El Incordio

Nos están robando el conocimiento; nos están robando el futuro

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La patada en la puerta

De la serie: Correo ordinario

Había algunas cosas en el caso MegaUpload que me traían mosca, y no de ahora, no a raíz del asalto del FBI, quiero decir. Me refiero a que, a la luz de Napster (y mira que ya ha llovido desde entonces), me preguntaba cómo MegaUpload -y tantos otros- podían alojar en sus servidores contenidos sin autorización; por más que no los subieran propiamente ellos y se encogieran de hombros diciendo que eso lo hacían sus clientes y que ellos sólo ponían el servicio. El caso es que tener todo ese material en unos servidores propios los hacía vulnerables a un ataque como el que han sufrido o a otros parecidos, quizá menos espectaculares pero de igual resultado. Y, sobre todo, me preguntaba por qué MegaUpload -y tantos otros- han estado ahí tantos años y tan tranquilos pese a las iras, cada día más furibundas, de la muchachada del copyright.

Me preguntaba -y me sigo preguntando- por qué la histeria industrial no cargaba contra esos tan expuestos servidores mientras sí lo hacía contra pájaros mucho más pequeños y, sobre todo, contra los intermediarios, siendo así que, muerto el perro se acabó la rabia, caído MegaUpload y retirados de servicio activo otros hermanitos (cuando las barbas de tu vecino veas pelar…), las páginas de intermediarios, las tan odiadas páginas de enlaces, se han derrumbado estrepitosamente. Lo que, por cierto, provoca la graciosa situación de que la Ley Sinde se ha quedado como el gallo de Morón, sin plumas y cacareando, diseñada para cepillarse unas páginas de enlaces que ahora ya no enlazan a nada; es decir, PSOE, PP y CiU han pagado un precio político, han sufrido un desgaste considerable -sobre todo el PSOE- por atender a la voz de su amo… finalmente para nada, porque el amo los ha dejado, por la vía rápida, con el culo al aire. Ya se ha dicho siempre aquello de que Roma no paga a los traidores.

Hasta ahora nos contado que la investigación sobre MegaUpload venía de lejos (dos años) y que la protesta contra SOPA no tenía nada que ver, llevándonos arteramente a creer que el asalto a MegaUpload era, precisamente, una represalia contra esa protesta y, quizá, un aviso a navegantes. Pero ahora asoma por el horizonte la posibilidad de que MegaUpload tuviera ya preparado para ejecución inminente un proyecto que sí iba de verdad a hacer daño a la industria. La verdad es que la coincidencia mosquea, sobre todo cuando se vuelve a la idea de la cantidad de años durante los que MegaUpload operó tranquilamente pese a toda la escandalera. ¿Puede interpretarse que a la industria del ocio le interesa la existencia de la piratería y que el mal puede estar, precisamente, en que la piratería deje de serlo? ¿Teme la industria del ocio la aparición de nuevos -y perfectamente legales- modelos de negocio que no sólo no pueda controlar sino que puedan dar al traste con el suyo propio? Ahí queda eso, en todo caso…

Y, bueno, como era previsible, el personal ha regresado al viejo mete-saca, como se decía en aquella Naranja Mecánica de Burgess-Kubrick, es decir, a las redes P2P, a los torrents, a la artesanía clásica, y los olvidadizos de los antiguos hábitos vuelven a clamar por los foros para que alguien les recuerde cómo diantre se mapean los puertos. Caramba, casi se tiene la sensación del viejo marino que, después de años tierra adentro, vuelve a la orilla del mar a oler el aroma del aire cargado de salitre.

Mientras tanto, los corifeos de la industria del cachondeo largan impúdicamente sus bulos: que si la gente se ha lanzado a las salas de cine, que si están comprando como descosidos en los sitios legales… Nada, bolas así de gordas. Puede que en lo último, en los lugares de descargas autorizadas, sí que haya habido algún incremento, pero nada sustancial y meos aún las cifras con las que mienten con toda su inmensa jeta. Su único motivo de diversión, este sí, es el pánico generalizado que atenaza a los servidores cargados de contenidos no autorizados y el derrumbamiento, obvio, de las páginas de enlaces. Diversión que, por otra parte, tiene fecha de caducidad; incierta, al presente, pero la tiene. Pueden tener por absolutamente seguro que decenas de miles de manos están ahora mismo sobre los teclados tratando de desarrollar alternativas tecnológicas que hagan más eficiente y más impune la descarga. Y todo ese trabajo, en la inmensa mayoría de los casos, se está llevando a cabo sin el menor ánimo de lucro porque el odio incendiario que ha generado la rapacidad y la brutalidad del entorno del copyright es, por sí mismo, para muchísima gente, incentivo suficiente para los mayores esfuerzos. Por tanto, ya veremos cuánto tardan en volver los lloros y los clamores por lo mucho que les roban todo tipo de presuntísimos ladrones, piratas, filibusteros, corsarios y demás navegantes del no menos presunto mal vivir.

Sin embargo sí que ese asalto puede dejar unos daños colaterales de importancia, como es tan habitual cada vez que los norteamericanos entran por el sendero del mamporro y tentetieso. Me estoy refiriendo al ya recurrente hecho de la gente que utilizaba MegaUpload como alojamiento in the cloud de su documentación personal o profesional. Eso sí: no me gusta ser fariseo ni tomar por tontos a quienes me leen incluso en el hipotético caso de que algunos pertenezcan a las filas del enemigo. De ahí que rasgamiento de vestiduras y mesado de barbas, el justo. Y, en su virtud, diré que me cuesta mucho creer que empresas de envergadura y profesionales serios confiaran su documentación a inventos como MegaUpload que, por lo dicho ya al principio, ello constituiría una opción de riesgo. Por tanto, los daños colaterales cometidos sobre algunos presuntamente inocentes usuarios de MegaUpload, las víctimas de ese Guantánamo virtual al que hacía acertada referencia Víctor Domingo, tienen relativamente poca entidad, incluso en proporción al número total de usuarios de la cosa.

Sí me preocupa, en cambio -y debería preocupar a muchos-, como precedente. Porque el estricto precedente es que una compañía que se dedicaba a la cesión de espacio en servidores para alojar archivos particulares mediante e pago de una determinada cuota (es decir, un prestador de servicios TIC), ha sido tumbado por el uso que algunos -pocos o muchos- de esos particulares han hecho de ese espacio. La culpabilidad o inocencia en una posible tolerancia de ese uso por parte de los directivos de la empresa ya se determinará judicialmente, pero los jueces hablarán a toro pasado, y eso es lo grave. Eso es lo que queríamos impedir con la Ley Sinde y eso es lo que se pretendía impedir con la oposición a SOPA: la acción ejecutiva pre-judicial.

Porque lo que ahora ha quedado comprometidísima es la viabilidad de una de las tendencias de futuro más claras y más importantes de la Red y, por ende, uno de los negocios de mayor auge previsible, que es el hosting para el trabajo on the cloud en el que, además, muchas empresas estaban estudiando fiar, como clientes, la eficiencia de una alternativa a mantener un costoso sistema de servidores propios. Los daños causados, pues, por el pistolerismo norteamericano a beneficio del copyright pueden ser cuantiosísimos. Incluso para la propia economía norteamericana, con mucho más futuro en el desarrollo tecnológico que en los shows de la industria peliculera. Porque lo que se ha hecho tiene un nombre: responsabilizar al prestador de servicios por los contenidos de sus clientes. Esta tendencia ya la inauguró el Tribunal Supremo español, contra lo dispuesto en directivas europeas, lo que sumió a toda la industria tecnológica española en una inseguridad tremenda; ahora la reafirma, por vía ejecutiva y pasando directamente de jueces, la administración norteamericana y a efectos del entero mundo.

Veremos qué nos trae el futuro. Queda la esperanza de que los jueces norteamericanos declaren ilegal la acción del FBI y eso contribuiría mucho a tranquilizar a los prestadores de servicios TIC de todo el mundo que han quedado ahora en la cuerda floja. Muy floja. Pero esa decisión judicial va a tardar, me temo unos cuantos años, demasiados. Los daños van a ser tremendos.

El odio al copyright acabará pronunciándose como un juramento en los consejos de administración. Al tiempo.

Pearl Harbour

De la serie: Correo ordinario

Alguien dijo ayer que el número montado por el FBI para cerrar MegaUpload era en todo comparable al ataque de los japoneses a Pearl Harbour, recordando que éste provocaría una intervención en la Segunda Guerra Mundial que cambiaría el curso de ésta y, en definitiva, de la historia.

Está por ver. Está por ver si es para tanto… o si será para más.

La comparación con Pearl Harbour está bien hallada. Algunos han dicho que ayer empezó una guerra, la World War Web, pero yo creo que eso es inexacto, que esta guerra hace ya años que está desencadenada y que ya ha causado víctimas en los dos bandos: gente arruinada, caídos y desaparecidos en combate, zonas (virtuales) desoladas… Incluso en el curso histórico a largo plazo se encuentran antecedentes lejanos de lo que ahora está sucediendo: muchos hemos explicado con prolija reiteración que el tema del lagrimeo cocodrilesco por la piratería existe, como poco, desde hace cien años; y muy probablemente podríamos remontarnos a hace cuatrocientos o quinientos, ya en las épocas inmediatamente anteriores a la implantación del copyright en el mundo anglosajón y de las cédulas reales en el mundo hispano.

Se produce, además, en el contexto de la polémica sobre la llamada SOPA, un normativa norteamericana muy similar a la de nuestra Ley Sinde (que aún colea y lo que te rondaré, morena). El FBI lo ha negado, diciendo que llevaban dos años investigando a MegaUpload, que no es una operación improvisada, pero este argumento creo que demuestra justamente lo contrario: que siendo una operación de tan antigua procedencia y de tal largo alcance, no le venía de una semana o de un mes. Aunque quizá no atinemos a adivinar qué tecla concreta toca el asalto a MegaUpload en el piano de la SOPA, está claro que forma parte de la misma partitura.

Bueno, y, en definitiva… ¿qué pasa con MegaUpload? Pues absolutamente nada. Que habrá tres o cuatro fulanos que, tras un larguísimo y costoso proceso e inacabables recursos, quizá den con sus huesos en presidio (quizá así, entre rejas, aprenderán que cuando se tienen negocios… raros… es mejor vivir con discreción y no darle tres cuartos al pregonero), que, de momento, unos cuantos millones de usuarios se quedan sin el método más rápido para bajarse by the face películas y música y que, en unos meses -quizá más pocos que muchos-, surgirá otra alternativa más eficiente, más completa… y más dañina para la ambición de los talibanes del copyright. El caso Napster es ya un argumento recurrente en toda la red, por eso no lo ilustro con ningún enlace: basta con navegar un poquito en el ámbito del tema para encontrar la alusión en cuestión de segundos.

Puede no obstante, hacerse algún análisis e intentar algún ejercicio de prospectiva.

En el ámbito del análisis, me llama la atención -lo decía anteayer mismo en Ràdio 4 hablando de la SOPA- una diferencia entre la resistencia española y la norteamericana: la resistencia española contra la Ley Sinde tuvo un origen y un desarrollo puramente ciudadano, mientras que en la resistencia contra la SOPA se implicaron empresas tecnológicas potentísimas (y aún hubo unas cuantas que chaquetearon: si la cosa se pusiera más negra, el número de empresas resistentes aumentaría sustancialmente en cantidad y en potencia de fuego). Eso nos lleva a una triste constatación: en España no hubo resistencia empresarial porque no existe empresariado tecnológico, más allá de las telecos, que pasan de todo porque, de un modo u otro, su negocio está asegurado (en EE.UU. tampoco han presentado batalla contra la SOPA).

Esto puede ser importante porque ahí podría pasar como en la guerra de verdad: nunca una guerrilla ha ganado por sí sola una guerra; aunque fuera como remate final, para conseguir la victoria ha necesitado de un ejército regular o bien transformarse en uno la propia guerrilla. El ejército regular de la guerrilla ciudadana son las empresas tecnológicas; sólo podría prescindirse de éstas si esa guerrilla se convirtiera en un movimiento ciudadano amplio.

Movimiento ciudadano que constituye la segunda fase de esta guerra en Estados Unidos: los esfuerzos de los dos bandos van a dirigirse ahora hacia el amplio sector de la ciudadanía que aún no está en red. Y va a ser curioso ver cómo lo hacen y ver cómo resulta, porque vamos a asistir a una competición entre el glamour holliwoodiense y el empresariado que muy bien pudiese representar la recuperación económica, entre el raro placer en la contemplación de un lujo inalcanzable, sólo asequible a una bautiful y una siembra de puestos de trabajo que serán para todos.

En el caso norteamericano conviene no olvidar un factor importantísimo, esencial: que el tema Hollywood allí sí que es cultura de verdad. Me explico: todo el tiglado del ocio está al servicio del expansionismo norteamericano. Hace dos mil años, el imperio dominante emprendió la romanización de sus posesiones, romanización que no era la simple imposición de sus legiones sino algo mucho más profundo: la inyección de una entera cultura en los pueblos hasta el momento sojuzgados. Si vestimos pantalones vaqueros, si todas las fiestas navideñas tenemos a esa porquería triglicérica vestida de CocaCola, si últimamente nuestras fiestas de difuntos se van trocando por esa imbecilidad de halloween, si nuestras casas se parecen cada vez más a las de ellos, todo eso viene de Hollywood. Y sólo he hablado de signos externos: si nos fuéramos a las profundidades abisales de lo ideológico, la homogeneización resultante la veríamos muchísimo mayor. Por eso, el que Hollywood siga siendo lo que es, tiene para los Estados Unidos una importancia muchísimo mayor que el enriquecimiento brutal de cincuenta o cien consejos de administración, por poderosos que éstos sean. Es interesante tener esto bien claro para constatar qué clase de enemigo nos ha declarado la guerra.

Y ahora vamos a la prospectiva: ¿podría ser el dominio tecnológico una alternativa al dominio cultural? No lo sé, la verdad. Eso ya es cosa de sociología de altos vuelos y no sé definirme. Así, desde mi limitada perspectiva pienso que, aún como simple posibilidad, debería considerarse. En todo caso… Recuerdo una viñeta en uno de aquellos entrañables almanaques Agromán, en la que se veía a un soldado armado y equipado hasta los dientes ante un letrero que rezaba «Haz el amor y no la guerra», y el soldado decía: Y pudiendo hacer las dos cosas… ¿por qué privarse de nada?. El acuerdo entre las dos partes en pos de un único fin beneficioso para ambas, no sólo es posible sino muy probable. Que nadie piense que la industria tecnológica norteamericana cargará contra interese vitales norteamericanos.

Pero esto ya es, casi casi, geopolítica. ¿Qué puede pasar a corto o medio plazo?

Yo creo que quienes sueñan con el hundimiento de Hollywood y, en general, con la actual industria del entretenimiento, se equivocan. Basta con ver la historia: ante la aparición de nuevos modelos de negocio, la industria tradicional resiste encarnizadamente hasta el último momento… último momento en que se sube al carro del vencedor. Mientras tenga un dólar que ganar con el modelo clásico, no lo abandonará; pero cuando el hundimiento del modelo clásico sea verdaderamente inminente, cuando el colapso esté ya ahí, los viejos barraganes abandonarán el barco… para tomar el mando d una motonave ultramoderna. Repito, mirad el panorama: las mismas marcas, los mismos logotipos (quizá evolucionados, pero los mismos), las mismas empresas que hace cincuenta años. Con algunos agentes nuevos, claro, pero básicamente las mismas marcas. Los que combatieron los discos, acabaron fabricándolos; y lo mismo cabe decir de las cassettes, de las cintas de vídeo y de todo el material pirata contra el que pusieron el grito en el cielo. Acabarán entrando en la red y, en ella, seguirán siendo tan poderosos como antes. A menos, claro, que haya un cambio histórico, pero este habría de venir, probablemente, por otro lado y constituir el hundimiento de esa industria un efecto secundario. No puede predecirse tal cosa.

Sí que está en nuestra mano -en términos colectivos- precipitar ese colapso que lleve a la industria a adoptar los nuevos modelos de negocio, lo cual llevará automáticamente a normalizar la situación; y la industria tecnológica se ha manifestado claramente interesada en llegar a ese colapso (quizá, entre otras cosas, porque tiene mucho que ganar prestando servicios a la industria del entretenimiento).

Tenemos por delante desafíos inmediatos: el primero, va a ser el ya llamado Marzo Negro, promovido por Anonymous, una campaña que se va extendiendo por las redes sociales, consistente en que durante todo el mes de marzo, no se adquiera ningún contenido de esa gente, ni siquiera a título gratuito: no ir al cine, no comprar DVD, ni tampoco descargarse películas ni gratis ni pagando; no asistir a conciertos, no comprar discos y no descargarse música, ni gratis ni pagando. El propósito es realizar una demostración de fuerza metiéndoles un agujero negro en sus cuentas anuales de forma que el enemigo constate también el poder del consumo activista y se dé cuenta de con quién se está jugando los cuartos. El segundo desafío es el cumplimiento (o no) de la predicción Napster: ver si, efectivamente y tal como se viene vaticinando ampliamente, surge a corto o medio plazo una alternativa a MegaUpload -o una serie de ellas- mucho más eficaz, de mucha mayor envergadura, que cause un daño mucho mayor aún al enemigo.

La baza está en nuestras manos, el poder lo tenemos nosotros, lo he dicho muchas veces. La decisión que debemos tomar es, pues, si nos vamos a comportar como ciudadanos libres o como súbditos gilipollas.

No me hago muchas ilusiones.

Fiesta en la radio pública

De la serie: Pequeños bocaditos

Se cumplen hoy 75 años de la primera emisión de Radio Nacional de España. En condiciones luctuosas e indeseables, pues nació en plena guerra civil como medio de propaganda de uno de los bandos (el franquista, obviamente). Pero eso ya es historia.

Mi impresión personal, no sé si generalizadamente compartida o no, es que Radio Nacional de España es uno de estos casos, tan típicos en nuestro cutre país, en que tenemos algo de calidad y no lo apreciamos. Yo no sé si será exagerado comparar a RNE con la BBC, quizá sí, pero lo cierto es que Radio Nacional constituye una cadena de emisoras públicas, tradicionalmente llevada adelante por profesionales de fuste, que ha mantenido un muy alto estándar de calidad por encima de los oleajes partitocráticos que ha tenido que sufrir. Quizá porque, menospreciada la radio pública en favor de la televisión por parte de las ratas de los partidos, las agresiones manipuladoras han sido menos intensas y menos difíciles de soslayar.

Tres cuartos de siglo que hoy celebran unos profesionales pero que deberíamos celebrar, y con mucho fasto, todos los españoles. Una radio que nació como instrumento de propaganda al servicio de media España, es hoy la radio de todos, y es un medio de comunicación público de muy alta calidad.

Felicidades, pues, a todos los profesionales que han hecho posible esa historia y ese nivelón y felicitémonos, más que nadie, todos los españoles. Aunque la inmensa mayoría del paisanaje o no se entere o no le importe.

Y así nos luce el pelo.

Mecachis en la mar

De la serie: Pequeños bocaditos

La realidad puede muchas veces consagrar situaciones tan estúpidas que no tendrían credibilidad ni en el cine. Por ejemplo, con el asunto este del barco, el Costa Concordia. Desde el domingo, en que se conoció la noticia, todos los expertos se han preguntado cómo es posible que a un barco nuevo y con la tecnología más avanzada le pase algo como esto, que embarranque. Después, a medida que fueron sabiéndose más cosas, nuestra capacidad de asombro fue siendo puesta a prueba: primero, el barco que, desviándose mucho de su ruta (tendría que haber dejado la isla de Giglio a estribor, como puede verse incluso en los mapas de Google) pasó por el otro lado y se acercó excesivamente a tierra, cosa que, además, hacía habitualmente, si hemos de creer al alcalde del pueblo; segundo, la razón de acercarse más aún de lo imprudentemente habitual: el capitán, en plan amo del cortijo, quiso obsequiar al mâitre de a bordo acercándolo a su pueblo a fin de mejor saludar y ser saludado por sus paisanos. O algo así, porque la cosa sigue pareciendo increíble. En todo caso, ni al mismísimo Gila se le hubiese ocurrido llegar tan lejos.

El signore capitano embarranca 140.000 toneladas de barco de lujo y pone en peligro a 4.000 pasajeros y tripulantes (tan en peligro que, en el momento de redactar estas líneas se contabilizan ya siete muertos y dieciocho desaparecidos sobre los que cabe poco o ningún optimismo) porque quería hacerle una gracia al mâitre. Parecería que, en vez de Costa Concordia, el barco hubiera debido haberse denominado Costa Valencia, porque sólo Camps y su Bigotes hubieran podido montárselo igual de cutre.

Alucinante.

Con todo el respeto al drama de los muertos y desaparecidos y al sentimiento de sus deudos, un acontecimiento tan chabacano sólo me remite a los párrafos de una conocida habanera que ilustra muy bien lo que parece que sucedió:

Cuando en la playa la bella Lola,
su larga cola, luciendo va,
los marineros se vuelven locos
y hasta el piloto pierde el compás.

Ay que placer
sentia yo,
cuando en la playa
sacó el pañuelo
y me saludó

A ver si no.

Así será si así queréis

De la serie: Rugidos

Y cuando en la hispana tierra
pasos extraños se oyeron
hasta las tumbas se abrieron
gritando: «¡Venganza y guerra!»

Esto es lo que habéis querido y esto es lo que vais a tener.

#LeySinde
#RedResiste



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