Ayer prometí, bien que implícitamente, referirme al aspecto político del libro de Jiménez Losantos «La Barcelona que fue». El asunto es especialmente delicado porque la clave no está en un debate derecha-izquierda sino en el tema lingüístico catalán, en el que Losantos respira por la herida. Nunca mejor dicho, porque un pirado y un hijo de puta -sin que haya forma de distinguir realmente cuál de los dos era cada qué- lo secuestraron y le metieron un tiro en la pierna en nombre de una Cataluña irredenta que su padre sabrá cuál es. Sucedió esto en 1981, poco después del 23-F y con el debate de la inmersión lingüística… iba a decir candente pero es que, en realidad, no hubo tal debate (aunque sí polémica).
Cuestión incidental previa que me interesa que quede muy clara y que presida en todo momento -repito: en todo momento- la lectura de este artículo porque todo lo que se diga en él queda supeditado a ello y sólo es interpretable a la luz de ello: la realidad lingüística en Cataluña hoy, y cuando digo realidad digo «realidad», es decir, lo que cualquiera puede ver viniendo aquí y mirando, sin más, y que sólo puede negarse desde la ignorancia o desde la mentira, es que hay monolingüismo catalán en el ámbito administrativo público y en la enseñanza, y bilingüismo total en el resto de la vida catalana. Esto es así más allá de opiniones, de sensaciones y de percepciones. Ahora bien, esto es un esquema susceptible de ser ampliado y, en aspectos muy parciales, matizado. Matizado, que no desmentido.
El aspecto administrativo es el más irritante para el visitante foráneo que procede del resto de España. Y digo «visitante», porque la irritabilidad de este aspecto desciende muchos grados en cuanto el foráneo deja de ser visitante para pasar a ser residente, porque, en estas circunstancias, lo administrativo cede en importancia a lo cotidiano y el monollingüismo catalán en el ámbito público es pronto somatizado, tan pronto como el catalán se entiende y hasta se chapurrea, para lo cual apenas hacen falta más de dos o tres meses (recuerdo que mi abuela asturiana pillaba, cuando menos, el sentido de lo que se estaba diciendo en una conversación en catalán, apenas en quince días de estancia aquí). Es castellanamente comprensible la desorientación que se siente al ver todos los rótulos en catalán y que, por tanto, esa desorientación se torne agresividad si tenemos en cuenta que el rótulo llena la vivencia del turista, por definición incomunicado de la cotidianidad del lugar que visita. Yo mismo, que debiera ser más comprensivo con el monolingüismo no castellano, no pude evitar irritarme hace un par de años cuando en Oñati (Guipúzcoa) tuve que estacionar el coche en un lugar destinado al efecto (según supuse, ya que estaba acotado por líneas azules) pero, al estar rotulada la placa únicamente en euskera, no tuve modo de saber si era zona con horario limitado pero gratuita, de pago o, simplemente, libre. En fin, tampoco fue para tanto: preguntando se llega a Roma y la gente -en el País Vasco y en Cataluña- le habla a uno en castellano cuando se le pregunta en castellano. Más adelante lo veremos.
A esta irritación se le suele oponer en Cataluña que nadie deja de ir a Francia o a Gran Bretaña por el hecho de que la rotulación esté monolingüísticamente escrita en francés o en inglés, respectivamente, a lo que el castellanohablante duplica que es verdad, pero que cuando va a Cataluña no sale de España. He aquí el primer error que comete ese castellanohablante (y ese error es clave en toda la sociología del encuentro y el desencuentro entre catalanes y resto de españoles): admitiendo -como yo admito sin reserva alguna- que viniendo a Cataluña no se sale de España, también es cierto, en cambio, que viniendo a Cataluña se sale del área lingüística castellana y se entra en otra. Y el día que esto llegue a comprenderse y a asumirse como normal al oeste del meridiano de Greenvich, van a cambiar -y para bien- muchas cosas en España. Pero que muchas.
Lo que ocurre -y eso es un problema- es que cuando la cotidianidad de uno va a ser la vida oficial, Cataluña es inhabitable para el castellanohablante que se niega a adaptarse. Y este es el caso de los funcionarios estatales que, salvo excepciones -o salvo que sean originariamente catalanes-, se niegan a venir aquí amedrentados por -o rebotados contra- la supuesta barrera lingüística. Está claro que un juez o un fiscal van a tener que afrontar el catalán prácticamente a cada minuto de su vida profesional; son muy pocos los que piensan que eso puede constituir un enriquecimiento cultural o que la adaptación al tema lingüístico puede convertir el sufrimiento en un placer (fuera de esta ciudad de oropel, hay sitios en Cataluña donde se puede vivir francamente muy bien) y la mayoría lo sufren -obligados por el número de orden en la oposición o en el concurso de traslados- como una corona de espinas que hay que quitarse de encima tan pronto una nueva oposición u otro concurso de traslados lo permitan. Como en Cataluña el funcionariado no tiene tradición, tenemos pocos jueces de origen local, con lo que la movilidad en estas plazas es grandísima y causa problemas añadidos a los que ya de por sí aquejan a ese ámbito de la administración. Con los policías tuvimos un problema parecido -al que había que sumar la parquedad de sus sueldos enfrentada al alto coste de la vida catalán en general y barcelonés en particular- que sólo se resolvió con el despliegue de la policía autonómica.
El mundo privado no está exento de problemas, pero ahí no tanto por la cotidianidad propia del profesional sino por otra causa que afecta a su familia: la inmersión lingüística en catalán en la enseñanza, contra la que se resisten, sobre todo -y con su razón, las cosas como son- los que prevén que van a estar en Cataluña un determinado lapso de tiempo, más largo o más corto, pero con la intención de irse con posterioridad a otra región (o a otro país), con lo que la inmersión lingüística funcionaría como un handicap para sus hijos sin beneficio compensatorio alguno, toda vez que la perspectiva es marcharse de Cataluña.
Vamos a la inmersión lingüística en la enseñanza que, además, es el caballo de batalla de Losantos y que constituye el punto de conflicto por excelencia (la realidad, al principio enunciada como cuestión previa, termina haciendo decaer a las demás).
Años atrás, yo fui beligerantemente opuesto a la inmersión lingüística: me pareció horrible que algo tan sensible como la educación, la formación, el estudio, tuviera que afrontarse desde una lengua ajena y más teniendo en cuenta que la problemática no afectaba a un sector numéricamente marginal sino, grosso modo a la mitad de la población catalana. Pero, además, mi oposición venía del hecho de que el nacionalismo había hecho de la lengua un hecho político; no, mejor dicho: había hecho de la lengua el hecho político fundacional y fundamental y, por tanto, necesitaba la extensión monolítica de la lengua como vector para su hegemonía absoluta en toda manifestación social -y no digamos netamente cultural- catalana. Como yo siempre he entendido el nacionalismo como algo históricamente retrógrado, como un a modo de introspección psiquiátricamente insana para huir de una realidad non grata en vez de adaptarse a ella y aprovechar sus ventajas (eso que ahora está tan de moda: decir, a lo chino, que crisis es sinónimo de oportunidad), la inmersión lingúística como vehículo del nacionalismo, me supo a cuerno quemado.
Pero esto dicho, había también otras cosas a considerar y que Losantos se niega a tener en cuenta (porque ver, lo que se dice ver, tiene que verlo: no es tonto, en absoluto). En primer lugar, que no podía entonces -ni puede ahora- tolerarse la creación de dos comunidades lingüísticas en Cataluña; ahí los nacionalistas tenían razón (lo que pasa es que la usaron para arrimar el ascua a su sardina). El modelo belga -que, por cierto, no acaba de funcionar en la propia Bélgica, como estamos viendo estos meses- podría tener consecuencias espantosas -material, físicamente espantosas, no sólo ideológicamente- en un pedazo del país de la bronca y del tiro a la barriga por leer el «ABC» o el «Mundo Obrero».
En segundo lugar… ¿quién dijo que la inmersión lingüística destruye la otra lengua? Yo -como todos los niños catalanes de mi quinta, de muchísimas quintas antes y aún de no pocas quintas después- tuve inmersión lingüística en castellano. Millones de catalanes sólo pudimos hablar catalán en la esfera privada (que no es sinónimo de a escondidas: sobre eso también se ha hecho mucha literatura barata), en casa, con los amigos… en el patio del cole, pero no en clase, no en dependencias oficiales; y la rotulación, por supuestísimo, monolingüe castellana. Y ahí aguantó el catalán a pie firme. Sin apenas publicaciones (algunos libros y uno o dos semanarios), nada de prensa diaria y casi nada de radio ni de televisión (y ese poco ya en fechas tardías). Y yo hablé el catalán tranquilamente toda la vida. Precisamente la preocupación de los inmersionistas del catalán es que, en sus propias palabras, han ganado el aula (a la fuerza, esto lo digo yo) pero han perdido el patio, en el que ahora predomina el castellano. El patio, en definitiva, acaba simbolizando (¡o representando!), contra los ukase de tirios y de troyanos, la tozudez de la realidad. Las cifras oficiales, por otra parte, hablan de incrementos notables en el número de catalanes que entienden, leen y escriben el catalán (esto de escribir, lo dudo mucho, aunque también cabe dudarlo del castellano aquí…y en León), pero sin incrementos -ni notables ni sin notar- en su uso cotidiano; y eso antes de llegar las recientes oleadas de inmigración hispanoamericana. Con ella, la población castellanohablante de Cataluña se ha incrementado (ahí sí) más que notablemente.
Sin embargo, pese a la torva intención originaria del nacionalismo -que aún persiste-, hay que reconocer que en Cataluña no hay hoy dos comunidades lingüísticas sino una sola comunidad de ciudadanos en la que se hablan dos lenguas. No es lo mismo, ojo. Y esto es un logro que probablemente haya que atribuir, al menos en parte, a la inmersión lingüística, aunque quizá no lo sea en el sentido que originariamente pretendieron los nacionalistas y más bien a su pesar, pero es un logro de marca mayor. Y un privilegio para los catalanes, sea cual sea su lengua materna. No hay muchos lugares en el mundo -yo diría que, aparte de Cataluña, ninguno- en el que dos lenguas convivan día a día, en plena, total y normal cotidianidad, en un mismo territorio y sin que ello genere -porque no genera- ningún conflicto.
¿Que hay puntos oscuros? Los hay: en el ámbito de la cultura oficial (la única que es capaz de vivir aquí), en el ámbito de la política (y de la retórica inherente) y en algunos otros ámbitos hegemónica y omnímodamente dominados por el nacionalismo (pienso en el mundo del excursionismo, por ejemplo, y en algún otro muy concreto de la sociedad civil). Pero un observador distanciado del problema al que se le diga que el castellano sufre en Cataluña una persecución -en el sentido amplio, cotidiano y sociológico del término- y vea, por no ir más lejos, un kiosko o una librería cualesquiera, pensará que quien así le habla tiene un problema de salud mental.
Es importante, pues, mantener controlados a los talibanes de ambas lenguas porque ellos sí que son un peligro y lo son no para una lengua o para la otra: lo son para las dos. Porque, al final, habrá resultado que contra los talibanes del catalán y contra los talibanes del castellano, en Cataluña hemos alumbrado un modelo lingüístico original, inédito y, desde luego, propio, por los libres y exclusivos cojones de sus ciudadanos.
Y a quien pique, que se rasque.