De la serie: Pequeños bocaditos
La Segunda Guerra Mundial costó más de 73 millones de muertos (la mayoría, por cierto, civiles, más del doble que militares). De ellos, 61 millones -entre civiles y combatientes- cayeron en el bando aliado. Cayeron en un guerra que libraban o se libraba, según les dijeron, por la causa de la libertad y de la democracia. Bueno, a unos cuantos de ellos quizá no les dijeron que la democracia que les iba a tocar tenía un plan muy parecido al oprobio al que acababan de vencer: represión política, campos de exterminio, sometimiento a la tiranía y todo el largo etcétera soviético (que no sólo estalinista) del que ya sabemos aunque, afortunadamente, a distancia y por los periódicos y los libros de Historia.
En el lado europeo occidental proliferaron las constituciones liberales que establecieron la democracia parlamentaria, el libre mercado con un cierto nivel de supervisión gubernamental y la primacía de las libertades y los derechos individuales, basados especialmente en las libertades de expresión, asociación, manifestación, información, inviolabilidad del domicilio y de las comunicaciones y derecho penal garantista. Este constitucionalismo liberal tuvo su mayor motivo en la necesidad de fijar en el sistema capitalista a las poblaciones europeas, suministrando una ideología y un nivel de bienestar económico que aventajara la promesa del paraíso marxista, la falacia del cual no era tan evidente entonces. El despegue y desarrollo económico que supuso la necesidad de reconstrucción de una Europa devastada, abundantísimamente financiada por el grueso chorro de dinero del Plan Marshall (que sería también útil para encadenar Europa a los intereses norteamericanos cuando los Estados Unidos no pudieran sostener una ocupación militar propiamente dicha), hicieron el resto.
Pero he aquí que el imperio soviético se desmoronó. No fácil ni rápidamente: hubo que esperar a los albores de la década de los 90; ni tampoco casualmente: su economía, mal planteada e incompetentemente dirigida, no pudo soportar una carrera armamentística brutal que, encima, supuso un absolutamente inafrontable desarrollo tecnológico del mundo occidental. Además, el fiasco de Afganistán -del que debiera haberse aprendido hoy día y no se ha hecho y ahí nos las van a dar hasta en la foto del carnet de identidad-, desmoronó el temor que pudiera haber existido ante el Ejército Rojo, que se mostró como un verdadero tigre de papel sin otra cualidad impresionante más allá de su enorme volumen (el 70 por 100 del cual estaba compuesto por tropa étnicamente no confiables).
Con el desmoronamiento soviético, quedaba silenciado el canto de sirena de la patria proletaria y, para el liberalismo recidivo, el sistema democrático occidental se convertía, de pronto, en un estorbo. Ese estado del bienestar, que retuvo a masas enteras de emigrar al otro lado del telón o, peor aún, de intentar implantar en Occidente la patria del trabajo asegurado, se convirtió de pronto en una insufrible muestra del intervencionismo estatal. Y las libertades individuales, en un serio inconveniente para el establecimiento de las dictaduras mercantiles que, más que pretender imponer, están imponiendo ya de hecho.
Las dos sentencias escandalosas de la semana pasada son una muestra, pero no sólo se cuecen habas en España. También estos últimos días, con motivo de celebrarse la cumbre sobre el clima en Copenhague, hemos visto cómo los derechos individuales y colectivos se caen cuando su ejercicio no interesa al poder. Y precisamente en un país nórdico, de esos oficialmente tan liberales y tan buen rollito, en un país de esos que se permiten el lujo de llamarnos PIGS a los del sur, su policía se comportó con una brutalidad acojonante contra ciudadanos que no hacían más que manifestarse pacíficamente. No había habido, en ningún caso, violencia previa ni tensión alguna, nada más allá del transtorno que, obviamewnte, genera cualquier manifestación. Y, sin embargo, cargas brutales, detenidos -arbitrariamente- por centenares, etcétera.
En estos momentos, está en prisión hasta el 7 de enero -o ya veremos hasta cuándo- Juantxo López de Uralde, director de Greenpeace España. ¿Su delito? Haber irrumpido -sin causar ningún daño, es más, impecablemente vestido de etiqueta- en la cena de gala de la conferencia dichosa, para exhibir una pancarta pidiendo a los líderes lo que, según parece, no se les puede pedir: liderazgo. Diréis que soy un exagerado, pero a mí me parece que, aunque con fecha de caducidad penitenciaria, Juantxo es un preso de conciencia, un preso político, y que su encarcelamiento sólo se diferencia de un gulag comunista en lo cuantitativo y hasta en lo cualitativo (condena breve y limitada, lo alimentan bien, tiene razonables posibilidades de comunicarse con el exterior, asistencia letrada -al menos nominalmente-… vaya, supongo) pero no en lo esencial: se le ha encarcelado por manifestarse. A menos, claro, que se considere que lo esencial es lo cuantitativo y que baste con darle de comer todos los días o con permitirle jugar al parchís con su abogado para que un quebrantamiento claro y flagrante de los más elementales derechos humanos -el de la libre expresión- constituya una fruslería. Solamente por eso. ¡Oh, por supuesto! Habrá algún artículo de la normativa danesa que prohíbe entrar en cenas de gala o, bueno, los jueces daneses habrán retorcido la normativa todo lo que haya hecho falta hasta exprimir una condena en todo soviética, como otros que yo me sé.
Cuando cayó el imperio rojo alguien dijo que no habían sido los obreros europeos los que había perdido una referencia, sino que la habían perdido los capitalistas. Siempre me tomé muy en serio esta admonición, y ahora veo que los dos teníamos razón: el que lo dijo, al decirlo, y yo al tomármelo en serio.
Muy negros nubarrones amenazan a Europa. Y si creéis que lo digo a lo asno, solamente escocido por 36.000 euros de indemnización, esperad un poco y veréis. Alguna ventaja he de tener. Cuando a todos nos revienten las almorranas, los ciegos se preguntarán por qué les hacen esto.
A algunos, nos quedará el consuelo -triste, pero consuelo- de saberlo.