El Incordio


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El recontraespionaje

December 1st, 2008 por Javier Cuchí

Revueltas están las aguas. Ya lo estaban cuando me fui a Santiago, y veo que continuan así. La venalidad de los políticos, su oportunismo, su poca vergüenza, sus facturas pendientes de pago… es un panorama que, con los correspondientes altibajos, siempre anda configurando cabronadas contra el ciudadano y contra sus derechos fundamentales, y ahora estamos en una punta hacia arriba. Lo que ocurre es que las puntas hacia arriba, cada vez son más altas, más frecuentes y más incisivas y acaba uno preguntándose qué es lo que llegará antes a restaurar la pena de muerte en este país, si las infracciones de tráfico o las de propiedad intelectual (/modo sarcástico end, no vaya a haber algún retrasado mental, algún demagogo o, más comúnmente, ambas cosas, que piense que lo digo estrictamente en serio, aunque ojalá no tenga que comerme nunca con patatas esta aclaración).

Lo del Ministerio de Cultura y su ya famosa campaña legalista, no tiene nombre. Bueno, sí que lo tiene -aparte de los muchos que le han adjudicado ya en red- pero hay otros posibles que es mejor callarse por aquello de los fiscales, las injurias (esto de las injurias está más de moda que el pantojo), el atentado y demás. Lo del derrumbe de la enmienda 138 -de momento, que larga, ancha y compleja es la burocracia legislativa europea-, cuyo voto español a favor justificó Francisco Ros… bueno… para que hubiera buen rollito (de todas las excusas de políticos, esta es la más estúpida que he oído nunca y mira que la lista es larga) y que los españoles sabemos -todos- perfectamente que es parte del pago de la silla de Zapatero, es bastante más grave y más preocupante que una campaña claramente analfabeta (por cierto, enhorabuena a los profesionales que la han montado: han puesto el listón en el cero absoluto de la incompetencia), y habremos de trabajar bastante para enmendarlo; afortunadamente no estamos solos y en Europa hay mucha gente -en número y calidad activista creciente- que ya está luchando para volver la 138 a su lugar (y a ver si conseguimos que, una vez allí, se quede allí de una vez, valga el perogrullo).

Esta mañana, con el Ribeiro, el raxo y la tetiña aún en las pituitarias, amanezco con la noticia de los detectives privados que nos ha colocado la $GAE a los insurgentes, tomada de «El Economista». Está bien, tiene gracia. A algunos no nos dice nada nuevo, porque ya hace tiempo que sabemos que nos vigilan; no me reí públicamente de esa vigilancia más que nada para que no pareciera una fantasmada, fantasmada que quizá lo fuera hace un año y pico, pero que seguro que no lo es desde que formo parte de la directiva de la Asociación de Internautas: cuando uno acepta tan sustancioso y altamente retribuido cargo, ya sabe que desde ese momento -si no lo estaba antes- ingresa en ciertas listas. Y aún antes ya me habían avisado de aquí y de allí de que habia posibilidades razonables de estar en una u otra de esas listas; mis seis o siete valientes saben perfectamente lo posible que es, simplemente recordando el histórico de «El Incordio».

Pues, mira, me importa tres cojones.

A veces, hasta me entretengo obligando al fisgón a que tense la guardia. Me paro ante una manta, y hasta doblo un poco la chepa, como si mirara algo con interés, como si estuviera disponiéndome a comprar. Esta práctica tiene, no obstante, sus efectos retributivos: por una parte, constato que los que más se quejan del fenómeno (Ramoncín y compañía) están sistemáticamente ausentes de la cosa; por otra parte, me divierto pensando que el soplón en cuestión, de tanto tener crispado el dedo sobre el disparador de la cámara, acabará pillando un túnel carpiano así de gordo.

Lo de la querida, hace tiempo que lo tengo solucionado: con lo que me sobra cada mes de mi sueldo de funcionario, tengo alquilada permanentemente una suite en un conocido hotel de 5 estrellas GL que hay cerca de mi trabajo, y la nena entra por el parking disfrazada de subinspector de Hacienda.

Bueno, y ahora en serio (aunque lo de la manta es cierto: lo hago, y lo hago con las sanas intenciones enunciadas): no sé qué nivel de contraste tendrá la noticia. Sé algunas cosas: por ejemplo, que los detectives sólo pueden desvelar datos privados a quien legítimamente pueda recabarlos: un cónyuge respecto a la fidelidad del otro, un empresario sobre el seguimiento de la baja de un empleado… y, bueno, quizá también el Teddy Bautista sobre si yo compro o no en el top manta, toda vez que, después de todo, si yo comprara cositas en la manta, lo haría en un lugar público y eso no sería desvelar un dato propiamente privado (así y todo, niño, ojo con el túnel, ya sabes…). En cambio, si don Teddy llegara a averiguar qué sastre le confecciona el disfraz de inspector fiscal a mi coima, quizá la cosa le costara la licencia (como mínimo) al detective en cuestión.

Pero todo esto es hablar por hablar. A lo largo de mi vida he conocido a unos cuantos detectives privados y son profesionales útiles, serios y solvenes, sujetos, por demás, a normas de derecho positivo y a normas deontológicas muy estrictas. Por supuesto que, entre ellos, hay un indeterminable número de cabronazos (yo, incluso, podría dar uno o dos apellidos y alguno de ellos quizá hasta con pruebas), pero esas son las ovejas negras, tristes excepciones que ningún gremio puede evitar al cien por cien.

Otra cosa sería -hoy por hoy no puedo saberlo- que, en vez de detectives, lo que la $GAE contratara fuera una panda de macarras sin cualificación ni licencia, que realizaran ilegalmente ese papel profesional soslayando, a tal efecto, toda ética, toda deontología. No me parece fácil que la $GAE asumiera ese riesgo, no es posible que sean tan tontos, porque, como se rompiera la olla, las consecuencias iban a ser muy crudas y siempre existe el riesgo de la gente que tiene una manera particular y radical de tratar el chantaje y a quienes lo practican.

Estoy seguro de que la $GAE y compañía nos tienen vigilados, por supuesto. Hay muchos medios perfectamente legales de vigilar a la gente y de obtener la información que permita establecer una previsión razonable de sus movimientos en relación a tal o cual asunto. A ver: lo hacen muchísimas empresas; de hecho, todas, cada cual en su nivel y en lo que permiten sus medios. No hace muchos días leía, no recuerdo dónde, que muchas empresas -de cierto empaque económico, cabe entender- contratan a compañías que realizan labores de vigilancia de la competencia de sus clientes utilizando metodología militar (ojo y distingamos: metodología no es igual a medios ni presupone, necesariamente, ilegalidad alguna). Por eso es grave decir, como dice «El Economista», atribuyendo las palabras a un anónimo detective contratado por la entidad (refiriéndose a la $GAE), que vigilan los actos públicos anti$GAE y similares y a sus asistentes, aclarando: «no se trata de conocer su patrimonio, sino saber en qué páginas webs entran, sus relaciones personales y capacidad de convocatoria». Lo de la capacidad de convocatoria me parece muy bien, ya que son actos públicos; lo de sus relaciones personales debería explicarse: si son las que pueden verse en esos actos públicos, vale lo dicho antes, pero si van más allá, la cosa empieza a ser dudosa, a menos que se trate de relaciones asimismo públicas o del dominio público (por ejemplo, no es un secreto para nadie que yo estoy casado y probablemente tampoco lo sea la identidad de mi esposa); lo de saber en qué páginas web entramos… oiga usted: ¿de qué métodos se vale para saberlo? Porque eso ya sería una práctica no sólo impropia de un detective privado sino de un policía sin mandamiento judicial y la cosa pasa a ser, entonces, delito. Si yo pillo a alguien -detective o no- rastreándome la traza, que se agarre fuerte, pero fuerte de verdad.

Hace unas cuantas semanas, participando en una charla en Radio Nacional (Ràdio 4) Guisasola, el de PROMUSICAE, llamó -o fue llamado, no recuerdo- por teléfono y, en un momento dado, el presentador le comunicó que yo estaba en el estudio y le preguntó si me conocía. Guisasola respondió: «Sí, sí que lo conozco, sí». Nunca hemos sido presentados y, que yo sepa o recuerde, jamás hemos coincidido en ninguna parte. ¿Quiere esto decir que Guisasola me vigila? Por supuesto que sí. Es que si no lo hiciera sería imbécil. Guisasola, por sí mismo o auxiliado por otros, gratis et amore o a sueldo, está al corriente de lo que digo en mi bitácora, de lo que digo en los medios de comunicación, de lo que digo en mis conferencias y, probablemente, de lo que se dice de mí en bitácoras y otros medios, afines o adversarios. Y todo esto es perfectamente legal: si no quisiera que me vigilaran lo que tendría que hacer yo, sencillamente, es callarme y no esforzarme en causarles las muchas o pocas molestias, graves o leves, que les provoco o les intento provocar. Yo, lo digo claramente, hago lo propio con Guisasola y con otros que andan en su onda, al menos hasta donde lo permiten mis medios y mi disponibilidad de tiempo, que, la verdad, no es mucho. Es que es normal: ya he dicho muchas veces que esto no es un debate político de buen rollo cívico y democrático: esto es una guerra, así de claro.

También es posible que esta visión de normalidad no sea compartida por gente -de nuestro bando: al otro no le concedo, ni de lejos, tanta bonhomía- que realmente cree que esto es un debate político, que no una guerra, entre adversarios, que no enemigos, y que, terminado el debate, cervecitas y amigos como antes. En esta creencia, puede ser traumático para algunos saber que el enemigo utiliza artes… marciales. Bien, démoslo todo por bien empleado si alguien más se cae del guindo y reconoce, aunque sea de un batacazo, el terreno que pisa. Por mi parte -de forma personal e intransferible-, yo ya hace tiempo que lo conozco.

Y en la guerra, como en la guerra.

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