¡Al Velázquez! ¡Ar!
De la serie: Correo ordinario
Todavía con la inercia del reciente artículo sobre los museos, me viene a la memoria una exposición monográfica sobre Velázquez que organizó el Museo del Prado hará cosa de unos veinte o veintidós años. Recuerdo que, en aquel entonces, fuimos a pasar un fin de semana a Madrid mi mujer y yo; cuando íbamos a Madrid solíamos tomar un Talgo muy cómodo y agradable que salía a las once de la noche de la estación de Francia y te depositaba en Chamartín a las ocho de la mañana, con la cara lavada y recién peiná, y nos quedamos sorprendidos de lo inusualmente larguísimo que era el tren el fin de semana en cuestión. Nos explicaron que era por la exposición (irrepetible, decían) de Velázquez. Ciertamente, había sido muy publicitada y los medios de comunicación, de manera prácticamente unánime, no habían escatimado botafumeiro para la cosa.
Yo, que nunca acabo de aprender a estar de vuelta de todo cuando se trajina a masas enteras, me asombré hasta lo infinito. Pero, bueno… Velázquez era el pintor del Rey, de Felipe IV, y, por tanto, como es lógico -y sabe perfectamente cualquier habitual del Museo del Prado- lo más y lo mejor de Velázquez está ahí, en el Prado, con plaza fija. Como una de las cosas que hacemos siempre que vamos a Madrid, si vamos por ocio (o, siendo por trabajo, si tenemos dos o tres horas libres), es darnos una vuelta por el Museo del Prado, aquel fin de semana nos acercamos. Mi asombro se multiplicó: ¡la cola para acceder a la exposición velazquiana era inmensa, larguísima! Perfectamente comparable a las taquillas de un campo de calzoncilleros en víspera de final tremenda. ¡En un museo! El daño colateral consistió en que, si bien no tan exagerada, también había una cola notable para la entrada general.
Íbamos a dejarlo correr, porque considero las colas como un fenómeno típicamente soviético, degradante, indigno de un país desarrollado, no importa a qué fin se hagan, y les tengo casi tanta alergia como a las aglomeraciones de gente, de modo que las evito como el mearme en la cama salvo que sea irremediable (que casi siempre tiene que ver con algo obligatorio o de otro modo insoslayable), pero algo se me encendió en alguna parte y persuadí a mi mujer para que nos quedáramos; por supuesto al museo común.
Y, efectivamente: allí estaban los cuadros de Velázquez de siempre, y donde siempre. La irrepetible exposición estaba en salas aparte. No me importa decir que me colé (era facilísimo y no fui, ni mucho menos el único). Y me colé no al malévolo fin de disfrutar de un bien cultural sin abonar la justa compensación al autor y toda la cagarela sino al de satisfacer mi curiosidad sobre qué carajo de Velázquez se estaba exponiendo allí. Conclusión: salvo un cuadro realmente importante traído de Londres, todo lo demás eran obras menores -algunas de ellas muy menores, si me perdonáis la expresión- traídas de diversas colecciones privadas que hacían, efectivamente, de muy difícil repetición la exposición monográfica en cuestión, pero que tampoco la hacían nada del otro mundo.
Era tan pobre, cuando menos en relación al fondo habitual que puede verse cualquier día del año en el Prado, que si llega a realizarse esa exposición en Barcelona y hubiera sabido en qué consistía, probablemente no me hubiera tomado siquiera la molestia de acudir (y más, previendo la cola correspondiente). Me he perdido, en cambio -dicho sea entre paréntesis- la exposición de Sorolla, por aquello de que un día por otro nunca encontré momento y cuando quise darme cuenta, mec, ya se había ido. Dentro de muchos años aún estaré lamentándolo, como me lamento aún por lo que explico en el párrafo siguiente.
Tres o cuatro años antes, hacia 1982 o 1983, no recuerdo con precisión, pasé varios días en Madrid realizando unas oposiciones, con lo que, obviamente, tuve tiempo para hacer muchas cosas entre las que se contaba, casi en primer lugar, la visita al Prado. Y pillé, por pura casualidad, porque no había sido en absoluto divulgada, una exposición monográfica sobre El Greco que era para echarse a temblar de puro síndrome de Stendhal. Aquella sí que era verdaderamente irrepetible y aquella sí que reunió un fondo valiosísimo e imposible en España. Siempre he agradecido al Espagueti volador que me hubiera puesto aquella colección maravillosa a tiro. La disfruté como un enano, aunque el recuerdo es agridulce porque todavía me corrompo por un error que cometí: no compré el catálogo de la exposición. Yo iba bastante canino y costaba cuatro mil inabarcables pesetas de las de entonces, pero me he tirado un cuarto de siglo reprochándome agria y amargamente no haberlo comprado aún al coste de una semana a pan y agua. Errores de juventud, qué le vamos a hacer…
Dicho todo esto, y a la vista de ello, no me extraña que el patio cultural sea en España una cuestión de chorizos y macarras, como aquellos asaltantes de la sede barcelonesa del Banco Central, de los cuales poco más se supo.
La gente se mueve -debo volver a lo que sostenía en el artículo precitado- a puro toque de silbato, a simple incitación ludómana. Se diría que la gente vive amargada, en una especie de marasmo soporífero, en un caldo espeso de aburrimiento profundo del cual no sabe salir sola. Cuando la vida tiene tantísimos alicientes que no pasan por engordar a la $GAE -putear a la $GAE es, precisamente, uno de ellos-, cuando hay tantas y tan necesarias causas atascadas por falta de esfuerzo, por falta de brazos, cuando hay tanta gente que dice que no tiene tiempo sin que nadie sepa en qué lo emplea, cuando hay tanto libro por leer… Puro toque de silbato: hoy os vais a entretener poniéndoos en calzoncillos y corriendo a la salud de «El Corte Inglés»; tal día, toca llenar Talgos de infinitos vagones para ir a Madrid a ver una exposición (cuando en la puta vida se les ha ocurrido ir al Prado por iniciativa propia ninguna de las veces que han visitado Madrid); tal día, lo que procede es ir a un museo tipo enseñar deleitando, para deleitarse poniendo especial cuidado (¡no lo quiera Dios!) en no aprender y en no permitir que los demás aprendan.
¿Sabéis la última del achuntamén barcelonés? Resulta que no sé qué día de estos vienen por aquí unos tíos de estos del calzoncillo, sector biciclo; sí, de esos que no paran de meterse cosas y que ya han procesado por narcotas a no sé cuántos, todo un ejemplo de lo modélico, lo educativo y lo ético de eso que llaman (y no sé por qué) deporte. Bueno, pues nuestro dilecto alcalde ha convocado al personal para que llene las calles recibiendo a los tíos estos… ¡con todo el mundo llevando algo amarillo en el atuendo! Os propongo una porra sobre el número de tontos del culo que acudirán como bobos a la cosa, pero, si queréis tener la menor posibilidad de ganar, tendréis que ponerle muchos ceros a la cifra por la que apostéis: con menos de cinco (más el primer número, por supuesto), vamos, es que ni lo intentéis. Yo apuesto por los 600.000.
Tirad por lo alto sin miedo.
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July 1st, 2009 at 21:54
Por 14 euritos tienes la entrada pagada para el Prado, el Thyssen y el Reina Sofía. Enamoradito estoy de los museos madrileños.
July 2nd, 2009 at 20:35
[...] los tropiezosPaella: el arrozFina estrategia¡Al Velázquez! ¡Ar!Interoperabilidad, divino tesoroNi aprendido ni deleitadoEl foto… matónVidas, muertes y [...]
July 5th, 2009 at 14:43
Esta actitud es soprendente,pero aun lo es mas cuando en vez de gastarse unos euros en entradas para ver algo que no comprenden se gastan miles de euros para ir de viaje a un lugar del cual no conocen ni su historia ni cultura, (ni interés alguno tienen en adquirir esos conocimientos).
En eses casos la masa borreguil es pastoreada por un guía que les indica los lugares al lado de los cuales deben fotografiarse.