Hace cuatro años, un viernes 7 de mayo de 2004 -y no parece que fue ayer, porque ha llovido lo suyo-, una bitácora llamada «El Incordio» veía la luz con un primer artículo que, como una bandera de combate que anunciara lo que iba a ser la trayectoria del blog, estaba dedicado al mercado de la música, en relación con el cambio de signo de los tiempos y, por supuesto, a la vieja $GAE.
Eran tiempos duros, aún más que los presentes, que no lo son poco, en los que una asociacioncita, sin más apoyo que la voz aún sorda (y mediáticamente ignorada) de miles y miles de internautas españoles, acababa de declarar la guerra del canon y acababa de recibir la andanada de respuesta: el pleito -que aún colea- que nos interpuso la $GAE porque se consideraba injuriada por unos contenidos -de terceros- alojados en nuestros servidores. No insistiré hoy en la historia, de todos bien conocida.
«El Incordio» empezó balbuceante, ahora escribo, ahora no, y, de hecho, no puede decirse que emprendió su singladura hasta seis meses más tarde; pero el nacimiento de un barco no se celebra con su primera singladura sino con su botadura. Y esto es lo que sucedió hace hoy cuatro años.
Cuatro años no son mucho tiempo. A mí no me han cambiado la vida sustancialmente más allá de la normal evolución que los tiempos van imponiendo granito a granito. Pero en el mundo de eso que vamos llamando blogosfera, cuatro años son una muy larga vida que pocos alcanzan a cumplir.
«El Incordio» los cumple hoy y los cumple con muy buena salud, sobrado de ganas y [parece que] de posibilidades de vivir unos cuantos más; y de vivirlos, además, mejor. Atrás, atrás en la cronología, que no en el patrimonio intelectual, quedan casi 900 artículos, pero por delante hay muchísimo ánimo, muchísimas ganas y una joie de combat enorme. Decía aquel viejo chiste de Eugenio (se lo oí a Eugenio: probablemente no fuera suyo) que «a mí me encanta jugar al póquer y perder; ganar ya debe ser la hostia». Hace cuatro años, «El Incordio» entró, solidario con toda la red hispana, en una guerra cuyo futuro era más que dudoso; pero entró con el fiero entusiasmo quijotesco no del que lucha contra molinos creyéndolos gigantes, sino del que se lanza contra ellos sabiéndolos molinos perfectamente, consciente de la seguridad de la torta, pero apretando los dientes en la convicción de que había que hacerlo. Más o menos como la carga aquella de Balaklava. Hoy, las cosas han cambiado y mucho. La victoria está lejana aún, pero la sabemos más que posible; ya no combatimos con la resignación de la guerra perdida sino con la convicción de ganarla si la conducimos con inteligencia y, sobre todo, con tenacidad. Porque esta guerra la ganará la inteligencia, sin duda, pero a la ventaja estratégica hemos llegado gracias a la tenacidad. Y también, las cosas como son, porque el tiempo corre a nuestro favor.
No podía terminar este modesto autobombo sin un ritual que, no por serlo, es menos sincero y menos debido: daros las gracias a todos, a todos los que me leéis con santa paciencia un día tras otro; a los que, encima, os tomáis la molestia de escribir unas líneas de comentario; a los que me aplaudís y a los que me silbáis; a los que me enlazáis desde vuestras propias páginas; a los que me saludáis y me honráis con vuestro crédito. Porque sois el verdadero combustible de «El Incordio». Uno puede ser inasequible a las cifras y, como Kipling, tomarlas por impostoras, tanto si son buenas como si son malas, pero un escribidor necesita ser leído y necesita constatar que lo es; porque si no hay lectores, escribir no es más que un ejercicio de vana grafomanía.
El año que viene, «El Incordio» cumplirá, si nada se tuerce, un lustro, que es ya una cifra redonda y algo habrá que pensar para celebrarla. Pero, para llegar al año que viene, quedan todavía doce intensos meses, plenos de acontecimientos, de alegrías, de sinsabores, de avances y de retrocesos. Para llegar al lustro falta todavía muchísimo por escribir y, escribiendo, habrá risas alegres y habrá mandíbulas prietas y tensas de cólera y de indignación. Pero, con risas o con denuestos, seguiremos adelante.
Por ánimo y voluntad, no va a quedar.