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Agua, comida y hambre

May 15th, 2008 por Javier Cuchí

Lo del agua era una cosa muy seria. Coñes, que nos estábamos quedando sin agua. Hubo que buscar soluciones como fuera y ahí empezaron a torcerse las cosas porque los políticos -imaginativos ellos-, incapaces de asumir que al tema de los trasvases se le había dado carpetazo tras una revuelta contra el Plan Hidrológico Nacional del Travase a Punta de Pala, que tan buen resultado le dio (la revuelta, no el Plan) a Zap II para llegar a ser Zap I, se inventaron un trasvase que no era trasvase porque no se trasvasaba lo que se trasvasa sino todo lo contrario, elevado al cuadrado menos su raíz cuadrada.

Mientras se vestía de seda a la siniestra mona del Plan Hidrológico Privativo y Exclusivo de la Patria Catalana, y botifler el que no bote, el plan de alerta establecía saludables medidas -efectivas unas, sanamente simbólicas otras- de ahorro de agua. Entre las medidas efectivas estaban la prohibición de regar jardines y llenar piscinas con agua de boca; entre las simbólicas, el cierre de fuentes públicas, incluso de aquellas que funcionan con circuito cerrado y cuyo consumo de agua es mínimo, pero se entendió, con excelente criterio, que la mujer del César, además de no ser puta, debía llevar el refajo permanentemente puesto. En el ínterin, con toda la Ribera del Ebro en pie de guerra, los valencianos y los murcianos vomitando sapos y culebras de cuarenta megatones y los aragoneses con unos cuernos así de grandes, pero calladitos y firmes, que socialismo es disciplina, se empieza a construir el tubito para el trasvase que -recordémoslo- no es un trasvase (entre un trasvase y eso que han hecho o pretenden hacer hay la misma diferencia que entre «crisis» y «desaceleración», así que qui potest capere, capiat, que los sociatas controlan el lenguaje que ríete tú de todos los sillones mayúsculos y minúsculos de la Polvorienta en pleno) y se empiezan a fletar barquitos para traer agua. A todo esto, la chusma hostelera montando en cólera so oficial pretexto de que ante los turistas queda muy feo eso de que el agua venga en barco, pero sufriendo, más que por la seguridad del tráfico hídrico marítimo, por la nefasta imagen de las piscinas de cinco estrellas vacías y de los campos de golf con un desagradable color de ictericia.

Sic stantibus rebus, va y llueve. Y llueve, pero bien. Cincuenta litros por metro cuadrado aquí, sesenta allá, incluso ciento y pico acullá, que ponen a los pantanos al 30 por 100. Nos ha jodido San Pedro por partida doble: primero no hace llover y luego elige el momento más encabronante para mearse encima del tripartit. Porque, claro, un 30 por 100 del volumen embalsado sigue siendo una mierda de volumen embalsado, pero es lo suficiente, y hasta un poquito sobrante, como para levantar la alerta gorda y pasar a una más relajada. En el preciso momento en que venía para acá el primer barquito y cuando ya se había repartido el chollete de la instalación del tubo una joint venture encabezada por AGBAR.

Lo del agua, a partir de ese momento, deja de ser una cosa seria para convertirse en un vodevil. Los titulares de los periódicos barceloneses del martes 13 (vaya por Dios) eran para mear y no echar gota: apenas uno o dos manifestaban el normal alivio de saber que tendríamos agua hasta fin de año aunque no cayera una gota más (lo que, tan estrictamente hablando, también parece difícil); el resto, echando las campanas al vuelo, casi materialmente, porque ya se pueden regar los jardines y llenar las piscinas. El conseller Baltasar, batiendo su propio récord de despropósitos -tras haberse cubierto de gloria en materia de vivienda-, anuncia el alivio de las medidas, o sea, que, efectivamente, se podrán regar jardines y llenar piscinas.

De pronto, hay gente que empieza a sentirse como puta gratuita y financiera de cama y, acto seguido, el alcalde de Tarragona anuncia que prou, que aquí no se llena un puto barquito más para que la pijancia barcelonesa llene piscinas y ordena el cierre fulminante del grifo. La leche y la releche: con siete barquitos ya contratados y -si no me falla la memoria- cincuenta kilos (de los de ahora, de euros) comprometidos. Y Zaragoza, al borde de llamar a Agustina (catalana, pero de Reus, o sea, fiel al Ebro) con cañón y todo, que estalla en cólera. Y los valencianos y los murcianos (y diría que hasta el PP, si no fuera porque anda en otras preocupaciones), montando una zalagarda de aquí te espero, porque o regamos campos de golf todos o rompemos el swing. Y los regantes del Ebro cagándose en muchos padres y en muchas putas madres.

Así que Montilla decide que hay que sacar urgentemente la pata de la galleda (la pota del cubu, como le harán decir en «Polònia») y dar marcha atrás, de modo que las medidas se emergencia se aliviarán pero se mantendrá la prohibición de regar jardines y llenar piscinas. Oficialmente, claro. Veremos si el cumplimiento de esa prohibición se controla férreamente o la falta de medios que tanto nos aqueja por nuestro crónico déficit de financiación impedirá una atención extrema sobre hoteles y clubs de calzoncillismo pijo -con y sin palos- debiendo limitar la represión disciplinaria a propinarle un potente garrotazo a un vecino de Sant Cugat que riega inocentemente sus geranios.

Todos los logros que se habían alcanzado en materia de concienciación de la ciudadanía hacia el ahorro de agua -que, por cierto, había llegado a cotas de rsultados extraordinarios-, un despliegue ingente (y hasta inteligente, no me importa reconocerlo) de pedagogía de la sostenibilidad, que se va al garete porque un gobierno no puede ocultar su condición de calzonazos ante la codicia de los lobbyes hosteleros y, a la primera gota que cae, se les escapa corriendo el subconsciente. Porque ahora va a ahorrar agua Rita la Cantaora, sépase.

Damas, caballeros, personal de servicio y militares sin graduación: acomódense, dispónganse a degustar pipas y chufas y relájense de sus preocupaciones cotidianas. Empieza el espectáculo.

El espectáculo de verdad.

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Servidor es un poco cocinillas; me gusta meterme en los fogones y afrontar el desafío de llevar a la mesa platos que requieren un poquito de habilidad preparados de forma correcta y presentados de forma apetecible. Incluso he recibido algo de formación al respecto. Pero hasta aquí. No soy un gastrónomo. Es una afición que requiere, sin duda, un cierto amor por la gastronomía, pero tampoco puedo cultivarla lo necesario como para disfrutar de un nivel de conocimientos y de experiencia razonables siquiera como aficionado.

Tengo, no obstante, unos cuantos conceptos claros: la cocina es la artesanía de la alimentación. Gastronomía y alimentación, cocina y alimentación, son, a mi modo de ver las cosas, conceptos absolutamente inseparables. Cuando se separan, podemos estar ante cosas muy nobles que incluso pueden llegar a la categoría de arte, lo he dicho ya alguna vez anteriormente, de arte en la misma medida que la pintura o la música, pero, en esa misma medida, asimismo alejado de la gastronomía y de la cocina precisamente por ajeno a la alimentación. Y no se vea en ello una intención peyorativa, como no sería peyorativo decir que «La rendición de Breda» o «Tosca» son manifestaciones artísticas ajenas a la alimentación. Así las cosas, lo que hacen Ferran Adrià o Carme Ruscalleda, entre otros, y siempre en mi humildísima opinión, es arte porque procura un placer intelectual conceptualmente elaboradísimo a los sentidos del gusto y del olfato, pero no es cocina porque es una manifestación ajena a la alimentación.

Lo tengo así de claro -por más que, como todo en la vida, es discutible- y por ello siempre he mirado con desconfianza la cosa esta de la nouvelle cuisine, llevada a extremos importantes, hay que reconocerlo, por una notable generación de artistas españoles, como los dos citados y algunos más entre los que recuerdo, por ejemplo, a Juan Mari Arzak. ¿Que ellos se hacen llamar cocineros? Con justicia, porque de buen seguro que lo son, y de los buenísimos pero… no ejercen. Ellos no hacen cocina, hacen otra cosa.

Eso no quiere decir que yo no sea partidario de la evolución y de la innovación en materia culinaria. Por supuesto: la sociedad evoluciona, la actividad humana evoluciona y la alimentación, como es normal, sigue su propia evolución a partir de las otras y ello por nomencionar los avances de la bromatología que deben incorporarse necesariamente a la dieta diaria. Pese a mi gusto y preferencia por la cocina tradicional, tengo también muy claro que las recetas de la abuela son platos para días de fiesta y el plato de cada día debe ser algo no radicalmente distinto de lo tradicional, pero sí adecuado a las necesidades y usos del hombre de hoy. Hay un muy importante grupo de cocineros -de cocineros en ejercicio aunque, eso sí, poco mediáticos- que están en esa línea y que están ofreciendo un estilo culinario directamente enlazado y sin solución de continuidad con la cocina de siempre, pero evolucionada; una cocina menos contundente, menos proteica y mas fácil de digerir para el operador de un equipo informático, para un taxista o para un dependiente de comercio. Es evidente que uno no puede meterse entre pecho y espalda, en un día laborable, una fabada de las que hacía mi abuela, porque hoy nadie baja a la mina a quemarla (bueno, sí hay quien pero, por suerte o por desgracia, no es ya un sector sociolaboral relevante). La fabada de las que hacía mi abuela queda reservada para un día festivo que permita el riego de un tinto potente y el remate de una (1) pequeña copita de licor digestivo y con tiempo (meteorológico y cronológico) y entorno (interior y exterior) que faciliten una pequeña siesta y un largo paseo, sin que haya por delante maquinaria peligrosa, volante o ejercicio de responsabilidad.

Viene todo esto al follón que ha montado Santi Santamaría, un cocinero -parece que en ejercicio- no tan mediático como los que he citado pero con tantas estrellas Michelin como el que más (seis, igual que Ferran Adrià), que acaba de liar un sidral descomunal en la comunidad cocinera (o más o menos) al asegurar, en un libro que acaba de publicar, que lo que hacen los otros ni es cocina ni es nada, que son puros fenómenos mediáticos y que algunos de sus guisopos contienen incluso ingredientes dañinos para la salud. Toma castaña.

Si lo que quería era publicidad para su libro (aunque ya va bien servido con el premio de 60.000 euros que le han dado por él) «La cocina al desnudo», en lo que a mí respecta lo ha conseguido porque el 27 de mayo, fecha de aparición de la obra, iré puntualmente a mi librero habitual para comprarlo.

No faltaría más.

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Hay dictaduras brutales que, pese a serlo, no llevan esa brutalidad a su extremo más execrable; ahí tenemos, por ejemplo, al régimen chino, moviendo todo lo que es capaz de mover para salvar la vida de sus ciudadanos afectados por un terremoto cuyas cifras de víctimas engordan tremendamente a cada día que pasa y que no parece que vaya a rechazar la ayuda internacional que se le está ofreciendo; y si llegara a rechazarla, sería por un falso concepto de la dignidad que, de todos modos, estaría precedido de una suficiencia de recursos propios.

Y hay dictaduras brutales que, además de serlo, llevan esa brutalidad a su extremo más inhumano y abominable; ahí tenemos, por ejemplo, al régimen birmano, que, con una cifra de muertos que acabará alcanzando el medio millón y ni se sabe qué cifras en cuántas otras tipologías de victimario a causa de un ciclón, está poniendo todas las trabas posibles a la ayuda internacional, porque no quiere testigos ni intervenciones que obstaculicen sus salvajes designios y su toma fraudulenta y cafre del poder. Si tienen que cascar un millón de parias, que casquen, pero lo primero es lo primero.

Esto es un crimen contra la Humanidad. Esto es para coger a toda esa Junta de cafres con uniforme y llevarlos al Tribunal de La Haya a puntapiés en el trasero, a ver si les meten treinta o cuarenta años de vacaciones a la sombra. Para ese tipo de cabrones creo que la Unión Europea debiera alquilarle a Francia un tugurio bien infecto en la Guayana y dejar que se pudran ahí sin que el mundo vuelva a saber de ellos e incluso sin que ellos vuelvan a saber nada del mundo, convirtiendo el tren de vida de Papillon cuando anduvo por aquellos pagos, en una colonia veraniega de boy scouts, incluyendo una guillotina que funcionara una o dos veces al trimestre por aquello de encourager les autres. Bueno, lo de la guillotina no, no vamos a ser como ellos; pero un buen pozo lleno de mierda para utilizarlo como celda de castigo para el que se desmande, sí.

Incluso se ha hablado de meter ahí la ayuda humanitaria a vida fuerza. Y no lo han dicho cuatro matados: lo han propuesto oficial y seriamente Francia y Alemania. Personalmente, no me disgustaría nada ver a la Legión corriendo a gorrazos a esos hijoputas y repartiendo víveres, abrigo y otras provisiones a aquella pobre gente, entre ráfaga y ráfaga de fusil de asalto. Pero las intervenciones militares son caras y en Birmania no hay petróleo ni, según parece, nada que pueda interesar a los empresarios amiguetes del presidente americano, así que nada de intervenciones carísimas para sacar de la miseria a unos pocos millones de desgraciados cogidos por los cojones -al menos aquellos a quienes quedan cojones que puedan ser cogidos- por una sarta de cabrones bananeros.

O quizá, más probablemente, el negocio para unos cuantos cerdos en los que estoy pensando, resida precisamente en la sarta de cabrones bananeros. No habrá pues intervención armada occidental para proteger la vida de esa pobre gente.

Y paro de escribir sobre esto, que me dan arcadas por momentos…

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En el mismísimo centro geométrico -si así puede decirse- del mes de mayo, la paella, queridos todos, está servida. El próximo jueves será 22 y, en principio, no veo que nada se oponga a que este plato semanal vaya a ser servido en las debidas condiciones (y nada de nouvelle cuisine: al pan, pan, y al vino, como leones).

«El Incordio», no obstante, continúa su andadura diaria, así que aquí os quiero seguir viendo.

Hasta casi ahora mismo.

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Sinvergüenzas y cortitos

May 8th, 2008 por Javier Cuchí

Ando hoy de poco humor y mal cuerpo; una pequeña indisposición, ligera pero fastidiosa (los cambios bruscos de presión me sientan fatal) me ha llevado de culo en el trabajo esta mañana y algo hecho polvillo esta tarde. Esto puede excusar la tardanza de una paella, pero no su suspensión, de modo que hoy la tenemos para una cena tardía. Allá vamos…

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Leo que el sector financiero, banca y cajas de ahorro, han pedido al Gobierno que eche mano del fondo de reserva de la Seguridad Social (el respaldo financiero de las pensiones) para paliar la crisis inmobiliaria. Si no fuera porque estoy al cabo de la calle de la poca vergüenza del gremio, no me lo podría creer. Pero sí, me lo creo perfectamente.

Esto es terrorismo, no tiene otro nombre. Esto es tomarnos a los ciudadanos por el pito del sereno. Esto es delincuencia financiera, sin más. Esto no se resuelve si no se mete a gente en la cárcel.

Ya veía venir yo hace tiempo -y antes que muchos- que la especulación y el latrocinio de las inmobiliarias y de la banca íbamos a acabar pagándolo nosotros; y, efectivamente, tan pronto le han visto las orejas al lobo, ese hatajo de cabrones, que antes no quería ni oir hablar de vivienda social, ahora pide que el Gobierno haga mucha para que ellos puedan seguir medrando. Parafraseando en latín macarrónico el famoso aforismo, quod pringatus non dat, governum socialistorum praestat. Además, amenazan (así: amenazan y todo) con las cifras del paro si no se les subvenciona a saco y no se cortan en insinuar el problema de orden público que puede significar el hecho de que la mayor parte de la nueva legión de parados va a estar nutrida por inmigrantes de mínima cualificación (peonaje inabsorbible por otros sectores de actividad); manda huevos: unos inmigrantes a los que trajeron esos mismos cerdos a los que no bastaba enriquecerse con la especulación de la vivienda sino que tenían que especular también con carne humana para amasar beneficios astronómicos.

Pero se ve que eso no es suficiente: ahora hay que sacar del pozo a toda la hijaputancia a costa de nuestras pensiones. No de sus inmensos beneficios, no: de nuestras pensiones. Beneficios -para ellos, por supuesto- por todos los lados, porque el negocio es redondo. Primero, con nuestra pasta se financian sus sucios negocios para que sigan amasando fortunísimas (y, de paso, defraudando a Hacienda, cepillándose espacios naturales, o reventando el equilibrio demográfico de las poblaciones donde aterriza esa chusma); después, cuando la Seguridad Social no pueda atender nuestras jubilaciones y el Gobierno de turno, en un gesto de magnanimidad, se avenga a integrarlas en los Presupuestos pero, claro, pagándonos pensiones muy por debajo de lo que nos correspondería de acuerdo con lo cotizado a la SS, entonces aparecerá la marranada capitalista comprando nuestras viviendas por dos pesetas al mes, la misma vivienda que nos hemos pasado toda la vida laboral pagando (¡y no queríamos alquileres!) a precio de oro tanto en capital como en intereses. Algunos llegarán a darle post mortem la vivienda al banco o a la Caixa al simple valor del capital pendiente de pagar del préstamo hipotecario.

Menos mal que parece que Solbes no ha picado. No ha picado, al menos de boquilla; me sorprenderá -y mucho- que vaya a dejar colgada a la chusma esa y alguna estará tramando. Hay, pues, que vigilar muy atentamente los movimientos de toda esa pandilla y no presumir ninguna inocencia. Ninguna.

La de ciertos cabrones, ni aún demostrándose.

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Han sido detenidos 31 policías locales de la localidad madrileña de Coslada (de una plantilla total de 159, lo que hace que los pájaros en cuestión representen el 19,5 por 100 de la plantilla, prácticamente uno de cada cinco, que no está mal) acusados de extorsión, lo que, en román paladino del siglo XXI y parte del XX, viene a significar «prácticas mafiosas».

Es desagradable, es triste, es indignante, pero estas cosas pasan. No es bueno que pasen, pero es menos malo si se diagnostican y se corrigen. Y ahí está el problema.

Toda esa peña llevaba, al parecer, años con su negocio y, como suele suceder en estos casos, todo el mundo lo sabía, todo el mundo estaba al cabo de la calle. Pero los políticos cobardazos se escudan en que no había denuncias. Lo sabía todo el pueblo (y ellos también, claro) pero no había denuncias. Como para denunciar a una tropa de esas y que la denuncia no prospere (porque el posible denunciante nunca sabe quién se esconde detrás de una mafia). Incluso aunque la denuncia prospere: en la noticia de «Libertad Digital» que señala que la cosa era tan sabida que hasta una candidatura a las municipales del 2007 la denunciaba, el dirigente de esa candidatura, Agrupación Republicana de Coslada pide al citado medio que oculte su nombre por si luego el jefazo de la trama (el jefe de la poli local, nada menos) es puesto en libertad. Esto ya es la rehostia: que incluso con detenciones practicadas un ciudadano deba temer por su integridad si se le identifica por denunciar a unos delincuentes, es indignante.

En Coslada había hoy ambiente de linchamiento y no es para menos: parece que toda la hostelería del lugar vivía sin vivir, atenazada por el miedo al Ginés y a sus treinta muchachos. Por cierto que la Policía Nacional pudo destapar la olla tras la desarticulación de una trama rumana de prostitución que, según parece, tenía tratos con los munipas en cuestión.

Pero es tan vergonzosa la situación -en este tema y en muchos otros, en Coslada y fuera de Coslada- que reproduzco un párrafo íntegro de «Libertad Digital» para que os hagáis una idea de cómo está el patio (y de cómo está, en realidad, en muchísimos lugares de España): «Precisamente, Murillo ha señalado que el Ayuntamiento había recibido quejas verbales de dueños de bares yd e vecinos sobre la actuación de algunos policías locales, pero no se interpusieron denuncias, por lo que el Consistorio no actuó, a pesar de que sabía que las actas de inspección no se cumplimentaban adecuadamente». O sea, había constancia de quejas y se sabía que las actas de inspección eran una filfa, pero, así y todo, los políticos municipales miraban para otro lado. ¿Y aún osa decir la Policía Nacional que no están implicados? Pues, cuando menos, por encubrimiento, podría pensarse. A ver qué opina la fiscalía, a ver si también mira para otro lado, que ya parece el deporte nacional.

La administración municipal española es, en su conjunto, un cenagal tan acojonante que no hay por dónde cogerla. Parece claro que los ayuntamientos deben ser férreamente supervisados y que eso de la autonomía municipal -y yo ya he defendido durante muchísimos años- no es más que un refugio de especuladores, de mafiosos, de ladrones y, en el mejor de los casos, de políticos oportunistas. Daba vergüenza ver declarar al ex-alcalde de Andratx intentando justificar que una nave agrícola le salió un chalet de lujo así, como por casualidad, con toda su buena intención: «Yo no sabía que en una granja no se podía poner un lavabo de mármol». Manda cojones. No hablemos ya del caso Marbella y ni siquiera pensemos en las decenas y decenas de Marbellas que hay por ahí, no pocas en Cataluña, donde no se ha tirado ni un puto milímetro de la bestialmente gruesa manta que tapa muchísimo chanchullo.

Y es que no hay denuncias, hombre…

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BREVES

Leo por ahí que las enfermedades venéreas se están multiplicando entre la población joven. Ah, bueno, qué susto: yo ya no soy joven desde hace tiempo.

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Con razón suele decirse que, aunque no se crea en meigas, haber, haylas. Y para que no queden dudas, el Ayuntamiento de Lugo se gasta la pasta pública en que una magufa enseñe a la muchachada a preparar filtros de amor. A ver si los chavales van a volver a estas alturas a la aspirina con cocacola de mis años mozos…

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El Ministro de Justicia me descojona de risa, primero, en su pretensión de que el desastre denunciado días atrás por el Consejo Genral (otro que bien baila) es poco menos que coyuntural; segundo, cuando dice que eso él lo arregla con informática a todo pasto. Eso es: ordenadores con guor y a seguir trabajando como hace cien años a la salud de la Rosa de España, a la que Micro$oft ha ascendido a nivel europeo. Guau.

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Lidia Falcón, fundadora -creo- y presidenta -creo- de una cosa llamada «Partido Feminista», sostiene que la custodia compartida es una forma de violencia de género. Esta mujer no tendría que morirse nunca, de verdad…

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De verdadero descojono (aunque no sé si de risa o de pena) los premios a la publicidad engañosa de Ecologistas en Acción (gracias a «Menéame»). De descojono lo merecidos que son, no el hecho de que los den, que quede claro. Impagables el Premio Cenutrio y el Premio Tortilla de Silicona.

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Pues hasta aquí, tardecito, pero con la dicha buena, ha llegado esta edición de la paella. El próximo jueves, 15 de mayo, San Isidro Labrador, patrono de la Villa de Madrid (vaya mayos que se raspan los gatos) y patrono también de los agricultores, pese a la artificiosa competencia de un tal Sant Galderic que no sé quién, cocido de garnacha, probablemente, les inventó a los pobres payeses catalanes. ¡Cómo iban los descendientes corporativos del bon cop de falç a compartir patrono con los madrileños!

Aquí estará ese día, si no se rompe nada, la paella. Pero no olvidéis que, en el ínterin, «El Incordio» continúa; aunque la paella tenga fieles propios y exclusivos, la casa en la que se aloja es común.

Nos seguimos viendo, pues…

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Hambre y sangre

May 1st, 2008 por Javier Cuchí

Jueves día 1 de mayo, fiesta de San José Obrero… ¡ay, no! ¿Qué digo? Fiesta del Trabajo, que los trabajadores celebramos, muy apropiadamente, no trabajando. Y mañana, 2 de mayo, fiesta nacional de la comunidad de Madrid, pero la de mañana, precisamente la de mañana, sí es Nacional, con mayúsculas y sin cursivas: se cumplen doscientos años de algo muy gordo, realmente muy gordo, que aún no sabemos si fue para bien o para mal. No pocos, sospechamos que fue para mal. Y muchos no lo sospecharon: tuvieron constancia cierta de que fue para mal una décima de segundo antes de que su cuello se rompiera con el tirón de una cuerda en la madrileña plaza de la Cebada. Y en tantos otros lugares.

Al final hablaremos un poco de ello. Empezamos la paella con otros temas que me tienen sublevado.

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Crisis alimentaria habemus. Y gorda. Se prevén hambrunas acojonantes en los países más desgraciados y, consecuentemente, rebotes sociales de los gordos. Aquí, en occidente, no. Aquí dicen que andamos jodidísimos con las hipotecas y será así, pero entre ayer por la tarde y hoy por la mañana se han ido de Barcelona medio millón de coches y en el aeropuerto se espera que circule medio millón de pasajeros, o sea que la casa sigue siendo potente y no repara en gastos, aunque mi mujer notó ayer que los anaqueles del Àrea de Guissona (una cooperativa alimentaria low cost, como si dijésemos) estaban completamente vacíos mientras que en Caprabo (ahora Eroski), que de low cost tiene más bien tirando a poco, daba gusto comprar de la poca gente que había.

Pero volviendo a la crisis de verdad, a la que mata gente (el arroz, un alimento básico y practicamente único para medio mundo, ha subido un 40 por 100 en un año), un preboste de la ONU, tras una reunión celebrada en Suiza al efecto, declaró que lo que está pasando con los alimentos es un crimen.

No es que no tenga razón -la tiene toda- pero estamos ante la clásica gilipollez de la ONU. Cuando se habla de crímenes, es necesario hablar de criminales, porque los crímenes no son arcanos, ni fenómenos, ni cambios climáticos: los crímenes son trapazadas cometidas por unos señores llamados criminales, que no son entes etéreos y ectoplásmicos sino cabrones de carne y hueso (de mucha carne, en este caso). Y cuando se habla de crímenes y de criminales, tiene que ir gente a la cárcel, porque si hablamos de crímenes y de criminales y no hay gente en la cárcel o un montón de fiscales empeñados en que vaya, nos quedamos en el terreno de la más pura mariconada.

Ya hace tiempo que se veía venir que la llamada globalización que, en realidad, no es sino la ocupación pura y dura del entero mundo a cargo de las corporaciones financieras, iba a afectar a los alimentos y, de hecho, hasta es sorprendente que haya tardado tanto. El libre comercio llevado a sus extremos más brutales, impuesto sin paliativos y a la trágala en todo el orbe, dejando aún más inermes a los países menos desarrollados (que, casualmente, son en su práctica totalidad los que en un momento u otro de la historia relativamente reciente han estado sometidos a imperios coloniales) con el criminal y falsario pretexto de la bondad de una igualdad de oportunidades comerciales que, en realidad, nace de una radical desigualdad para irla acentuando aún más, hasta ahora había supuesto la ruina de millones de personas: ahora, rematará la faena llevándolas a la tumba.

El tío este que es secretario general de la ONU (nunca he sabido para qué sirve un secretario general de la ONU) dice que el desafío es «excepcional»; sin embargo, el pájaro se ha cuidado muy bien de anunciar medidas «excepcionales». Pero lo que serán excepcionales serán los follones que se ven venir.

El problema, sin embargo, el verdadero problema, la raíz, en definitiva del problema, es que los botines, los albertos y unos cuantos de sus camaradas de todo el mundo, no tendrán sin embargo problemas: para ellos, no habrá hambre, ni conflictos (en los que otros combatirán por ellos), ni nada.

Ni siquiera la cárcel.

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Ayer oía a Manolo Tomás, presidente de la Plataforma de Defensa del Ebro, acusar a la Caixa de ser uno de los grandes beneficiarios del trasvase del Ebro (aunque los sociatas vistan a la mona de seda, lo que hay es un trasvase) porque es la entidad que controla todas las infraestructuras de Cataluña.

Bueno, pues sí. Los historiadores del futuro van a tener un buen trabajo desentrañando toda la maraña de ese oligopolio sin ánimo de lucro que, realmente, controla media España. En primer lugar, porque controlar Cataluña ya es tener agarrado por los cojones a una quinta parte del PIB español; y, en segundo lugar, porque sus tentáculos van más allá del Principado.

Quizá por ello tenemos las infraestructuras como las tenemos, quizá por ello nos cuestan a los catalanes un riñón y quizá por ello, estatut tras estatut, tripartit tras tripartit y antes los convergentes, no conseguimos salir de la vergonzosa situación de ser los únicos españoles que, además de tener que pagar para salir de casa (y para regresar), vivimos todavía en pleno feudalismo sin que los políticos tengan, en realidad, la menor intención de cambiar las cosas porque quien paga manda y se acabó.

Que se lo pregunten, si no, al comercio, socio forzoso de la Caixa en su práctica totalidad, que tiene que aforar al señor feudal sin ánimo de lucro entre un 2 y un 15 por 100 del importe de las operaciones pagadas con tarjetas de crédito o de débito, que son la mayoría; la práctica totalidad, en según qué tipos de establecimiento. Y que se lo pregunten a la mayoría de las familias catalanas pringadas en una hipoteca inacabable y, en muchas ocasiones, insufrible. Los más afortunados, teminaremos de pagarla prácticamente el día de la jubilación; pero cada vez van siendo más los que van a dejarla como herencia.

Siervos de la gleva, como en el siglo XI, pero con tecnologías siglo XXI, que para eso las ciencias económicas han avanzado mil años: antes el señor feudal heredaba a nuestros hijos, atados a la tierra; ahora los hereda la Caixa, atados a nuestra hipoteca. Hasta ahora, dejábamos a los hijos un patrimonio; ahora dejamos a nuestros hijos bien atados al patrimonio… de la Caixa.

La burla que se nos hace a los ciudadanos por parte de unos políticos que prometen mejoras (¡y levantamientos de peajes!) mientras maman de las ubres que cobran esos peajes es absolutamente sanguinaria. Pero como somos todos un hatajo de tontos del culo incapaces de hacer el menor sacrificio para darles una dolorosa lección, los que pasamos dolores (y de parto) somos nosotros. Mientras podamos ir de vacaciones al Caribe aún a dieta del insulso pollo del Àrea de Guissona (y que no falte), alegría de la huerta…

Es la obra social, que le llaman…

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Mañana hará doscientos años que Madrid se levantó contra el francés, inaugurando una serie de levantamientos que iniciaron una guerra técnicamente extraña por aquel entonces (de guerrillas, una de las pocas palabras que el castellano ha pasado intacta al resto de los idiomas, icnluyendo el inglés, cosa rara) que nosotros hemos denominado en nuestra historiografía como «Guerra de la Independencia».

Mañana hará doscientos años que un pueblo ignorante y torpe, mediatizado por el oscurantismo y por los curas (y, en este caso, no es un tópico) entregó lo mejor de su heroísmo y de su sangre en holocausto a la causa más retrógrada que cupiera imaginarse y se sacrificó gloriosamente clamando por una monarquía vergonzosamente putrefacta e invocando al unáninemente tenido por el canalla más abominable que haya ceñido jamás la corona de España. El pueblo de Madrid, como primero de tantos otros, incluyendo al catalán, cerró la puerta a la ilustración aquel 2 de mayo de 1808 y entregó a España al atraso, a la ignorancia, al analfabetismo no sólo intelectual sino también moral (eso sí, perfumado con el botafumeiro incesante de toda la tropa ensotanada), al olor a pies y a la halitosis cazallera, a un estado de podredumbre nacional del que aún nos resentimos porque aún hay quien parece deseoso de recuperarlo en sus más intensas esencias.

Mañana, algún cornetín entonará el toque de oración en memoria de los héroes madrileños (espero que sea el cornetín, no esa antipática melodiorra diabética, kumbayá y postconciliar que se han sacado de la manga, qué vergüenza ajena, por Dios) y yo guardaré respetuoso silencio ante ese toque porque el sacrificio y el heroísmo son intrínsecamente dignos de homenaje y de respeto, no importa si la trinchera en la que se producen es amiga o enemiga o si la causa es bella o perversa. Aquel día, aquel año, todos hubiéramos sido igualmente madrileños y todos hubiéramos incurrido en aquel error. Además, dicho sea de paso, los franceses de Murat eran unos hijos de la grandísima puta, que esa es otra.

Cada vez que presencio el famoso cuadro goyesco de los fusilamientos, me sobrecojo. Más aún que al ver «La carga de los mamelucos». Es la Ilustración cepillándose a la España del piojo. Y me sorprendo y me indigno al darme cuenta de que mi corazón y mi hígado, por más que el cerebro se resiste a gritos, están decididamente del lado de los ejecutados. Parece que nuestro sino sea el de ser eternamente buenos vasallos de unos perfectos cabrones.

Y no hay Dios que nos proteja de nosotros mismos.

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Hasta aquí, hoy he cumplido con la paella, no sé si festejando el trabajo o trabajando en festivo, vete a saber. El próximo jueves será 8 y yo os dejo raudo porque tengo a la familia esperando para irnos a dar una vuelta y si escribo una sola línea más, la carga de los mamelucos se va a volver a representar, pero en mi casa.

Uf.

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Curas, seguratas y somalíes

April 24th, 2008 por Javier Cuchí

Lo leo y no lo creo. Es más, espero que, dado el medio que me sirve de fuente, que déjalo correr, en estos últimos años (no todo va a ser la COPE), la información esté sesgada y quepa matizarla y -espero- matizarla mucho. Pero según viene tal cual, resultaría que, de acuerdo con un convenio suscrito entre la faraona madrileña, Esperanza Aguirre, y el gran ayatollah de la Conferencia Episcopal, Rouco Varela, los curas tendrían voz y voto en la administración de cuidados paliativos a los enfermos terminales de la sanidad pública madrileña. Lo dicho: lo veo y no lo creo.

¿Es esto posible? ¿Cuáles son los términos de ese convenio? ¿Qué derechos acaba teniendo el paciente para que se haga -dentro de la ley, por supuesto- su voluntad tanto si le gusta al cura como si no? ¿Quién ha dicho que la moralidad de un cura -en su caso, ojo- tiene más valor que la de cualquier otro ciudadano? ¿Qué mierda sabe un cura de las técnicas y de las prácticas de los cuidados paliativos?

Uno se pregunta si, al cabo, no tendrá que exigir a sus compañías de seguros que, en la póliza correspondiente, figure una cláusula conteniendo el derecho a ser evacuado de forma urgente -avión-ambulancia, helicóptero, etc.- en caso de sufrir accidente o enfermedad grave en la comunidad de Madrid, igual que si el percance sucediese viajando por Afganistán, Somalia o la Mongolia Inferior.

Esto -ahora ya hablo en general- es intolerable, y lo es desde hace muchísimo tiempo. Aquí hay una Constitución que, cada vez está más claro, no sirve para una mierda en cada día mayor número de sus disposiciones. ¿Qué es esta batalla de concordatos, de convenios y de otras leches que imponen curas (¡y asignaturas curriculares!) y otras mandangas de índole religiosa y, encima, a costa del erario público?

Esto tiene que acabarse, y de una vez por todas. El que quiera religión y servicios anexos -me parece muy bien, es muy libre y debe seguir siéndolo- que se lo pague, se lo monte y se lo estructure como le dé la gana, pero manteniéndose, a todos los efectos, lejos del sector público, especialmente del dinero público y muy especialmente de cualesquiera prestaciones personales por parte del ciudadano. ¿Qué es eso de que un cura meta baza en un tratamiento médico sin que lo pida -expresa y claramente- el paciente? ¿Es que, además del testamento civil común y del testamento vital, tendremos que llevar entre los dientes un testamento adicional que imponga la lejanía material y moral de todo indicio religioso -sea cual sea la religión, por supuesto- cada vez que entremos en un establecimiento sanitario aunque sólo sea para hacernos un análisis de sangre?

Tenemos que aguantar cada día montones de condicionantes de esa gente; reclaman derechos corporativos disfrazados de reivindicaciones y derechos públicos, pretenden meter las narices en el sistema de enseñanza y en el sanitario, tenemos que aguantarlos -otra barbaridad- en la declaración de IRPF (cosa que tampoco entiendo: el que quiera darle pasta a una religión -la Iglesia en este concreto e indignante caso- que se la dé y punto, y que dejen tranquila a la Agencia Tributaria porque la simple gestión de esa pasta cuesta un huevo de dinero público), se entrometen en política, bien vendiendo nacionalismo, bien alfombrando de flores a los sectores más burros de la derecha, y eso cuando no les da por proteger a terroristas y por promover su causa y lo hacen, como decía antes, no como el ejercicio del indiscutible derecho individual que tienes los clérigos como ciudadanos sino corporativamente, oficialmente, por así decirlo, coaccionando con ello las conciencias de quienes les siguen.

Más allá del anarquismo, del socialismo marxista y del liberalismo laicista, el primer y mayor culpable del anticlericalismo español -que, comprensiblemente, no hace más que crecer- es el propio clero, empeñado en imponerse a la trágala sobre una sociedad entera y en vehiculizar sobre vectores públicos sus sistemas de proselitismo y retención de acólitos. No es, pues, sorprendente, ahora que se acerca el período de declaración IRPF y a la vista de noticias como la que nos ocupa, que cada vez haya más ciudadanos que clamemos por Mendizábal y que muchos afronten con simpatía creciente el estudio histórico de la quema de conventos.

La denuncia del Concordato por parte del Gobierno es una necesidad urgente e inapelable.

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A finales del verano pasado, escribía aquí mismo algunas impresiones desagradables sobre diversos aconteceres de mis breves vacaciones. Cargaba en ellas contra el gremio de los seguratas y sus usos y costumbres, clamando por su sustitución -aún consciente de lo costoso de la misma- por funcionarios públicos. Decía, o venía a decir, que aún reconociendo que un funcionario del Cuerpo de la Policía Nacional o un agente de la Guardia Civil son profesionales altamente instruidos y que resulta una pena emplearlos en trabajos de baja cualificación, cuando la actuación administrativa afecta a derechos fundamentales del ciudadano -entre los cuales está el de la intimidad y la privacidad, aparte del honor y de la dignidad- dicha actuación debería ser necesariamente puesta en práctica por un funcionario público, que es el perfecto y más adecuado conducto (y filtro) entre la norma y su aplicación sobre el ciudadano. Así se ha entendido, por ejemplo, en Catalunya, comunidad que va a poner en marcha un nuevo cuerpo policial, el «Auxiliar de Mossos d’Esquadra», cuyas funciones serían precisamente estas, las de llevar a cabo cometidos menores -vigilancia de edificios, custodia y traslado de presos, etc.- pero cuyo carácter público requiere de la condición -y, subsiguientemente, de la deontología- del funcionario.

Pues bien, aquel escrito recibió un comentario -como podéis ver- de alguien que se atribuye la condición de segurata y que, tras invocar los presuntos tests psicotécnicos a que dice que son sometidos las damas y caballeros del colectivo, deja a éste y a los tests psicotécnicos en su lugar, descanso, abundando triunfalmente, con su brillante intervención, en las razones que tengo para mis prevenciones. Si el tal elemento es, en verdad, segurata, y en algún momento de su desempeño porta armas o cualquier otro adminículo apto para la agresión personal -como es de temer- aparte del poder que, estúpidamente, se le confiere como agente de la autordad -aunque sea parcialmente en lo temporal, en lo funcional y en lo geográfico-, es para echarse a temblar, ciertamente.

Por si estas razones fueran pocas, las noticias habituales, casi diarias, sobre excesos, tropelías y abusos de estos empleados privados -no pocas de ellas procedentes de ciudadanos normales y corrientes que sufren auténticas vejaciones en los aeropuertos y lugares públicos (y no solamente como consecuencia de la aplicación de la ley, como pretende alegar mi inteligente comentarista)- abundan en la necesidad de extender la idea de los auxiliares policiales públicos y relegar a los seguratas a los lugares de donde no debieran haber salido jamás (y ya es mucho): el ámbito privado, el de los bienes y los edificios privados. Exclusivamente. Es lo suyo y es lo que procede, y por ello hemos aplaudido también la necesidad, por ejemplo, de que los gorilas discotequeros sean sustituidos por seguratas que, ahí sí, están mucho mejor cualificados profesionalmente para ese desempeño.

Y ahí está el colofón: hace unos o dos días, vía «Menéame», llegaba a unas filmaciones realmente terroríficas en las que se ve a diversos seguratas -en alguno se identifica a una conocidísima empresa del ramo- cometiendo actos de verdadera brutalidad sobre algunos ciudadanos; brutalidad y, además, arbitrariedad. Por mucho menos, por muchísimo menos, algunos mossos d’Esquadra están viendo peligrar sus placas, y así debe ser. Sin embargo, mientras que todos sabemos lo que les ocurre a los policías que son pillados en semejantes trapazadas, generalmente nunca llegamos a enterarnos de lo que les ocurre a los seguratas sorprendidos en tales; es más: las empresas de las que dependen, ven prorrogadas sus licitaciones un año tras otro (cuando deberían ver suspendida fulminantemente su concesión).

Esta es otra cosa urgente que hay que resolver: la desaparición de la seguridad privada de los ámbitos públicos. No hay derecho a que la intimidad -y no pocas veces, como vemos, la propia integridad física- de los ciudadanos pase por estas manos tan poco cualificadas y de control tan poco fiable.

Por más tests psicológicos de la señorita Pepis que les hagan.

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Lo de Perejil me pareció un exceso, la verdad. Montar aquella especie de desembarco de Normandía para echar a puntapiés a cuatro o seis sarracenillos de menor cuantía guerrera, constituye, en mi opinión, una clara demasía y creo que hubiera podido solucionarse perfectamente con poco más de una patrullera. Pero, con todo, prefiero mil veces el exceso que un defecto probablemente de igual intensidad. Quiero decir que si la alternativa a una perejilada es mandar a cuatro tuercebotas, más o menos adscritos a Asuntos Exteriores, a que practiquen el buen rollito con el moro mientras éste se muere de risa pasándonos por los morros su calzoncillo cagado, entonces prefiero que empleen a toda la Legión en bloque para darle un par de pescozones a un anticipo de abderramán.

Estamos ahora en las mismas, con la importante diferencia de que el enemigo -llamemos a las cosas por su nombre- ha tomado rehenes. Me refiero al asunto del barco pesquero abordado por piratas somalíes.

Bien: creo que estamos todos de acuerdo en que la prioridad aquí son los tripulantes del barco español, su seguridad y su incolumilidad. Hay, pues, que negociar, hablar, sonritas, buen rollito, tirad vos primero, sire, y si hay que pagar, se paga, que la casa es potente. Pero una vez con nuestra gente a salvo, procede emprender el camino de la dolorosa represalia y ejercerla sin contemplaciones. Como poco, lo que han hecho los franceses: detener a los piratas, llevárselos a casa y ponerlos a la sombra un buen montón rato. Hombre, se han amariconado un poco: no hace muchos años, hubieran adoptado la solución rápida y poco burocrática a la que tan aficionados fueron otrora nuestros vecinos y que, según parece, tanto hincharon las estadísticas de víctimas de tráfico de fin de semana. Pero, bueno, cuando menos, eso, tenerles encerrados una buena pila de años. Luego ya veremos lo que les pasa en presidio a esos cabrones.

Una de nuestras fragatas de la clase F-100, lo más guay del Paraguay que tenemos, ya va para allá (estará al llegar) y no sé muy bien de qué servirá, como no sea para transportar un grupo de operaciones especiales que les dé un buen disgusto a esos pringados; una fragata de estas no parece el mejor medio para sacudir unas badanas configuradas a lo somalí. También leía ayer que se ha enviado un avión de combate a la zona. Eso ya me gusta más, teniendo en cuenta que el tal avión de combate (que lo es, pero de combate antibuque o antisubmarino, el Orión) es, sobre todo, un aparato de reconocimiento. No acierto a comprender, pero como tampoco soy militar, me callo. Algo harán entre el barquito y el avioncito. Espero.

Porque espero que los piratas (y/o sus cómplices, que estos funcionan por pueblos enteros) no se salgan de chiquitas y que, una vez a salvo nuestra gente, se les aplique el método francés. Al menos, como mínimo, el moderno, si no es posible ir más allá. Lo que sería intolerable es que, rescatados en metálico nuestros compatriotas, la fragata y el avioncito, incontinentes, calasen el chapeo, requiriesen la espada, se fuesen… y no hubiera nada. Encima aguantarle a Zap II «El Prorrogao» que fuera haciendo el indio pidiendo a la ONU -¡juás!- ridículas «medidas urgentes» dentro de la legalidad internacional. La legalidad internacional, aún vigente, es que a los piratas se les cuelga del palo mayor y su refugio habitual es bombardeado sin contemplaciones. Ya tiene nuestro presi legalidad internacional de larga y antigua tradición para que la fragata (y un par de Harrier, de paso) hagan algo de ejercicio.

No fuera que lo que se haga sea el ridículo.

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Pues hala, ya se acabó la paella.

El próximo jueves será 1 de mayo y habrá paella, no iba a faltar más. Empieza el mes de las flores, empieza el mes grande de la Agencia Tributaria y, en él, pasaremos el ecuador de la primavera. A ver qué pasa, porque está el panorama muy caliente -y seco- y la cosa promete bronca. Ya que no sirven para nada, al menos que nos entretengan, y ya sabéis a qué y a quién me refiero.

Mientras tanto, «El Incordio» sigue al galope, que hay abundante material para ir llenando bits y más bits.

Nos seguimos viendo.

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Paradojas y trasvases

April 17th, 2008 por Javier Cuchí

Soy socio de Greenpeace. Me di de alta cuando la catástrofe (y la negligencia y la poca vergüenza) del Prestige porque pensé que había que echar una mano en lo de dar caña a ciertos sinvergüenzas que creen que pueden reventar el mundo al gusto y ganas de su cuenta de resultados. Mis amigos se sorprenden. ¿Socio de Greenpeace un tío que no tiene demasiadas objeciones a la energía nuclear? ¿Socio de Greenpeace un fulano que no se cree -para nada- que los alimentos transgénicos sean [necesariamente] perjudiciales para la salud humana? ¿Socio de Greenpeace un ecoescéptico que se rompe el culo de risa cada vez que oye hablar del «cambio climático»?

Pues sí. Podría ampararme en la paradoja valleinclanesca en la que los españoles vivimos como un estado permanente de la razón y de la materia, pero no me hace falta, creo que puedo responder al asombro de una forma coherente… o más o menos.

Ya he hablado en esta misma bitácora de mi escepticismo sobre el cambio climático, en tanto que causado por el hombre (otra cosa es que el clima sea dinámico y cambiante per se, como así ha sido siempre) del que estoy convencido que responde a una clara estrategia geopolítica que pretende llegar a forzar una serie de situaciones y de cambios en las relaciones de poder a base de depender mucho menos -hasta, incluso, casi nada- del petróleo. No me extiendo; ya lo he hecho en otras ocasiones y, en todo caso, saque cada cual sus conclusiones. Refuerzan esta sospecha dos hechos: uno, la criminalización -cuando no es posible el silenciamiento- de los discrepantes; otro, las razones de los discrepantes, uno muy interesante de los cuales es el profesor Antón Uriarte, cuya bitácora puede verse aquí (y tiene un enlace permanente en «El Incordio»). Pero (ay, amigo) también creo que extender dentro de lo razonable la cultura de que los recursos naturales son para usarlos con racionalidad, no a lo bestia, y siempre mediante un comercio equitativo respecto del pueblo que los posee es imprescindible. Es decir, ni esquilmar los recursos ni robar a sus propietarios (los cuales, siempre en justicia, tienen también la obligación moral de repartirlos con quienes no los poseen). Por ese lado es por donde la acción de Greenpeace es justa y necesaria.

Sobre los alimentos transgénicos, casi lo mismo: no me creo -y tengo mis razones o, mejor, asumo las razones de los escépticos- que sean dañinos para la salud. Pero (ay, amigo) tras los alimentos transgénicos hay una historia muy siniestra de patentes, mediante las cuales la industria químico-farmacéutica está robando a muchísimos pueblos, en primer lugar, su conocimiento ancestral y, en segundo lugar, su acceso a los alimentos. Y por ese lado, nuevamente es por donde la acción de Greenpeace es justa y necesaria: aunque la ONG y yo nos movamos por razones distintas, el objetivo, a la postre, es el mismo.

Y he dejado para el final lo de las nucleares porque ahí es a donde yo quería llegar. Soy consciente de que la energía nuclear es peligrosa; potencialmente, cuando menos. También sé, sin embargo, que con una adecuada estructura de seguridad, el riesgo queda reducido a unas ínfimas posibilidades. Si miramos la historia del uso pacífico de la energía nuclear, veremos que los incidentes serios han sido poquísimos y todos ellos causados por los verdaderos peligros de esta energía: o bien por una gestión total en manos de un aparato político (lo de siempre: los pisacharcos de las maquinarias del partido), o bien por ceder el control exclusivamente a las empresas propietarias, que tienden a mejorar la cuenta de resultados a base de invertir lo menos posible en seguridad y de subordinar ésta al máximo rendimiento (y mayor peligro).

Acabamos de conocer estos días un incidente en la central nuclear de Ascó. Primero fue un incidente pequeñito, cosa de nada; hace un par de días hemos sabido que, bueno, sigue siendo pequeñito, pero quizá no tan pequeñito y, ejem, mejor que a los niños de seis colegios que visitaron la central recientemente les echen un vistazo en el CAP… sin problemas ¿eh? más que nada, para descartar (ese lenguaje médico del mundo al revés que no te dice que te van a hacer unas pruebas, que igual tienes un cáncer de caballo, sino que te van a hacer unas pruebas para descartar que lo tengas… si es que no lo tienes, que el tío está casi seguro -pero no te dice- que lo tienes).

He recordado un pequeño opúsculo que publicó la revista «Integral» hace cosa de un cuarto de siglo que creo que se llamaba algo muy parecido a «Manual de supervivencia para una guerra nuclear»; nada, una tontería, pero el pánico nuclear estuvo muy de moda en aquel entonces: hubo quien se gastó muchísima pasta en refugios y otras hostias para sobrevivir a una situación en la que, de haberse dado, lo mejor habría sido, precisamente, no sobrevivir y cascar de golpe y cuanto antes. Pero decía una cosa muy sabia: dado el problema -por accidente o por agresión bélica- la alarma a la población siempre sería escalonada, jamás la verdad de golpe sino más bien por fascículos, como para que a la gente se le fuera poniendo el cuerpo como corresponde; cada una de las fases de esa alarma a plazos empezaría siempre con un mensaje tranquilizador: «No pasa nada, no hay problema, no hay peligro, tranquilo todo el mundo que está todo perfectamente controlado». Como en la canción de la señora baronesa: no había novedad, pero entre incendios, inundaciones y saqueos, la habían dejado en la ruina. Por lo demás, señora baronesa, no hay novedad…

Vaya, pues parece que «Integral» no se equivocaba, cuando menos en este aspecto, y cabe preguntarse qué iremos sabiendo sobre Ascó en los próximos días. Aunque, por supuesto, sabremos en todo momento que no hay problema, que no hay peligro, que todo está bajo control, que lo ha estado siempre, y que en ningún momento se han sobrepasado los índices de seguridad marcados por la Unión Europea y por su puta madre. Mientras tanto, todos los padres de la comarca -más los de los niños de los coles- cagados de miedo cada vez que tienen que apagar la luz por si sus hijos resultan visibles y de un hermoso verde fosforescente.

Aquí, en España, hay un sistema mixto: la seguridad en manos de la empresa, pero supervisada por el Consejo de Seguridad Nuclear. ¡Hombre, ya salió el organismo regulador! Aquí todo lo solucionamos dejando a las empresas a su aire pero, eso sí, metiendo de por medio un organismo regulador que, además de consumir una ingente cantidad de recursos públicos, no sirve absolutamente para nada. No cumple la función que le debe al ciudadano -regular e impedir trapazadas empresariales- y, aunque casi siempre está al servicio de los intereses de las empresas, de vez en cuando -y nunca, repito, en interés del ciudadano- hacen, por cumplir el expediente, algo que toca los cojones a las empresas, pero precisamente en aquellos ámbitos en que no se les debería tocar los cojones. En fin, todos conocemos a nuestra vieja CMT, así que nos podemos hacer una imagen cabal de lo que es el CSN.

La única forma de que las centrales nucleares sean razonablemente seguras -ya vemos, no obstante, hasta dónde- es que las cagadas en materia de seguridad causen tanta alarma en la población que el precio político de esas cagadas sea lo suficientemente alto como para que los burócratas de los partidos tengan -hasta donde cabe- bien atornilladas a las empresas. Y esta (ay, amigo) es la parte en la que la acción de Greenpeace es necesaria, porque esta acción es la que encarece ese precio político que el día que se abarate, el cementerio no necesitará alumbrado público, porque bastará con la luz irradiada -nunca mejor dicho- de sus huéspedes.

He aquí por qué soy socio de Greenpeace.

Nota - Apenas acabada de redactar esta entradilla, veo en el telediario que se han cepillado al director de la central en cuestión. ¿Comprendéis mejor ahora lo que quiero decir?

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Ayer me tomé un moscoso para estar en casa mientras me instalaban las ventanas de aluminio. En obras nos hemos metido, ya verás qué histeria de primavera y parte del verano, pero esa es otra canción que a lo mejor canto otro día. Echo un vistazo a la prensa virtual mientras tengo enfrente a uno de los curritos peleándose con el marco del salón. Le repito en voz alta la noticia: a un director financiero del Guggenheim lo han pillado levantando medio kilo (de euros, claro) de la caja.

Respuesta del currante mientras somete a obediencia no sé qué juntas con una metralleta (ejem, subfusil) de silicona: «Bueno, pues pa la pasta que manejan esos golfantes, si sólo ha pillao medio kilo aún se ha comportao». Y sigue dándole a la metralleta (ejem, subfusil).

No, si el que no es feliz es porque no quiere.

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A ver si no es para echar sapos y culebras y para cagarse en muchas madres incidental y dialécticamente putas.

Resulta que la sociatada basó su campaña electoral de 2004, entre otros puntos de no mucha mayor importancia, en echar al cubo de la basura el Plan Hidrológico Nacional (PHN), muy conflictivo sobre todo en lo referente al viejísimo litigio del trasvase del Ebro, trasvase que montó una severa reacción en contra en Aragón y en las comarcas catalanas ribereñas, la indiferencia del resto de Cataluña, que en tiempos fue la primera promotora del trasvase pero que, hundida su industria textil, vio muy disminuidas sus necesidades de agua y por tanto mantuvo una postura ecléctica ante el asunto, y la adhesión, convertida, como ya viene siendo costumbre, en oposición a la oposición, de Valencia y de Murcia, esta última en solidaridad ideológica, puesto que su necesidad de agua no mira al Ebro sino al Tajo, con gran encabronamiento por parte de los castellano-manchegos.

A partir de la victoria sociata se instauró, subsiguientemente, una especie de «filosofía» antitrasvase y el asunto quedó zanjado; el PP, obvio promotor del PHN, se lamió -a veces, un tanto ruidosamente- sus heridas hidrológicas, pero no insistió demasiado en el tema, debido a que en Aragón, aunque hoy no gobierna, tiene un fondo electoral importante y conviene no cabrear al personal que es antitrasvase incluso en filas peperas; por otra parte, la fidelidad valenciana la tiene prácticamente a toda prueba, así que por unos hectometrillos cúbicos arriba o abajo, ni Camps ni la tiradora con bala iban a sufrir demasiado.

Pero ya decía mi abuelo que no hay que escupir para arriba, no vaya a ser que el lapo te caiga en la boca y, como ya vamos viendo con la historia de las relaciones con los norteamericanos, Zap II «El Prorrogao» no se ha enterado todavía de que hay que mear mirando a sotavento. En Cataluña sufrimos un episodio de sequía como sólo recuerda la generación de mi padre, lo que, con todos los respetos a las canas paternas, significa que sólo recuerdan los más viejos del lugar, porque el hombre nos cumple en julio 84, que ya es edad provecta.

La ribera mediterránea, por más fama turística que tenga de playas, parques de atracciones y tal, siempre ha sido un secarral; lo que padecemos ahora, más que una sequía, es, en realidad, una acentuación de lo que comúnmente es un clima de papel de lija. Por poner un ejemplo, recuerdo que hace cuatro años -casi fecha por fecha- llovió en Barcelona durante cinco días seguidos; entendámonos: no es que lloviera sin parar sino que durante cinco días llovió en un momento u otro de la jornada; y tampoco es que lloviera a cántaros. Pues bien: ese fue un récord absoluto de continuidad de lluvias: al parecer, no se conocía un período continuo tan prolongado de días lluviosos en la Ciudad Condal. Este récord -que, por simple curiosidad personal, he mantenido bajo observación- no sólo no ha sido superado en estos cuatro años sino que ni siquiera se ha visto igualado. Mientras los santanderinos o los ovetenses se mean de risa con los récords barceloneses de pluviosidad diaria, constatemos con ello que aquí, eso de caer agua, más bien poco; y la que cae anualmente, cae de golpe, en tres o cuatro días, así que aquí o no vemos gota o todos los coros celestiales accionan de golpe y a la vez la cisterna del váter de modo que no puedes ni cruzar una calle de tres metros de ancho sin quedar igual que al salir de una piscina (pero vestido, que es peor).

Una mente racional dirá que, con ese clima, el aprovechamiento de unos recursos hídricos tan escasos debiera constituir en Cataluña un arte refinado y ejemplar; pero una mente catalana dirá que eso sólo ocurriría si Cataluña estuviera en Alemania con lo que los políticos, aun siendo unos zopencos -en todas partes cuecen habas-, lo serían en un grado infinitamente menor que los que sufrimos en el África Cismediterránea.

O sea que ahora que vienen duras, todo son ays y huys y a ver qué hacemos porque, claro, racionar el suministro a una conurbación de 5 millones de personas, no es ninguna broma, y menos teniendo en cuenta la de hoteles de cinco estrellas y de campos de golf que hay ahí. La desaladora que tenía que librarnos de todas las penurias hídricas aún está a medio hacer (todas nuestras obras públicas parecen hallarse en un permanente estado de medio hacer) y ahora caemos en la cuenta de toda el agua que cada día se desperdicia criminalmente por causa de negligencia administrativa sin que nadie haga ni puto caso… hasta que nos ha pillado el toro.

Y ahora, al trasvase del Ebro. La solución peor, se mire por donde se mire. Y, claro, follón. Ya lo dije la semana pasada: Valencia y Murcia claman porque cuando Cataluña necesita agua, entonces sí, hay trasvase. Con su razón, que no la tienen toda, pero alguna sí. Los aragoneses, a su vez, también han puesto a los servicios jurídicos sobre el asunto. Porque los gobiernos afectados, es decir, el de Zap y el de aquí, dicen que no es un trasvase, no, por Dios: es una cesión de excedente de los riegos del delta del Ebro y del agua sobrante de Tarragona. Y voy yo y me lo creo, claro.

Encima, el PP, que no cabe en sí de gozo, advierte que el trasvase este que no es trasvase pero que sí que es trasvase, lo vamos a pagar solamente los catalanes mientras que el PHN lo hubieran pagado los presupuestos generales con no poca cofinanciación de la Unión Europea (lo cual, además, es verdad). Y Oriol Pujol, el hijísimo -también con los ojos haciéndole chiribitas de puro entusiasmo-, se ha paseado por todas las teles preguntándose cuántos kilómetros de carreteras y autovías se iban a quedar en el limbo por culpa del invento, o cuántos peajes no irán a ser rebajados. Pura demagogia, claro -que hablen los de CiU de rebajarle peajes a la Caixa- pero la ocasión la pintan calva y hay que cogerla por los pelos.

En fin, otro show patético de políticos que nos toman por imbéciles. Ahí lo tienes: según la propia página de gestión de la sequía de la Generalitat, un (1) hectómetro cúbico es la cantidad de agua que consumen cinco millones de personas en un día. O sea, el agua para un día de toda el área metropolitana de Barcelona, poco más o menos. Ese trasvase -que no es un trasvase, recordemos que dicen- aportará un caudal de 40 hectómetros cúbicos al año, es decir, agua para 40 días. ¿Y los demás 325? ¿Han armado este revuelo político para solucionar el problema durante sólo un mes y medio al año?

No se lo creen ni ellos.

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Y hasta aquí esta ciertamente larga paella que, no os quejaréis, hoy está dispuesta para servir de desayuno incluso a los más madrugadores.

El próximo jueves, último del mes de abril, será 24, a caballo entre Sant Jordi, patrón de Cataluña y Aragón, el día 23, y una efemérides nacional en Portugal, el 34 aniversario -34 años ya y parece que fue ayer- de la Revolución de los claveles en Portugal, el día 25. 34 años hace que al son de aquella «Grándola, vila morena» el país vecino dio un timonazo a su transcurso histórico mientras aquí lo contemplábamos envidiosos y esperanzados, a ver si caía algo (que cayó: una flebitis) aunque fuera de rebote. Nos faltaba más de un año y medio para empezar a respirar y muchos sustos aún por pasar. Para llegar a esto de ahora.

Y tómelo cada cual como quiera.

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