Nunca he sido persona de salvar al mundo pagando cuotas. Cuando me adscribo a una entidad o a un proyecto, o me implico en una reivindicación o una movilización, la cuota -que siempre doy por descontada- es lo de menos: mi implicación o mi adscripción suponen mi participación personal activa. No concibo las cosas de otra manera. Esta es la educación que he recibido o la autoeducación que he asumido en muchos, muchísimos, años de experiencia asociativa vecinal, cultural y, en los últimos tiempos, tecnológica. Tecnológica, pero que ha acabado siendo un vector más en la lucha por los derechos civiles.
Ya les vale a quienes todos sabemos.
En mayo de 2004 llevaba ya cuatro años como miembro de la Asociación de Internautas. No como miembro de cuota sino verdaderamente activo: aparte de participar en sus asambleas y en sus listas de correo (que no son sino un a modo de asamblea permanente en plan non stop) acabé siendo el interlocutor, digamos, oficial, de la Asociación ante las administraciones públicas catalanas y el portavoz habitual ante los medios catalanes. Pero no tuve bastante: tenía que implicarme más.
Por eso decidí en ese momento abrir «El Incordio». Por eso y porque a los españoles nos estaban cayendo encima muchísimos problemas: primero, el canon digital, que es, como si dijésemos, la portada. Pero había muchas más cosas: la brecha digital en sus múltiples -y, por supuesto, excesivas- variantes (la edad, la capacidad económica, la ubicación geográfica), el analfabetismo digital de la clase política, los abusos del oligopolio formado por las compañías de telecomunicación (y que han llevado a que la Internet española sea la más mala y más cara de Europa), el monopolio de Micro$oft en el software de sistemas operativos (especial y durísimamente proyectado sobre las administraciones públicas y sobre el ámbito educativo), la precaria seguridad en la red y todavía un cierto etcétera más.
Lo grande es que, pasados todos estos años, la mayoría de estos problemas siguen ahí. Hemos conseguido victorias -difíciles, costosas- y en algunos casos las cosas han mejorado un poco (apenas un poco), pero todos estos problemas siguen aún ahí y, algunos de ellos, agravados. Y, además, han aparecido otros nuevos o han cobrado relevancia algunos que ya existían pero que valorábamos poco: la pretensión de acabar con la neutralidad de la red, la censura, el atraco en nombre de la propiedad intelectual (mucho más allá del canon), la violación de la privacidad desde los servicios del Gobierno y, de nuevo, un etcétera que va más allá de lo simplemente alarmante.
Más allá de la Red y de la tecnología o, mejor dicho, de lo que sería el aspecto electrónico de la tecnología, la industria farmacéutica, agroquímica y otras similares, en nombre de la propiedad intelectual, están asesinando a pueblos enteros, robándoles su propio conocimiento (al parecer, algunos sí que pueden robar y ello sí que es… honorable) y haciéndoles inaccesibles los medicamentos necesarios para combatir muchísimas enfermedades, el origen de algunas de las cuales es oscuro y sospechoso, o bien infestando sus cultivos con sustancias tóxicas o con modificaciones genéticas invasivas (y, encima, sometidas a patente). Ese tema ha sido tocado en «El Incordio» pero, hasta hoy, quizá no con la frecuencia debida. No puedo prometer nada -bastante tengo con lo que llevo- pero sí que me hago el propósito personal de incidir en ello con más asiduidad.
En todos estos años, en lo que respecta a «El Incordio» me ha pasado de todo: he experimentado la alegría de éxitos en forma de artículos centenares de veces reproducidos, he tenido fracasos, también, meteduras de pata -por decenas- y hay temporadas en las que me ha acometido un cierto desánimo o que mis circunstancias personales me han impedido cuidar esta pequeña plantita blogosférica, y esto ha ido un poco de capa caída. Son ya años y, en ellos, suele acabar pasando de todo. Pero ya decía Kipling que al éxito y al fracaso hay que tratarlos como a impostores y por ello, superando cimas y simas, «El Incordio» sigue ahí y, aún con la necesaria prudencia sobre las incertidumbres del futuro, me atrevo a pronosticar que aún va para largo.
Porque «El Incordio» tiene un valor que no deja de llenarme de orgullo cada vez que pienso en él: un número quizá reducido pero acérrimamente fiel de lectores para los que esta bitácora es una de las primeras e imprescindibles páginas a revisar cada vez que se conectan a la red.
Ellos lo valen todo. Ellos lo merecen todo. Sólo siento no poder darles más que esta pequeña y humildísima bitacorita.
Aunque sólo fuera por ellos, aquí seguiría a pie firme, por encima de mil contrariedades.
Javier Cuchí
Enero de 2011
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