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La cuña

May 5th, 2008 por Javier Cuchí

Con razón suele decirse que no hay peor cuña que la de la propia madera. ¿Recordáis que hace unas semanas supimos de una clínica andaluza que suprimió un complemento a unas enfermeras que se negaban a llevar minifalda? Bueno, pues el hecho trascendió un poco aunque, sorprendentemente, no dio lugar a ningún gran escándalo. A mí, la verdad, me extrañó que ni la organización colegial enfermeril, ni el SATSE, ni ninguno de los montones de colectivos de feminorras que hay por ahí -de esos siempre prontos a llamarle a uno machista porque escribe «la juez» y no el horror de «la jueza»- pusieran el grito en el cielo y propusiesen la castración ritual del gerente, clamando, al mismo tiempo por la pública incineración del señoritismo latifundista y caciquil de la derecha andaluza. Será, pensé, que por aquello del parentesco corporativo habré exagerado la importancia del despropósito.

Pero no, hombre, no. Qué exageraciones ni qué nada. El mundo progre estaba calladito como un puta porque resulta que en el entorno financiero de la titularidad de la clínica en cuestión andan metidos, según parece, unos cuantos ex-altos cargos de la sanidad pública andaluza, más algunos camaradas de la UGT de por allí y era mejor no menear la cuestión.

Si es que, al final, todo se sabe.

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¿No pasarán?

May 3rd, 2008 por Javier Cuchí

Lo explica «El Periódico» como si fuera una gracia: marabunta de turistas en las calles de Barcelona. Y, salerosamente, Rosa Mari Sanz, autora de la cosa, la empieza tal que así: «Ya no vale el consuelo para tantos barceloneses que no pueden salir de vacaciones durante puentes o fiestas (por no hablar del verano) de que la ciudad está más tranquila y es un placer aprovechar que los otros se van para pasearla, o, incluso, para hacer visitas a lugares de interés que uno ni conoce de su propio lugar. Ya no.» Ja, ja, ja, qué risa. Y lo termina así: «Pero como en Barcelona no todo es Gaudí, las escenas del alud de turistas que están pasando el puente en la capital catalana se vieron en muchas zonas céntricas de la ciudad. Como en la plaza de Catalunya, o en la Rambla, donde la marea humana no invitaba precisamente a pasear por ella, o en las playas, quizá donde algún barcelonés que ya no puede consolarse con una ciudad semivacía encontró tranquilidad. O tampoco.». Alegría de la vida, hombre.

Cachondeíto fino aparte, el comentario ilustra muy claramente que lo que yo divulgo una semana tras otra en las paellas de los jueves no sólo es cierto -supongo que nadie lo dudaba- sino que ni siquiera es exagerado: a los barceloneses nos han robado nuestra ciudad.

Tenemos, pues, que empezar a movilizarnos, a adoptar actitudes, hacer a la ciudad y hacernos a nosotros mismos inhóspitos para el guiri, que note cuán antipática es para nosotros su presencia (y esta vez no pagarían justos por pecadores): no ser simpáticos ni acogedores, no responder a sus preguntas o contestarles, señalando a una indefinida lontananza, que por allí se va a los servicios de información turística; o que pregunten en un hotel, que al final son los que sacan beneficio; o a un guardia urbano. Lo que sea, dentro de la legalidad, por supuesto, pero que les haga la vida más incómoda y desagradable (una de las cosas que me encantó de la huelga de conductores de bus es que la tocinada se quedó sin otro bus turístico que el de la empresa privada que le ganó el contencioso al achuntamén). No voy a hacerles sonrisitas a la salud del negocio hostelero.

Algo tenemos que hacer, porque esto es ya insufrible. No, «ya», no: hace mucho tiempo que esto es insufrible, y ya que el achuntamén nos vende, los ciudadanos habremos de defendernos por nuestra cuenta. Lo dije hace unas semanas: la ciudad que logró echar a la Sexta Flota yanqui tiene que ser capaz de hacer poner pies en polvorosa a la chusma de los cruceros.

O nos quedamos sin ciudad para siempre.

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Grasuza

April 28th, 2008 por Javier Cuchí

¿Cómo puede ser que un ministro como Soria gestione tan mal una alarma alimentaria?

Es la pregunta que se hacen muchos españoles, sobre todo teniendo en cuenta que Bernat Soria no es un Dixie cualquiera y que es un científico de sólida reputación aunque algunos le hayan buscado tres pies al curriculum.

La explicación es muy clara: porque la alarma alimentaria -el aceite de girasol, recordemos- le ha pillado a contrapié. Hemos de tener en cuenta que hemos conocido el problema del aceite ucraniano gracias a que Francia, que descubrió el pastel, dio la alarma a nivel europeo. De otro modo, podemos tener por seguro que aquí se hubiera guardado un espeso silencio. El clan grasiento es poderosísimo, y ni siquiera predomina contra él la hipersensibilidad que desarrolla un país que se vio sacudido por algo tan poco claro (no me creo la sentencia, lo siento) como la intoxicación tremenda que se atribuyó a la grasa de colza. Fuera cual fuera la realidad, lo cierto es que quedará para la historia y para la llaga ciudadana que aquel horror -muertos, lesiones crónicas espantosas…- fue causado por el aceite de colza desnaturalizado.

De ahí, de las tensiones causadas entre los telefonazos de los lobbys interesados y los de una prensa olfateando sangre de escándalo gordo, salió el baile del ministro: un, dos, tres, un pasito p’alante, María… Ahora voy, ahora vuelvo, fue el aceite, no lo fue, reclamaciones al maestro armero. Igual que en las fugas radiactivas de las centrales nucleares, tranquilos, que todo está bajo control y en la próxima verbena no vais a necesitar farolillos.

La prueba está clara: el ministerio se niega a dar la lista de las marcas sucias, una lista reiteradamente exigida por las asociaciones de consumidores, y se niega al modo numantino, con ministro que se cabrea (ea, ea, ea) cuando en las ruedas de prensa se aprieta sobre la cuestión y con Félix Lobo, el acólito de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria, que no está ahí, olé sus cojones, para satisfacer curiosidades de periodistas. El ministro, más sibilino pero con el plumero bien visible, responde que esa lista negra «tardaría semanas». No así la blanca (aunque vete a saber) que está desde ya a disposición del público comprante, lista blanca en la que, previsiblemente, estarán todas las marcas afectas al tinglado.

Fíate de estos y de su preocupación por nuestra salud y no corras, no. Luego, cuando los hospitales estén abarrotados con síndromes rarísimos y unos cuantos hayan ido al cementerio, se pasarán meses echando cortinas de humo y colgándoles el muerto a cuatro pringados que no tenían los papeles de importación en regla y a un funcionario -un ordenanza ya sirve- que asegure el pago de las indemnizaciones por la vía de la responsabilidad civil subsidiaria de la Administración pública (o sea, de nosotros todos).

Como la otra vez. Como en el tocomocho.

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Previsible

April 25th, 2008 por Javier Cuchí

Hace precisamente hoy quince días justos, y hablando de los incidentes que unos niñatos provocaron en una discoteca barcelonesa, decía:

«Uno espera impaciente la severa acción de la justicia, de la que cabe exigir el ingreso en prisión del pajarito cabezonero, que es lo menos para un atentado con lesiones graves. Pero no creo que quepan impaciencias ni esperas, ni que vaya a haber severidad alguna. La justicia es para los pringados, para los sudacas y los negros que montan números de esos; cuando son muchachetes de buena familia… ¡bah! cosas de chicos, no vamos a hacer un drama de cuatro cristales y una napia rotos».

Bueno, pues esto es lo que hay.

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El puto slamming

April 23rd, 2008 por Javier Cuchí

Aunque hay épocas en que más y otras en que menos, durante todo el año sufrimos en casa un flujo constante de elementos comisionistas de empresas más bien tirando a gangsteriles subcontratadas por telecos -generalmente telecos de baja estofa, igual que sus subcontratistas y sus comisionistas- que vienen a intentar el ya viejo timo del slamming, es decir, de la preasignación no solicitada.

Tenemos la suerte de que en mi escalera no hay ancianos, víctimas habituales de esa chusma inmunda, porque los dos o tres matrimonios de jubiladetes que hay viven ya más tiempo en sus segundas residencias que en las que, ya sólo teóricamente, son sus primeras, pero los pájaros estos dan una brasa realmente muy molesta. Supongo que a muchos os pasa igual.

Me molesta, además y sobre todo, la impunidad con la que circulan, toda vez que estamos todos al cabo de la calle de que esas prácticas son fraudulentas, pero a la autoridad [in]competente se la trae floja y pendulante. Total, es un problema de los ciudadanos, pues que se jodan, que necesitamos a todos los efectivos para reprimir manifestaciones, desalojar okupas y poner multas por estacionamiento indebido (siempre que no sea molesto: si el infractor da por el culo bien dado, tiene entonces la impunidad asegurada).

Por tanto, de vez en cuando me cabreo y llamo a la poli. Guardia Urbana, Mossos d’Esquadra, a quien toque, me da igual. No consigo nada en positivo pero, al menos, queda constancia en alguna parte de que esa práctica sigue prodigándose y los timadores a sueldo (que ya es triste y cutre ser timador por cuenta ajena) nunca podrán ir por ahí con la seguridad absoluta de que nunca pasarán un ratito regular teniendo que retratarle el DNI, la credencial de la empresa y demás a un poli. Además, como muy positivo efecto secundario, llamando a la policía con cuanta más frecuencia mejor, se dificulta la posibilidad de que esas empresas gangsteriles contraten a inmigrantes indocumentados para mejor explotación del negocio y de la carne humana; de todo son capaces si se les abre la mano (y aún sin que se les abra).

Pero ayer la que se cabreó fue mi mujer; yo no estaba en casa (aunque estaba llegando y pude asistir al final de la cuestión) y ella llegaba al portal cuando vio a tres elementos llamando a toda la placa. Les preguntó que qué querían y le dijeron que eran de Jazztel y que venían a hacer una promoción. Mi mujer les dijo que aire, que se largaran con la música a otra parte y los niñatos se pusieron chulitos (parece que también les entrenan, en eso de ponerse bordes), de modo que mi mujer cogió el móvil y llamó a los Mossos.

Habitualmente, cuando se llama a la policía, los elementos del gremio este arrean que se las pelan poniendo tierra de por medio: saben perfectamente que no tienen nada que ganar y que, cuando menos, van a perder el tiempo, aparte de que nunca se sabe si la cuestión no va a complicarse y la cosa pasa a algunos mayores, de modo que la ciudad es grande y la tercera edad amplia, vámonos a otro sitio a pescar, chaval. Pero estos que ayer pilló mi mujer, no, mira por dónde. Se quedaron en el vestíbulo alegando que tenían perfecto derecho a entrar en la casa (es que manda huevos ¿eh?) a lo que mi mujer les contestó que aquello era una propiedad privada y que no tenían más derechos que los que ella quisiera darles, o sea, ninguno. Nada, ellos erre que erre. Hasta que llegó la policía, la cual procedió a identificarles e identificar a la empresa para la que trabajaban (que no era Jazztel, pese a que se presentan como empleados de Jazztel). Y los tíos -un tío y dos tías, para ser más exactos- encima tuvieron el morro de decir que mi mujer los había retenido… ¡en el vestíbulo! Ella sola a los tres, nada menos. De verdad que hay que tener jeta y eso lo vi yo, que en ese momento ya había llegado a la escena. Natutalmente, los mossos no hicieron ni caso, tomaron nota y los dejaron ir. Es muy difícil pillarlos en flagrante delito, dado el propio desarrollo de la actividad.

Ésta, en suma, consiste en que, en primer lugar, toman nota de los nombres de los buzones. A continuación, suben piso por piso preguntando por su nombre al propietario de la casa -a veces se equivocan porque no corresponde con el del buzón, pero ya cuentan con un porcentaje de errores- y le preguntan si es el titular del teléfono. A continuación, explican al eventual incauto que Telefónica le está tomando el pelo porque no le está aplicando todos los descuentos que le serían debidos y, para demostrarlo -dicen- le piden el recibo del teléfono. Si el eventual incauto accede, ya la ha cagado. Ellos, fingiendo que hacen unos cálculos, están anotando, en realidad el número de NIF, el nombre (si no es el del buzón), en número de teléfono y, con algún pretexto -fácil, en el caso de un aturullado anciano agobiado por el peso de la factura telefónica en su exigua pensión- consiguen su número de cuenta (a veces, consiguen que les dejen ver la libreta de ahorros para comprobar los cargos), y eso porque las compañías ya no incluyen el número de cuenta completo en sus facturas para evitar que les levanten clientes por ese turbio procedimiento. Y ya está. Dentro de un mes, la víctima se va a encontrar dos hermosas facturas telefónicas por un mismo servicio. Y eso en el mejor de los casos (también puede encontrarse abonado a Internet por las buenas sin siquiera tener ordenador). Y lo que va a sudar para devolver las cosas a su estado orignal.

¿Cuándo acabaremos con esta brasa? No lo sé. Desde luego, con la autoridad [in]competente no se puede contar más que para causar ocasionales molestias a los pajarracos de tropa. Quizá las entidades de la sociedad civil (AI, asociaciones de consumidores, etc.) deberíamos suscribir un convenio con Telefónica -la principal perjudicada- para la persecución judicial sistemática de estas prácticas, vía querellas y demandas contra los subcontratistas y contra sus mandantes. Porque la ley -que, en teoría ya prevé formas sencillas de darse de baja y de revertir las preasignaciones fraudulentas- no se cumple en absoluto. Todos sabemos el calvario que representa, incluso en condiciones normales, darse de baja de una de estas compañías. De cualquiera.

País de mierda, coño…

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