De la serie: Los jueves, paella
El planteamiento de este tema es relativamente delicado para mí, sincorbatista acérrimo y no diré activista del sincorbatismo porque no se puede defender una libertad pretendiendo establecerla como prioritaria ante otras libertades. Vista cada cual como le dé la gana, que deje en paz el atuendo de los demás y ya está. Con dos únicas salvedades: la higiene y el mensaje. Lo del mensaje va por lo de los trapos en la azotea, que no es una cuestión de atuendo sino de desafío cultural radical y frontal a la sociedad de acogida. Pero lo del trapo en el tarro vamos a dejarlo a un lado por hoy (he hablado de ello otras veces y seguiré haciéndolo, pero no es la cuestión ahora) y, también por razones de oportunidad -aunque de naturaleza distinta- también voy a descartar el tema de la corbata.
Viene todo esto a dos noticias que han circulado estos días: el clamor (no sé si verdaderamente cívico o simplemente mediático) por el semidesnudismo turístico al uso en Barcelona (y en otras ciudades, pero el problema se ha planteado aquí) y por la amenaza de varias entidades naturistas de llevar a los tribunales a los ayuntamientos costeros cuyas ordenanzas prohíban el desnudo integral en la playa. Y aunque parezcan similares, son dos problemas distintos.
Realmente, a mí no me gusta ver a un elemento (o elementa) que por todo atuendo lleva un calzón y unas zapatillas (a veces, ni zapatillas: el descalcismo parece ser otra moda, cosa que nunca entenderé, pero, en fin…) paseándose por las calles de Barcelona. Podría ver en ello cierta estética si se tratara de un muchacho fornido y apolíneo o de una chica joven y adecuadamente curvada: la belleza es la belleza. Pero pasan dos cosas: la primera, que la belleza no es un criterio válido para establecer discriminaciones normativas y, la segunda, que, desgraciadamente, el muchacho apolíneo o la dama despampanante son excepciones y rara avis entre una masa porcinesca de ciudadanos y ciudadanas teutones o eslavos de edades próximas a lo provecto que exhiben montañas de tocino entreverado, sudoroso y maloliente. Sin embargo, el que a mí -o a muchos otros como yo- no me guste el espectáculo, no parece razón suficiente para limitar la libertad de vestuario (…o de desvestuario). Otra cosa es la higiene: en lugares públicos cerrados (o privados abiertos al público) y, sobre todo, en el transporte público, en todos los cuales la concurrencia e incluso el hacinamiento hacen que la capacidad de la ventilación para evacuar efluvios humanos tenga siempre un límite demasiado cercano, algo que cubra razonablemente el cuerpo es de rigor, porque la libertad de atuendo termina donde empieza mi salud y la de mis conciudadanos.
Pero la cosa va más allá y se le pide al achuntamén que regule mínimos de atuendo en la calle, petición a la que el alcalde se ha mostrado, como mínimo, receptivo. Y esto ya es otra cosa, porque… ¿qué alberga esa petición?
A mi modo de ver, tras esa petición se esconde el miedo de muchos comerciantes y hosteleros a ejercer su derecho de admisión, el cual, aparte de algunas dificultades de tecnología legal para ser aplicado en este caso, puede llevar a la pérdida de un cliente -que comprendo perfectamente: quien me exija corbata no verá mi dinero- o, lo que es peor, puede aparecer en guías o páginas de Internet como local restrictivo, cosa que puede llevar a una pérdida ciertamente importante de clientela; por no hablar del plus de competencia que le supondrían locales más laxos con el vestuario de la parroquia (lo bonito de la competencia es esto, que cuando unos putean a la clientela, otros hacen de ese puteo un nicho de negocio). Si es el achuntamén, en cambio, el que obliga al atuendo mínimo en vías y locales públicos, el problema está resuelto, porque hay tabla rasa para todo el mundo y porque ante el cliente enfadado por la imposición de la camiseta siempre se puede poner cara compungida y echarle la culpa al alcalde (los guiris, recordemos, no votan; al alcalde se la trae floja que le echen la culpa, en este caso).
Y hay otra cosa peor: la proclividad municipal a reglamentar la uniformidad mínima necesaria también en la calle, procede de la exigencia públicamente expresada de la peña del Gaspart (los hosteleros de muchas estrellas y tenedores, ya es sabido) de conformar un modelo estético de alto nivel para la ciudad, de forma que sea atractiva para su clientela. A los visitantes de alto standing no les gusta tener que fotografiar nuestros bonitos monumentos modernistas rodeados de rusos y alemanes tripudos derramando torrentes de manteca sobre el pavimento. Hace feo para enseñarlo a los amigos, no viste (nunca mejor dicho). El Gaspart y su banda entienden -no sin cierta razón comercial- que la clientela de cinco estrellas no sólo quiere hoteles de cinco estrellas sino también entornos de cinco estrellas.
Pero suceden dos cosas: por una parte, los entornos de cinco estrellas, acaban siendo costosísimos para sus propios habitantes y los barceloneses ya estamos más que hartos de las molestias y carestías que tenemos que sufrir a beneficio de la banda del Gaspart, de evidente y poco clara predilección municipal; por otro lado, en asuntos de prohibiciones todo es empezar: hoy, los hosteleros exigen mínima camiseta, pero mañana querrán camisa y dentro de una semana, americana y corbata. El problema de una prohibición nunca está en el grado de esa prohibición sino en el principio que derriba, en la libertad que se cepilla. La imposición de la camiseta mínima en la calle (en los espacios cerrados sería otra cosa, por higiene) no es un problema por la camiseta sino porque termina con la libertad en el vestir: se empieza por la camiseta y se termina con toda Barcelona como si fuera el 1 de Mayo en Corea del Norte. Y no.
Paralelamente, las asociaciones de naturistas (vulgo, nudistas) se ponen duras (no hagáis chistes) ante las restricciones playeras de algunos ayuntamientos. Aquí la cuestión es distinta, como he dicho antes. Aquí estamos ante el choque de una clara libertad, la de atuendo, que implica la de desnudo, cuando menos en las playas, que son espacios naturales (parece que todos los juristas están de acuerdo en que los nudistas tienen el recurso ganado en tribunales, si lo llevan adelante) y la no menos clara… ¿Qué libertad? ¿Religiosa? ¿Educativa? Pues no, no está tan clara. Efectivamente, hay personas -no pocas- que defienden empecinadamente su derecho a no verse obligados a contemplar un cuerpo completamente desnudo o a que no se vean sus hijos menores en esa obligación. Y lo que cabe preguntarse es: ¿de dónde nace este derecho? ¿En qué se basa? ¿Qué razón avala sus permisividades y sus limitaciones? Dicho de otra manera: ¿por qué el top less sí y el pubis o el culo no? Y si el top less tampoco se admite, la pregunta cambia, pero sólo de coordenadas: ¿por qué las pantorrillas sí y el culo no? Las razones que obligan al slip mínimo obligatorio son las mismas que podrían llevar al burkini mínimo obligatorio, y recordemos que el burkini no es un invento de las del trapo en el tejado, que por estos pagos -y no hace tampoco tanto- fue obligatorio -legal, reglamentariamente obligatorio- desde la moral católica oficial.
El problema es que las religiones -todas en general, aunque algunas más agresivamente que otras- le tienen una aversión cerval al sexo y ven en el desnudo una primera manifestación sexual. Así las cosas, algo que tenemos todos -el desnudo- se convierte en un asunto de moral (o lo que es lo mismo para algunos: inmoral). Como suele suceder en las sociedades en que las religiones han ostentado un potente y largo poder temporal, económico, social, civil y, en definitiva, político, los mandatos religiosos acaban trasponiéndose a lo educativo e independizándose de la propia religión; y así, de la misma manera que muchos árabes ateos sienten náuseas ante la carne de cerdo, muchos ciudadanos, religiosamente fríos e incluso ateos, experimentan una actitud de rechazo ante el desnudo integral, al tiempo que rechazan igualmente -y frontalmente- que se trate de una cuestión de moral, y para justificarlo, emplean palabras que en muchos casos (decoro, decencia) tienen una clara carga moral o bien se acogen a términos relativos y poco válidos como base legislativa tales como estética (cuando todos sabemos que la estética, la belleza, son una simple convención social, un canon que cambia en cada momento histórico).
Desde luego, mientras las ideas religiosas trasciendan del plano estrictamente personal, íntimo e individual, todas las sociedades tendremos problemas y, en algunos aspectos, problemas graves.
A ver cómo acabará todo esto.
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Ángel Sanz Briz
«Bucarest, 14 de noviembre de 1944. Ángel Sanz Briz, de treinta y dos años, introduce en la máquina de escribir Underwood un folio con el nombre de la legación española en Budapest, de la que es jefe, y escribe: “Certifico que Mor Mannheim, nacido en 1907, residente en Bucarest, calle Katona Jozsef, 41, ha solicitado, a través de sus parientes en España, la adquisición de la nacionalidad española. La legación española ha sido autorizada a extenderle un visado de entrada en España antes de que se concluyan los trámites que dicha solicitud debe seguir”.
» A los alemanes que ocupan Hungría les han entrado las prisas por exterminar a la comunidad judía húngara, unas 750.000 personas. En marzo, Himmler ha enviado a Hungría a Adolf Eichmann en persona con sus unidades SS especializadas para acabar con elementos subversivos judíos. Trenes enteros de deportados judíos parten hacia un destino incierto. El gobierno colaboracionista de Ferenz Szalasi no va a mover un dedo para protegerlos, pero el joven diplomático español se juega la carrera y quizá la cabeza expidiendo certificados falsos que salvan de la muerte a 5.200 judíos.
» “Los doscientos pasaportes que me había concedido el Gobierno español los convertí en doscientas familias; y las doscientas familias se multiplicaron indefinidamente merced al simple procedimiento de no expedir documento o pasaporte alguno con un número superior a 200″, contaría años después Sanz Briz.
» Como tanta gente no le cabe en los locales de la legación diplomática española, Sanz Briz ha alquilado otras once casas en cuyas puertas lucen sendas placas con el escudo español y el letrero: Anejo a la legación española»
(Eslava Galán, Juan, Los años del miedo, Barcelona, Ed. Planeta, 2009)
Conocía la existencia de Sanz Briz antes de haber leído el libro de Eslava Galán; entre otras cosas, porque tiene dedicada una plaza en Zaragoza, su ciudad natal, muy próxima a la vivienda que la familia de mi esposa tiene en ella. Pero había oído algo de su historia hace ya años.
Sabía también, desde hace años (ahora esta circunstancia debe estar desterradísima de los planes de estudio), que el régimen de Franco salvó el pellejo de muchísimos judíos, muchos miles, sobre todo sefardíes, durante la persecución nazi, a base de repartir pasaportes españoles a todo pasto. Imagino -parece que los apellidos cantan, según he leído alguna vez- que la razón es que Franco tenía algo o mucho de judío. Sanz Briz, aunque por libre iniciativa, formó parte de ese entramado y de ahí que su administrativamente tosca maniobra (¡anda que no iba a notarse ni nada en Gobernación lo de los 200 pasaportes multiplicados por n, por más que no hubiera ordenadores en la época!) pasara oficialmente desapercibida. Porque, como es notorio, a Sanz Briz no le pasó nada.
Es uno de los casos de españoles que han hecho cosas notables y cuya divulgación ha cedido ante la de proezas similares -a veces, incluso de cuantía, volumen o trascendencia menor- de otros personajes extranjeros que han tenido mejor prensa. Hay otros casos parecidos, el más doloroso de los cuales es el del almirante Blas de Lezo, que a lo largo de toda su vida propinó muchos y muy importantes palos a los súbditos náuticos de Su Chistosa y a quien, en su día, se debió nada menos que la salvación del imperio en América, un marino español -y lo digo sin afectada exageración- perfectamente capaz de hacerle sombra, en cuanto a magnitud histórica, al mismísimo Nelson. Y nuestros escolares -¡y la práctica totalidad de nuestros universitarios!- no tienen ni puta idea de quién es.
Aquí babeando con «La lista de Schindler» y resulta que lo teníamos en casa. De igual manera cabe preguntarse qué «Master and Commander» hubiera podido filmarse sin más que construir un guión con la biografía de Churruca o qué película -incluso de espías- hubiera podido realizarse siguiendo fielmente la vida y andanzas de Jorge Juan, por sólo citar a dos de los muchísimos grandes marinos que fueron, además, grandes geógrafos, grandes matemáticos y, en general, grandes científicos, de aquella impresionante cosecha del XVIII, el único momento de nuestra historia -salvando al Califato de Córdoba- en que la ciencia sonrió a este desgraciado y mohoso país (sí, y también en Catalunya, hay que joderse con Felipe V y siguientes, ya ves tú).
Claro que con esta maravilla de cine que tenemos, abarrotado de pisacharcos, cagapalanganas, enchufados, botarates, vividores, especuladores, sinvergüenzas, analfabetos, chupópteros, incompetentes y pare usted de contar que me cargo el servidor, qué iban a hacer películas interesantes con gente nuestra, anda ya…
He leído varias veces -con distinta atribución de autoría- aquello de que el que ignora su Historia está condenado a repetirla; pues mal vamos en España, como tengamos que volver a pasar por ese marrón -que aún dura- y que lleva durando veinticinco siglos. Pero dentro de tanto guano, hubo buenos momentos. Hubo una vez en que vinieron unos señores griegos y romanos, que nos hicieron cultos; hubo otros, llamados moros -aunque venían del Asia Menor, apañados hubiéramos ido, en otro caso- que nos hicieron sabios por el sur al mismo tiempo que Europa nos entraba por la vía endovenosa del Camino de Santiago, por el norte. Y entre unas cosas y las otras, en medio de la mierda, este país de putos guerrilleros también logró -no sé cómo pudo, pero lo hizo- alumbrar genios, algunos de los cuales pudieron llegar a realizar grandes gestas políticas, militares o intelectuales. Genios que, por su osadía, por el simple hecho de serlo (pecado en España), fueron en su mayor parte puteados, despreciados, reducidos a la miseria, al desprecio y al oprobio más abyecto; en no pocos casos, encarcelados o exiliados, y en más de uno y de dos, ejecutados. Y a tan altos agradecimientos, hay que añadir el del olvido de las generaciones posteriores, tan incultas, zafias e ignorantes como sus contemporáneas, regidas como éstas por perfectos sinvergüenzas, pero con la desventaja añadida de que los de ahora, encima, son cultural e intelectualmente insolventes y deprimentes.
O sea que nada, que no arrancamos.
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Paella en dos tiempos, la de esta semana, pero me he extendido mucho en estos dos temas y un tercero sería demasiado. Estamos, queridos lectores, en el último jueves de agosto. El próximo será 3 de septiembre… ¡caramba!… el 70º aniversario del comienzo de la Segunda Guerra Mundial (en realidad, la primera; la otra, la llamada Primera, fue realmente europea, aunque medio mundo metiera sus narices ahí). Bueno, efemérides aparte, lo cierto es que, en términos convencionales es época ya de normalización post vacacional y uno de los dos inicios de año, cuando entendemos éste como el curso de tiempo que va desde que termina un período vacacional hasta que empieza otro. Iniciamos, pues, un período de once meses al que hay que darle fecundidad, contenido.
Vamos a ponernos a ello.