La batalla de las Güindópilas
De la serie: Correo ordinario
Una pareja de amigos míos -bueno, concretamente ella- ha entrado en el mundo de la informática y de la red. Nunca había tocado un ordenador más que un clavicordio, pero -es enfermera- en su trabajo han informatizado las historias clínicas y le han puesto un parato. El software de la aplicación, según todas las apariencias, debe ser algo parecido a un AS-400 -de hecho, juraría que lo es- pero no va en terminales tontos, que es lo suyo, sino en escritorios Window$ que abren una ventana de emulación. Y tienen conexión a Internet. Y mi amiga ha descubierto el gemail y el jotmail y, toma castaña, ya sabe más informatica que Vinton Cerf. Consecuentemente, se ha comprado un portátil y ha contratado la correspondiente conexión ADSL.
Y estalla el drama.
Ya hablé de esto hace unos meses, creo recordar. Estuve a punto de recomendarle una distro Ubuntu pero mi mujer, que es muy sabia (la prueba es que se casó conmigo), me previno que ello me convertiría automáticamente en el pringao how to de aquel probo hogar. Inicialmente me resistí a esa idea, y le respondí que pringao how to lo iba a ser de todos modos, cualquiera que fuera el ordenador y el sistema operativo, pero ella perseveró en su acertadísima advertencia añadiendo la admonición de que cuando nuestra amiga viera que su aparato no era igual y no hacía lo mismo que los demás iba a haber hule del bueno. Y no sólo eso: me recomendó que me mantuviera en un segundo, tercer o cuarto plano en este asunto de la compra del ordenador, porque como el puñetero chisme saliera mal -o le pareciera a su usuaria que salió mal- aún íbamos a terminar las amistades y eso sí que sería una pena de las gordas. Como yo también tengo un rinconcito de sabiduría escondido por alguna parte de mi subconsciente, hallé que el razonamiento de mi santa era absolutamente inobjetable, por lo que seguí sus indicaciones. Como siempre, claro, pero quiero decir que en esta ocasión lo hice plenamente convencido de que le asistía toda la razón. Así que, con harto dolor de corazón, subordiné mi activismo softwarelibrístico a la estabilidad socioemocional de mi familia.
No hace mucho, mi amiga llamó a casa para decir que, bueno, para no andar molestándome por una tontería, en vez de hacer que yo les acompañara al cortinglés a comprar el cacharro, lo iban a comprar directamente a un buen cliente de su marido, que tiene una tienda de eso. Perfecto.
El sábado pasado fuimos a cenar a su casa. Era un momento en parte deseado (hacía tiempo que, por diversas circunstancias, no los veíamos) y en parte temido: mi mujer, mis hijas y yo sabíamos que en algún lugar de la casa estaría oculta la trampa saducea esperando al pringao como una sirena cantándole a un Ulises sin cera para taparse los oídos. Efectivamente, allí estaba: un Sony VAIO (sólo el nombre del modelito, ya me provoca erupciones alérgicas). Y la inquietud de mi amiga: «quiero grabarme cedés». ¿Mande? Eso: quiere grabarse cedés. Intento un conato de fuga hacia una posición fortificada previamente establecida: yo, de güindou$, no entiendo. Y en versión 7, menos todavía. Así que le digo que hay que buscar algo dentro de esa cosa que sirva para grabar cedés. ¿Y eso cómo se hace? ¡Ah, no sé! ¿No te digo que yo de la cosa esa no entiendo ni papa? Tal y como estaba previsto en el plan de batalla, alcanzo mi posición en línea retrasada sin bajas de consideración.
Pero un leñazo de mortero de 120, sorprendentemente certero, me desmonta la trinchera y me deja con el culo al aire (cosa nada infrecuente con las ondas expansivas de las granadas de 120, que son una exageración, quién coño inventaría esa barbaridad…). Va a llamar al vendedor. De nada sirve la objeción de su juicioso marido, dado que son las nueve y media de la noche -es sábado, recordemos- y no son horas, aunque el que le endilga a un cliente un Sony VAIO se lo merece todo, empezando, por omisión, por un forúnculo bien purulento en el culo. En terreno raso y con una lluvia de munición lanzada a lo bruto y sin apuntar, pero que amenaza con acertar por saturación, opto por la capitulación. Vamos a ver -intento liar- ¿qué cedés quieres grabar y para qué? ¿Quieres copiar cedés o algo así? Algo así: tal como imaginaba, quiere grabarse cedés con la música que se baje de la internet. Objeto que esto del P2P está ya más pasado de moda que el gorro de dormir, que ahora lo que mola es el espotifay y otras gaitas similares. Nada. Quiere descargarse música de redes P2P. Esta mujer no sabe lo feo que se pone Teddy Bautista cuando se enfada (peor aún que cuando está contento). Bueno, vamos a ver…
Le instalo aMule (eMule exige una especie de registro y no, por ahí ni paso ni hago pasar) y no sé qué coño pasa que no tira. Hay algo en la configuración en lo que no caigo. Igual tiene los puertos cerrados… ¡yo qué sé! Y con un güindou$ de mierda no me voy a poner a hacer experimentos. Hay que hacer inmediatamente fuego de cobertura para buscar una desenfilada y parapetarse como es debido. Vamos a ver: ¿qué antivirus tienes? Ah, no sé, uno que me ha puesto el vendedor. ¿Cómo que uno que te ha puesto el vendedor? Busco por todas partes, pero no encuentro antivirus de ningún tipo. Es más: en el apartado de seguridad, el propio güindou$ se queja de que no hay antivirus, aunque, claro, cualquiera se fía de las quejas del güindou$. Pero parece definitivamente claro: no hay antivirus. Querida, estás navegando en bolas, como quien dice. Cunde la alarma y el fuego enemigo se redirige hacia el mamón del vendedor «porque ese tío me dijo que lo había instalado», dice mientras coge el chisme. Las diez menos cuarto: el tío en cuestión contesta al teléfono con la leche que es de imaginar. Que él ha instalado el antivirus. La otra, que un amigo que sabe mucho dice que no. Se sucede un auténtico diálogo para besugos y me cae la hostia. Me he despistado en combate y eso se paga caro. Cuando quiero darme cuenta, tengo el auricular ante mis narices: toma, explícaselo tú. Oye chaval… ¿qué antivirus has puesto? Pues el que da Telefónica. ¡Ah! ¿Y cuál es? ¿«Panda»? No, no es «Panda». Pues yo aquí no veo nada. Pues lo instalé. Bueno, oye, un antivirus siempre dice «aquí estoy»: o pone un icono en la barra inferior, o saluda cuando se inicia el sistema… algo. Y aquí, nada. Bueno -me contesta- es que el de la Telefónica es así de especial. Cuelgo el teléfono lamentando no ser creyente: en otro caso, mañana el Cristo de Lepanto tendría dos cirios de cuarenta kilos para que al cabrón este le saliera una almorrana como un puño de gorda.
Bueno, vamos a las fuentes. A la página de Telefónica. Ajá: seguridad. Ah, que para entrar necesito un usuario y una contraseña… ¿Y cuales son? Ah, yo que sé, me responden. Llegados a este punto, una amistad de un cuarto de siglo empieza a correr serio peligro. Para acabarla de joder, mi mujer lleva media hora mascullando que esto de los ordenadores es una mierda (y lo peor es que me falta el canto de un duro para darle la razón). Finalmente, me traen todo el papeleo de la compra del ordenador y del contrato de ADSL. Busca, Treski, busca. Finalmente, encuentro, entro en la página pero… ¡aagh! para entrar en la zona de seguridad pide otra. Otra. Y Treski ya no encuentra.
De perdidos al río. Muchachos, comunico a mis huestes, no nos queda más recurso que una descubierta a la desesperada: armad los fusiles y cada cual para sí y el que muera que se joda: hay que llamar al servicio de atención al cliente.
De pronto… De pronto, es Navidad. Todo se ilumina con una luz radiante y bella (no como la mierda de colgajos que ha puesto el alcalde de Barcelona).
Primer milagro: el servicio de atención al cliente, pese a ser un 902, me pasa con un operador antes de cuarenta y cinco segundos. No me lo puedo creer. Bueno, ánimo, ahora a enfrentarte al moro que no se entera.
Segundo milagro: ¡¡No es un moro!! ¡¡Es español!! Y hasta jurarría que tiene un castellano como de Valladolid, que dicen que es el más fetén…
Tercer milagro: ¡¡¡ES COMPETENTE!!! ¡¡Conoce su oficio!! Miro desconfiado el vaso de cerveza del que me he bebido la mitad: ¿le habrán echado algo raro? ¿No estaré flotando en un paraíso lisérgico?
En fin, con colocón o sin colocón, yo aprovecho. Mira, chaval, que me pasa esto. Ah, no te preocupes. Escribe esto en Google. ¿Qué? Que sí, hombre, escribe esto en Google: te aparecerá esto otro, abres y pinchas en download. Cuando lo hayas bajado, lo ejecutas y cuando te pida la licencia, le das este número, apunta…
Tomo nota. Le digo que está todo claro, que no hace falta que espere con la línea abierta, que si hay problemas ya volveré a llamar. Y le doy las gracias. Es, creo, la primera vez que le doy las gracias a un teleoperador, en vez de cagarme en su padre. Cuando sale el control de calidad, sólo me deja pulsar el 1 si estoy satisfecho, así que la sesión de alabanzas y cepillado que pensaba dedicarle al hombre se queda en el limbo.
Descargo. Ejecuto. Me pide el número de la licencia. Se lo doy. Instala. La instalación ha terminado satisfactoriamente: hay que reiniciar. ¿Reiniciar para que funcione una instalación en güindou$? ¡Qué raro!
Reinicio y el «Kaspersky» modificado por Telefónica para usuarios domésticos (qué bonito queda, dicho así ¿eh?) me da los buenos días cómo está usté.
Mientras el «Kaspersky» carga su base de datos -lleva rato- instalo el «Ares». Lo pruebo. Funciona. Allá películas, nunca mejor dicho, y cada palo que aguante su vela. El «Karspersky» ya se ha cargado y está actualizado. Hala, macho, revísame todo el disco duro hasta en su más recóndito lugar. No encontrará nada porque mi amiga, sin saberlo, utilizaba el mejor antivirus que se conoce: no usa Outlook (no sabe ni qué es). Bueno, bueno, bueno: ¿qué hay para cenar? Que son las diez y media y yo ya me he ganado la pitanza. «Kaspersky» trabaja denodadamente: tiene para un buen rato, hora u hora y media, no sé qué coño le han metido a ese ordenador, pero me juego uno de mis calcetines a que lo único que tiene licencia es el güindou$ y el «Kaspersky». Lo único que quiere saber ahora es cómo hacerlo para que en el mesencher se vea la fotico, igual que se ve la mía. Le digo que esto sólo puede hacerse con Linux y que se enfría la tortilla de patata.
He sobrevivido, Deo gratias.
La guerra ha terminado
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December 15th, 2009 at 17:49
No deberías haber claudicado en tu retirada. Ni siquiera un mortero de 120 debería doblegarte. Llevo años en la trinchera “uso Linux, de Windows ni papa” y mantengo todas mis amistades, aunque a veces es un poco incomodo ser el “rarito”.
December 15th, 2009 at 22:24
Seràs “rarito” pero ets un “crack”.
December 15th, 2009 at 23:43
Verás cuando la amiga aprenda y encuentre tu blog, y en tu blog esta entrada.
December 17th, 2009 at 17:16
emule pide registro?,que raro no recuerdo haber visto eso, no cantes victoria si no es un virus sera un troyano ,espera que se le acaben los 6 meses de antivirus que suelen regalar y no volvera a cenar caliente en esa casa.
December 21st, 2009 at 11:46
Ayer (“triste día el de ayer - antes del anochecer, y en mi alazán caballero…”) tuve comida familiar; a los postres, regalo: el portátil de mi cuñada, “para que se lo limpiara” (será guarra), que va muy lento (coño, qué espera de un equispé).
Intenté una defensa numantina (“mira, yo te instalo el Kubuntu, que es el que yo uso”), pero, a mitad de frase, me debió de poseer el espíritu de tu santa esposa - ponme, de paso, a sus plantas - y me di cuenta de que, como el hijo de mi Jefe, “yo no he venido a traer la paz, sino la espada”.
Cuantos más usuarios descontentos de WindowsTM haya, mejor. Así que me explayé en los vicios del sistema, avisando que sería necesaria una reinstalación (por supuesto, no tenía el disco original, ni la licencia, ni ná), que tendría que comprarlo de nuevo, que ya no encontraría el equispé en las tiendas y que tendría que comprar el siete, y que el siete no funcionaría en un portátil con tantos años (casi ocho). Así pues, que se fastidiase. Con jota.
¿Quieres WindowsTM? Pues toma, tres tazas.