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Como agua de mayo

May 12th, 2008 por Javier Cuchí

Este año, hemos podido celebrar la pascua de Pentecostés en Pentecostés, es decir, cincuenta días después de la pascua de Resurrección. No hay elecciones y, por tanto, el heredero nos ha dejado la fiesta en paz, nunca mejor dicho. Los barceloneses -entre otros españoles, pero no todos- tenemos fiesta hoy, como unos cuantos millones de europeos, a los que les deseo lo mejor siempre que se queden en sus casa y no aprovechen para venir a reventarnos la ciudad.

Pero este fin de semana ha sido gozoso por otra razón: en Cataluña ha llovido en abundancia. En abundancia y bien, no como suele en el Mediterráneo, que cae en tres horas toda la lluvia de un año, sino de forma suave pero abundante y constante. Ha habido algunos contratiempos lamentables, inevitablemente, pero, en general, ha sido un fin de semana gozosamente pijamero, es decir, de recogimiento en casa, contemplando a través de los cristales, con música en el corazón -de esa que no paga a la $GAE-, cómo el agua caía pródiga y alegre. Donde menos, se han recogido en los últimos tres días (y sin contar hoy, que, si bien ya menos generalizadamente, aún irá cayendo aquí y allá) cincuenta litros por metro cuadrado.

Podemos dar los acuíferos por totalmente restaurados. La escasez de agua embalsada no está vencida aún, pero estamos a media docena de hectómetros cúbicos de pasar a un nivel de alerta menos crítico y esta media docena de hectómetros cúbicos se superará con creces en los próximos días a medida que vayan llegando las aportaciones de diversos cursos de agua que se han visto bien nutridos en sus cabeceras este fin de semana. Y queda el deshielo, que no será cuantitativamente glorioso, pero que pondrá su granito de arena. Si llueve un poco más esta primavera y viene un otoño decente, estaremos definitivamente (¿definitivamente?) salvados.

Y, para acabarlo de redondear, los cabrones de los cruceros habrán pillado una buena mojadura… si es que han desembarcado. San Joderse cayó en Pascua Granada.

Definitivamente, una gozada.

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Magufos y usureros

April 29th, 2008 por Javier Cuchí

Me vengo divirtiendo, desde hace unos días, con el pánico que se apodera de magufos, esotéricos, adivinadores y otros especímenes similares, otros que, aunque de otra manera que los clientes habituales de esta bitácora pero con no menos alevosía y no menos folklore, también viven de la sopa boba y del cuento. Son presas del pánico porque una directiva europea -de aplicación obligatoria, pues, para todos los estados de la Unión-, la 2005/29/EC entra en vigor. Esta directiva facilita la reclamación administrativa y judicial contra todos aquellos servicios que no cumplan lo que prometen, es decir, que obligará a los pájaros estos a poner en sus anuncios y en sus chiringuitos un aviso bien visible que advierta a sus clientes que lo suyo es puro entretenimiento (o sea, cuento, ya digo) y que no esperen resultado alguno de dichos… servicios; de lo contrario, se verán obligados a probar, si se les demanda, la realidad palpable de lo que, falsariamente, prometen.

Digo que me estaba divirtiendo porque leía que toda esa chusma bulle de indignación y ha protestado contra esa medida alegando que ellos forman parte de creencias religiosas y, por tanto, no pueden verse bajo los efectos de esta norma. Algunos medios británicos le han echado coña marinera a la cuestión preguntándose cómo esta peña de adivinadores y de videntes del tres al cuarto no supo predecir que esto iba a ocurrirles.

Y es que hasta ahora, cuando alguien se sentía defraudado por esa gentuza y acudía a los tribunales, los jueces se inclinaban por la absolución del magufo considerando que su engaño era tan evidente que sólo habría podido tener efecto ante una credulidad tremenda por parte de la víctima, una credulidad que, forzosamente, habría de tener origen en una cierta voluntad. En resumen, los jueces venían a decir que te lo creíste porque te lo quisiste creer; es decir, creerse las cosas porque uno quiere que sean según su ideal y renuncia -a sabiendas- a un análisis objetivo de la realidad que está al alcance de todos los cocientes mentales capacitados para otorgar unos poderes a pleitos. O, dicho de otra manera, una inteligencia normal, por más que baja, no puede creerse que el timador de turno le va a poner en contacto con Napoleón Bonaparte, porque hasta la ignorancia más abyecta es consciente de que los muertos no resucitan -y menos por encargo- y de que los fantasmas no existen; cuando uno encarga a un comediante de esos que le haga venir a Napoleón Bonaparte, es o bien porque tiene ganas de cachondeo, o bien porque le ha pegado demasiado al frasco, o bien porque es un orate que, en puridad no podría dirigir su vida sin la ayuda de un curador y, por tanto, notoriamente incapaz para interponer el pleito en cuestión.

Precisamente Ricardo Campo se queja de esta proclividad judicial a la absolución en su bitácora «Loh mihterioh de la siensia» y por ello celebra la directiva. Yo también la he celebrado, pero -en lo que respecta a los magufos- porque me encanta que les toquen los cojones a ese gremio infecto. Incluso he firmado para que la transposición a la normativa española de la directiva sea clara, incisiva y, sobre todo urgente (si los magufos te caen igual de bien que a mí, puedes firmar aquí). En lo que respecta al consumidor, la verdad es que yo celebraba la directiva por lo que tiene de protección a los consumidores en general, no a los atontados clientes de la peña esotérica. La verdad es que, hasta hace poco, éstos me infundían poca pena -menos aún que respeto- y estaba completamente de acuerdo con el tenor de las consideraciones judiciales precitadas.

Pero he cambiado de idea. ¿Por qué? Pues porque este mismo fenómeno de creerse antes uno lo que quiere creer que lo que es racional, lo he visto en otro campo más asequible a mi comprensión: el de la estafa por medio de la usura. Es ahora un tema recurrente en estos tiempos de negros presagios de morosidad y ruina para muchos, quizá para muchos más de lo que se está diciendo. Los bancos no dan cuartelillo, las deudas vencen, se contrajeron con una cierta alegría (¡ay, esas realidades que se fabrica uno a gusto de sí mismo..!) y ahora los tipos de interés se nos llevan por delante y resulta que el patrimonio, a su valor actual -que se ha caído- no llega a cubrir la deuda ni la retirada. La desesperación -mala consejera- es campo abonado para unos hijos de puta que prometen un fácil y rápido arreglo; algo caro, sí, pero el problema lo tengo ahora y es una mala racha, dento de un año, todos en yate. Y aquí, el único que va en yate es el usurero. Lección para mis hijas: los bancos son unas instituciones dañinas y nefastas, pero viven de prestar pasta (déjate de chistecitos de que te dan paraguas en días de sol) y nadie, lo que se dice nadie, te va a prestar pasta si no te la presta un banco… a menos que haya gato encerrado. No eres más solvente para el cabrón del usurero que para el banco: si el usurero dice que te presta pasta donde el banco no, ojo al cerrojo, te está llevando al huerto. Sin embargo, después de la visita al abogado del banco, todo es depresión alrededor de uno y se agarraría a un clavo ardiendo, aunque vea claro -pero no quiera ver- que hay fuego, pero ni siquiera clavo: te vas a quemar y vas a seguir cayendo con aún mayor dolor que antes. Cuando tu desesperación esté al límite, aparecerá el perro asqueroso que te ofrecerá una tabla de salvación en una mano… pero te clavará una brutal puñalada con la otra.

He visto esos días reportajes televisivos y he escuchado programas de radio sobre el tema. Mucha gente, todos ellos con la congoja en la voz, lágrimas en los ojos y, en no pocos casos, con el llanto de la desesperación más incontenible han contado cómo les habían liado esos cerdos inmundos. De una manera absurda: ¿cómo habían podido caer en una trampa tan burda de una manera tan estúpida? Además, no se les veía gente tan inculta, muchos de ellos parecían tener una cierta formación. La desesperación, no es otra cosa. La desesperación es la que pinta de color de rosa el cagallón más infecto.

Y por ello pienso que también en lo afectivo puede haber desesperados. Despues de todo… ¿no es la religión un modo irracional de negar la muerte, sabiendo como sabemos todos que la muerte es irremediable? No todo el mundo ha podido adquirir la cultura necesaria para analizar racionalmente las cosas, más allá de los mitos y de las falsas creencias -generalmente imbuidas como un imborrable marchamo educativo mamado desde la cuna- que enturbian las realidades. En la desesperación por la muerte del ser más querido… ¿y si eso del espiritismo consiguiera traerlo? En la duda angustiosa sobre lo que debo hacer mañana, cuando me jugaré mi futuro… ¿y si el vidente ese lo supiera? Arriesgar mis ahorros en ese negocio que podría salir tan bien o dejarme en la ruina… ¿y si las cartas esas..? No, ya, ya sé que es imposible pero… ¿qué puedo perder? ¿Qué puedo perder firmando ese contrato que me obliga a devolver 60.000 euros dentro de un año (y lo que no te has leído, incauto) si me van a dar 18.000 ahora mismo y puedo levantar el embargo del banco que es para mañana mismo? (a muchos, ni siquiera les han dado los 18.000 tras haber firmado un quintal de papeles llenos de compromisos espantosos).

Y tras cada «¿qué puedo perder?» se agazapa una mala bestia dispuesta, en el mejor de los casos, a timar al que duda; en el peor, a causarle la ruina absoluta.

Déjate, déjate. Bienvenida sea la 2005/29/EC

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Días de pasión y gloria (IV)

March 21st, 2008 por Javier Cuchí

Soy el chino Chin Chin Chin
que viene de la China-na.
Me gusta tanto estar aquí
que me voy a quedar
.

Inteligente y delicada estrofa, de mesurada y compleja métrica, perteneciente a un bodrio de los 70 crujido por Enrique y Ana, Luis Aguilé o un friki cualquiera de esos de imposible y, en cualquier caso, lacerante recuerdo.

Pero algo así debieron cantar los hijos de Mao en el cincuenta y tantos cuando sentaron sus reales en el Tibet y facturaron al sumo pontífice de la cosa a tomar viento de un puntapié en el trasero. No sólo se quedaron allí porque les gustaba mucho, sino que, además, lo proclamaron suyo, propio, y lo declararon provincia china. Y, a partir de ese momento, como suele pasar en las dictaduras, sobre todo en la rusa y en la china, poco más se supo de lo que estaba pasando allí.

Transcurrieron los años y China se ha visto envuelta en un proceso de cambio que recuerda mucho al de la segunda mitad del franquismo, es decir, convertirse al capitalismo económico manteniendo el comunismo político, que es un invento que, a la larga, no suele sostenerse pero que durante unos cuantos años igual aguanta. Y así, todo el mundo occidental se puso a hacer opíparos negocios con los chinos a base de comprarles mano de obra barata y de venderles cosas, de modo que, como suele susceder cuando los negocios son buenos, el capitalismo decidió que el comunismo chino ya no era pérfido y que, hombre, se podía uno sentar a la misma mesa con él -sobre todo porque el banquete es exquisito- porque ahora ya es dialogante y tal; incluso, en un indudable gesto de buen rollo, grandes compañías norteamericanas geek (Yahoo, Micro$oft o Google) le han hecho de confites al régimen rojoperoguay y le han llegado a soplar ¡ay que risa! la identidad de algunos más o menos disidentes que dijeron cosas poco gratas a la estructura de la estrella roja, pero es que, ahora, la estructura de la estrella roja va con corbata, hombre… Tanto es así, que hasta les van a dejar organizar unos juegos olímpicos, que constituyen el espaldarazo occidental a aquello que hay que respaldar debidamente.

Y, claro, como siempre hay amargados de la vida que nunca están contentos con nada y siempre tienen que protestar y dar el coñazo, con lo bien que se vive y lo bien que va todo cuando el personal está calladito y capón, como en España, por ejemplo, resulta que unos subversivos tibetanos de dentro y de fuera de la provincia han decidido echarse a la calle y ponerse a protestar precisamente cuando la cuchipanda calzoncillera tetranual está a la vuelta de la esquina. Y además de gritar cosas desagradables delante de la casa del gauleiter rojo-amarillo de Lhasa reclaman el boicot a la cosa calzoncillera referida.

Coño y resulta que el Parlamento Europeo se va a pensar si se apunta a eso (vía Menéame). Imagino que a los chinos no les gustará la idea, pero imagino también que el grado de su disgusto no irá más allá del que se experimenta al pisar una cagada de perro porque es sabido que el Parlamento Europeo no es más que un guiñapo político inoperante, incompetente (en doble sentido: apenas tiene competencias y, además, todo aquel gremio no sirve para nada) y, por supuesto, costoso, destinado a cementerio de elefantes de politiquillos a los que no se puede meter en otra cosa (no la vayan a romper) pero a los que se debe un caramelo por haberse portado bien con los amos; no en vano, es el único órgano de la Unión elegido -con las habituales trampas y marranadas, pero elegido- por sufragio de la ciudadanía europea y no iban a darles a los ciudadanos de mierda un organismo fuerte, eficaz y con verdadera capacidad para controlar a los bergantes que de verdad tienen la sartén por el mango. O sea que la calzoncillada china no corre el menor peligro.

No es la primera vez que se boicotea una juerga de esas: los soviéticos ya sufrieron una de ellas por no respetar los derechos humanos; los mismos derechos humanos que el régimen chino, con la complacencia y la participación activa de empresas norteamericanas, se pasa por el forro de los cojones. El mismo forro por el que los norteameriyanquis se pasan esos mismos derechos en Irak -y fuera de Irak- sin que a ellos les haya boicoteado nunca nadie una cosa de esas de sobaquina maloliente. Pero es que el régimen yanqui no estaba en absoluto dispuesto a que el régimen comunista, que andaba ya bastante jodido y descalzo, tomara abundante aire de un más que posible éxito olímpico, así que lo que, efectivamente, llegó a ser un éxito organizativo, quedó deslucido -en realidad, un fiasco- a causa de la ausencia de las élites occidentales del calzoncillo de alto standing, porque huelga decir que el resto de países otánicos y similares fueron duramente presionados para hacerle seguidismo al amo y, efectivamente, fueron muy pocos los que se resistieron.

Pese al éxito de este boicot que, sin duda, contribuyó a que el régimen soviético no llegara a sobrevivir un decenio al acontecimiento, no parece que China vaya a sufrir el mismo tratamiento, toda vez que China, en vez de constituir un obstáculo a la expansión de la pax americana llamada «globalización», como, sin duda, lo constituía el comunismo soviético, se ha apuntado al carro de la cosa con un entusiasmo digno de los escolares que desfilaban frente al Gran Timonel detrás de los misiles balísticos el 1º de Mayo.

Crudo lo tienen, pues, los tibetanos contestatarios.

Pero tampoco a éstos, qué queréis que os diga, acabo de verlos claro. Sería, sin duda, un forofo de la liberación del Tibet si tras ésta se proclamara una república más o menos democrática (democrática de verdad, no un chiringuito de la $GAE y otros adláteres u otra zapaterada cualquiera) en vez de pretender la vuelta al feudalismo ostentado y ejercido despiadadamente -nada de eufemismos- por esa especie de curas rapados al cero y envueltos en una sábana de colorines; una república que empezara por desposeer al clero de todo derecho señorial, político y económico y le expropiara fulminantemente -y sin indemnización- todo medio de producción que tuviera o hubiera tenido en su poder, incluyendo instrumentos financieros (o sea, pasta, en cualquiera de sus signos y representaciones). Porque, claro, quitarse de encima a los chinos para volver a tener sobre el espinazo a los dichosos curas, oye, como que no. Bueno, si se empeñan, que los aguanten, están en su casa, pero entonces conmigo que no cuenten. A buenas horas.

Sospecho, por otra parte, que a los tibetanos, en términos económicos, de nivel de vida, aunque muy definitarios, desde luego, no les va tan mal con los chinos; al menos no tanto como les fue con los curas. De acuerdo, sí: por más bien que viva uno, nunca puedes ser feliz con extranjeros ocupando tu casa y mandando en ella. Pero en este específico caso, me imagino que la libertad sería ficticia y a peor. Recordemos que aquí nos quitamos de encima a los ilustrados (unos ilustrados bastante bárbaros, pero ilustrados, a fin de cuentas) para aclamar en su lugar al monarca más cabrón e hijo de la gran puta que han visto todas las dinastías que han puesto culo en el trono de España. A veces me pregunto si no tendrían razón aquellos que sostuvieron que con Pepe Botella nos hubiera ido mejor. Al final, los suecos se lo montaron con un general napoleónico, Bernadotte, y no les ha ido nada mal, fíjate. Y es que aquí todo lo hacemos al revés: nos ponemos farrucos cuando habríamos de encogernos de hombros y a quien Dios se la dé, san Pedro se la bendiga, y somos sumisos y agradecidos al porquero como tocinos capados cuando los cojones rebanados habrían de ser otros.

Por ahí, por tanto, se evapora mi esperanza de soslayar la inevitable, dolorosa, fatigosa y espantosa brasa que nos va a proporcionar dentro de no quiero saber cuántos meses el happening del calzoncillo bien pagado y abarrotado de cosas que se habrá metido en loor de aquello de citius, altius, fortius y la madre que los parió a todos, del primero al último.

Mens sana in corpore insepulto.

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Días de pasión y gloria (III)

March 19th, 2008 por Javier Cuchí

Sin razón lógica, mientras me zampo de pie un emparedado de pollo frío al regreso del trabajo -habitualmente, como poco o nada al mediodía: hago más bien cenas copiosas- me viene a la memoria Giovanni Guareschi, padre del para mí -y para muchísimos otros- inolvidable Don Camilo, el cura de pueblo -de pueblo del norte de Italia- que se las tiene tiesas, prácticamente solo, con los comunistas locales; en una época, deberé aclarar, en que los comunistas eran cosa seria en todos los aspectos (sólidos intelectuales y esforzados activistas y, en la Italia de posguerra, no menos sólidos ametralladores que no vacilaron en asesinar a mansalva); nada que ver con estos remiendos de escarpín al agua de azahar que constituyen las melífluas y buenrollíticas huestes del Gaspar (sin «t» al final).

Guareschi era un tío muy peculiar. Tenía una ideología bien definida y nada disimulada -por no decir ostentada-: era católico romano a machamartillo. Pero el «machamartillo» no era acrítico, al contrario, él tiraba contra todo lo que no le cuadraba sin importarle qué bandera le daba sombra. Como es de esperar, los comunistas le pusieron tibio -y eso es hablar suave-, los democristianos se mantuvieron prudentemente alejados de él y él llegó a dar con sus huesos en la cárcel durante un año y pico, pero no por lo que dijo de los comunistas (y mira que fue gordo) sino por lo que dijo de De Gasperi, el lider catolizonte, al destapar las cartas que escribió solicitando a los aliados que bombardearan Roma para escarmentar a los colaboracionistas.

El librepensamiento es caro. Decir lo que se piensa -e intentar actuar en consecuencia con ese pensamiento- sin acogerse a la protección de etiqueta alguna, juzgando cada situación, cada obra, cada idea, en sí misma y no dentro de un conjunto al que se le ha dado la tabula rasa de la uniformidad para no tener que darle demasiadas vueltas y mejor poder arrimar así el ascua a la sardina conveniente, acaba acarreando perjuicios que, ocasionalmente, pueden ser gravísimos: el empleo, el aislamiento social, la promoción profesional, en no pocas ocasiones incluso la cárcel, acabamos de verlo, y si los muertos hablaran, los cementerios serían tan ruidosos como un mercado con miles de difuntos explicando a dónde puede llevar la factura por tocar los cojones a todo pasto sin mirar de qué color son los calzoncillos del aludido.

Recuerdo que mi abuelo asturiano siempre me aconsejaba que no me significara. Era un mal consejo. Un mal consejo para mí, que siempre he pensado que ceder al miedo constituye la primera derrota de una guerra que se va a perder; y un mal consejo histórico porque a mi abuelo, que jamás se significó, estuvieron a punto de liquidarlo los republicanos primero y los franquistas después; y cuando digo «a punto» quiero decir «a punto», como en las películas, de espaldas al paredón y con un tío gritando aquello tan divertido de «¡Apunten!». Salvado por la campana, en dos ocasiones. Destino que, llegado el salvaje caso, sería sin duda el mío, aunque por razones diametralmente opuestas; tengo muy claro que aquello que cantaba «La Trinca» sobre el 23-F de «corre, pilla las maletas y no pares hasta Perpiñán; ya se apañarán» sería mi manual de instrucciones en una hora mejor que en dos. En este país, el que calla es sospechoso, acercándose a la culpabilidad a medida que pasan las horas; y el que dice las verdades del barquero a tirios y a troyanos, es culpable sin previa formación de causa. El único que tiene posibilidades es el que, debida y claramente alineado con el bando imperante en su entorno territorial, dice lo que manda el partido, todo lo que manda el partido y nada más que lo que manda el partido y tiene la suerte, además, de que nadie recuerde -o diga recordar- que en otras circunstancias dijo otra cosa; y, así y todo, más valdrá que el comisario político o el capitán de regulares -en su versión cronológicamente equivalente- no le hayan echado el ojo a su parienta, en cuyo caso el paredón -o cualquier imaginativa variante ad usum- está igualmente asegurado; conviene no olvidar lo que le pasó a Urías cuando el rey David quiso tirarse a su santa.

Guareschi era de los que se mojaban. Se le atribuye la autoría de un eslogan electoral de aquella tremenda postguerra italiana -en realidad, más que postguerra fue una guerra civil tan bestia como la nuestra, aunque más breve- que tuvo que ser muy eficaz en aquella sociedad atribulada por las penas del infierno: «En la soledad de la cabina, Dios te ve y Stalin no». En unas circunstancias, la vida aún bélica, en la que la figura de la madre cobra tanta importancia, resulta que la madre suele ser el principal elemento transmisor de la religión y más en aquel entonces, estoy seguro de que tal consigna tuvo que hacer mella en muchos espíritus en principio comunistas que, rudos combatientes de pañuelo rojo al cuello y muchas muescas alemanas e italianas en el culatín del subfusil, se vieron certeramente tocados en aquello que les inculcó mamá. Precisamente mamá. El Partido Comunista jamás ganó unas elecciones, según creo recordar (aunque en alguna ocasión parece que la CIA jugó más sucio de lo habitual y se hizo alguna trampa, pero en fin…).

Precisamente Guareschi se regodeó de la eficacia (en mi opinión, indudable) de la frasecita y cabalgó en ella para jugarle una buena putada al tremendo alcalde Pepón, al que logra hacer votar en blanco. Es uno de los episodios más divertidos de las andanzas de «Don Camilo» que desde muy jovencito leí con fruición. Por lo menos, que yo recuerde, cuatro volúmenes: los dos primeros -los camilos más genuinos, escritos en el mismísimo ojo del huracán- «Don Camilo» y «La vuelta de don Camilo», que eran compendios de cuentos escritos para la revista «Candido»; y después otros dos, distintos, que me gustaron menos: «El camarada don Camilo», escrito con su estilo proverbial pero más rencoroso, más resentido, con la mala leche más negra, y «Don Camilo y los jóvenes de hoy» obra póstuma publicada en 1969 (Guareschi había muerto el año anterior) con una estructura clásica más corrida (igual que en «El camarada…») de exposición, nudo y desenlace, si bien manteniendo siempre el formato -aparente, solamente- de cuentos cortos. Hay más obras de Guareschi (con el personaje de don Camilo y sin él) pero salvo «El destino se llama Clotilde» (que ni fu ni fa) no ha llegado ninguna otra a mis manos. Dudo, sin embargo, que ninguna tenga la frescura, la espontaneidad y la chulería torera de los dos primeros camilos. Tampoco he visto ninguna de las películas que se han hecho. Nunca me gustó Fernandel y, además, su imagen no encajaba, en absoluto, con la imagen mental que yo me había formado del ilustre e imaginario arcipreste.

No recuerdo la fuente, me contaron hace años que eso de que el Cristo hablara a don Camilo hizo rechinar los dientes a más de un clerizonte y parece que incluso llegó a sugerirse que los camilos entraran en el Índice (de libros prohibidos). Según esta versión, Eugenio Pacelli -a la sazón, papa Pío XII- se hizo traer un ejemplar de la obra y las carcajadas que se oyeron, procedentes de sus aposentos, supusieron el definitivo e incontestable nihil obstat.

Pronto, el 4 de mayo, se conmemorará el centenario de su nacimiento y poco después, mediado el verano, el 40º aniversario de su muerte. El año de su muerte lo conocía; el de su nacimiento no: lo he visto ahora, al preparar el enlace a la Wikipedia que se puede pinchar al principio de este artículo. Espero que alguien, allá en su tierra, tan abarrotada también hoy, como la nuestra, de gilipollas de marca mayor, le rinda el debido homenaje. Me gustaría enterarme si se lleva a cabo, y me gustaría aún más poder hacer alguna aportación, si hubiera lugar a ello, por mínima que fuese, por mínima que, necesariamente, habría de ser.

Et cum spiritu tuo.

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Días de pasión y gloria (II)

March 18th, 2008 por Javier Cuchí

Ayer prometí, bien que implícitamente, referirme al aspecto político del libro de Jiménez Losantos «La Barcelona que fue». El asunto es especialmente delicado porque la clave no está en un debate derecha-izquierda sino en el tema lingüístico catalán, en el que Losantos respira por la herida. Nunca mejor dicho, porque un pirado y un hijo de puta -sin que haya forma de distinguir realmente cuál de los dos era cada qué- lo secuestraron y le metieron un tiro en la pierna en nombre de una Cataluña irredenta que su padre sabrá cuál es. Sucedió esto en 1981, poco después del 23-F y con el debate de la inmersión lingüística… iba a decir candente pero es que, en realidad, no hubo tal debate (aunque sí polémica).

Cuestión incidental previa que me interesa que quede muy clara y que presida en todo momento -repito: en todo momento- la lectura de este artículo porque todo lo que se diga en él queda supeditado a ello y sólo es interpretable a la luz de ello: la realidad lingüística en Cataluña hoy, y cuando digo realidad digo «realidad», es decir, lo que cualquiera puede ver viniendo aquí y mirando, sin más, y que sólo puede negarse desde la ignorancia o desde la mentira, es que hay monolingüismo catalán en el ámbito administrativo público y en la enseñanza, y bilingüismo total en el resto de la vida catalana. Esto es así más allá de opiniones, de sensaciones y de percepciones. Ahora bien, esto es un esquema susceptible de ser ampliado y, en aspectos muy parciales, matizado. Matizado, que no desmentido.

El aspecto administrativo es el más irritante para el visitante foráneo que procede del resto de España. Y digo «visitante», porque la irritabilidad de este aspecto desciende muchos grados en cuanto el foráneo deja de ser visitante para pasar a ser residente, porque, en estas circunstancias, lo administrativo cede en importancia a lo cotidiano y el monollingüismo catalán en el ámbito público es pronto somatizado, tan pronto como el catalán se entiende y hasta se chapurrea, para lo cual apenas hacen falta más de dos o tres meses (recuerdo que mi abuela asturiana pillaba, cuando menos, el sentido de lo que se estaba diciendo en una conversación en catalán, apenas en quince días de estancia aquí). Es castellanamente comprensible la desorientación que se siente al ver todos los rótulos en catalán y que, por tanto, esa desorientación se torne agresividad si tenemos en cuenta que el rótulo llena la vivencia del turista, por definición incomunicado de la cotidianidad del lugar que visita. Yo mismo, que debiera ser más comprensivo con el monolingüismo no castellano, no pude evitar irritarme hace un par de años cuando en Oñati (Guipúzcoa) tuve que estacionar el coche en un lugar destinado al efecto (según supuse, ya que estaba acotado por líneas azules) pero, al estar rotulada la placa únicamente en euskera, no tuve modo de saber si era zona con horario limitado pero gratuita, de pago o, simplemente, libre. En fin, tampoco fue para tanto: preguntando se llega a Roma y la gente -en el País Vasco y en Cataluña- le habla a uno en castellano cuando se le pregunta en castellano. Más adelante lo veremos.

A esta irritación se le suele oponer en Cataluña que nadie deja de ir a Francia o a Gran Bretaña por el hecho de que la rotulación esté monolingüísticamente escrita en francés o en inglés, respectivamente, a lo que el castellanohablante duplica que es verdad, pero que cuando va a Cataluña no sale de España. He aquí el primer error que comete ese castellanohablante (y ese error es clave en toda la sociología del encuentro y el desencuentro entre catalanes y resto de españoles): admitiendo -como yo admito sin reserva alguna- que viniendo a Cataluña no se sale de España, también es cierto, en cambio, que viniendo a Cataluña se sale del área lingüística castellana y se entra en otra. Y el día que esto llegue a comprenderse y a asumirse como normal al oeste del meridiano de Greenvich, van a cambiar -y para bien- muchas cosas en España. Pero que muchas.

Lo que ocurre -y eso es un problema- es que cuando la cotidianidad de uno va a ser la vida oficial, Cataluña es inhabitable para el castellanohablante que se niega a adaptarse. Y este es el caso de los funcionarios estatales que, salvo excepciones -o salvo que sean originariamente catalanes-, se niegan a venir aquí amedrentados por -o rebotados contra- la supuesta barrera lingüística. Está claro que un juez o un fiscal van a tener que afrontar el catalán prácticamente a cada minuto de su vida profesional; son muy pocos los que piensan que eso puede constituir un enriquecimiento cultural o que la adaptación al tema lingüístico puede convertir el sufrimiento en un placer (fuera de esta ciudad de oropel, hay sitios en Cataluña donde se puede vivir francamente muy bien) y la mayoría lo sufren -obligados por el número de orden en la oposición o en el concurso de traslados- como una corona de espinas que hay que quitarse de encima tan pronto una nueva oposición u otro concurso de traslados lo permitan. Como en Cataluña el funcionariado no tiene tradición, tenemos pocos jueces de origen local, con lo que la movilidad en estas plazas es grandísima y causa problemas añadidos a los que ya de por sí aquejan a ese ámbito de la administración. Con los policías tuvimos un problema parecido -al que había que sumar la parquedad de sus sueldos enfrentada al alto coste de la vida catalán en general y barcelonés en particular- que sólo se resolvió con el despliegue de la policía autonómica.

El mundo privado no está exento de problemas, pero ahí no tanto por la cotidianidad propia del profesional sino por otra causa que afecta a su familia: la inmersión lingüística en catalán en la enseñanza, contra la que se resisten, sobre todo -y con su razón, las cosas como son- los que prevén que van a estar en Cataluña un determinado lapso de tiempo, más largo o más corto, pero con la intención de irse con posterioridad a otra región (o a otro país), con lo que la inmersión lingüística funcionaría como un handicap para sus hijos sin beneficio compensatorio alguno, toda vez que la perspectiva es marcharse de Cataluña.

Vamos a la inmersión lingüística en la enseñanza que, además, es el caballo de batalla de Losantos y que constituye el punto de conflicto por excelencia (la realidad, al principio enunciada como cuestión previa, termina haciendo decaer a las demás).

Años atrás, yo fui beligerantemente opuesto a la inmersión lingüística: me pareció horrible que algo tan sensible como la educación, la formación, el estudio, tuviera que afrontarse desde una lengua ajena y más teniendo en cuenta que la problemática no afectaba a un sector numéricamente marginal sino, grosso modo a la mitad de la población catalana. Pero, además, mi oposición venía del hecho de que el nacionalismo había hecho de la lengua un hecho político; no, mejor dicho: había hecho de la lengua el hecho político fundacional y fundamental y, por tanto, necesitaba la extensión monolítica de la lengua como vector para su hegemonía absoluta en toda manifestación social -y no digamos netamente cultural- catalana. Como yo siempre he entendido el nacionalismo como algo históricamente retrógrado, como un a modo de introspección psiquiátricamente insana para huir de una realidad non grata en vez de adaptarse a ella y aprovechar sus ventajas (eso que ahora está tan de moda: decir, a lo chino, que crisis es sinónimo de oportunidad), la inmersión lingúística como vehículo del nacionalismo, me supo a cuerno quemado.

Pero esto dicho, había también otras cosas a considerar y que Losantos se niega a tener en cuenta (porque ver, lo que se dice ver, tiene que verlo: no es tonto, en absoluto). En primer lugar, que no podía entonces -ni puede ahora- tolerarse la creación de dos comunidades lingüísticas en Cataluña; ahí los nacionalistas tenían razón (lo que pasa es que la usaron para arrimar el ascua a su sardina). El modelo belga -que, por cierto, no acaba de funcionar en la propia Bélgica, como estamos viendo estos meses- podría tener consecuencias espantosas -material, físicamente espantosas, no sólo ideológicamente- en un pedazo del país de la bronca y del tiro a la barriga por leer el «ABC» o el «Mundo Obrero».

En segundo lugar… ¿quién dijo que la inmersión lingüística destruye la otra lengua? Yo -como todos los niños catalanes de mi quinta, de muchísimas quintas antes y aún de no pocas quintas después- tuve inmersión lingüística en castellano. Millones de catalanes sólo pudimos hablar catalán en la esfera privada (que no es sinónimo de a escondidas: sobre eso también se ha hecho mucha literatura barata), en casa, con los amigos… en el patio del cole, pero no en clase, no en dependencias oficiales; y la rotulación, por supuestísimo, monolingüe castellana. Y ahí aguantó el catalán a pie firme. Sin apenas publicaciones (algunos libros y uno o dos semanarios), nada de prensa diaria y casi nada de radio ni de televisión (y ese poco ya en fechas tardías). Y yo hablé el catalán tranquilamente toda la vida. Precisamente la preocupación de los inmersionistas del catalán es que, en sus propias palabras, han ganado el aula (a la fuerza, esto lo digo yo) pero han perdido el patio, en el que ahora predomina el castellano. El patio, en definitiva, acaba simbolizando (¡o representando!), contra los ukase de tirios y de troyanos, la tozudez de la realidad. Las cifras oficiales, por otra parte, hablan de incrementos notables en el número de catalanes que entienden, leen y escriben el catalán (esto de escribir, lo dudo mucho, aunque también cabe dudarlo del castellano aquí…y en León), pero sin incrementos -ni notables ni sin notar- en su uso cotidiano; y eso antes de llegar las recientes oleadas de inmigración hispanoamericana. Con ella, la población castellanohablante de Cataluña se ha incrementado (ahí sí) más que notablemente.

Sin embargo, pese a la torva intención originaria del nacionalismo -que aún persiste-, hay que reconocer que en Cataluña no hay hoy dos comunidades lingüísticas sino una sola comunidad de ciudadanos en la que se hablan dos lenguas. No es lo mismo, ojo. Y esto es un logro que probablemente haya que atribuir, al menos en parte, a la inmersión lingüística, aunque quizá no lo sea en el sentido que originariamente pretendieron los nacionalistas y más bien a su pesar, pero es un logro de marca mayor. Y un privilegio para los catalanes, sea cual sea su lengua materna. No hay muchos lugares en el mundo -yo diría que, aparte de Cataluña, ninguno- en el que dos lenguas convivan día a día, en plena, total y normal cotidianidad, en un mismo territorio y sin que ello genere -porque no genera- ningún conflicto.

¿Que hay puntos oscuros? Los hay: en el ámbito de la cultura oficial (la única que es capaz de vivir aquí), en el ámbito de la política (y de la retórica inherente) y en algunos otros ámbitos hegemónica y omnímodamente dominados por el nacionalismo (pienso en el mundo del excursionismo, por ejemplo, y en algún otro muy concreto de la sociedad civil). Pero un observador distanciado del problema al que se le diga que el castellano sufre en Cataluña una persecución -en el sentido amplio, cotidiano y sociológico del término- y vea, por no ir más lejos, un kiosko o una librería cualesquiera, pensará que quien así le habla tiene un problema de salud mental.

Es importante, pues, mantener controlados a los talibanes de ambas lenguas porque ellos sí que son un peligro y lo son no para una lengua o para la otra: lo son para las dos. Porque, al final, habrá resultado que contra los talibanes del catalán y contra los talibanes del castellano, en Cataluña hemos alumbrado un modelo lingüístico original, inédito y, desde luego, propio, por los libres y exclusivos cojones de sus ciudadanos.

Y a quien pique, que se rasque.

De la serie Sin ton ni son | 2 comentarios »

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