De la serie: Los jueves, paella
La noticia quizá más conmovedora de esta semana corriente, no sé si antes o después de la protomártir iraní (que está por ver que al final no sea un montaje, que hay mucho lío y mucha confusión en todo lo que está pasando) es la muerte de Vicente Ferrer, el arquetipo de cooperante, como se llama ahora a los filántropos y a los benefactores de la Humanidad (dicho sea, esta vez, sin sorna) o, simplemente.
Vicente Ferrer se dedicó al cuidado sanitario de los menesterosos indios, hasta donde pueda hablarse de una especialización en esta labor, porque las carencias son tantas y van tan interconectadas que dedicarse al cuidado sanitario es dedicarse, además, a la alimentación, a la educación y a un sinfín de actividades más.
Todo mi respeto hacia la figura de Vicente Ferrer y mi adhesión a la petición del premio Nobel, pero a ver si fuera posible que no le dieran el de la Paz, que se ha prodigado tanto entre asesinos, y en un rapto de decencia le dieran algún otro menos vergonzante. Qué se yo: a Churchill le dieron el de Literatura… pues a Ferrer le podrían dar el de Medicina porque, al final, es lo que hizo: practicar la Medicina en su aspecto más humanitario; no todo, digo yo, habrá de ser inventar vacunas o descubrir virus. Alguna otra vez ya lo he dicho: la Medicina es, en su más propio sentido, una práctica humanitaria, una entrega al ser humano, no una especie de ingeniería de la salud que es en lo que la hemos convertido.
Pero, dicho todo esto (y que quede bien fijado), yo no puedo menos que arrugar la nariz cada vez que veo a tanto cooperante, tanto esfuerzo y tanto sacrificio en pro de la India. Es verdad que sus crifras -y sus fotos- nos hablan de un país pobre y hecho polvo: un PIB nominal per capita, en 2006, de 797 dólares norteamericanos; en España, en ese mismo año y por el mismo concepto, tuvimos 32.000 dólares. Si en vez de PIB nominal se pasa al PIB relativo al valor adquisitivo real, la cifra india se incrementa bastante mientras que la nuestra disminuye algo (3.000 y 30.000, dólares, respectivamente), lo justo para configurar un escenario de diez veces exactas de diferencia. Y se dice, además, que la India (la segunda población del mundo) es la democracia más grande (en número de habitantes, claro).
Sin embargo, estas cifras y esto de la democracia, a mí me huele a chamusquina. Por una parte, mucha cagarela con lo del PIB, pero lo cierto es que la India desarrolla programas armamentísticos muy importantes, es potencia nuclear (en términos militares) y entre sus juguetes se cuenta una considerable cantidad de costosísimos cazabombarderos Mirage 2000, un portaaviones y una cohetería de mucho cuidado. También es potencia espacial, titular de un cierto número de satélites -la mayoría de ellos consagrados de forma exclusiva o compartida con otros a usos militares- y su política de defensa que le dicen es bastante agresiva, ya no solamente con el vecino e histórico enemigo, Pakistán (que déjalo correr también a este…) sino con Sri Lanka, la vieja Ceilán, que nunca ha dejado de codiciar. Y por lo que respecta a la democracia, su conocido sistema de castas -por más que formalmente prohibido, ampliamente tolerado- configura un apartheid por muchísimo menos del cual se tomaron medidas rigurosísimas contra el régimen afrikaner de Sudáfrica, medidas que ni de lejos (ni de cerca) se toman contra la India, que parece el paraíso mundial del buen rollito, con sus gurús y su meditación trascendental y sus hostias en vinagre, cuando en realidad es el cenagal sociopolítico y el pozo de mierda económico más acojonante que pueda concebirse. Y eso por no hablar de la mierda real, de la caca pura y simple, porque sólo de verlos meterse en ese agua (joder, para purificarse, dicen) a mí me entra urticaria.
Por tanto, todo esto de la filantropía y tal, puede verse de dos maneras: la manera oficial, en plan qué buenas son las hermanas dominicas u otra manera, no menos real, que consiste en estimar que todos estos cooperantes (y las correspondientes ONG y tal) no serían más que un hatajo de panolis que le están arreglando el gasto social al Gobierno indio para que éste pueda dedicar toda la pasta que haga falta a sus costosísimos programas bélicos. Se dirá: es que el Gobierno indio no va a atentder, de todos modos, a estos gastos asistenciales, con lo cual los que saldrían escaldados serían los parias de siempre; y sí, es un argumento plausible, pero cabe insistir en que esto es darle cuartelillo al belicismo hindú: si todo el sistema de ONGs, cooperantes y demás buen rollo no acometiera por libre estas políticas sociales, tarde o temprano habría de hacerlo el Gobierno so pena de que le salieran aún más caras las convulsiones sociales que inevitablemente acabarían sobreviniendo.
Todavía recuerdo, en mis años mozos, que con el cuento del hambre en la India, íbamos dando nuestros modestos obolillos mientras -como ahora es notorio- el Gobierno indio desarrollaba a marchas forzadas su programa nuclear y compraba cazambombarderos y buques de guerra a porrillo.
Con ser tonto una vez, ya tuve bastante.
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El asesinato a manos de ETA del inspector Puelles ha sorprendido. Ha sorprendido no tanto por el hecho de que ETA haya matado de nuevo sino por lo certero del objetivo. El inspector Puelles no era un policía cualquiera, valga la expresión, sino un verdadero puntal del Servicio de Información de la Policía Nacional, el hombre que coordinaba el seguimiento de todos los etarras sospechosos, el verdadero jefe de estado mayor de la lucha antiterrorista. Felizmente, como decía su propia viuda -dos grandes cojones, la señora, por cierto-, a pesar de tratarse de un profesional eficacísimo, no es insustituible y la calidad de la lucha contra ETA no va a verse mermada.
La pregunta del millón -que ya se han hecho varios medios- es si esta precisión por parte de ETA se ha debido a un churro, si sonó la flauta por casualidad y fueron a por Puelles porque les pareció un objetivo más fácil que otros, o porque sabían quién era Puelles. Si se confirmara esta última posibilidad, la cosa sería muy preocupante porque, entre otras especulaciones, podría incluirse racionalmente la de que ETA podría tener infiltrados en el Cuerpo Nacional de Policía.
Esto sería malísimo. En primer lugar, por lo que significaría intrínsecamente: conviene no olvidar que la postración a la que ha llegado ETA ha sido debida a muchos motivos, entre los cuales no es pequeño la cantidad de infiltrados que sufre (según he leído por ahí, la paranoia a la que han llegado en el seno de la organización habría dado lugar a historietas verdaderamente hilarantes); si ETA ha decidido jugar a lo mismo y juega eficazmente, la eficiencia de la Policía Nacional podría acabar llegando a extremos muy bajos. Y, en segundo lugar, que el foso de rivalidad y hasta de antagonismo que, lamentablemente, separa a la Policía de la Guardia Civil se ensancharía hasta extremos muy difíciles.
¿Es posible que ETA haya infiltrado a gente suya en la Policía? No sé si será posible, pero imagino que no será nada fácil. El infiltrado tiene que empezar por pasar unas oposiciones que no se regalan (hoy día, no regalan ninguna) y, ya para empezar, debe ser un tío -o tía- absolutamente limpio, mucho más que un simple legal porque no sólo ha de carecer de antecedentes penales y policiales, no sólo sería imprescindible que jamás hubiera constado como elemento sospechoso o dudoso en ninguna investigación sino que, además, no habría de ser conocido -a ser posible ni siquiera visto- en los ambientes abertzales. Y luego, escalar puestos hasta llegar a estar cerca de la cúpula técnica antiterrorista, puesto al que, imagino, sólo podría accederse tras filtros de confiabilidad muy acabados. Parece difícil que ETA disponga de alguien así, sobre todo porque no sé cómo ETA podría localizar a alguien así, a la vez tan limpio y tan comprometido; y si hubiera sido éste el que se hubiera presentado a ETA, por esas mismas razones ETA hubiera tenido mucho trabajo para asegurar la fiabilidad y la fidelidad del indivíduo. Claro que también es verdad que no conozco ni poco ni mucho las interioridades de la sociedad vasca y a lo mejor esto que a mí me parece tan raro podría ser incluso lo más normal del mundo. No lo sé. Pero desde fuera lo veo así.
Tampoco me gusta la teoría de la casualidad. En ciertos ámbitos, las casualidades no existen o son tan improbables que es, igualmente, como si no existieran. ¿Es posible, pues, que la información sobre Puelles hubiera podido conseguirla ETA desde fuera? Parece que la condición de policía del inspector era públicamente conocida; y esa condición no se desvanecía por el hecho de que él se presentaba como un funcionario puramente burocrático, vamos, como un a modo de técnico de gestión tributaria, pero con chapa y pistola. Y es posible -ahí entroncaríamos con la casualidad- que la chapa y la pistola fueran atributos suficientes como para ser apetecidos por ETA. Precisamente la acción terrorista de la banda siempre ha destacado por su indiscriminabilidad: es verdad que ha preferido a un coronel que a un sargento, pero nunca le ha hecho ascos a ningún empleo; recuerdo que en Barcelona asesinó a un suboficial músico (¿o a dos?). Por no hablar de los guardias civiles sin graduación que han llegado a caer, pero, bueno, el tricornio tiene un valor en si mismo, a estos tristes efectos, y el grado ahí es secundario.
En fin… Duermo tranquilo porque estoy absolutamente convencido de que todas estas posibilidades están siendo investigadas y repasadas hasta la exhaustividad; estoy no menos seguro, por otra parte, de que si realmente hay un infiltrado, será un hecho aislado, es decir, dudo muchísimo de que ETA pueda disponer de una cantidad significativa de gente en las dificilísimas condiciones que explicaba más arriba como para llevar a cabo operaciones de infiltración sistemática; tal posibilidad, para que existiera, debió preverse hace ya muchísimos años -nada menos que un sistema de durmientes preparados ya desde adolescentes, casi niños, para ser formados como infiltrados- y se hubiera sabido en alguno de los múltiples desmantelamientos de la cúpula etarra. Una operación sistemática así, no hubiera sobrevivido ni siquiera a la primera.
Y, por cierto: una cosa que no quiero dejar de decir: las alabanzas del PP vasco a la política del PSOE vasco y las alabanzas conjuntas de Rajoy y Zapatero a ambas formaciones (cada uno a la suya y a la del otro) abren brecha para la esperanza ciudadana. Es así como queremos ver a nuestros políticos. Y en más temas quisiéramos verlos actuando así, al consonante unísono. Pero en este del terrorismo, de manera muy principal. Que la perrera haya terminado en el ámbito antiterrorista es un alivio grandísimo para todos los ciudadanos.
Algo es algo y esto no es poco.
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Una de las cosas que me gustan de Sarkozy -y mira que son bien pocas- es lo clara que tiene la europeidad cultural. Cultura, casi es innecesario decirlo, que aludo no en su proyección baratija, no en plan cultureta titiriteresco, sino como bagaje generacional y tres veces milenario de todo un continente. Quizá porque Sarkozy es un producto francés con denominación de origen y en Francia tienen estas cosas muy claras (en Alemania también, pero por razones obvias no se atreven a decirlo con la boca grande). O sea que no son como aquí, que somos gilipollas del todo (muy a mi pesar, tengo que asumir mi parte alícuota de gilipollez como un impuesto más) o como el mundo oficial italiano (los italianos de a pie son otra cosa con mucha más guasa) que no es más que una peña de fachas folklóricos, que es la manera más cutre de ser facha. Porque llamar fascista a Berlusconi es algo que, de puro cachondeo, no se merecen ni los propios fascistas: el fascismo es una cosa muy seria y Berlusconi no.
Los franceses siempre han visto el tema del trapo en la azotea como un forúnculo en el culo y, armados de su laicidad legal, le han cerrado el paso en las aulas escolares y universitarias. Ahora intentan erradicarlo de la calle, cuando menos su manifestación más exagerada, el burkha o como carajo le llamen, y lo van a intentar por la vía no tanto religiosa (los islamistas siempre pretenden que lo del trapo no es religión, que es que a las mujeres les gusta ir así) como por la vía cívica, argumentando que algo tan claramente discriminatorio y aherrojador de dignidad no puede ser tolerado en un Estado democrático (civilizado, diría yo más bien).
Este tema del trapo, personalmente lo contemplo de manera muy parecida a lo que me refería el otro día hablando de las bandas de hispanos (que dicen los mentecatos) y al igual que un vulgar ñeta (aunque el ñeta no atenta a lo cultural sino a lo social) lo que hace una tía con trapo es ciscarse en mi cultura, declararla individual y colectivamente inmoral, inferior e indeseable. El trapo, por encima de religiones y de discriminaciones, es una negativa militante a la integración.
Por eso no hay que guardarle la menor consideración al trapo ni a quienes lo llevan.
Y cada vez que digo esto, aparece el típico imbécil que me llama racista. Cuidado: no me importa que me llamen racista -toda vez que no lo soy- sino que me lo llame un imbécil intrínsecamente notorio. Si fuera racista étnico o religioso, no podría soportar, por ejemplo, a los negros, que son eso, negros, y mayoritariamente musulmanes. Y, sin embargo, si albergo algún sentimiento hacia ellos como colectivo, es más bien el de simpatía, simpatía que se ve acrecentada por el hecho de que, como tal colectivo, no se dedica a tocarme los cojones; y, mayoritariamente, son corteses y poco conflictivos (el hecho de que haya cuatro hijos de puta que, de vez en cuando, líen un festival de puñaladas no quiere decir nada: también lo lían, a veces, blancos cristianos e incluso… ¡blancos ateos!). No siento mi cultura agredida por un negro; tampoco por un hispanoamericano, por más ñeta o latin king que sea, porque su cultura es la mía (lo que es el tal gamberro es un puro y simpe asocial: lo es también en su país de origen); pero con harta frecuencia -hasta lo sistemático- la sé agredida por musulmanes árabes y, principalmente, indostánicos. Cada vez que veo a un cura de esos -imán, o como lo llamen- siento una enorme nostalgia por la FAI, no sé por qué será…
Me alegro, pues, de la ofensiva francesa contra el trapo casi como una redención también para este triste país nuestro en el que tal ofensiva sería imposible sin que los que la imposibilitan -menudo montón de botarates analfabetos- tengan la menor idea del despropósito que están cometiendo. Ni siquiera me quedará el consuelo de partirme de risa viendo a las imbécilas del buen rollito con el trapo puesto obligatoriamente, porque si llego a verlo también veré a mis hijas en la misma tesitura.
Si alguien con un fusil de asalto no lo remedia.
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Bueno, pues después de una semana bastante perezosa para con la bitácora (en realidad estuve bastante capficat con la asamblea de la Asociación de Internautas, en la que tuve que oficiar de anfitrión, puesto que este año se ha celebrado en Castelldefels, a catorce kilómetros de Barcelona), con esta paella cabalgo de nuevo, a ver si volvemos a imprimirle ritmo a la cosa. Y cerramos con ésta el mes paellero de junio.
El próximo jueves será 2 de julio, el primero de los dos meses veraniegos y vacacionales por excelencia. Por cierto, os anuncio que este año sí que voy a hacer vacaciones un poco en serio y que «El Incordio» cerrará tres semanas enteritas, ya os diré cuándo; pero se acerca fatalmente el momento en que mis hijas ya no querrán pasar las vacaciones con nosotros y, de hecho, me huelo que este año será el penúltimo (si no el último, espero que no) en que haremos vacaciones los cuatro juntos. Quiero aprovecharlo a tope antes de tener que escribir otro remedo del «nunca más ¡ay amigos! seremos estudiantes…». Así que os va a tocar pasar un poco de hambre.
Pero eso no será inmediatamente.