Funcionarios… «privilegiados»

De la serie: La cueva del burócrata

Yo lo diría más a lo bestia, pero no mejor, así que ahí va y a ver si nos vamos aclarando, tanta cagarela de privilegiados y tantos testículos en ácido acético…

«EL DESPRECIO POLÍTICO AL FUNCIONARIADO

»Con el funcionariado está sucediendo lo mismo que con la crisis económica. Las víctimas son presentadas como culpables y los auténticos culpables se valen de su poder para desviar responsabilidades, metiéndoles mano al bolsillo y al horario laboral de quienes inútilmente proclaman su inocencia. Aquí, con el agravante de que al ser unas víctimas selectivas, personas que trabajan para la Administración pública, el resto de la sociedad también las pone en el punto de mira, como parte de la deuda que se le ha venido encima y no como una parte más de quienes sufren la crisis. La bajada salarial y el incremento de jornada de los funcionarios se aplauden de manera inmisericorde, con la satisfecha sonrisa de los gobernantes por ver ratificada su decisión.

»Detrás de todo ello hay una ignorancia supina del origen del funcionariado. Se envidia de su status -y por eso se critica- la estabilidad que ofrece en el empleo, lo cual en tiempos de paro y de precariedad laboral es comprensible; pero esta permanencia tiene su razón de ser en la garantía de independencia de la Administración respecto de quien gobierne en cada momento; una garantía que es clave en el Estado de derecho. En coherencia, se establece constitucionalmente la igualdad de acceso a la función pública, conforme al mérito y a la capacidad de los concursantes. La expresión de ganar una plaza «en propiedad» responde a la idea de que al funcionario no se le puede «expropiar» o privar de su empleo público, sino en los casos legalmente previstos y nunca por capricho del político de turno. Cierto que no pocos funcionarios consideran esa «propiedad» en términos patrimoniales y no funcionales y se apoyan en ella para un escaso rendimiento laboral, a veces con el beneplácito sindical; pero esto es corregible mediante la inspección, sin tener que alterar aquella garantía del Estado de derecho.

»Los que más contribuyen al desprecio de la profesionalidad del funcionariado son los políticos cuando acceden al poder. Están tan acostumbrados a medrar en el partido a base de lealtades y sumisiones personales, que cuando llegan a gobernar no se fían de los funcionarios que se encuentran. Con frecuencia los ven como un obstáculo a sus decisiones, como burócratas que ponen objeciones y controles legales a quienes piensan que no deberían tener límites por ser representantes de la soberanía popular. En caso de conflicto, la lealtad del funcionario a la ley y a su función pública llega a interpretarse por el gobernante como una deslealtad personal hacia él e incluso como una oculta estrategia al servicio de la oposición. Para evitar tal escollo han surgido, cada vez en mayor número, los cargos de confianza al margen de la Administración y de sus tablas salariales; también se ha provocado una hipertrofia de cargos de libre designación entre funcionarios, lo que ha suscitado entre éstos un interés en alinearse políticamente para acceder a puestos relevantes, que luego tendrán como premio una consolidación del complemento salarial de alto cargo. El deseo de crear un funcionariado afín ha conducido a la intromisión directa o indirecta de los gobernantes en procesos de selección de funcionarios, influyendo en la convocatoria de plazas, la definición de sus perfiles y temarios e incluso en la composición de los tribunales. Este modo clientelar de entender la Administración, en sí mismo una corrupción, tiene mucho que ver con la corrupción económico-política conocida y con el fallo en los controles para atajarla.

»Estos gobernantes de todos los colores políticos, pero sobre todo los que se tildan de liberales, son los que, tras la perversión causada por ellos mismos en la función pública, arremeten contra la tropa funcionarial, sea personal sanitario, docente o puramente administrativo. Si la crisis es general, no es comprensible que se rebaje el sueldo sólo a los funcionarios y, si lo que se quiere es gravar a los que tienen un empleo, debería ser una medida general para todos los que perciben rentas por el trabajo sean de fuente pública o privada. Con todo, lo más sangrante no es el recorte económico en el salario del funcionario, sino el insulto personal a su dignidad. Pretender que trabaje media hora más al día no resuelve ningún problema básico ni ahorra puestos de trabajo, pero sirve para señalarle como persona poco productiva. Reducir los llamados «moscosos» o días de libre disposición -que nacieron en parte como un complemento salarial en especie ante la pérdida de poder adquisitivo- no alivia en nada a la Administración, ya que jamás se ha contratado a una persona para sustituir a quien disfruta de esos días, pues se reparte el trabajo entre los compañeros. La medida sólo sirve para crispar y desmotivar a un personal que, además de ver cómo se le rebaja su sueldo, tiene que soportar que los gobernantes lo estigmaticen como una carga para salir de la crisis. Pura demagogia para dividir a los paganos.

»En contraste, los políticos en el poder no renuncian a sus asesores ni a ninguno de sus generosos y múltiples emolumentos y prebendas, que en la mayoría de los casos jamás tendrían ni en la Administración ni en la empresa privada si sólo se valorasen su mérito y capacidad. Y lo grave es que no hay propósito de enmienda. No se engañen, la crisis no ha corregido los malos hábitos; todo lo más, los ha frenado por falta de financiación o, simplemente, ha forzado a practicarlos de manera más discreta.

Francisco J. Bastida
Catedrático de Derecho Constitucional
Universidad de Oviedo»

Un any de nova època del butlletí de l’Associació de Veïns

Acabo de rebre a casa el butlletí del mes de desembre d'enguany de l'Associació de Veïns. En paper, és clar, en format electrònic encara no ha pujat a la web de l'Associació.

Porta notícies molt interessants que comentaré aquí en els propers dies. Però no és de les notícies en sí de les què us vull parlar ara, sinó del propi butlletí.

Fa ben bé un any just que va veure la llum el primer número paper/digital del butlletí que tanmateix va assolir un gran canvi de format i d'enfoc del contingut, el qual va resultar molt més breu però molt més orientat a la tasca de l'AV i a l'actualitat del barri. Tal com s'havia promès i jo esperava amb impaciència, l'Associació va assolir també un altre gran cim ja insinuat abans: la pàgina web de l'Associació.

Ara és quan he estat a punt de dir que ambdues coses són millorables, però no o no gaire: el butlletí voreja allò que és ideal: un disseny senzill, sense meravelles, però clar i atractiu al cop d'ull, un contigut breu, però complet i entenedor que, a més, va al gra (s'ha abandonat la cultura popular, potser sigui una pena per a alguns, però era una exigència gairebé de motricitat), i s'imprimeix en un paper satinat i agradable al tacte en un tamany estàndar ben adequat, el DIN A-4 (un cop manipulat: com a element unitari és, en realitat, un DIN A-3). Millores possibles? A la meva manera de veure, una, sobretot: la periodicitat; s'ha d'arribar com sigui a la periodicitat mensual, que és la manera de fer entre els qui la rebem la impressió d'una presència constant de l'Associació en la nostra quotidianitat.

El mateix val a dir, morfològicament, de la pàgina web tot i que, en aquest cas, les millores possibles són dues: d'una banda, un espai per als enllaços a les entitats cíviques i comercials del barri, que és quelcom que sempre es busca, quan és menester, a la pàgina de l'associació de veïns corresponent (podeu prendre tranquilament, si ho desitjeu, els enllaços d'aquest mateix blog: no puc assegurar taxativament que hi sigui tothom, però ben poca cosa hi deu mancar); de l'altra, un espai que contingui la documentació d'interès sobre el barri i inclús sobre la ciutat (temàtiques com ara estadística, organització administrativa, sociologia, història, etc.).

Aquest blog inclou des d'avui l'enllaç a cadascun dels butlletins de l'AV. El podeu veure ja ara mateix en el tercer lloc dels grups d'ítems de la columna de la dreta. En punxar aquell que us interessi, s'obrirà un arxiu PDF amb el facsímil electrònic de la publicació. Pel que fa a la pàgina web, ja fa temps que hi és, també a la columna de la dreta.

Molt bona tasca i molt bon servei per part dels voluntaris de l'Associació de Veïns.

Despedida y cierre

Nuevamente, otro cierre de blog: se acabó «Vivir ciñendo»

No acababa de encontrarme en él y no me parece que os acabárais de encontrar tampoco vosotros, esa es la verdad. Parece claro que con «El Incordio» rompí el molde y, de la misma manera que no debí haber forzado a éste, que hubiera quedado estupendo cerrado el 2 de julio de 2011, no debí haber continuado con la actividad bloguera en este triste «Vivir ciñendo» que ahora mismo se va por el foro.

No me parece probable que abra otro blog. Desde luego, no de estas características pero, en estos momentos, no me apetece hacer nada, ni de estas características ni de ninguna otra. Si llegara a tener la humorada de levantar otro invento, sería algo completamente distinto, algo puramente recreativo y, muy probablemente, para mi simple y exclusiva satisfacción. Pero, a fecha de hoy, incluso eso lo veo lejano y cuesta arriba. Por decir que lo veo, vaya.

Desde luego, se acabó entrar en temáticas políticas aún entendidas en su más amplia acepción. Este país, de verdad, no vale la pena. Así que aire y que cada palo aguante su vela.

Como siempre, muchas gracias a todos por vuestra atención y, en su caso, por vuestra participación en los comentarios. Me remito a lo dicho en la despedida de «El Incordio».

Por ahí nos vemos.

Galet a casa

L'alcalde Hereu va tenir l'ocurrència, en dates nadalenques, allí per al 2008 o 2009, no recordo ben bé, de repartir pel centre de Barcelona uns galets gegants il·luminats. La veritat és que no em va desagradar la idea (molt millor, on vas a parar, que els abets minimalistes a pedals): el galet és un símbol nadalenc -laic, això sí- propi de casa nostra.

En l'etapa Trias, els galets s'han repartit pels districtes. L'any passat -crec recordar- hi van posar un a la plaça Maragall, tot i que, sempre si no recordo malament, va ser a la meitat de la plaça que correspon a Horta-Guinardó.

Doncs bé, enguany ens ha tocat a nosaltres i a la plaça del Congrés, gairebé davant de la pobra estàtua de la Maternitat, ens hi han posat un. No sé si és el millor emplaçament, però, bé, aquí el teniu.


Que consti i obri.

Aquells trens

Jo era petit, tenia potser set o vuit anys, però encara ho recordo.

De tant en tant, un dels meus avis materns (els dos plegats no van venir mai fins que es van jubilar: s'havia de mantenir la botiga oberta) venia d'Astúries per passar uns dies amb nosaltres. El meu avi n'estava enamorat de Barcelona i la meva àvia -que és la qui venia més sovint, si sovint n'és la paraula- pensava en ajudar una mica la seva filla, que s'havia d'entendre amb una llar i tres criatures. En aquella època, la cultura d'ajudar a casa no estava en absolut estesa entre els homes i, a més, el meu pare treballava moltes hores (era aparellador i parlem dels anys del boom de la construcció).

L'avi o l'àvia, havien arribat algun cop a l'estació de França, però el més habitual era fer-ho per l'estació del Nord, ara desactivada des fa molts anys. En aquells temps (primers anys 60) els trens no eren gens puntuals i els retards de tres o quatre hores eren a l'ordre del dia. Si te'n sorties amb dues, ja havia anat prou bé la cosa. Però, és clar, a l'estació s'havia d'arribar puntualment, no fos cas que sonés la flauta i -llei de Murphy- el dia que facis tard serà el dia que el tren arribarà a l'hora.

Passejàvem per l'estació, doncs, molta estona. I vèiem arribar els trens, molts trens i molts d'ells procedents d'Andalusia, Múrcia i, via Madrid, d'altres regions pobres. Jo els veia baixar del tren en grups molt nombrosos i gairebé tots, com si diguéssim, d'uniforme: l'americana dels diumenges, una camisa blanca (ben blanca, compte) tancada de coll i sense corbata, de tant en tant -no tan freqüentment com ens pinta l'imaginari- una boina al cap, una maleta de cartró o de fusta a punt de petar i un farcell. També venien dones, tot i que en nombre inferior. Però el que no oblidaré mai és la seva mirada, una mirada en la què s'hi barrejaven l'admiració -miraven tot al voltant encongits, esglaiats: probablement, mai no havien vist res tan gran-, la por i la incertesa. Aquelles mirades eren tota una oració, eren tota una mena de «Mare meva! On m'he ficat? Com me'n sortiré d'aquesta?».


Van patir molt. Se'ls va maltractar i se'ls va menystenir. Xarnegos! era el més bonic que se'ls deia. Van haver de treballar muntanyes d'hores per quatre peles, van haver-se d'allotjar en barraques, en autèntics ghettos les condicions dels quals poc havien d'envejar a d'altres més patents en la història. Les ara magnífiques platges del litoral barceloní, netes, elegants, orgull de tots nosaltres, eres als anys 60 enormes extensions de massa humana acumulada en les condicions més precàries que val imaginar. I no tan sols les platges: també Montjuïc, el Turó de la Rovira...

Van passar molts anys fins que la ciutat els va fagocitar en un hàbitat humà -en l'ampli sentit de la paraula- i en condicions decents d'habitatge i de treball; ben entrats els 70, inclús encetats els 80, encara n'hi havia a Barcelona restes de barraquisme o d'algun remei cosmètic qui sap si pitjor que la malaltia (recordem, a tall d'exemple, les Viviendas del Gobernador, a Nou Barris).

Avui, aquells altres catalans que el Candel va descriure, ja són catalans, barcelonins, sense cap adverbi, cap adjectiu, cap matís. I avui se'ls comença a fer justícia. En aquestes platges plenes de turistes i de barcelonins amants del sol i del mar, que avui constitueixen l'espai d'oci públic més gran de Barcelona, s'ha començat a recordar el drama d'aquells nouvinguts que, cercant una vida millor, es van trobar amb la marginació i amb la indigència.

I un cop se'ls hagi fet justícia, se'ls hauria d'expressar l'agraïment que mereixen. Perquè aquesta Barcelona d'avui ha estat feta també -i potser sobretot- amb el seu esforç i amb el seu sacrifici.

Potser siguin els qui més van donar i els qui menys van rebre.


Imatge: «Emigrantes españoles de los años 60» - Xavier Miserachs
Llicència: Creative Commons by-sa

La gespa verda i fresca

No està pròpiament al barri, tot i que hi és a tocar...

És l'espai de les antigues cotxeres de Borbó que es va decidir urbanitzar després del fracàs del projecte de construir-hi l'edifici del Departament de Benestar Social, Benestar i Familia o com refonoll se n'hi digui ara (tant de bo per als veïns del carrer de Costa i Cuixart que, com a premi per més de vint-i-cinc anys de lluita per recuperar les antigues cotxeres per al barri, van estar a punt d'ésser obsequiats amb un mamotreto de cinc pisos a un pam mateix dels seus nassos).


Veieu quina gespa més fresca i més maca? Oi que fa patxoca? Doncs gaudim-hi ara, mentre hi hagi les valles de les obres perquè així que les treguin, els qui ho gaudiran seran els gossos, que ho deixaran tanquam tabula rasa en quatre dies.

Això és el que passa quan s'és massa políticament correcte i es denomina els amos d'aquests animals (els incontrolats) amb eufemismes, com ara incívics, en comptes de la seva denominació apropiada (gamberros a tall d'exemple, encara que hi ha qui proposa anomenar-los f**** de p*** directament) i se'ls tracta com si fossin puntes de coixí, en comptes d'enviar la Guàrdia Urbana en operacions d'assetjament constant i de fotre garrotades administratives ben doloroses.

D'acord amb l'ordenança, si jo em pixo en un parterre, em poden caure 600 euros de multa. 6.000, haurien de ser. En canvi, els gossos es pixen on volen impunement.

En aquesta ciutat, els gossos tenen més drets que les persones

Transiciones

Ayer sostuve un microdebate con un seguidor de Twitter (nos seguimos mutuamente, vaya).

El contexto inmediato era la corrupción, pero el contexto general era, en cierto modo, qué habría que hacer para cambiar este país. Yo sostenía que un cambio sistémico: ya es sabido que sostengo que el últimamente llamado régimen del 78 está en pleno naufragio, un naufragio tan brutal que pocos restos podrán aprovecharse de él, por lo que soy partidario no de una reforma constitucional (eso sería ponerle paños calientes a esa triste Pepa putrefacta), cosa quizá posible hasta hace unos no muchos años, sino una nueva Constitución, una Constitución que tendría que plantear con ánimo no de perpetuidad -eso sería una estupidez- pero sí en el muy largo plazo qué diseño de país queremos. Y ello implica debates duros: la forma básica de Estado (lo de monarquía o república, para entendernos), la estructura territorial, los principios económicos y políticos, las libertades cívicas -con las tecnologías bien presentes-, la organización política y jurisdiccional y el etcétera que cabe suponer. Pero es que, además, habría de plantearse de forma tan clara que, salvando los mínimos interpretables inevitables en Derecho (el Derecho es un producto humano y, por tanto, imperfecto) no diera lugar al cutre espectáculo que hemos vivido con la actual que ha tenido ya no interpretaciones sino lecturas. Y no pocas, además. Lo cual constituye un cachondeo intolerable.

En fin, de todo esto habría que hablar como para escribir varios libros y ello aún antes de meternos en harina, pero me basta dejarlo así, no sin advertir que, además de lo anterior, el leit motiv de un nuevo texto constitucional habría de fortalecer la sociedad civil y hacerla efectivamente -no simbólicamente- partícipe de la vida política, más allá de votar cada cuatro años.

Reconozco que esto tiene un problema: ¿quién iba a redactar esta nueva Constitución? ¿Quién la iba a promover? ¿Quién la iba a negociar en representación de toda la ciudadanía? ¿Los políticos actuales, es decir, la Casta?

Mi contertulio, al que no conozco personalmente pero que imagino joven, planteaba unas alternativas muy difusas -y bastante temibles, a mi modo de ver, en aquello que no tienen de difuso- contenidas en la expresión «Derribo de un régimen, empoderamiento ciudadano y, entonces sí, proceso constituyente». Yo hubiera querido pedirle que me aclarara un poco más todo esto, pero, con la limitación de 140 caracteres de Twitter, debatir a fondo estos temas es demasiado. Porque en cualquier parte, pero sobre todo en España, lo de derribo de un régimen y empoderamiento ciudadano me suena a FAI que te cagas. Y que conste que el anarcosindicalismo -no la vacua acracia- no me resulta en absoluto antipático, por más que no acabo de verlo viable, pero algunos de sus planteamientos teóricos son muy apreciables y quizá todavía aprovechables. Algunos. El problema es que «derribo de un régimen y empoderamiento ciudadano» suena mucho a masas ácratas desencadenadas y ya sabemos lo que eso significa (y no sólo por la Historia de España). La acracia en la calle no ha sido nunca sino el prólogo del advenimiento de un salvapatrias que, con el pretexto de «poner orden», acaba imponiendo el suyo sin contestación posible.

Las revoluciones que acaban siguiendo su más o menos recta senda siempre han sido inspiradas y dirigidas por una élite: intelectual casi siempre y burguesa siempre, constatación que, de buen seguro, no le va a gustar nada a mi contertulio, pero ahí tiene el libro de Historia, una referencia frecuentemente olvidada. Que yo recuerde, no hay constancia en la Historia universal, de una revolución espontánea, con una dirección asamblearia o autogestionaria, que haya triunfado a medio o largo plazo. Ha habido, sí, algaradas, revueltas -masivas, incluso- espontáneas, pero o bien han acabado ahogadas en su propio desorden o en sus propias contradicciones o bien han sido reconducidas por minorías elitistas que, según el caso, las han llevado al éxito o al fracaso.

El régimen del 78 demostró, por otra parte, que una Casta puede, en determinadas circunstancias, alumbrar un proyecto nuevo, bueno y apasionante. Se dirá que de ahí salió el fiasco de ahora, pero la Pepa actual respondió, en un principio, a lo que podríamos considerar como proyecto nuevo, bueno y apasionante. Con sus defectos, claro. Algunos se vieron en aquel mismo momento, pero otros han tardado años en aparecer y son más debido al transcurso de esos años que a los intrínsecos de aquella (esta) Constitución. Uno de sus peores males ha estado, precisamente, en mantenerla sacralizada, evangélica e inamovible y mira como está ahora.

Con la transición, los partidos victoriosos en las elecciones (perfectamente democráticas, tengo que recordar) de junio de 1977 redactaron una constitución a su medida. Conviene recordar también, incidentalmente, que las elecciones de 1977 fueron posibles porque la Casta vigente hasta entonces -la franquista- accedió a la reforma política y que las instituciones franquistas se suicidaron y permitieron que el proceso democrático se llevara a cabo dentro de la legalidad (hubo que hacer algún encaje de bolillos jurídico pero, básicamente, fue un proceso plenamente legal). Después, los partidos políticos victoriosos resultaron unos perfectos sinvergüenzas que se repartieron el botín político de la España que nacía, es cierto, estableciendo un sistema de poder omnímodo para sí mismos. Pero quizá habrá que recordar que no se podía hacer mucho más al respecto con una sociedad civil prácticamente inexistente como tal, con una desorientación política absoluta y una falta de educación democrática total; si los partidos no hubieran podido tener un férreo control del acontecer político, la transición y, obviamente, España misma, hubiera acabado muy mal; tan mal como aparecería en nuestras peores pesadillas. Dicho de otra manera: el mal no estuvo, en aquel momento, en que los partidos se constituyeran en poder omnímodo sino en la felonía de los mismos. La Constitución de 1978 estuvo bien para los primeros diez años. El mal estuvo en los siguientes veintiséis años en los que la Casta, con el machito bien agarrado, se negó en redondo a la menor actualización de la Constitución -salvo en dos casos y uno de ellos más que lamentable, un verdadero ciudadanicidio- y se entregó a los abusos que hoy son públicos y notorios.

No se puede juzgar la transición con la vista puesta en 2014. En 1977, las cosas no eran tan fáciles ni tan reducibles al «blanco o negro».

Por lo mismo, pues, que hubo que organizar el tinglado del suicidio de las instituciones franquistas, que admitir a los factótums franquistas en el nuevo proyecto, que dictar una amnistía pensando más en ellos que en los otros (aunque todos se beneficiaron por igual de ella) sin la cual no hubiera sido posible seguir adelante, tendríamos que organizar algo parecido (efectivamente, una segunda transición, como decía mi contertulio) a partir de la Casta actual. Porque las rupturas sin alternativa inmediata de repuesto conducen al caos absoluto, al desorden total, y porque sólo a partir de la legalidad es posible construir civilizadamente. La ausencia de legalidad es, pura y simplemente, barbarie.

Es fácil caer en la tentación de decir que la legalidad es una mierda, es fácil caer en la demagogia de que la legalidad no puede estar por encima de los deseos del pueblo, como arguye ahora mismo el independentismo catalán y como han argüido siempre todos los redentorismos que han acabado con el país a tiro limpio. La legalidad puede tener todos los defectos que se quiera y más, ciertamente, pero sin ella... ¿quién se arroga la legitimidad? ¿Quién puede decir y con qué autoridad moral por dónde se ha de ir? ¿Quién se arroga representaciones y a través de qué mecanismos? (y que no me hablen de asambleas, por favor). Podemos -aunque a mí no me guste mucho, o prácticamente nada- es una muestra palpable de la posibilidad de reconducir radicalmente un estado de cosas por la vía de la legalidad; que yo sepa, Podemos actúa dentro de ella. Luego veremos lo que sabe hacer, si llega el caso, pero esa ya es otra cuestión. Pero Podemos, en todo caso -y si llega a triunfar plenamente- sería una excelente muestra de cómo descabalgar a la Casta democráticamente y en el estricto y más limpio cumplimiento de la ley. Y ojalá no suceda con Podemos, pero como muestra de lo que digo, es perfecto.

En la transición hubo mucha tinta negra, es cierto, y mucho papel corriendo por debajo de la mesa, también es verdad. Y mucho humo, y mucha luz de gas. ¿Podía haberse hecho mejor? Desde luego. Y en su día hubo mucha gente que clamó por que se hiciera mejor y planteó alternativas serias, estudiadas, y se hizo desde posiciones ideológicas distintas y, en ocasiones, diametralmente opuestas. Pero no tan mejor como ahora, treinta y seis años años después, pretenden algunos -generalmente menores de cuarenta años- en lo que a mí me parece un ejercicio de ignorante soberbia.

La transición con todos sus defectos, con todas sus lacras (pero las de entonces, no las de 2014) fue, si lo comparamos con sus posibles alternativas, un ejercicio de una asombrosa lucidez para haber sido hecha en España, en una España bastante negra forjada en tres ominosos cuartos de siglo.

La transición, hasta que venga alguien a demostrar lo contrario o a hacerlo mejor -cosa esta última que anhelo con impaciencia-, es la obra política más seria que ha parido este país en toda su Historia contemporánea. Ojo, que no es poco.

Y si a alguien le parece que, con esta opinión, escoro a la derecha, haré lo mismo que cuando alguien opina que escoro a la izquierda: desearle al opinante un feliz paseo por la sombra.

El primo de Zumosol

Cuando uno entra en un conflicto, sea cual sea su intensidad (desde una guerra hasta una discusión vecinal), y en proporción a la misma, debe tener en cuenta, entre otros, un par de factores esenciales: uno, que es de cajón, medir bien la potencia del adversario o enemigo; otro, una vez iniciado el conflicto o en sus prolegómenos, no creerse jamás la propaganda, ni la del enemigo, ni menos aún la propia.

El independentismo catalán la ha pifiado en ambas.

El independentismo catalán ha vendido a sus acólitos que España es una nación de opereta (eso cuando no le ha negado redonda y directamente su cualidad de nación), cutre, folklórica, ridícula, miserable, arrastrada, maligna y demás. Bueno, eso puede formar parte de la propaganda de guerra. Hasta aquí -sólo hasta aquí- digamos que está bien.

Lo malo es que el independentismo catalán se lo ha creído. Y como se lo ha creído, se ha lanzado de cuernos contra el adversario. Y ya se está estrellando. Y aún no se la ha acabado de pegar del todo.

A España pueden caricaturizarla como quieran. Y es cierto que España tiene algunas particularidades ridiculizables, como las tiene cualquier país (Cataluña incluida, por cierto). Pero España es un país de la Unión Europea y es un país de los importantes; es su cuarta o quinta economía, el cuarto o quinto más poblado, el segundo o tercero más extenso. Dos de sus bancos, por ejemplo, están en lo más alto del listado europeo y en zonas asaz altas también en el mundial. Hay multinacionales españolas muy potentes, capaces de codearse tranquilamente con las más caracterizadas del mundo. Tiene una zona de influencia cultural y comercial (Hispanoamérica) vasta e importante. Su idioma común, el castellano, es la segunda lengua más hablada en el mundo, después del chino. Su ejército es pequeñito, aunque su Armada es también la tercera o cuarta más potente de la UE y su Fuerza Aérea por ahí se anda. Y he sido conservador en las comparaciones: seguramente me quedaré más corto que la realidad. Aunque España ha sufrido un severo declive en este ámbito, continúa siendo una de las potencias industriales del mundo, de las primeras en el grupo de los medianos. Sus índices de desarrollo la situan plenamente -pero plenamente, sin matiz alguno- en el primer mundo; y ahí seguirá porque la crisis actual, por más que realmente profunda y muy bestia, no durará ya mucho (otra cosa es lo que tardemos en levantar cabeza los ciudadanitos) y las cifras que han retrocedido volverán a estar en su lugar antes de transcurridos los próximos cinco o diez años.

Si le faltara Cataluña, Ex-paña sufriría un duro golpe: perdería el 18% de su población y el 20 o 22% de su economía; aún así el 80% restante, aunque algunos peldaños más abajo, seguiría siendo suficiente para constituir una potencia estimable.

Economía aparte, España tiene problemas estructurales importantes que hay que arreglar: una sociedad civil poco y mal articulada y un sistema político obsoleto y decadente que, al presente, se halla indudablemente en fase de descomposición, de hundimiento. Pero el país tiene energías sobradas para recomponer lo segundo y para entrar por el buen camino en lo primero y resolverlo a medio plazo.

Los independentistas, sin embargo, se han quedado con la charanga y pandereta, han tomado lo coyuntural por estructural o crónico (la crisis económica y, sobre todo, la política), han olvidado lo demás, y así les luce el pelo.

España tiene un servicio de inteligencia (el CNI) del que, con alguna frecuencia, sobre todo cuando trasciende alguna metedura de pata, nos reimos y lo asimilamos a la TIA, a Mortadelo y Filemón y a cualquier otra caricatura del imaginario ad hoc. Es cierto que no está -o no creo que esté- a la perfecta altura del SIS británico o del SDECE francés, pero tampoco se halla, ni mucho menos, a años luz de ambos: es una organización sólida, profesional, sus miembros (militares, en importante proporción) conocen su oficio y tienen muy claro a quién sirven (al Estado, por si las dudas).

Uno se pregunta cómo los estrategas del independentismo (si es que el independentismo tiene tal cosa) se han dejado deslumbrar por las tonterías de su propia propaganda y no han tenido en cuenta factores como los antedichos. Porque lo cierto es que, tan pronto se han enfrentado al Estado español, han empezado a recibir tortas como si no tuvieran bastantes carrillos. Y encima se quejan.

Cuando estalló el escándalo Pujol (Oriol), ya hubo quien torció la nariz y empezó a olerse la intervención de los servicios gubernamentales españoles como represalia (o como contraataque) al desafío independentista. Esta sospecha -acaso no infundada- se convirtió para muchos en constatación cuando estalló el pasado julio es escándalo Pujol (Jordi, padre) y se convierte en algo de cajón al estallar hace poco el escándalo Pujol (Oleguer). Y muchos se barruntan que el que puede ser el próximo escándalo catalán (Trias) tenga el mismo origen y la misma causa. Y desde hace tiempo hay rumores sobre Mas y una confesa cuenta en Suiza de presunta titularidad paterna. Ya gestionará Mas sus propias tranquilidades e intranquilidades, pero yo no las tendría todas.

¿Y qué esperaban? ¿Esperaban que un Estado puesto ante un conflicto no fuera a reaccionar? Sí, Rajoy es un mindundi lamentable, pero Rajoy no es el Estado: Rajoy es una parte del mismo. Y el Estado tiene recursos e iniciativa propia más que sobrados para reaccionar -y reaccionar muy duramente- aunque el presidente del Gobierno sea un pobre pisacharcos.

No voy a aplaudir -en términos éticos- que un estado se reserve una información de interés público y que encierra la posible comisión de graves delitos financieros para utilizarla como chantaje o como forma de amordazar al enemigo, pero las cosas, en la política, en la guerra, en el mundo de la inteligencia, funcionan así y quien lo ignore y crea que la ética puede ser una barrera para un estado puesto en cuestión es, simplemente, imbécil. Y averigua qué más tendrán guardado todavía.

Ahora -ayer- el Gobierno ha anunciado que impugnará el botifarrèndum del famoso 9-N. Yo creo que comete un error porque eso es darle importancia a lo que no es sino una charlotada que mueve más al cachondeo que a otra cosa, aparte de que su valor político -ya pueden vestir a la mona como quieran- hubiera sido igual a cero. Pero, bien, así están las cosas.

ERC, Junqueras y sus llantos radiofónicos claman por lo que se ha dado en adornar con el acrónimo de DUE, es decir, la declaración unilateral de independencia. Y yo me pregunto... ¿cómo la escenifican, esa DUE? ¿Irán los Mossos d'Esquadra a tomar el aeropuerto, por ejemplo? ¿Y qué ocurrirá -porque ocurrirá, si llega el caso- cuando la Guardia Civil los barra de allí con mejores o peores modos? ¿Echarán a los catalanes a la calle a luchar contra las fuerzas del Estado opresor? ¿A cuántos catalanes?

Me parece que no han diagnosticado muy bien el panorama. Una cosa es conseguir que unos centenares de miles de ciudadanos se echen a la calle a celebrar un happening de tanto alivio para su cabreo y otra muy distinta es una revuelta callejera en serio. Me parece que esto es mucho esperar de una ciudadanía incapaz, en su aburguesada molicie, de sacrificar siquiera una mínima parte de su comodidad en un boicot con el que defenderse de los abusos cotidianos con que le putean (el Gobierno español... y también -y no poco- el catalán). Las «Vs» y las «cadenas» me recuerdan mucho a aquellos números que montaba Juan Pablo II, que llenaba estadios y praderas con decenas ¡centenares! de miles de jóvenes, con mucha guitarra y mucho kumbayà, pero después era incapaz de meterlos en una iglesia.

En otras tristes palabras (me revienta mucho aludir a aquella época, pero la Historia es implacable): si llegaran a su DUE, demostrarían no haber aprendido nada de 1934. Y terminarían, seguramente, de parecida forma.

Este fin de semana, leía que, con ocasión del partido de fútbol entre el Barcelona y el Madrid, Florentino Pérez et alter habían convocado una cena de empresarios -de empresarios potentes- de toda laya regional -catalana incluida, y no precisamente en último lugar- para, escondidos tras el pretexto del partido, reunirse y analizar el desafío independentista y estudiar el mapa político electoral catalán previsible tras las elecciones, primeramente, municipales. Bueno, dicho sin tanto rocambole y en plata, cómo podrían evitar la toma del poder real en Cataluña por parte de ERC, perspectiva que les tiene aterrorizados. Yo, de ERC, me preocuparía, y mucho, si tuviera a ese gremio enfrente, pero allá ellos. Pero pueden seguir en su ensoñación de sus mundos de Yupi.

O, a lo mejor, lo que pretenden es otro 1714 -incluida la falsificación de lo que realmente ocurrió en 1714- para tirar trescientos años más con la llorera y el espanyaensroba.

Pues que les aproveche.

Cornut i pagar el beure

Llegeixo a la web de BTV una notícia que em posa de mal humor (tot i que no éra en absolut imprevisible): segons xifres del Consell Econòmic i Social de Barcelona, el nostre districte, Sant Andreu, té l'honor de comptar amb els barris en els què l'atur registrat de llarga durada és més alt i, pert tant, tendeix a cronificar-se. El récord municipal l'ostenten els barris de Baró de Viver, Sant Andreu i el Bon Pastor, amb més d'un 49% (la mitjana a Barcelona -que Déu n'hi do- és d'un 44,8%).


Aquí teniu un interessant mapa interactiu on podeu veure i contrastar dades. Un mapa interactiu que no du cap alegria al nostre barri, al Congrés-Indians: no estem gaire lluny dels barris agraciats amb les xifres més altes (un 48,5%), cosa que ens ubica, en aquest àmbit, en les zones més negres de la ciutat, guardó que compartim amb la totalitat de la resta de barris del districte (la Sagrera encara s'enfila una mica i Navas el tenim a roda).

Un desastre.

Naturalment, l'Ajuntament no té la culpa -o en té molt poca- de les brutalment altes xifres d'atur que el districte i el conjunt de la ciutat pateixen, com també ho pateixen el conjunt de Catalunya i el conjunt d'Espanya. Però no deixen de ser il·lustratius dos detalls: el primer, que el nostre districte, tot i ser més que evidentment el més maltractat per les conseqüències laborals de la crisi (i també per la crisi en el seu conjunt), pateix no tan sols la inversió municipal més petita de tots els districtes sinó que és, en termes absoluts, una veritable misèria; i el segon detall, és que aquestes xifres es produeixen en una ciutat en la què un model turístic que està causant molts problemes ja no tan sols de convivència sinó inclús d'habitabilitat mateixa, es justifica pels grans beneficis que genera a Barcelona. Efectivament, sabem que aquest turisme que ens ha robat la nostra ciutat, genera uns volums de negoci i de guanys immensos, però... on els veiem els ciutadans? Com s'està repartint aquest dineral?

Temo que, com sempre, els ciutadans no som més que els camàlics que paguem a costelles nostres els beneficis desproporcionats d'una minoria.

D'una minoria... de protecció oficial.

Las cifras de la hispanidad

Es la hora de los números. Me refiero, casi huelga decirlo, a la manifestación hispanista de ayer en la plaza de Catalunya, en Barcelona.

Yo no pude acudir -bien que lo sentí- por causa de mi lesión. Todavía estoy lejos de hallarme en condiciones de estar de pie mucho rato y menos aún de caminar más allá de unas pocas decenas de metros de una sentada, así que una manifestación, por más tranquila y festiva que fuera -como, efectivamente, fue la que nos ocupa-, es algo hoy todavía impensable para mí. Pero sí fueron mis hijas, y sí fueron varios amigos míos, entre ellos gente centrada, de la que no se deja llevar por la euforia ni por la manipulación numérica. Las impresiones de estos amigos y de mis hijas son unánimes: más o menos -millar arriba, millar abajo- la misma cantidad de gente que el año pasado. Unos y otras, repito, son de mi absoluta confianza en el ámbito del que hablamos.

Sorprendentemente, la Guàrdia Urbana, que el año pasado cifró la concurrencia en 30.000 personas, este año la elevó en una proporción importante: 38.000 (casi un 25% más), lo que significa que, en esta ocasión, o bien ha exagerado (si utilizó los mismos criterios de cuantificación del año pasado) o bien los ajustaría un poco, dado que el año pasado se quedó excesivamente corta, y los ha acercado más a la realidad. No lo sé.

En cuanto a los media, me quedo con dos titulares: el de «El Periódico», «El 12-O se estanca» y ¡atención! el de «Vilaweb», «Societat Civil Catalana, PP i C's fracassen en l'intent de mobilitzar l'unionisme». Vilaweb, sectario, como siempre, cuando trata del hispanismo, ha tenido con este titular un patinazo porque, sin quererlo -sin quererlo, en absoluto-, ha dicho una gran verdad implícita: ayer, en la plaza de Catalunya no estaba ni mucho menos todo el hispanismo (evidentemente, lo que pretendía Vilaweb era decir que el hispanismo -unionismo, lo llaman ellos- no da para más, pero esta vez la han pifiado solitos).

Efectivamente: el 12-O se estanca y SCC, PP y C's fracasan en el intento de movilizar al hispanismo. Y, efectivamente (y esta es la cuestión), todo el hispanismo de izquierdas, temeroso y desorientado y yo me atrevería a decir que mayoritario (pura percepción sin prueba de constatación alguna más allá de las cifras electorales desde hace treinta años), se quedó en casa.

¿Por qué se quedó en casa? Lo he dicho: por una parte, temeroso. Temeroso de encontrarse con una fiesta de la derecha y de sus sectores acaso más cavernícolas. Y es un temor fundado. Yo mismo, siempre que voy a estas movidas, me encuentro identificado con la gente que acude en el hispanismo propiamente dicho, pero, generalmente, en nada más. Con algunas excepciones, que afortunadamente las hay y no cuesta mucho encontrarlas, la mayoría de la gente proviene de sectores -ideológicos o sociológicos- del clericalismo más cerril, del españolarrismo más ciego o de ámbitos de la derecha más europeizados, más liberales, pero derecha a fin de cuentas. En el fondo, es curioso constatarlo, la perfecta simetría de los otros, de los independentistas que, por su parte, pero en el otro extremo, cojean de lo mismo.

Por otra parte, el hispanismo de izquierdas sufre de una tremenda desorientación. Una, inmediata, la muy confusa y bamboleante posición del PSC que, por más que de cuando en cuando salga por la petenera federalista, nadie -yo creo que ya ni los suyos propios- sabe a qué está jugando; o, bueno, la izquierda de la señorita Pepis, ya sabéis de quién hablo, tan bamboleante o más que los socialistas, pero en plan la puntita nada más, aunque con lo de esos ya cabe contar, no sorprende tanto como en el caso del PSC. Y otra, mediata, más de fondo, que es, efectivamente, histórica. Y esta es grave, muy grave.

Hay una característica muy particular en los conflictos civiles españoles: negar la españolidad al del bando contrario. Evidentemente, este sentimiento se exacerbó brutalmente en la última guerra incivil, por lo de siempre (la justificación de que no es una guerra entre hermanos sino contra diablos, contra herejes, o contra lo que sea, que no son ni pueden ser españoles) pero, además, por la particular circunstancia histórica de que un importante sector del bando perdedor se dedicó a hacer el imbécil gritando «¡Viva Rusia!» y llenándose de iconografía soviética (Lenin y Stalin; curiosamente, Marx salía más bien poco o, en todo caso, mucho menos), aparte de toda la coreografía de Internacionales diversas (cada facción tenía la suya), con lo cual cedieron alegremente la hispanidad al bando opuesto. Que, loco de euforia, se la apropió no menos alegremente.

El franquismo llevó al último extremo esta negación de la hispanidad del enemigo y la rotunda e inapelable afirmación de la propia, y lo del último extremo llega a lo cronológico, es decir, hasta el último momento. Recordemos el testamento político de Franco: «Creo y deseo no haber tenido otros [enemigos] que aquellos que lo fueron de España». O sea, sus enemigos eran enemigos de España ¿de qué otro modo podría ser sino?

La izquierda pudo aprovechar la transición para reivindicar como suya -no como exclusivamente suya, sino compartida con todo el pueblo español- esa hispanidad. Pero no. En lugar de eso, se alejó más todavía de ella, también consideró, a su vez, que la hispanidad, el hispanismo, eran cosas del franquismo. Nunca se vio una bandera española en un acto del PSOE o del PCE; mientras que, al contrario, se prodigaban -en una apropiación indecente y, desde luego, formalmente exagerada- en todos los actos y manifestaciones de la derecha. La idea, pues, quedó implantada en ambos bandos: para unos, el hispanismo, los símbolos nacionales, son fachas; para otros, sólo se puede ser español si se es de derechas: ¿cómo va a ser español un ateo, un comunista, un socialista, un republicano? ¡Jamás!

Ahora ha venido el independentismo y ha puesto en jaque a la entera hispanidad de todos: de derechas, de izquierdas, de centro y de p'adentro. El independentismo no discrimina: en el fondo, tan repugnante le resulta la España de derechas como la España de izquierdas. Y la España de izquierdas se encuentra patidifusa y sin saber qué hacer. Por un lado, se rebela contra el independentismo (como es lógico); por otra, le han enseñado que la bandera española, el concepto de Hispanidad, el hispanismo como actitud, son cosa de fachas. Se convoca un acto -importante, en fecha importante y en circunstancias históricas importantes- de reivindicación de lo hispano, de reclamación de la unidad contra el independentismo, ve que lo convocan varias entidades y lo apoyan los partidos de la derecha, mira a sus propios partidos y... no obtiene respuesta (el PSC, habiendo sido invitado, rehusó formal y expeditivamente participar en él). Rechazando a la derecha y rechazado por la derecha, el español de izquierdas se queda en casa, como he dicho, temeroso y desorientado.

Por eso tiene razón «Vilaweb» en su literalidad: SCC, PP y C's fracasaron ayer en el intento de movilizar al hispanismo. Y por eso tiene razón el titural de «El Periódico»: el 12-O se estanca. El hispanismo de derechas y el muy minoritario hispanismo de los que, por encima de la repulsión hacia o no comunión con la derecha, pensamos que España es lo primero, no damos ya para más. Ahí estamos todos, hemos alcanzado la cima numérica y nunca pasaremos de llenar la plaza de Catalunya. Si se le quiere dar un golpe numérico al independentismo, hay que movilizar a esa izquierda hispana, que existe y que es numerosísima; sabemos que lo es y sabemos dónde está, no le hacen falta autocares que recorran centenares de kilómetros: puede venir en metro.

Pero es un trabajo arduo que requiere la renuncia y la generosidad de amplias capas que, por negligencia o por ignorancia, no son capaces de llevarlo adelante. Y, suponiendo que se pusieran a ello, tardarían años en conseguirlo.

Si algún día el independentismo llegara a lograr sus fines -no será ahora, desde luego, pero nunca se sabe y el futuro es muy largo- mediten tanto las derechas como las izquierdas su parte de culpa, que es la misma. Y que, como queda dicho, es gravísima.