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Abortando el aborto

Muy bien, la ley del aborto no se toca y sólo se modificará -muy razonablemente, a mi modo de ver- la libertad de abortar sin conocimiento -y, por tanto sin autorización- de los padres a las mujeres de 16 y 17 años, obligando nuevamente a esa autorización (y, por tanto, a ese conocimiento). Yo lo siento, pero o se tiene mayor edad o no se tiene y antes de los 18, ni se vota, ni se aborta (esto último, con la excepción del consentimiento paterno). Si se quiere una mayoría de edad progresiva, me parece muy bien, estoy muy de acuerdo: puede empezar -por partes, insisto- a los 15 y terminar a los 21 (que es cuando realmente se empieza a ser mayor de edad), pero no por vía de atajos. Como casi siempre, en los últimos tiempos, el remedio pasa por una reforma constitucional.

Pero, volviendo a la cuestión, hay un problema que la ley del aborto actual no soluciona; tampoco creo que lo agrave demasiado, pero no lo soluciona: 140.000 abortos anuales en España.

Esto no puede ser. El aborto plantea cuestiones éticas aún no resueltas y, sobre todo, es una gran putada para la mujer a la que le toca abortar. No se trata de restringirlo por ley (sabemos, además, que eso no lleva a nada) sino de erradicar las causas que llevan a él. ¿Cuáles son? Pues no lo sé muy bien, aunque alguna idea me parece que tengo y luego la expondré. Uno diría -diría, insisto- que la información contraceptiva que se imparte en este país es parca y cutre, pero suficiente como para que, en general, se tomen medidas de seguridad operativas. Ni puede ser que 140.000 abortos respondan a 140.000 fallos de contracepción, ni puede ser -si es el caso y tiene muchas pintas de serlo ocasionalmente- que el aborto sea un contraceptivo más o menos extremo. El aborto debería ser un último recurso cuando han fallado muchos otros, pero no un recurso que por más que, como digo, extremo, resulte natural, cotidiano.

Todas las cosas tienen un origen y unas causas. Lo primero que hay que preguntarse es: ¿por qué quedó embarazada la mujer que aborta? Admito casuísticas como violaciones, momentos de irreflexión (una borrachera, un no haremos penetración que luego se escapa de control...), un fallo en el sistema contraceptivo... Pero... ¿todas estas casuísticas conducen a 140.000 abortos anuales? Francamente, me niego a creerlo.

Pienso muchas veces en otra posibilidad: el embarazo deseado con arrepentimiento sobrevenido posterior; arrepentimiento que, para este caso, habrá que estimar causado por circunstancias externas que han modificado el proyecto de vida de la embarazada (tampoco doy por numéricamente importante el arrepentimiento espontáneo). El despido, el desahucio, el empresario tolerante que vende su empresa a otra mucho menos tolerante con las bajas por maternidad, el abandono del hombre y todo un etcétera de casuísticas, por frecuentes, fáciles de intuir.

No tengo datos objetivos ni estadísticas ni nada, pero veo racional estimar que la mayoría de esos 140.000 abortos proceden de embarazos inicialmente deseados que se han trocado en arrepentimiento debido a un cambio en el proyecto de vida de la mujer.

Lo que nos llevaría a los siguiente: el aborto no es un problema de mi coño es mío ni de dispersar incienso purificador. Ni las vaginas de titularidad registrada ni el botafumeiro a todo trapo van a resolver este problema, cosa que es una obviedad si miramos la historia reciente de la sociedad española en la que, en 30 años, el aborto ha pasado de estar perseguido a ser prácticamente libre transitando por no sé cuántos pasos intermedios: y las cifras que utilizan tanto unos para el como otros para el NO han variado relativamente poco. Y aunque hubieran variado a la baja: siguen siendo altísimas.

Estamos, por tanto, y como casi siempre, ante un problema cultural, estamos ante un problema de correcta integración de la mujer en el mundo del trabajo, en la sociedad en general. Que con catorce años de siglo XXI, en España, aún haya mujeres que cobren menos que un hombre por igual jornada y el mismo trabajo es demencial; que aún haya empresarios feudales que grapen un despido a un parte de baja (¡y no les pase nada!)... Son cosas que claman justicia. Como clama justicia no la cantidad de mujeres agredidas que mueren sino, peor aún, las que no mueren y aguantan años y años, calladas y muertas de miedo, sevicias físicas y psicológicas (que, frecuentemente, suelen ser peores) o que haya mujeres tratadas como un trapo... ¡y ni siquiera sean conscientes de ese trato!

Quizá hayamos de girar la brújula y reorientar la solidaridad sindical: pasarla de la de clase a la de sexo. Pero claro, esto requiere dos cosas: una, que los hombres cambiemos de mentalidad y, otra, que los sindicatos lo sean de verdad, no como esto que hay ahora.

La solución al aborto, es decir, que el número de abortos se reduzca drásticamente no por prohibición sino por falta de necesidad, no es cuestión que vaya a arreglar ni la Conferencia Episcopal ni el Ministerio de Justicia. Lo puede y debe arreglar -si no salimos de lo administrativo- el Ministerio de Trabajo. O el de Economía.

O, simplemente, la justicia (sin ministerio).

Rentrée calamitosa

Bueno, pues ya vuelvo a estar aquí.

Como sabréis los que me seguís en Twitter o los que, de otro modo, tenéis contacto habitual conmigo, las vacaciones no me han ido bien. Justo cuando empezaba a disfrutar de mi estancia en Asturias, el viernes 22 de agosto, un mal paso bajando una escalera en la Catedral de Oviedo significó un desastre para mi tobillo con fractura de no sé cuántas cosas, que llevó a mi evacuación y posterior intervención quirúrgica en Barcelona.

Resultado, yendo a lo práctico: me esperan tres o cuatro meses de baja (hay quien dice que puede que alguno más y todo, esperemos que no se cumpla el vaticinio) y hasta nueve meses para que se restablezca al cien por cien mi habilidad para caminar. Va a ser un embarazo de lo más divertido.

O sea que cabe en lo posible que este blog vaya teniendo más entradas de lo habitual, aunque vete a saber cómo me trata el humor y la desconexión con la vida cotidiana. Ya lo iremos viendo.

Pero, en realidad, escribo esta entrada porque tengo que dar muchas gracias a muchísima gente. Espero no olvidarme de nadie y lo haré por orden cronológico, por orden de intervención, como si dijésemos:

En primer lugar, a Loreto Pérez de la Fuente Cortina, coordinadora de la Actividad Cultural de la Catedral de Oviedo, que desde el momento mismo de mis trastazo y hasta saberme ya en casa se preocupó constantemente por mi estado y se ofreció a mi familia para todo lo que estuviera en su mano.

En segundo lugar, a los chicos de la ambulancia que me sacaron de la angosta escalera en la que me di el tortazo, a mí, que peso lo mío y lo de algún otro. Y si uno de los mozos era grandote y fornido, la otra era una chica menuda y fragilita pero que funcionó como una auténtica leona y cuidó durante todo el trayecto al hospital de que mi ánimo estuviera en alto.

En tercer lugar, a la Policía Local de Oviedo. Teniamos el coche en el aparcamiento de la plaza de la Escandalera y la jugada que ideó mi mujer es que mi hija mayor llamara a un taxi para que éste fuera al Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA), al que me llevaban, y seguirlo con nuestro coche. Como, para ello, el taxi hubiera tenido que cometer una infracción, mi esposa se dirigió a una pareja de motoristas de la Policía Local a fin de pedirles cuartelillo. Explicada la situación, los agentes dijeron que de eso nada, que la escoltarían ellos mismos hasta el HUCA, como efectivamente hicieron. Se les pidió la identificación a fin de proceder a una felicitación pesonal, pero se negaron diciendo que habían cumplido con su deber y con su trabajo, de modo que, en ellos, doy las gracias a todo el Cuerpo en la seguridad de que fuesen los que fuesen los agentes con que hubiéramos topado, su buen hacer hubiera sido exactamente el mismo.

En cuarto lugar, a la entera plantilla del HUCA. Fui tratado de verdadero lujo, cuidado y solícitamente atendido, pese a que no sabían muy bien qué hacer conmigo, puesto que estaba, simplemente, a la espera de ser trasladado a Barcelona. Pero en todo momento estuvieron pendientes de mí, me ofrecieron constantemente analgésicos (lo cierto es que apenas los he necesitado: dentro de la desgracia, he tenido la inmensa suerte de que no sufro dolores de ningún tipo). Cuando más adelante hable del personal sanitario de este país, siéntanse aludidos y no precisamente en segundo término.

En quinto lugar, al Real Automóvil Club de Catalunya que dispuso mi transporte a Barcelona el mismísimo primer día hábil (lunes, 25), no sin preocuparse antes por que mi familia estuviera perfectamente alojada (que lo estaba, porque siguió residiendo en el hotel rural que habíamos reservado para las vacaciones hasta el día 31, ahora iremos a él) y todo eso pese a algunas dificultades burocráticas en nuestra afiliación no achacable a la administración del Club. Y a los chicos de la ambulancia que molieron los casi mil kilómetros de distancia entre Oviedo y Barcelona sin otra preocupación que mi hija -que me acompañaba- y yo estuviésemos cómodos. Si llegan a leer esto, sepan que lo lograron.

En sexto lugar, a Víctor y Dolores, los propietarios del Hotel Rural Casa Lao en el encantador pueblín de Soto d'Agues (Sobrescobio, Asturias). Un hotel excelente, gracias al cual han ganado en nosotros unos clientes. Pero la solicitud y el trato de Víctor y Dolores hacia mi familia, sobre todo al conocer mi percance, ha hecho que, además -y sobre todo-, hayan ganado unos amigos.

En séptimo y muy especial lugar (sin demérito de nadie, en absoluto) al Hospital de la Santa Creu i Sant Pau, al personal de guardia de Traumatología de la madrugada del martes, 26, al equipo del doctor Julio de Caso Rodríguez que me intervino quirúrgicamente ese mismo día y a los tres turnos del personal de reanimación, aunque con una mención especial al del turno de noche, que tuvieron show de los buenos y, sin embargo, en ningún momento dejaron de atenderme y de estar pendientes de mis necesidades y de mi comodidad. Como he dicho con la gente del HUCA, después hablaré del personal sanitario en general y todo lo que diga se referirá también al personal de Sant Pau.

Digamos que fuera de clasificación hay más agradecimientos. Tengo que dar las gracias a mi familia de Oviedo, mis tías y mi prima María, que corrieron a visitarme tan pronto les fue posible y ofrecieron incondicionalmente su casa a mi familia, aunque no hubo necesidad de aceptar el gentil ofrecimiento por lo explicado antes del hotel.

Tengo que dar unas muy especiales y efusivas gracias a mi amigo de... bueno, de toda la vida, el doctor Javier González Carrasco, que me acompañó en el hospital en la medida que se lo permitieron sus obligaciones y estuvo conmigo en el quirófano (es anestesista; aunque la anestesia me la administró el titular del equipo, también llamado Javier, por cierto; mi amigo se ocupó personalmente de matarme el ciático para que no me diera la tabarra en el postoperatorio). De Quico (lo hemos llamado siempre Quico para no confundirlo conmigo, Javier también) sólo puedo decir que en todos los momentos difíciles de mi vida, en todos, ha aparecido él como por ensalmo; y no hablo solamente en el aspecto médico: su apoyo moral, en unas determinadas circunstancias que no vienen a cuento, muy difíciles para mí, fue determinante. Tanto es así que, cuando tengo problemas y lo veo aparecer a él, es como si, rodeado por los indios, viera al Séptimo de Caballería tocando a carga (aunque a este particular general Custer le gusta más bien montar un Alfa-Romeo; pero vaya, todo es cuestión de atrezzo).

Gracias también, y muy entrañables, a Juan Carlos Nieto, jefe de Admisiones de Sant Pau, amigo de la infancia, que reconoció a mi hermana, se presentó, se ofreció para todo lo que hiciera falta y me visitó la mañana del miércoles 27, en el box de Reanimación, para ofrecerse de nuevo a lo que fuera, entonces y en cualquier otro momento que en el futuro me pueda ser necesario. Además de una muy agradable charla recordando viejísimos tiempos.

Y, en fin ¿a quién más? Pues a mucha gente: a mis hermanos, pendientes en todo momento de mis vicisitudes. A muchos miembros de mi familia (clan Cuchí) que también hicieron su seguimiento de mi incidente. A mis compañeros de trabajo, mi jefe y amigo incluido, que no han dejado de interesarse por mí desde que tuvieron conocimiento de mi percance (algunos, inmediato: cinco horas pelando la pava en las Urgencias del HUCA dieron para mucho tuit y mucho guasap) y se han ofrecido, entre otras cosas, para solucionarme todos los problemas burocráticos que me puedan surgir. Cosa que no hará falta, porque también tengo que dar las gracias a mis compañeras del Servicio de Personal del Departament d'Empresa i Ocupació de la Generalitat de Catalunya (en el que presto mis servicios), en particular a Anna, Sole y Maria dels Àngels, que me han dejado la gestión de las bajas, informes, cancelación de vacaciones y demás, a verdadero huevo y en bajada. A los amigos de las redes sociales (es decir, de Twitter) que me infundieron ánimos tan pronto tuvieron noticia del accidente.

No tengo queja: en todos los lugares y ámbitos he encontrado a gente estupenda que me ha tratado, hasta donde lo permitían las circunstancias y la razón, a cuerpo de rey.

Y constato, además, que estoy materialmente rodeado de buena gente.

Sobre la sanidad pública

Soy usuario habitual de la sanidad pública, pero básicamente de los servicios de asistencia primaria, como casi todo el mundo; hasta el 22 de agosto, no había sido cliente de su sistema hospitalario (sufrí hace muchos años una intervención quirúrgica, pero en el sistema privado).

Ya estaba contento con la asistencia primaria, pero en lo que se refiere a la hospitalaria, mi grado de satisfacción no puede ser más alto. No puede. No encuentro el menor pero a cómo he sido tratado desde que me recogieron un viernes por la tarde en aquella escalera de la Catedral de Oviedo hasta que me dejaron, materialmente, en el recibidor de casa al mediodía del miércoles siguiente.

Pero en mi estancia en dos hospitales de los buenos, uno en Oviedo y el otro en Barcelona, he visto muchas cosas.

He visto un personal puteado, trabajando con la lengua fuera, con instalaciones saturadas de pacientes, teniendo en muchas ocasiones que improvisar los medios (hacer inventos), trabajando como burros porque no se suplen bajas ni vacaciones -y, aún con el personal al completo, éste es muchísimo más reducido que hace no muchos años-, buscando como locos una hora de quirófano para operar, una cama en la que ingresar (en el HUCA, estuve en la planta de Ginecología; con la habitación para mí solo, no seáis malos) y en Sant Pau, se decidió atinadamente que, como me iban a dar el alta al día siguiente, podía pasar la noche en el box de reanimación: de todos modos, no había camas disponibles). Todo ello porque medio hospital -cualquiera de los dos- estaba cerrado. No quisiera exagerar, pero los gritos y susurros que sonaron aquella noche en la Sala de Reanimación de Sant Pau eran como para «Apocalypse Now»; y, sin embargo, en ningún momento, ni en el HUCA ni en Sant Pau me sentí desatendido, al contrario, tuve la perfecta sensación de que se estaba pendiente de mí en todo momento; y eso que yo mismo hubiera justificado una razonable desatención toda vez que, dentro de la situación, me encontraba perfectamente, sin dolor alguno e incluso cómodo. Pues no. No se olvidaron de mí en ningún momento.

Como sabéis, soy funcionario. Funcionario orgulloso: desde que tomé posesión de mi primera plaza, siempre tuve delante, como un icono, la imagen abstracta del ciudadano, en la perfecta consciencia que mis jefes no son esos biliosos a quienes nos colocan ahí los partidos, sino los ciudadanos que son quienes me pagan. Una vez me peleé con un consultor cuando la unidad en la que prestaba servicio solicitó la ISO 9000 (cosa que siempre me ha parecido una perfecta gilipollez en la Administración pública, pero en fin). Se empeñó en ponerme al ciudadano como cliente. «No señor -le dije- el ciudadano no es mi cliente: es el amo de la empresa». El otro, hizo una caída de ojos -cuánta ignorancia, Señor- y dijo que era el cliente porque era el destinatario de mis servicios. Le pregunté si tenia asistenta. Me respondió que no, pero que años atrás sí que la había tenido: «¿Y le dijo alguna vez a la asistenta que usted era su cliente o era más bien el amo?». Me dejó por imposible.

Pues bien, nunca he estado tan orgulloso de ello como estos días, nunca me he sentido tan alto en tanto que empleado público como cuando he visto trabajar a todas estas personas -hasta extremos verdaderamente abnegados- y darme cuenta de que, con independencia de que su vinculación fuera funcionarial, estatutaria o laboral, todos eran compañeros, todos eran empleados públicos. Como yo. Cuánto, cuánto y cuánto honor, de verdad que no hablo a humo de pajas. Qué grande me siento en ese como yo.

Las putadas que se está haciendo a estos profesionales -entre las cuales no es la menor un sueldo de miseria que no da para afrontar una hipoteca en solitario mientras tanto cerdo arramba con dinero a espuertas y me da igual que sea legal o ilegal, cerdo lo mismo- claman venganza ciudadana. Ya no sólo porque los ciudadanos somos también, en definitiva, víctimas de esa situación: es por la situación intrínseca.

Llevar a los responsables de las políticas sanitarias de este país, a todos ellos de narices ante el juez y de un puntapié a presidio por un montón de años (y no hablo de patíbulos por principios, no por falta de merecimientos) es la más alta prioridad de salud pública que tenemos los ciudadanos.

Ojalá algún día tengamos redaños y seamos implacables en el castigo.

Dolor reglamentario

Llevamos veinticuatro horas alborotados por el asesinato de la presidenta de la Diputación de León, Isabel Carrasco, también y simultáneamente presidenta del PP leonés y también y simultáneamente, cargo importante (cuando no el más importante) en otras cinco corporaciones. Se hablará, supongo, durante mucho tiempo de esto porque tiene todas las características de un folletín: una señora tremendamente antipática y con una imagen bastante mala -al menos para mucha gente- es víctima de una madre y una hija, una de las cuales (presuntamente: la autoría no se ha establecido con seguridad) le dispara tres tiros por la espalda y, a continuación, le descerraja otro más en la cabeza. Y todo ello (siempre presuntamente, claro está) a causa de un despido que antes de despido pudo ser (presuntamente, faltaría más) una contratación a dedo amigo. Técnicamente, ni siquiera fue un despido: la [presunta] despedida ocupaba interinamente una plaza funcionarial; puesta esa plaza a concurso-oposición, resultó ser ganada por otra persona que, lógicamente, desplazó de ella a la interina.

Hasta aquí, ya digo, un hecho luctuoso que, por otra parte y sin duda, proporcionará horas de entretenimiento con base en esa maravilla de medios de comunicación que tenemos (merecidamente, ojo).

Pero, damas y caballeros, agárrense a las butacas que peligra la vida del artista: entra Twitter en liza. Y en Twitter, una serie de gente celebra alborozadamente los hechos y la tipología de defunción que ha afectado a la dama de autos.

Está feo, para qué nos vamos a engañar. Alegrarse de la muerte de alguien está feo... en principio. Y está peor hacerlo en público porque, incluso si hubiera -de ser posible que las hubiera- razones para el jolgorio, hay que pensar que esas razones no afectan a una familia que, probablemente, no sea partícipe de las mismas. Hace unos minutos estaba viendo en un telediario a la hija de la finada llorando desconsoladamente y, qué queréis que os diga: por mala bestia que hubiera sido (en su caso) la víctima, el sufrimiento de esa chica por la muerte de su madre tiene que mover a compasión a cualquier espíritu decente.

Pero la autoridad competente ya se ha lanzado contra Twitter, exigiendo las cabezas de los que llama apologistas de la violencia y otros lugares comunes afectos al caso. Caso difícil, porque las apologías, cuando no son del terrorismo, están poco y mal tipificadas. Pero claro, si encima no existe propiamente apología sino simple alegría por el resultado del suceso, la cosa se mueve ya en el terreno de lo imposible, porque estaríamos ante una conducta atípica y en Derecho penal, «atípico» quiere decir, en castizo, ná de ná. Así de clarito lo expresaba asimismo esta mañana David Maeztu, uno de los más conocidos abogados de la Red:


Por lo tanto, me parece que, esta vez, el muy sacristíaco ministro del Interior se va a tener que envainar su mala leche porque no va a haber juez que le ate esa mosca por el rabo. Quizá pueda picar un poquito -tampoco mucho- la cresta a quienes se hayan dejado llevar por el calentón verbal más extremado, pero dudo mucho de que el gasto que ello supondría rentabilice la escasa ejemplaridad que se obtendría.

O sea, señor ministro, que se fastidia usted y, si le pica, se rasca.

Cuestión distinta es la sociología política del asunto. Sentemos una primera premisa: no es normal (RPT: no es normal) que un sector minoritario, quizá, pero significativo de la sociedad española, manifieste en voz alta y clara su alegría porque un político -una política, en este caso- haya sido asesinado a tiros en medio de la calle -bueno, era un puente, pero ya se entiende- y a plena luz del día.

Y como no es normal, hay que analizar lo que ocurre. Analizar, so botarates, no lanzar al parroquial ministro del Interior a decapitar infieles con el botafumeiro de la venganza políticamente correcta. Y el análisis es muy fácil, porque puede verlo todo el mundo que no mira para otra parte. Como ustedes, so políticos (todos ustedes, particularmente los del PPSOE)

En España, los embalses de la ira están casi a rebosar y las paredes de la presa crujen siniestramente ante la tremenda presión que intentan resistir. Quizá a ustedes, so políticos, les parezca poco o, quizá, soportable, pero en este país hay seis millones de parados. El 40 por 100 de ellos no recibe prestación alguna (o sea, que son parados de larga duración). En dos millones de hogares españoles, carecen de ingresos todos sus miembros. Y de esos seis millones de parados, ¿cuantos lo van a ser crónicamente, para siempre, cuántos no van a poder ser reabsorbidos por el mercado de trabajo?: ¿un millón? ¿dos millones? ¿O quizá tres millones sea una cifra más exacta? Una bolsa estructural y endémica de tres millones de parados, casi nada... Recortes en sanidad y educación, en los salarios públicos (porque muchos de los privados ni salarios pueden siquiera llamarse ya), en la dependencia, en las pensiones (ya les metieron un caponcito y ahora van a por el palo gordo). Centenares de miles de desahucios, familias en la calle y con una deuda que jamás podrán quitarse de encima, condenados a una ruina eterna, suicidas por catástrofe personal económica, laboral o inmobiliaria, niños pasando hambre. HAMBRE. ¿Lo oís, animales? HAMBRE.

Al lado de este Arcadia feliz, la clase política, corrupta hasta el corvejón. No oímos hablar más que de sobres, sobresueldos, comisiones, sobornos, sobrecostes en la obra pública, financiación ilegal de partidos, mariscadas, fiestas de los niños, coches que no se sabe que se tienen... Y a saber lo que [quizá aún] no hayamos oído. Un poder judicial totalmente mediatizado, prácticamente inoperante contra tanta mierda y en las pocas ocasiones en que es algo operativo, la máquina de los indultos del señor Gallardón -otro asiduo de las sacristías- se pone en marcha a tope de revoluciones o, simplemente, aparta a los jueces más osados en un público y notorio escarmiento. En la cárcel está Bárcenas... ¿y quién más? Dos mindundis de Unió, que pasarán unos meses de vacaciones y poco más. A costa de una crisis tremenda que nos ha costado lo descrito arriba se han rescatado bancos y cajas por decenas de miles de millones de dinero público, del dinero de nuestras pensiones, de nuestros subsidios de desempleo, de nuestras escuelas, de nuestros centros hospitalarios... del desayuno, la comida y la cena de muchos niños. ¿Saben ustedes a qué grado llega nuestra irritación cuando constatamos -poco más o menos unas ochocientas veces por persona y día- todo esto que estoy diciendo? No, no lo saben. O sí lo saben pero prefieren no darse ustedes por enterados. Viven ustedes en otra galaxia; en otra galaxia, por supuesto, de nivel superior, no faltaba más. Ni siquiera recatan la foto infamante del presidente del Gobierno siendo jaleado por la flor y la nata del muy cutre -pero muy criminal- capitalismo nacional. Ánimo, Marianico, que España va bien.

¿Y aún se pone exquisito (feliz expresión de uno de los amigotes de ustedes) el muy clerical ministro del Interior? ¿Aún pretenden ustedes que un determinado número de ciudadanos -hoy por hoy pequeño, si bien significativo, repito- no lance cohetes y campanas al vuelo cuando alguien de la Casta es abatido a tiros, incluso aún cuando el suceso no tenga nada que ver con sus... méritos? ¿Ustedes creen, so incompetentes, que atizando un palito -o intentándolo- a unos pocos tuiteros van a aflojar la presión del pantano? Si es así, además de venales, de corruptos, son ustedes imbéciles.

Al muy barato precio de tener que tragar quina ante la alegría de algunos por el asesinato de un político -de una política, vaya- han recibido ustedes un aviso importante, un aviso muy claro de cómo andan los ánimos del personal, de a qué niveles está llegando la inquina contra ustedes. Y no se equivoquen: la culpa de esta inquina no es del Gran Wyoming: es de ustedes mismos. Son ustedes los que alimentan a uno y a mil wyomings.

Lo de matar al mensajero no va a funcionar porque cada vez va a ser mayor la cantidad de gente que se va alegrar de que les maten a ustedes. Aunque sea por repartir mal el botín o por cuernos, aunque no tenga nada que ver la cosa con su gestión política, como parece que ha sido el caso que ahora nos ocupa.

Alégrense. En esta ocasión, la cosa no ha pasado de ahí.