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Sindicación



Relaciones públicas

May 16th, 2008 por Javier Cuchí

Suele decirse que no hay peor ciego que el que no quiere ver y ahí tenemos un ejemplo de libro.

Recurrentemente, la $GAE, a través de cualquiera de sus habituales turiferarios oficiales u oficiosos, se queja de la pésima imagen que tiene ante la sociedad española y clama -manda huevos- por la injusticia de esta mala fama.

Uno, que, pese a lo broncas que es, siempre intenta empezar siendo justo y benéfico, como mandaba la primera Pepa, aún a costa de incurrir en candidez supina (como la propia Pepa, es que no somos nada…), deshecha, no sin grandes esfuerzos, la idea del inmenso cinismo que esconde ese rasgado de vestiduras y en una barroca masturbación de la buena fe rayana en lo irracional, trata de imaginar que, bueno, pues que igual sí, igual en la $GAE están dolidos por parecer tan malos y realmente no saben por qué caen tan mal.

¿Es posible tanta ignorancia?

Hombre, nunca cabe descartar que haya por ahí algún pardillo suelto que real y honestamente se crea que la $GAE es fiel a aquel adorable espíritu constitucional del XIX y que se trata de un conventillo de hermanitas clarisas entregadas a la hermosa misión de dar pan a los pobres. Pero toda mi buena fe, mi buena voluntad, mi buen rollito y mi amor por la Humanidad son insuficientes para tragarme que tan beatífica idea sea, para nada, la imperante ya no sólo en los altos estamentos de la Innombrable, como algunos chungones la llaman, sino en muy amplios sectores de la beautiful de rentistas con derecho a voto en el invento. Que no, que no hay buena fe que comulgue con esa rueda de carro.

Y es que no sólo es el tema del canon, que de por sí es suficiente y más que sobrante para suscitar todos los odios y todas las justas iras de la sociedad española contra esa gente. No puede ser, de ninguna manera, que estos tíos no conciban que el canon cause tamaña irritación. Comprendo que pueda irritarles el que el haber tirado de la manta en esta materia haya causado ira social donde antes no la había (por aquello de que ojos que no ven, gabardina que te roban, como suele decirse), pero no es concebible que no asimilen la intrínseca irritación contra el canon.

Pero es que, además, los esfuerzos de esa entidad -y de las otras que se ocultan tras ella a las que su menor tamaño no hace menos detestables- por hacerse odiosa parecen dignos de la más cuidadosa planificación. Empezaron por criminalizar a la sociedad entera y no ahorraron epítetos; ya es proverbial: pendejos electrónicos, para empezar, y continuaron sin morderse la lengua calificando de «ladrones» a millones de ciudadanos de forma reiterada, tozuda y pública. Encima, eligieron como portavoces a los peores elementos que pudieron encontrar, individuos ensoberbecidos, pagados de si mismos, faltones y, encima, en muchos casos, fracasados que tuvieron un cierto y fugaz fulgor cuando el Capitán Trueno era cabo y que, desde entonces, no se han comido un rosco en su presunta profesión, pero, bien agarrados a la teta, viven de notoriamente del cuento; o, en el otro extremo, desgraciados productos de poliuretano, con un éxito artificial con fecha de caducidad pero aún en fase de presente, completamente en manos de amos cuya identidad no es visible pero sí perfectamente adivinable. Penoso.

Aún hay más. La irritación social -provocada fundamentalmente por la $GAE, conviene no olvidarlo- lleva, lamentable pero inevitablemente, a «puntas» de cabreo que provocan algunos calentones verbales en personas especialmente coléricas que, en algunas ocasiones, pudieran -acaso, que no está claro- constituir conductas civil o penalmente perseguibles con la coña marinera esta del honor y tal. La $GAE, en vez de obrar cum grano salis, como diría Guareschi, y buscar una vía de diálogo y de templar gaitas -cosa que no sé si la hubiera beneficiado, pero seguro que no le hubiera hecho daño-, se lió a repartir tortas a diestro y siniestro.

Empezó con la Asociación de Internautas calculando, en un gravísimo error de diagnóstico, que nos iba a arrugar o que, no sé si principal o subsidiariamente, nuestra tesorería no iba a poder soportar la embestida de la indemnización (ahí estuvo a punto de acertar, pero somos demasiados como para dejarnos perder la AI por 36.000 euros). El pleito, que hemos perdido en dos instancias con una argumentación jurídica de las sentencias que omite muy sorprendentemente la indemnidad que otorga la LSSI a los proveedores de servicios, está ahora en el Supremo -donde las cosas, dicho sea con todas las reservas, pintan mucho mejor- y si en el Supremo no se resolviera favorablemente, se llegará al Constitucional y, si llega a ser necesario, al Europeo, eso está más que anunciado, porque la LSSI es la aplicación de una directiva de la UE.

No contenta con el mal resultado de ese pleito, dado que está claro que no va a cumplir sus objetivos ni ganándolo judicialmente, porque, puestos en el peor de los casos, sobreviviremos a los 36.000 euros y seguiremos dando caña y con ímpetu redoblado, si es que es posible redoblar nuestro ímpetu, se lanzó a pleitear contra media red, y ha llevado a los tribunales a bloggers, a una páginas anarquista, a un sindicato y, en esa vorágine del pleito a diestro y siniestro, ha cometido la muy solemne tontería de demandar a un periódico. Hay que ver lo intelectuales que son…

Pero parece que con eso no bastaba. En otro inconmensurable ejercicio de cultivo de la buena imagen pública, levantaron despiadadamente el 10 por 100 de la caja de un festival benéfico, «Entresures», organizado por uno de los dos sindicatos de referencia, Comisiones Obreras. El festival, como se deduce de su naturaleza, no tenía ánimo de lucro pero la $GAE, recaudadora implacable en bodas, bautizos, comuniones, fiestas patronales y demás acontecimientos donde siquiera se silbe, no dio el brazo a torcer.

Y ahora, en medio de esa ensalada de tiros contra todo lo que se mueve, ya no preguntando después, sino sin preguntar nunca, se lamentan de su mala imagen y tienen el morro de lloriquear por todos los medios que les dan cancha lo malos que somos todos los ciudadanos y lo buena gente que son ello, inocentes palomos.

Pero ahora, cada vez que montan un acto público, tienen a la CNT a la puerta armando follón. Mal asunto para la $GAE: la CNT, en este aspecto, es como nosostros, los de la AI, y cuando muerde una presa no la suelta; la perseverancia, en estas cuestiones, bien lo sabemos nosotros… y la propia $GAE, es más demoledora que la acción más incisiva. Con la CNT, la $GAE va a tener música para rato… y sin poder cobrar diezmo.

Y para acabarlo de dorar, CCOO acaba de incluir una marcha contra la $GAE en el programa de festejos de su III Festival «Entresures» que se celebrará próximamente en Málaga.

Está claro: las relaciones públicas no son el fuerte de don Teddy.

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Los derechos del hígado

May 14th, 2008 por Javier Cuchí

Interesante combate judicial -y jurídico- el que está sosteniendo la señora Telma Ortiz y marido, novio, amante o lo que sea, hermana y cuñado, respectivamente, de la princesa de Asturias, contra nada menos que cincuenta medios de comunicación en un intento de preservar su intimidad incluso cautelarmente. He aquí un choque de libro entre los derechos sagradísimos de libre expresión y de dar y recibir información, y el no menos sagrado derecho a la intimidad.

Hagamos abstracción de dos hechos: uno, que estas cosas pasan cuando se contraen matrimonios morganáticos; precisamente por eso un tío abuelo del vigente monarca hubo de renunciar a sus derechos a la corona y precisamente por eso es ahora rey quien lo es sin que haya aplicado la norma que tanto le benefició en perjuicio de sus nietísimas en una fantástica escenificación de la ley del embudo; y el otro -que, por lo demás, me parece dirimente en el caso concreto- es que tooooooooda la familia Ortiz Rocasolano -desde luego, doña Telma- perciben una especie de remuneración a cargo del presupuesto de la Casa Real que es, cuando menos en lo que a su procedencia se refiere, el nuestro. Querida señora: si percibe usarcé una pasta por ser vos quien sois, es menester que usarcé esté también a los agobios derivados de ser vos quien sois, no sé si me explico…

Hay un tercer hecho del que habrá que hacer asimismo abstracción: los muchos pueblos que se pasan no pocos medios de comunicación en el uso de esa libertad de expresión y de información, cuando convierten ésta última en un patio de porteras que realmente no aporta nada a nadie -aparte de la satisfacción del morbo- y que, con alguna frecuencia (menos de la que se suele alegar, también es verdad) causa daños importantes a personas inocentes y generalmente indefensas ante la potencia mediática. Además, una vez causado el daño, no hay indemnización que verdaderamente lo repare.

Doña Telma alega que su vida es privada fuera de los actos oficiales en los que participa; y su abogado aporta una serie de -llamémosle- artículos que son verdaderas memeces. La prensa afectada -que, de hecho, es toda- alega que la noticia es lo que es y no lo que deseamos que sea, es decir, que no está sujeta a definición ni a mesura previa. Si una foto de doña Telma empolvándose la nariz interesa y se vende, este solo hecho la constituye en noticia. Es aquello tan americano -y tan discutible- de que el público tiene derecho a saber. Bueno, habría que decir que el público tiene derecho a saber todo aquello que es público y nada más; y precisamente eso a lo que tiene un indiscutible derecho, le interesa más bien poco: pensemos en los presupuestos públicos, por ejemplo, o recordemos cómo miles de personas, por más ejemplo, exigen que se publiquen las balanzas fiscales o todo lo contrario, sin tener ni puta idea de qué son las balanzas fiscales y menos aún si las tales balanzas fiscales son el exclusivo núcleo de la cuestión o, por el contrario, hay otras balanzas por ahí que quizá debieran -o no- ser tenidas en cuenta para compensar por otro lado o para reforzar -habría que ver el caso- el resultado arrojado por las balanzas fiscales de marras (yo he leído por ahí que también habría que considerar, pongamos por caso, cosas como las balanzas de generación de déficit por cuenta corriente, entre otras fruslerías que pagamos todos los españoles tampoco se sabe bien en qué proporción). Quizá incluso habría que plantearse que además del derecho a saber, el público debiera tener la obligación de conocer tres o cuatro cosas de las que pasa olímpicamente. Y así nos luce el pelo en las elecciones.

Y digo que es interesante el debate porque, seguramente para decepción del lector, no tengo claro cuál debiera ser su resultado (siempre eludiendo las determinantes circunstancias a las que antes he hecho referencia y eludiendo sensibilidades republicanistas gozosas de que, sea cual sea y venga de donde venga, la Casa Real reciba un garrotazo).

Por un lado -y proyectando en la gente normal y no en hermanísimos que, encima, cobran por serlo- sí que parece que el cuerpo pide que se le ponga una barrera a los medios de comunicación (pensando, sobre todo, en ciertos medios de comunicación). Pero viendo la manera en que muchos se agarran como lapas a la legislación de protección al honor y a la propia imagen en busca del amordazamiento del adversario, me entra frío en las meninges sólo pensando cómo una sentencia favorable a doña Telma podría ser usada por algunos que yo me sé y que todos tenemos in mente para silenciar críticas y evitar que se tirara de la manta que tapa sus marranaditas. O sus marranadazas.

No me gusta, por otra parte, el férreo corporativismo de las empresas mediáticas que han cerrado filas en este tema como si estuveran sufriendo la gran agresión a sus derechos civiles, sabiendo que podían haber evitado estas cosas autoimponiéndose una sólida ética sobre el respeto a la intimidad de quien verdaderamente la merece. El caso de Telma Ortiz no tiene, por otra parte, nada que ver con el silencio impuesto por la juez a los medios de comunicación sobre un extraño homicidio que está estudiando un juzgado barcelonés, que ha sido asimismo utilizado para unir ambas cosas en un solo problema (y no, no es así).

Finalmente, la cultura de cerrar la boca que dice lo que no nos gusta -que tan frecuentemente se intenta en la red- puede llegar a ser desastrosa. Volvemos a lo de antes: no soporto la prensa llamada del corazón en ninguna de sus manifestaciones (papel, radio, televisión, red…), pero el mismo mecanismo que puede utilizarse para limitarla, puede utilizarse en otros ámbitos con propósitos mucho menos bienintencionados. El derecho es, con demasiada frecuencia, como una piedra que se tira contra una lata y acaba descalabrando a un señor que pasaba por allí y no necesariamente muy cerca, lo cual lleva a exigir que las piedras permanezcan en el suelo tranquilamente y que su uso como proyectil sea excepcional y meditadísimo, porque una vez arrojado nunca se sabe a dónde acaba yendo a parar. Debemos aprender, más bien a debatir y, sobre todo, los amigos de las alcaldadas deben saber que sus propósitos desencadenarán un seguro pataleo contra el que no deben poder hacer nada. Estaría bueno.

Por eso -y en contradicción con mis dudas de hace unos pocos párrafos, España y yo somos así, señora- casi me inclino por esperar, por desear, que los jueces le digan a doña Telma que su derecho, siendo importantísimo, no puede pasar por encima de los derechos con los que entra en conflicto y no sólo por proteger a éstos sino por resguardar otros no menos importantes que podrían verse en peligro si se hicieran prevalecer los suyos.

Y ya, sin hacer las abstracciones que he hecho antes, espero y deseo que sus señorías la manden -literalmente, a ser posible- a freir espárragos.

Nos ha jodido la realeza sobrevenida.

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Gratis total

May 13th, 2008 por Javier Cuchí

Leía hace muy pocos días, no recuerdo dónde y no acabo de encontrar el enlace, que un 70 por 100 de internautas españoles (cito, obviamente, de memoria) ni paga música -la descarga de redes P2P, obviamente- ni está dispuesto a pagarla. El estudio, la estadística o lo que sea, aparece en un entorno de hundimiento de la industria del disco y de una falta de consolidación (una importante falta de consolidación) del negocio de la venta de música a través de la red. Es decir, que la gente no quiere pagar por la música sea cual sea la fórmula de adquisición.

Me imagino al Sisa desmelenándose patéticamente, clamando por la revolución del piso gratis y por no sé cuántas chocheces más. Y es que no puede uno hacerse viejo, no señor: acaba uno no enterándose de nada y hasta podríamos acabar viendo al anciano autor de la transición escuchando la COPE y todo.

Bueno, pues aunque el Sisa -y otros que no son el Sisa- se abran las venas en canal, así están las cosas: la gente no va a pagar por la música. Punto redondo. Y el salario del autor que se lo busque, y la industria que se busque la vida… ¡Va a ser la muerte de la música!

No. Va a ser que no. Aquí no se muere nadie, salvo el chollo de tres o cuatro listos.

La gente no minusvalora la música. Al contrario: las [ya no tan] nuevas tecnologías han llevado a un consumo ingente de música. Esto es palpable en la propia calle: toma uno el metro o el autobus y observa que una gran mayoría de menores de treinta años lleva auriculares en los oídos; y mucha gente -no tan mayoritaria, desde luego- de mayores de esa edad también llevamos aparatos MP3 y vamos por ahí escuchando música. En nuestra sociedad, la cantidad de música que se escucha por minuto se ha multiplicado por muchísimo en los últimos 10 años, sobre todo a medida que los reproductores han ido haciéndose más minúsculos y más capaces. ¡Qué lejano parece ahora aquel armatoste que acabó haciendo genérica la denominación de una marca, el walkman! ¿Dónde quedaron aquellos cinturones que parecían los de un GI en Vietnam, de los que pendía el walkman o el discman y la bolsa de las cassettes o la funda de los discos? Todo ha sido absorbido por minúsculos aparatitos (el mío, que es más bien tirando a común, corriente y anticuadillo, es más pequeño que una tarjeta de crédito y su grosor apenas llega a los 7 milímetros) capaces de almacenar ingentes cantidades de horas de música. El mío, de 1 Gbyte (que hace reir a mi hija), puede almacenar cerca de diez horas de música (a 128 Mbps de compresión).

Lo que no quiere la gente es pagarla. Así de claro. Se quejan muchos canoneros de que se ha instalado la cultura de la gratuidad y que no todo puede ser gratis. Se equivocan. Muchísimas cosas son ya gratis de hecho -y cada vez más frecuentemente de derecho- y muchas más lo serán en un futuro próximo. Y esto no quiere decir que no tengan un coste, no quiere decir que autor, ejecutante y productor no perciban un dinero. Lo que quiere decir es que ese dinero no va a pagarlo el consumidor.

Llegamos a lo de la economía de la atención. Parece un invento nuevo y no es verdad; lo que es nuevo es esa expresión, pero la economía de la atención la inventó la radio pronto hará un siglo. La onda hertziana se lanzaba al aire y cualquiera que dispusiera de un receptor, podía captarla; no existían elementos de codificación que pudieran privatizar esos contenidos. Por tanto, hubo que ponerle precio a esa libertad para que las cadenas radiofónicas pudieran sostenerse pero… ¿quién lo iba a pagar? ¿El radioyente?

Es verdad que se llegó a implantar -creo que fue en los años 50- un canon sobre la radiodifusión que se pagaba al adquirir un aparato de radio y que se destinaba a financiar la radio pública. Sin embargo, no sirvió; no fue suficiente y, sobre todo, fue impopular, con lo que la fórmula tuvo que ser abandonada y hubo que buscar dinero navegando por los procelosos mares de los presupuestos del Estado. Las cadenas privadas, en cambio, dieron con la solución casi desde el principio: la publicidad. Las empresas que querían aprovechar la atenta escucha del consumidor fueron las que, a la postre, financiaron al medio con creces, hasta el punto de que las empresas radiofónicas han sido siempre muy rentables -siempre que se hayan gestionado bien, claro- y hay tiros, bombas y puñaladas por la asignación de frecuencias en un espectro radioeléctrico que, sobre ser limitado, acabó siendo escaso. En ciudades como Barcelona o Madrid (y en muchas más) el dial está tan saturado que ha acabado por no ser manejable sino se dispone de un sintonizador digital.

El gran paso de la era digital en la economía de la atención lo dio Google cuando se cargó la equiparación del cliente como la persona a la que va destinada el servicio; y, en consecuencia, puso a gratuita disposición de quien los quisiera -muchos millones de personas, al presente- una cantidad ingente de servicios valiosos y costosos. De esta forma, llegó a ser la única empresa, llamémosle, informática que puede hoy día tratarse de tú a tú con la todopoderosa Micro$oft; y en red es líder indiscutible a mucha distancia del monopolio del software. Su secreto fue muy sencillo: convirtió al usuario en su producto, no en su cliente. El cliente sería aquel que -pagando, claro está- quisiera ser puesto a los pies o, mejor, ante las narices de ese usuario. Ya he hablado de esto alguna otra vez.

Y este es el asunto: el producto no siempre -es más, casi nunca- tiene una sola dimensión. Si cuando se habla de «música» sólo se sabe ver un «disco», evidentemente no hay más modelo en el negocio de la música que la venta de discos. Pero «música» tiene, por lo menos, otra dimensión comercial: «bits», archivos digitales. Y entonces funciona como en la radio: los bits son libres. ¡Ah, sí! Actualmente, sí, los archivos digitales pueden codificarse de manera que sólo puedan ser leídos con máquinas que contengan la clave decodificadora; pero la encriptación ha fracasado rotundamente. Ha fracasado técnicamente (ningún sistema de encriptación ha resistido apenas más que horas a los miles de crackers que se han lanzado sobre él en una excitante competición por ver quién es el primero en reventarlo) y ha fracasado empresarialmente porque, y ello nos lleva al principio, la gente no quiere pagar música, no está dispuesta a pagar por la música; y tampoco por el cine. La gente está dipuesta a pagar no por la música o por el cine sino por unas determinadas y especiales condiciones en que puedan presentarse: la gente paga gustosa por un concierto presencial; los melómanos seguirán comprando CD que reproducirán cadenas HiFi costosísimas; los cinéfilos seguirán acudiendo a las salas de proyección, únicos lugares en los que es posible ver y oir una película en condiciones milimétricamente óptimas (teóricamente: cuando hace un par de años fui al cine -como excepción única a los veintidós o veintitrés que llevo sin pisar una sala- me encabronó el innecesaria y espantosamente alto volumen del sonido). Esto es lo que paga la gente: unos formatos que ya van siendo especiales que utilizan unas tecnologías realmente costosas. Pero la gente no va a pagar por el contenido, eso lo tiene claro. Y los editores de libros que se vayan preparando porque ese va a ser también su futuro nada lejano.

La televisión está financiando muchas producciones cinematográficas (en España, por cierto, a la fuerza: obligada por la ley, por una estúpida ley, dicho sea de paso), pero incluso desde hace ya años vienen naciendo nuevos productos cinematográficos, como los telefilms, entendidos no como capítulos de una serie sino como largometrajes autónomos. De hecho, mientras la asistencia a las salas cae y la venta de DVD se mantiene renqueante (y el alquiler prácticamente se ha derrumbado como negocio), la producción para televisión mueve cifras escalofriantes.

Lo que sucede es que este cambio de actitud del público, del consumidor, está trastocando la estructura de muchos negocios y de sectores enteros, sectores que, de paso, jugaban haciendo trampa porque dominaban los contenidos y, por tanto, el flujo cultural -cuando menos en materia de música y de cine- era unilateralmente decidido y unidimensionalmente divulgado; el del libro todavía lo es. No es que los nuevos actores vayan a ser seres justos y benéficos; en absoluto: serán multinacionales igual de bárbaras que aquellas a las que sustituyen e, incluso, en más de un caso, serán las mismas pero reconvertidas, como monas vestidas de seda; pero estos nuevos actores han abierto nuevos filones de explotación y han provocado desequilibrios en el dominio del cotarro que amenaza, muy seriamente, con cambiar de manos. Obviamente, el ancien régime se resiste, pero al final de su resistencia no hay otra cosa que la guillotina.

Los apalancados, los apandadores, los golfos, los vagos y algún que otro maleante, lanzan gritos de histeria queriendo confundir al personal: ¡que se acaba el arte! Y no: el arte no sólo no se acaba sino que tiene el futuro más prometedor que jamás ha visto su historia; pero es un futuro en el que el beneficiario no paga: al contrario, otros pagarán para que esos beneficiarios sean lo más numerosos posible.

Hoy, los que van a morir criminalizan las descargas gratuitas de música y de cine desde la red, desde redes P2P; mañana, los pocos que sobrevivan -que sólo lo harán a la sombra de los que hayan sabido ver de verdad dónde va a estar el negocio- nos pedirán a gritos que descarguemos a saco y financiarán sistemas más ágiles y rápidos de descarga; es más: competirán entre ellos para darnos -gratuitamente, por supuesto- el sistema más eficiente y agradable para obtener nuestra música, nuestro cine y nuestros libros by the face.

Es así, miopes y falsarios, cómo sí que todo puede -y debe- ser gratis, cómo la cultura de la gratuidad, esa que decís que es tan nefasta, no es sino la tendencia que lleva a un futuro como jamás se había soñado: un futuro dorado para el derecho humano de acceso universal a la cultura y, bueno, sí, un futuro dorado para los que hagan de la cultura su negocio… si lo hacen de acuerdo con los nuevos tiempos y con las exigencias de usuarios y de consumidores que ya no va a poder ser manipulados como antes. No, al menos, tan fácilmente.

Y todo eso sin haber empleado ni una sola línea en el fenómeno copyleft, que si entráramos por ahí aún hay más razón para pensar que más de uno va a tomarse el tranxilium a cucharadas soperas.

Otro día hablaremos de ello, que también es edificante.

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La, la, la, lolailo

May 6th, 2008 por Javier Cuchí

La de Dios es Cristo se ha liado con el famosísimo «La, la, la» de Massiel que llevó a la gloria de las menudencias a aquel franquismo de lo pequeñito y rácano que excluido y autoexcluido de las empresas europeas de envergadura, veía gloria imperial a raudales en el gol que un tal Marcelino le metió a no sé quién, no sé si ingleses o rusos (antes había habido otro de un Zarra a no sé si rusos o ingleses) o un campeonato boxístico de aquí o allá a cargo de un cubano importado (era bueno, Legrá, todo hay que decirlo) o un aizkolari zumbado cuya técnica brillante consistía en quedarse quieto como un pedrusco en medio de la era hasta que el contrario cometía la imprudencia de acercarse para recibir un hostiazo de treinta megatones (hasta que el contrario aprendió que aquella mole se cansaba pronto y que bastaba con tenerlo bailando tres o cuatro asaltos para que el otro sacara tres palmos de lengua y, a partir de ahí, la masacre) o en el triunfal cuarto puesto de Mariano Haro en una carrerita de los juegos calzoncilleros de 1972. Con esto, Marisol y un bizcocho, el régimen iba tirando tan tranquilo porque los españoles eramos, en conjunto, igual de cagones y de apalancados que ahora (si acaso, un poco menos gilipollas, pero no estoy seguro) y si el viejo no llega a morirse solo aún lo tendríamos encima como dos y dos son cuatro.

Lo del «La, la, la» fue el culmen de la gloria franquista. Yo creo que solamente la ocupación de Gibraltar hubiera supuesto un hito mayor para aquel pobre país que se creía en serio -pero no demostraba nada- que tenía dos mientras los demás tenían UNO. Y es que lo de Eurovisión, por más que hoy cueste creerlo, se tomaba en serio. Pero en serio de verdad. Ni una final calzoncillera vaciaba las calles como el festival de la pachangada televisiva de esa Europa que nos dejaba estar a ratos en un rincón si no enredábamos demasiado. Consecuentemente, nuestra televisión había hecho repetida y pertinazmente el ridículo, pese a enviar a lo mejorcito de la cabaña (Conchita Bautista -a quien los menores de 40 ni habéis oído nombrar- llegó a ir dos veces y no sé si pasó de penúltima o algo así) y eso que, en un par de ocasiones, lo mejorcito de la cabaña fueron cracks de verdad (Raphael Ropopom-póm, que llenaba sitios grandes en países de muy lejos, y Julio Iglesias, que aún no estaba en lo más alto pero que ya volaba en cotas respetables). Y un día va y gana una jovencita -pero muy jovencita: dieciocho o dicinueve años, tendría- cantando una canción marchosilla y, encima, dejando con un palmo de narices ¡oh, placer supremo! a la érfida Albión, que no estaba representada, precisamente, por un mindundi: Cliff Richard (cantó, por cierto, una canción que se llamaba «Congratulations», que me huele a mí que se vendió más que el «La, la, la» de Massiel y de la Calva y Arcusa -vulgo, Dúo Dinámico- ya no sólo en el hereje extranjero sino incluso en la propia España).

De todas maneras, aquella gesta no estuvo exenta de un long tail de marro. La representación española de aquel año se había asignado a Serrat (con la misma canción: «La, la, la» que, por cierto, me disgustó mucho menos cantada por Massiel porque debo decir -¡oh, abominación!- que a mí Serrat no me gusta: ni lo que canta ni cómo canta) y no sé qué coño pasó -porque salvo los propios primerísimos implicados, aún no lo sabe nadie- pero parece que una semana antes de celebrarse el trascendental certamen, Serrat exigió cantar en catalán, a lo que la autoridad competente se negó en redondo (esto era común en la época y me temo que sigue siéndolo a poco que rasques) y cabe imaginarse el follón que eso supuso, de modo que hubo que hacer las cosas deprisa. El resto es conocido: Massiel va y gana, con lo que el triunfo del régimen es doble: se mete Eurovisión en el bolsillo y le da un corte de mangas a la chusma rojoseparatista.

Sí que por aquella época se oyo hablar así, en voz bajita, de apaño. Pero, claro, lo oí hablar en mis círculos, en mis ambientes, y éstos estaban en Cataluña. No hice (ni haría hoy tampoco) el menor caso: yo era muy jovencito (iba para 13 aquel año) y, por otra parte, ya se sabe que los de la ceba respiran siempre por la herida; bah, en eso son casi profesionales. Ni caso, ya digo.

Pero he aquí que reportaje de la «Sexta», que aún no se ha emitido (está previsto para el jueves, creo) mete -aseguran- el dedo en la llaga y, de algún modo, dice o insinúa que aquella victoria fue trampa y que el franquismo sobornó a diestro y siniestro para alzarse con la victoria.

Hombre, por una parte, no me extrañaría; la impremeditada experiencia sobre el mundo titiritero a que nos ha llevado la guerra del canon nos tiene a habituados al mejunje y al apaño que rodean sistemáticamente a este mundillo, de modo que la posibilidad que, según parece, insinúa o afirma la cadena televisiva citada, no debería sorprendernos en sí misma. Pero, por otra parte, estas cosas hay que probarlas o, cuando menos, aportar piezas de convicción de una cierta solidez, más que nada porque la primera perjudicada es, seguramente, la más inocente, Massiel, sobre la que estoy completamente convencido de que, si hubo apaño, ella no tuvo nada que ver. Pues bien, es su imagen, su fama y su profesionalidad la que, sin comerlo ni beberlo, sale escopeteada y, caramba, un respeto.

Más a la palestra habría de salir el señor Suárez Yllana a defender, como hace siempre -lo cual le honra-, la fama de su padre, ahora indefenso por causa de una cruel enfermedad, cuya culpabilidad, si realmente hubo trampa, sería necesariamente plena, pues él era, en la época, el director general de Televisión Española. Aunque también es comprensible que no diga nada hasta haber visto el reportaje y oído qué se dice en él, en fin, concretamente.

Por lo demás, también doy plena credibilidad al rebote de Massiel que acusa a la «Sexta» de promocionar de esta manera al engendro este, que, metiéndole un gol de los que hacen época, coló en TVE procedente de su propia producción. Ya les vale.

Lo divertido es ver al Cliff, a estas alturas, protestando de que haya tenido que pasar toda su vida de segundón por causa de una trampa. Nos ha jodido: ¿toda su vida fue aquel festival de Eurovisión? Porque si es así, macho, anda, que te den el premio, no sea que te abras las venas porque, para Massiel, no fue más que un lanzamiento, fue solamente el principio de una carrera larga y, hombre, para lo que hay por aquí, no exenta de una cierta calidad.

El tiempo siempre acaba poniendo a cada cual en su sitio, y con o sin Eurovisión a toro cuarenta años pasado, Massiel ya nunca dejará de ser la Tanqueta de Leganés (Serrat, precisamente, dixit) y el Cliff nunca dejará de ser.. un segundón.

Ajo y agua.

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Delenda est Micro$oft

May 2nd, 2008 por Javier Cuchí

A ver, a ver, a ver… Antes de empezar unos avisos, (disclaimer, hay quien les llama) para que todo el mundo sepa a qué atenerse.

Primero: «El Incordio» no es neutral y jamás ha pretendido serlo. El autor, que soy yo, dice, piensa y opina lo que le sale de las narices, de forma documentada o no, sabiendo mucho, poco o nada de lo que habla y sin más limitación que las leyes (y aún eso, por aquello de que a la fuerza ahorcan, que si no, en muchos casos… bueno, en fin).

Segundo: el autor de «El Incordio» (o sea, yo, insisto), es activista furibundo, orgulloso y, por ende, confeso y proclamado del software libre; ese activismo deriva de que el autor (yo, por si alguien no se había enterado) entiende que el software libre es técnicamente mejor -en general y, por lo menos, dentro de lo que podríamos llamar software de gran consumo- que cualquier otro, es socialmente sostenible -al preciso y exacto contrario que los demás modelos-, lo que equivale a decir que es justo, moral y beneficioso para la Humanidad, y no como el otro. Y en última instancia, el autor (ya sabes: yo) es activista furibundo, orgulloso y, por ende, confeso y proclamado del software libre por la poderosísima y principal razón de que así le sale de sus ilustrísimos cojones.

Tercero: por las mismas razones del párrafo anterior y por tantas otras que vienen exponiéndose en esta bitácora desde su fundación, el autor (ese mismo, ya lo has adivinado) es enemigo acérrimo y feroz de Micro$oft, empresa de la que opina, más allá de toda persuasión posible en contrario, que es una lacra para la Humanidad, un insulto para el más moderado y razonable concepto de comercio libre (por no hablar del concepto más extremo), una vergüenza para la ciudadanía de tantísimos países cuyos políticos son serviles lacayos de tan abominable empresa, una causa de subdesarrollo y sometimiento tecnológico para muchos países en estado de postración económica y un peligro claro, palmario y evidente para las libertades públicas aún en sus más elementales formas.

Cuarto: por lo anterior, a los exclusivos e intransferibles efectos de esta bitácora (y que cada cual haga de su capa un sayo) todo lo malo que se diga de Micro$oft, sea lo que sea y venga de donde venga, adquiere total y automática credibilidad, sin necesidad de mayor ni ulterior análisis, sin perjuicio de que éste sea en todo caso bienvenido.

Quinto: el autor de esta bitácora (¡muy bien, sí señor!) tiene en muy alta consideración al señor Enrique Dans, cuyo blog sigue asíduamente por el alto valor que atribuye a sus ideas y opiniones, entendiendo que éstas proceden comúnmente de un certero análisis de la realidad tecnológica, con absoluta abstracción del simple y teóricamente posible hecho -de irrelevante e innecesaria comprobación- de que el señor Dans pueda ser un crack programando en Java o escribiendo ensayos sobre literatura babilónica.

Y sexto: el autor de esta bitácora (ahí) es perfectamente consciente de que el señor Dans sabe defenderse solito mejor que nadie y, por tanto, tal intención, por más que pudiera parecerlo, es completamente ajena a «El Incordio».

Dicho todo lo cual, sea notorio a quien esto lea que:

Primero: suscribo íntegramente todas las opiniones de Enrique Dans sobre Micro$oft, desde la primera hasta la última línea de su artículo «El mito de la puerta trasera», importándome tres putos ardites que la trapazada de Micro$oft sea o se denomine técnicamente «puerta trasera», «puente levadizo» o «mascarón de proa». Añado, de mi propia cosecha, que la imagen de Micro$oft mangoneando con policías me produce exactamente la misma alergia que la de la $GAE mangoneando con jueces, viviendo en la irreductible convicción de que ambos hechos no pueden sino causar daños y transtornos de carácter social acaso graves, aunque sólo sea por el deterioro que supone para la imagen de tan honorables profesiones la intromisión en su quehacer de tan indeseables entidades.

Segundo: adicionalmente y asumiendo punto por punto, en su práctica literalidad, las razones -para mí, de cajón-, en él contenidas, suscribo también íntegramente el post «Blog. Opinión. ¿Qué parte no has entendido?» que hago también propias de «El Incordio».

Tercero: yo, como Enrique Dans (pero ahora ya, con independencia del mismo) agradezco sobremanera los comentarios que se hacen a mis artículos. Los agradezco doblemente porque suponen, a su vez, una doble gentileza que me dispensa el comentarista: leerme y tomarse la molestia de otorgar una cierta consideración a mis afirmaciones en tanto que se toma un tiempo y un trabajo para afirmarlas o combatirlas. Todo es un valor que incrementa el de este modestísimo invento mío, notoriamente alejado de las cifras de atención de los grandes de la blogosfera hispánica; entre lo cuales, por cierto, está Dans y tiene perfecto derecho a ostentarlo porque esa ostentación no es una presunción -también de eso se le ha acusado- como no lo es alegar un mérito en un curriculum o en una oposición o colgar de la pared, de la solapa o de la pechera un título, condecoración o distinción; hay que joderse con la cochina envidia, no como la mía, que es sana ;-) Pero, efectivamente, tal como Enrique indica, cargarse un comentario troll no es censura en tanto que el comentarista tiene toda la red para decir lo que le parezca, empezando por crear su propia bitácora. Los bloggers, como ahora se nos llama, salimos a la palestra pública y, en consecuencia, tenemos que aguantar opiniones y críticas, pero todo tiene un límite: si uno va por una playa enseñando el trasto, tendrá que sufrir la opinión de quienes consideren que la tiene corta, pero no tendrá la obligación de sufrir que se la corten, que no es precisamente lo mismo.

De esta forma yo os lo emplumo, para general conocimiento.

Y muerte al vil invasor gabacho.

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