatura, las especialidades universitarias de letras o humanidades, en la comunicación (añadiéndose al factor expresado en el párrafo anterior) e incluso -mucho más marginalmente, por suerte- en el mundo de la empresa.

Por si ello fuera poco, parece que hay a quienes hace gracia esa imagen y se jactan de ella, fardando como de ser unos hackers -que nunca son, en realidad- y comportándose -de boquilla- como pistoleros en una comunidad amish. Es ese tipo de gente que anda por los foros sin aportar nada, jaleando o denigrando, insultando, diciendo barbaridades al sabor de la boca, pero siempre gratuitamente, sin más razón que su propia apetencia.

La gente común -todavía per se aislada del mundo digital, en proporciones enormes en España- es presa fácil de todo este inmenso FUD y tiene de internet una imagen de zona peligrosísima en la que uno deambula inerme a merced de grandes peligros, grandes peligros que, la mayoría de las veces, esa misma gente no sabe concretar. Si se les pregunta, se quedan pensativos unos segundos y después responden miméticamente a los rumores que gozosamente recogen e hinchan los medios de comunicación: «Bueno… Pues que hay mucha pornografía infantil ¿no?». Absolutamente intoxicados por unos medios de comunicación inmersos en tinte amarillo (sobre todo algunos de los de mayor audiencia), parecería que andamos por Internet abriéndonos paso entre fotografías y vídeos de niños, incluso de bebés, espantosamente violados. Conozco un locutor de radio -gran profesional muy considerado, buena fama a la que con mi propia opinión contribuyo gustoso- que se declara -porque lo está, obviamente- muy sensibilizado con el tema de la pornografía infantil, tanto que, con toda su buena fe, no permite en sus programas objeción alguna al asunto: aunque no se intente, en absoluto, defender la pornografía, baste con que se intente impugnar el volumen o la frecuencia del fenómeno para que se corra el riesgo de perder la palabra; consecuentemente, los apropiacionistas pierden el culo para encontrar el menor pretexto -es fácil y están muy bien entrenados- para poner el tema sobre la mesa aunque a ello les de pie un simple anuncio de frigoríficos, pongamos por caso. Con la línea del discurso cortada bruscamente, uno queda ante la audiencia como un internauta perverso defendiendo -como cabe esperar- las mayores aberraciones de la red.

Otra de las trampas habitualísimas del amarillismo es la noticia sesgada: tal día, centenar y medio de detenidos por piratería, por tenencia de pornografía infantil o por lacras parecidas. Se monta el escandalazo, en las tertulias se produce un rasgamiento general de vestiduras y así hasta la próxima. En el ínterin, nadie explica que, de 100 detenidos (es un ejemplo general, pero repetidísimo), cincuenta ya salen a la calle directamente desde la propia comisaría, sin llegar a ser puestos a disposición judicial. De los otros cincuenta, cuarenta y cinco salen del juzgado libres y sin cargos y sólo cinco resultan imputados. Ni siquiera llegamos a saber cuántos de ellos han sido realmente acusados y, finalmente, condenados. En muchos casos, uno o ninguno. Pero eso ya son detalles insignificantes. Lo bonito, lo que hace titulares, lo que encabrona tertulias, es la redada, que ya vemos practicada a saco, a granel, a peso. En el ámibto internauta ya es folklórica la tradicional redada de Semana Santa (suele ser por piratería), de la que ya se han sufrido dos consecutivas… sin ni una sola condena.

Pero, más allá de todo este humo de turbios y oscuros colores, humo gris negruzco, más bien, lo cierto es que en la red la ley impera como en cualquier otra parte. Con alguna dificultad técnica, es cierto, como el hecho de la aterritorialidad, es decir, el problema de contenidos que son legales en un país e ilegales en otro, toda vez que esos contenidos pueden ser vistos desde cualquier punto del orbe sin que el país en el que son ilegales pueda hacer más que filtrar esa página… lo cual puede también ser soslayado.

Sin embargo, es muy difícil -casi imposible- circular por Internet anónimamente; ello es sólo posible en caso de usuarios muy acabados (realmente de altísimo nivel) o de profesionales de la mimetización electrónica, y todos juntos no suman una pandilla. El idiota que se pone a decir burradas -injurias, calumnias- en los comentarios de una bitácora o en un foro, sólo puede confiar en el anonimato por la ley de probabilidades (no se puede perseguir a tantos), pero nadie está libre de que un ofendido se encabrone y obtenga de un juez la orden de identificación del individuo en cuestión. El anonimato en la red sólo cabe entenderlo frente a terceros no interesados: si yo emito aquí o allá una opinión inatacable penalmente, sólo métodos de hacking muy acabados permitirán llegar hasta mi identidad (y así y todo, se dice más fácilmente que se hace).

El verdadero problema, no obstante, no es de diferencias de legalidad, el verdadero problema tiene dos caras: una el negocio, como ya he dicho arriba, un negocio al que la red ha dejado obsoleto y que se intenta defender por la vía de una criminalización que no se sostiene; la otra, y esa es verdaderamente grave y la que constituye el verdadero objetivo de las leyendas negras y de los FUD, es el inmenso mar de librepensamiento que alberga la red. La prueba es que todas las acciones antipiratería acaban yendo dirigidas hacia la censura de contenidos, y la plasmación de ésta en los distintos proyectos legales suele hacerse dejando un ancho espacio con la puerta abierta para que la censura pueda practicarse a saco, todo lo extensamente que guste el censor. La irritación de la prensa y de los políticos ante la reiterada negativa del europarlamento a establecer un registro de bloggers, es una clara muestra. La obligación de identificarse ante las partes interesadas aunque éstas no pudieran acreditar ilegalidad alguna en el contenido de la bitácora en cuestión sería claramente disuasoria y cerraría una buena cantidad de bitácoras. Siempre quedaríamos los irreductibles -yo, como puede verse fácilmente, no voy de anónimo, me identifico perfectamente con nombre y apellidos- pero seríamos constreñidos a una pequeña minoría y rápidamente considerados por los medios en peso como simpes ácratas minoritarios y nada representativos.

De lo que se trata, en realidad, no es de proteger la propiedad intelectual ni la veracidad de las noticias (que nadie garantiza tampoco en un medio convencional: al contrario, desde la blogosfera les hemos pillado mil veces con las manos en la trola) sino de sofocar la opinión ciudadana libre y masivamente expresada. Porque si la ciudadanía se les escapa de las manos… pueden perderse muchos status, muchos negocios y mucho poder. El poder se ejerce, se ha ejercido siempre, desde la manipulación y, para ello, los medios de comunicación han de ser controlados. Si surgen algunos que se escapan de ese control y que, encima, funcionan, es decir, que son efectivos y masivamente aceptados, las consecuencias de lo que para algunos sería un verdadero desastre son inconmensurables.

De ahí tanto pirata y tanto pederasta…

Posted in Correo ordinario |

Un comentario

  1. Ciudad sin ley… y sin escrúpulos -- El Blog de Manuel Delgado Says:

    […] artículo de Javier Cuchí sobre la mala prensa que los medios de comunicación masivos se empeñan en transmitir de Internet y de los internautas, basándose […]

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