«El Incordio» y yo
Me llamo Javier Cuchí y soy miembro de la Asociación de Internautas y de Hispalinux, entidades en y con las que colaboro todo lo activamente que puedo.
Soy funcionario de la Generalitat de Catalunya y estoy afiliado al sindicato independiente CSI-CSIF, en el cual también colaboro activamente aunque no con la frecuencia e intensidad que me gustaría.
Me gusta la gente que lucha duro por lo que cree. Por eso, aunque no me creo la mitad de lo que dicen ni me gusta la mitad de lo que propugnan, soy socio de Greenpeace: cuando ocurrió lo del «Prestige» y sobre todo cuando vi a Rajoy decir lo de los hilillos de plastilina (me recordó a aquel patético Sancho Rof refiriéndose a la causa de la intoxicación por aceite de colza -según dicen y yo sigo sin creerme- como «un bichito tan pequeño, que si se cae al suelo se mata»), decidí que había que dar caña y Greenpeace la da. Ver a esos tíos montando semirrígidas y arrimándose a los balleneros aguantándoles mecha a los japos, me pone el vello de punta, sí señor, con dos cojones. Por parecidas razones, aunque con proyecciones menos agresivas, en casa colaboramos frecuentemente con Cáritas; y me hubiera arrimado más a Intermón-Oxfam, pero soy incapaz de perdonarles que participaran en la marranada aquella de Fòrrum que organizó el nefasto Clos.
Tambien pago todos mis impuestos. Y me lo apunto como mérito porque lo hago en la plena conciencia de que arrimar el hombro económico es un deber cívico de primera magnitud. Otra cosa es que haya hijos de la gran puta que no lo hagan y que otros hijos de la gran puta se lo consientan descaradamente. Y otra cosa, también, es que haya en este triste país una millonada de gilipollas que se quejan cuando se recauda en primavera pero luego, llegado el otoño, no hagan ni puto caso cuando los sinvergüenzas se reparten el botín que nos han expropiado por fuerza e imperio de la ley. Por no hablar del caso que se le hace a la liquidación del asunto: no conozco órgano que trabaje con menos presión que el Tribunal de Cuentas (y sus adláteres autonómicos).
Navego -esto de navegar ya casi es un tópico- desde hace… no sé, nueve años, quizá diez, muchos, cuando aquí éramos cuatro y el cabo y una hora de Internet costaba un Perú. Pero fue un descubrimiento asombroso, ese tener el mundo en las manos, tanto conocimiento, tanta información, tantos datos… qué vertigo.
Fue entonces cuando, viendo cómo molestaba a los de siempre tanta disponibilidad y tanta libertad, descubrí la mierda que se esconde tras eso que llaman propiedad intelectual, la principal arma que utilizan para [intentar] neutralizarnos. Empecé a tomar conciencia, primero, y a estudiar el asunto después. Hasta que llegué a la conclusión de que no bastaba lo contemplativo, de que había que meterse en harina, de que había que mojarse y dar guerra. También supe, en ese momento, que lo de «guerra» no era una simple manera de hablar y que se trataba de una empresa durísima.
Así nació «El Incordio», en mayo del 2004, muy tímida e irregularmente al principio, con fuerza y frecuencia desde enero del 2005… hasta hoy. Y su espíritu, setecientos artículos después, queda perfectamente subsumido en aquel texto que encabezaba la columna de enlaces en aquella época y que hoy sigue siendo, desgraciadamente, válido. Quizá aún más que entonces. Es este:
El conocimiento corre hoy serio peligro como derecho universal que existe desde el alba de la Humanidad. Me preocupan, y mucho, las crecientes maniobras de varios sectores financieros (bajo denominaciones sugerente y falsariamente industriales o artísticas) y de sus factótums políticos, que no pretenden otra cosa que la apropiación ilegítima y fraudulenta de ese conocimiento para convertirlo en un valor puramente especulativo, restringido y escaso, fuente de aún mayores desigualdades y exclusiones de personas, sociedades y pueblos, y causa de pobreza y de subdesarrollo.
Algún día podré poner esta frase en un marco y mostrársela a mis amigos y visitantes diciéndoles: «Aunque ahora parezca mentira, así estaban las cosas en aquella época».
Barcelona, abril de 2007











