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Paella: los tropiezos

July 2nd, 2009 por Javier Cuchí

De la serie: Los jueves, paella. Ahí va el segundo plato

Reanudamos con este segundo post la paella que hoy he dividido en dos al haberse alargado exageradamente el primero. Pero, sin embargo, vamos a mantener vivo un factor común con el anterior: Barcelona. Paella larga y barcelonesa en su totalidad…

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Veo en «El Periódico» de hoy que los de Iniciativa per Catalunya-Els Verds se preguntan dónde estará su carro; vamos, que van a investigar qué pasa en las zonas donde su pérdida de votos es más sensible y más inexplicable. Hombre, yo les daría unas cuantas ideas, pero no es esto lo que me ocupa ahora. Lo que interesa de la historia esta es que, en sus elucubraciones, asignan parte de sus pérdidas al fracaso del Fòrum aquel que se inventó Clos (Fòrrum, para los amigos) y a la culpabilización que los ciudadanos les hicieron en parte alícuota por la desastrosa política del anestesista y por el modelo de ciudad -altamente antipático- simbolizado por el fiasco.

Me hace mucha gracia que se autodefiendan diciendo que ellos se opusieron a ese modelo de ciudad. ¿Nos toman por imbéciles -además de por pringados- o qué? Ellos se opusieron como esta peña se opone a todo: incontinentes, calan el chapeo, requieren la espada, se van… y no hay nada. Ni siquiera rompieron el tripartito. ¿Y se quejan de que la cosa tuviera un coste electoral? Barato les ha salido, incluso…

Lo que me extraña es que llamen al Fòrrum «fracaso». Hombre, el certamen, el Fòrum [Universal de las Culturas] fue ciertamente un fiasco, pero es que eso se veía venir hasta tal punto que incluso Aramís Fuster hubiera podido predecirlo; aquello apestaba a alianza de civilizaciones y este tipo de inventos no se los cree ni el portavoz del Gobierno. No interesó a nadie, ni de dentro ni de fuera, y para mí que los únicos que se lo creyeron fueron los que creyeron que iban a dar el pelotazo de su vida con restaurantes, merenderos y otros servicios de paga mucho, come poco, mal, de pie y deprisa, calla y no mires lo que hay dentro del pan. Se lo creyeron, pero tardaron poco en aterrizar.

Hasta aquí el fracaso. ¿Dónde más se fracasó?

El fiasco fue pagado con dinero público, con dinero de todos los ciudadanos. Aún se está pagando y estaremos aún muchos años soltando pasta a cuenta de esa mierda. Por más que se hicieran unas cuentas del Gran Capitán de los que luego resultó que la cosa había salido incluso rentable: haces eso en una empresa privada y a estas horas todavía estás en la mazmorra cuadrando los números. Pero como, repito, era dinero de todos los ciudadanos, pues ni cuadratura, ni mazmorra, ni nada y si fracasó, que les den por el culo. So lilis.

Se hicieron barrios nuevos. ¡Hombre! Sí señor: se recalificaron solares por un tubo que se entregaron baratos a un montón de especuladores y hubo no mucha gente que hizo muchísima pasta. Allí, han construido un barrio artificial que hasta que reventó la burbuja vendía pisos a unos precios demenciales (o sea que a muchos ya puedes irles detrás con la burbuja, la crisis y soplando en una flauta).

Y quedó un espacio de uso público con el que no saben qué hacer, porque aquello cae donde Cristo perdió el gorro y nadie va por las buenas, salvo al macrocentro comercial. El famoso triángulo y aquellos espacios maravillosos que habían de ser asombro del mundo, han quedado para ser usados como rockódromo, discotecódromo, follódromo, drogódromo y atracódromo. Incluso han tenido que cerrarlos y alambrarlos para que no se deterioraran en invierno (en noviembre o febrero no van por allí ni los de Al Qaeda; y de noche, menos).

Pero todo eso da igual. Los que tenían que levantar una gran pastizara ya la levantaron. Clos fue premiado con un Ministerio de Industria en el que hizo el ridículo a más no poder (como era previsible, por otra parte) tras lo cual se le propinó un puntapié (hacia arriba) como embajador en Turquía. Nadie conocía la carrera diplomática del anestesista y alcalde más nefasto que ha conocido esta pobre ciudad, ex aequo con Porcioles, pero allí lo tienes…

Viendo cómo y dónde están los protagonistas de aquel monumental timo cívico y dejando aparte -como se suele- el interés de los ciudadanos… ¿dónde está el fracaso?

Yo no lo veo.

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Hablaba ayer mismo de la última pachangada del achuntamén, consistente en tocar el pito para que todos los ludómanos, desocupados, aburridos y tontos del culo de la ciudad -que, juntos, son legión- fueran a hacer el burro por la calle con motivo del show bicicletero con sede en el país vecino, que a saber lo que habrá costado (de nuestro dinero) que venga aquí de paseo a beneficio… a beneficio de unos cuantos, desde luego -seguramente la gentecilla del Gaspart ya ha hecho las cuentas-, que no tienen nada que ver con el común de los ciudadanos.

Ahora bien, los ciudadanos, por otra parte, no tenemos demasiado derecho a quejarnos de que se hagan estas cosas con nuestro dinero si cuando el alcalde toca generala va todo el mundo como loco a hacerle el caldo gordo al invento.

Lo que nos costará averigua cuánta pasta consiste en la gilipollez de hacer una ola con cartones amarillos cuando lleguen unos tíos pedaleando en calzoncillos, y para ello se precisan los siguientes ingredientes:

· Una montonada acojonante de guardias urbanos
· Otra montonada acojonante de Mossos d’esquadra
· Bomberos, ambulancias y demás servicios de emergencia
· Los cartones amarillos (*)
· La gestión de todo el tinglado a cargo de la reglamentaria empresa privada
· Gastos de representación y dietas por un tubo. Darse cuenta de que la gente esta que llega suman, entre pitos y flautas, cuatro mil quinientos especímenes del género humano.

(*) Los cartones amarillos comprenden:

1) Consultoría
2) Diseño
3) Impresión y manipulación
4) Distribución

No os creáis que esto de los cartones amarillos es cosa de ponerse a recortar y ya está. No, no, esto tiene que hacerlo un diseñador de mucho tronío y por lo menos dos (quizá tres o quizá aún más) de empresas afectas al régimen municipal tendrán que embolsarse una parte del gasto (del gasto a que se nos obliga a los ciudadanos, ya se entiende).

El alcalde sabrá -que nosotros no: esto es transparencia, sí señor- lo que nos ha costado (y en qué moneda) que vengan aquí todos esos individuos (e individuas, no se nos vaya a cabrear IC-EV). Esto de los deportes -tan educativos, tan ejemplares- y estos espectáculos internacionales del calzoncillo lanzado, los controlan empresas que no dan puntada sin hilo y que se hacen pagar muy cara la presencia del circo que controlan. Toda esa peña no ha venido a Barcelona porque le haga gracia mojar el culo en las playas de la Barceloneta, sino porque ha sido llamada, pretendida y suplicada y su presencia se habrá conseguido en ardua y fiera competencia con otros candidatos. ¿Quién paga todo esto? ¿Gaspart y su banda? Y una mierda.

A todo esto, dos días (porque la juerga dura dos días: el que llegan y el que se van) con media ciudad cortada. El segundo, el día que se van, van a empezar a tocar los cojones a una hora tan limpia de tráfico como las nueve de la mañana y parten la ciudad por el eje, por su justa mitad, trazando una línea de atascos y cagamentos que va de mar a montaña y hasta la una del mediodía, más o menos.

Falta un año para las municipales: recordemos que esto quisimos y esto tuvimos. A ver si a la próxima acertamos.

Que va a ser que no. Todos son iguales.

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Pues ya está servida esta inaudita paella en dos entregas. Esto no lo habíais visto nunca ¿eh?  ;-)

La próxima será el jueves que viene, día 9 y día de autos, precisamente, el día que llega el número de los tíos estos del calzoncillo en bici a las tres de la tarde. Menos mal que, según el recorrido previsto, no me van a interceptar nada, aunque, por si las moscas, correré a casa a cerrar las escotillas. Distinto será al día siguiente, que pasará el circo por delante de mi trabajo y por el de mi mujer. Si oís una voz femenina soltando unas injurias horrorosas porque una caterva de mierdas le impide acceder al domicilio de uno de sus enfermos, esa es mi chica.

Ya verás, ya…

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Paella: el arroz

July 2nd, 2009 por Javier Cuchí

De la serie: Los jueves, paella. Este es, hoy, el primer plato

Sí, queridos. Como resulta que la primera entrada de la paella se me ha alargado exageradamente, voy a servirla hoy en dos platos a modo de cocido: primero el arroz y luego los tropezones. Así me hago perdonar los tres jueves de hambre que os voy a hacer pasar (whoooooohohohohoho) dentro de unas ya breves semanas.

;-)

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Me llama una amiga y me cuenta -muy amostazada, por decirlo suavemente- que se ha montado una especie de plataforma que exige la dimisión de Juan Antonio Samaranch como presidente honorario del Comité Olímpico Internacional por su pasado franquista. Intento, más que tranquilizarla, resignarla: no hagas caso, vivimos tiempos de chiquilicuatros y de chiquilicuatres y esto es lo que hay, la cosa no da para más. Y continúo diciéndole que probablemente serán jovencitos o gentecilla de la generación zapaterista, de esos frustrados porque no vivieron el antifranquismo ni la transición, y así como los norteamericanos se inventaron a Rambo para ganar la guerra de Vietnam, los de aquí se han inventado -mejor dicho: han retorcido hasta lo imposible- lo de la memoria histórica para ganar una guerra civil que encima, los muy gilipollas, se creen que perdieron cuando, en su caso, la perderían sus bisabuelos. Para perder, niñatos de mierda, primero hay que combatir, así que menos lobos, Caperucita.

Pero no. Miro la página web en cuestión y no parece cosa estrictamente propia de imberbes atontados -aunque hay unos cuantos de ellos, según todas las apariencias, apuntados con entusiasmo a la cosa- sino de otro género de gentecilla, básicamente ultranacionalistas. Y me quedo, no diré que de pasta de boniato, porque a estas alturas ya es difícil que nada pueda sorprenderme, pero sí en un estado algo catatónico. Hay gente que o es imbécil o funciona con una mala fe como para patearle los huevos hasta la desintegración del zapato. O sea, que o cree que no tenemos memoria o lo que intenta es llevarse al huerto a quienes, por razones de edad, no pueden tenerla. Respectivamente.

Lo primero que me viene a la cabeza -lo primerísimo- es que, hombre, esta pretensión, esta plataforma, hubiera resultado mucho más coherente y mucho más ética en 1990 o 1991, aunque no hubiera Internet. Pero resulta que en 1990 o 1991, los sectores de los que procede la gentecilla promotora de la cosa esta meaban colonia Lavanda Puig con la coña de las olimpiadas, que veían como la mejor plataforma mundial de su Catalonia is a opressed nation y otras gaitas (¡ups! perdón: sacs de gemecs) similares. Todavía veo en «La Clave» al tío aquel que entonces era no sé si mandamás o mandamucho en ERC, aquel Colom, pregonando, agitado y apocaliptico, que la olimpiada era de Catalunya y no de España. Parece que entonces el asunto de que Samaranch hubiera sido un alto preboste franquista no tenía ninguna importancia, incluso era políticamente muy incorrecto mencionarlo. Y conviene no olvidar que la olimpiada de 1992 vino a Barcelona por los cojones de Samaranch, que era el amo absoluto del COI. Si no… ¿de qué?

Y en 1990 o 1991, incluso antes, yo, aunque por motivos distintos, les hubiese apoyado gustoso, no tanto para cepillarme a Samaranch, cosa que no me produce ni frío ni calor -ahora iremos a ello-, sino porque yo fui un escéptico olímpico y, personalmente, hubiera preferido con mucho que la olimpiada se la dieran a Sevilla y Barcelona hubiera acogido la Expo; creo que a ambas ciudades nos hubiera aprovechado mucho más esta alternativa que lo que hubo. Sin perjuicio de reconocer -las verdades hay que decirlas enteras y todas- que fue un privilegio vivir en aquella Barcelona pre-olímpica y olímpica en la que todos los ciudadanos -incluso los escépticos- nos aunamos en una ilusión y un esfuerzo de dimensiones históricas ante un desafío que parecía imposible y que vencimos con un éxito rotundo y sin precedentes. Yo creo -lo he dicho alguna vez- que ocasión tal no se había visto desde el 14 de abril de 1931. Luego vino la Barcelona post-olímpica y fue el llanto y el crujir de dientes. Pero esa ya es otra historia.

Hay un libro de Ignasi Riera, «Los catalanes de Franco», que recomiendo muy calurosamente, y que explica muy prolijamente, con fechas, nombre y apellidos, cómo la alta burguesía catalana se alineó con el franquismo. Lo que pasa es que también se alineó una buena parte de la baja burguesía y hasta un sector quizá minoritario, pero no menguado, de la clase obrera. En realidad, muchas de estas alineaciones o presuntas adhesiones no son más que historias de pura y simple supervivencia. No estamos hablando de una dictadura de cinco o diez años: estamos hablando de un régimen que pervivió casi cuarenta años, casi dos generaciones enteras, que marcó la vida de tres (sin contar las secuelas que intentan alargar ahora ciertos botarates) y que en todo ese tiempo, luchas o conformidades aparte, hubo que seguir viviendo, hubo que seguir trabajando, hubo que seguir llevando pan a casa, yendo diariamente al trabajo, abriendo cada día la tienda. Muchas de estas cosas no podían material y oficialmente hacerse fuera del Régimen. Los funcionarios -todos los funcionarios de la época y no pocos de épocas anteriores- tuvieron que jurar los Principios del Movimiento Nacional, tanto si les gustó como si no, de la misma forma que ahora tienes que jurar o prometer -igualmente a la trágala- la Constitución. Y quien dice funcionarios dice, por simples pero en absolutos únicos ejemplos, jueces, presidentes y decanos de colegios profesionales, catedráticos y profesores universitarios, y un etcétera larguísimo. ¿Fueron todos franquistas? Habrá que recordar que en julio de 1969, dentro de tres semanas hará, justitos, cuarenta años, el vigente monarca juró, como Príncipe de España, los Principios Fundamentales del Movimiento.

Muchas actividades, entre ellas, el deporte, caían bajo la férula directa de la estructura del partido único. El deporte se gestionaba desde la Delegación Nacional de Deportes que dependía de la Secretaría General del Movimiento. Digamos, para que los chavales de ahora lo entiendan, que la Secretaría General del Movimiento era como un ministerio (de hecho, los secretarios generales eran ministros, con el título de «ministro secretario general del Movimiento») y las delegaciones nacionales un a modo de direcciones generales. Otro ejemplo: hasta muy avanzado el Régimen -a mí no llegó a tocarme, pero no hacía muchos años que había desaparecido la cosa- todo estudiante universitario quedaba automáticamente encuadrado, por el sólo hecho de matricularse, en el SEU, el sindicato estudiantil falangista. ¿Todos los licenciados universitarios anteriores a -pongamos- 1965 fueron franquistas? Como digo, esto a mí no llegó a alcanzarme, pero a las compañeras que se matricularon en la Universidad en aquel año de 1972, la matrícula les fue aceptada condicionalmente a que durante el curso realizaran el servicio social (gestionado por la Delegación Nacional de la Sección Femenina) o alcanzaran (matrimonio, orfandad, etc.) la exención de su obligatoriedad. ¿Todas fueron franquistas? Se dirá que no, claro, que la afiliación al SEU era automática y el servicio social era obligatorio. Pero -respondo yo- también podía uno renunciar a la Universidad y no pasar por el tubo, esa libertad sí existía. Y se me duplicará que eso es una barbaridad, que renunciar a una carrera para no pasar por ese estúpido aro es algo absurdo, desproporcionado y, por tanto, inexigible. Exacto, es verdad. Lo que pregunto yo, entonces, es por qué esa tolerancia hacia el universitario y esa intolerancia -en prácticamente lo mismo- al empresario o al servidor público vocacional.

Samaranch procedía de una típica familia catalana de empresarios textiles, gente de mucha pasta. Su familia hubo de pasar, más o menos a gusto (esto lo sabe cada cual) por el aro del franquismo, como todo quisque. Y a Samaranch le dio por lo del deporte, ya ves tú. No habrá cosas interesantes en la vida para un tío con todas las oportunidades a su disposición y este tuvo que tirar al calzoncillo. Pero, en fin, le dio por ahí. Le dio por ahí no tanto por practicarlo (no sé si él mismo era muy deportista o poco o nada) como por gestionarlo. Y si en tiempos de Franco uno quería gestionar deportes, pues hala: a la Delegación Nacional de la cosa. Y allí, ya sabes, el uniforme de bombero, como le dijera un ordenanza del achuntamén a Eugeni d’Ors, cuando éste regresó a Barcelona después de la guerra ataviado reglamentariamente: guerrera negra y camisa azul.

Samaranch llegó a donde llegó escalando puestos en el régimen de Franco. A ver qué vida: ¿iba a llegar al Comité Olímpico Internacional como jefecillo de una célula clandestina de la oposición?

Lo de la plataforma esta tendría alguna razón de ser -en su caso- si Samaranch hubiera sido un típico hombre del Régimen (como lo fueron, mira por dónde, Martín Villa, Adolfo Suárez, Manuel Fraga y muchos otros, que la lista es larga), un trepa franquista al que la flauta del triunfo internacional le hubiera sonado en el tema del deporte tras pasar -pongamos por caso- por Obras Públicas, por Gobernación y/o por Educación. Pero, aunque ocupó diversos cargos de carácter civil o político -presidente de la Diputación de Barcelona, embajador de España en Moscú- todos ellos iban orientados hacia su promoción como gestor deportivo. El último cargo, el de Moscú, se le dio, de hecho, para que pudiera hacer cómodamente lobbyng para acceder a la presidencia del COI a la sombra de los Juegos Olímpicos que se celebraron en aquella ciudad.

Por lo demás, me cabrean sobremanera estos antifascistas de la señorita Pepis que se instituyen en inquisidores y en dispensadores de bulas, a saber con qué autoridad moral. A un hombre sólo se le puede juzgar por sus actos y, que yo sepa, Samaranch no tuvo participación ni directa ni indirecta, ni próxima ni lejana, en ninguna barbaridad. Siendo así, ahí se acaba todo.

Porque juzgar a alguien por sus ideas, sin más que por sus ideas, cualesquiera que éstas sean, y no digamos, buscarle un perjuicio por razón de esas ideas, sí que es fascismo en el peor sentido de la palabra.

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Venga, comerla ahora, que está calentita. Voy a por el segundo plato.

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Fina estrategia

July 1st, 2009 por Javier Cuchí

De la serie: Rugidos

Recuerdo, hace muuuuchos años, que a Alfonso Guerra le daba por tener saliditas graciosas con la gente, por lo menos hasta que su hermano tuvo otro tipo de salidas y entonces los que empezaron con saliditas -pero no tan graciosas- fueron los ciudadanos hacia Alfonso Guerra quien, al final, tuvo que tomar la salida, pero la de verdad, la que se practica pasando por la puerta.

Ello no obstante, algunos de sus desplantes tenían una cierta gracia, una cierta elaboración intelectual, como si dijésemos, como cuando dijo de cierta ministra de UCD que parecía el retrato del príncipe Baltasar Carlos a caballo vestido de Mariquita Pérez. O cuando, con menos elaboración pero probablemente con mayor acierto en el imaginario, tachó a Adolfo Suárez, y ahí quería yo llegar, de «tahúr del Mississipi con chaleco floreado».

Y quería llegar ahí porque el dicharacho de Guerra ya no me recuerda hoy, treinta años después, a Adolfo Suárez -que bastante tiene el pobre con lo que lleva- sino precisa y exactamente a sus compañeros de hoy. A sus compañeros en el Gobierno. Incluso me pregunto si la figura a la que aludía Guerra en su parangón cinematográfico no será demasiado delicado, excesivamente refinado para ser aplicado a la tribu en el poder.

Porque tahures del Mississipi no sé si lo serán, pero cutres y tramposos como ellos solos, vaya que sí.

Llevo ya algunas semanas con la mosca tras la oreja desde que la Sinde soltó aquello de internautas somos todos. Bueno, pensé inicialmente, si ahora se cae esta del guindo, ya se dice que nunca es tarde si la dicha es buena, aunque, la verdad, tiendo a valorar más bien poco las paupérrimas opiniones de esta triste señora que seguramente pasará a la pequeña historia política de este país como la encarnación de una de las más características cagadas de Zapatero.

Pero a base de ir ella insistiendo en el asunto (ya digo que son muy cutres), comprendí la maniobra concebida en un alarde de inteligencia y fina estrategia: se trataba, de alguna manera, de hacer decaer la representatividad de la Asociación de Internautas sobre la base de sostener que nos habíamos apropiado de un nombre que pertenece a todos los internautas.

En su ignorancia y en su mala fe, que de tan supinas se acercan a lo abyecto, doña Sinde y sus… bueno, sus asesores o lo que quiera que sean, meten el remo hasta el corvejón. Indocumentados, desconocedores de todo, creen que son Napoleón cuando no tendrían talla ni para llevarle el botijo a Viriato. Así son los políticos y, especialmente, estos de ahora y estos de aquí. Menos mal que Pablo Iglesias está muerto porque si levantara la cabeza y viera a su propia tropa yo creo que hasta correría a alistarse… qué se yo (no, tanto como al PP no me atrevo a decir, aunque confieso que se me ha pasado por la cabeza)… pues igual a los Jesuitas o a la Legión, vete a saber…

A ver, doña Sinde, tome nota, si recuerda cómo se hace…

Yo no voy a decir tanto como que en 1998 la palabra «internauta» no existía. Yo no recuerdo que existiera, la verdad, pero tampoco voy a descartarlo frontalmente. Digamos, en rigor, que si existía como neologismo, apenas se usaba; esto puede comprobarse fácilmente utilizando cualquier buscador y pocas veces -para no decir ninguna- encontrará la palabra internauta desvinculada de la AI con anterioridad a 1998. Bien: a finales de 1998, se funda la Asociación de Internautas y lo del nombre, precisamente lo de internautas, tuvo su historia. ¿Sabe usted pinchar un enlace dilecta ministra y experta internauta? Pues aquí está muy bien explicadita esa historia, vivida y contada por el actual vicepresidente de la entidad y uno de sus fundadores.

Fíjese, pues, que al revés te lo digo para que me entiendas: la Asociación de Internautas no ha usurpado una denominación genérica para hacer populismo, como usted parece querer inducir a conclusión (de una manera, por cierto, asaz negligente); ha sido la propia adhesión de los internautas, la asunción masiva de esta palabra como propia, la que la ha hecho genérica. Tanto, que en catalán ya existe en el diccionario normativo; en castellano, aún no, quizá porque este que suscribe no se ha dedicado -porque no ha podido, entre unas cosas y otras- a un encargo que se le hizo en Junta hará ya cosa de dos años: tocar un par de teclas próximas a la Real Academia para promover su incorporación al DRAE (aunque también hay que decir que no hubo que tocar tecla alguna para que la Secció Filològica del Institut d’Estudis Catalans la incorporara a nuestro DIEC, parece que en algunos sitios se la cogen con papel de fumar menos que en otros).

Vamos ahora a lo de la representatividad.

Mire usted, dilectísima ministra y ducha internauta: la Asociación de Internautas es lo que es y nada más -valga la perogrullada-; una entidad que agrupa a una serie de señores (y unas pocas señoras, aquí no hay paridad, qué más quisiéramos, pero no nos la podemos inventar) empeñados en cumplir unos fines estatutarios. Estos fines estatutarios, como somos así se cachondos, no empiezan y terminan en los socios -esto no es un club de fútbol ni una cooperativa de consumo-, sino que llevamos a cabo unas reivindicaciones que queremos para nuestro entero país, algunas de las cuales son por usted bien conocidas: que la banda ancha sea un servicio universal, que su precio sea asequible, que los derechos civiles se respeten en red, que la privacidad de los ciudadanos esté a salvo, que las administraciones públicas usen software o, como mínimo, formatos libres y otras cosas de menor amplitud histórica (que no menor importancia) como que supriman el canon de una puta vez o que la quiten a usted de enmedio (políticamente, ya se entiende). ¿Que quienes somos nosotros para pretender tanto? Pues unos simples ciudadanos que pretenden lo que les da la gana en uso de sus libertades de opinión, de reunión, de asociación y de todo los que nos sale del… bueno, eso.

Y resulta que millones de ciudadanos -la inmensa mayoría de los internautas españoles- pretenden exactamente lo mismo. Y esa es nuestra representatividad: tan cierta como eventual. Porque la Asociación de Internautas no crea opinión, únicamente suscita adhesión. Mientras lo que nosotros pretendamos coincida con las de los ciudadanos, seremos representativos; y el día en que lo que nosotros pretendamos al común de los ciudadanos no les cuadre, nos enviarán a hacer puñetas. ¿Quiere usted que los ciudadanos nos envíen a hacer puñetas? Es muy fácil: hágales usted propuestas creíbles (no se las encargue a su jefe, que no cuela) que mejoren aquello a lo que nosotros aspiramos. Y entonces nos dirán: hala, carrozas, id al cementerio de los elefantes, que eso que nos trae la Sinde le da ochenta vueltas a ese rollo que os lleváis vosotros. Y usted, empuñando victoriosa una espada flamígera, será coronada en triunfo mientras su piececito calzado con pieles ricamente aderezadas y armado con espuelas de oro pisa disciplente nuestros cuellos de bestia agonizante. Vae victis!

Y ahora usted, señora ministra, puede coger la palabra representatividad, hacer con ella pasta para buñuelos y metérselo todo por donde le quepa: la representatividad, la pasta y los buñuelos. Ande, ande y vaya a decirles a los ciudadanos que nosotros no somos representativos, que aquí la representativa es usted, cuyo nombramiento colmó las aspiraciones democráticas de todos los españoles. Pero conténgase, ¿eh? Con un poco de cachondeo es suficiente, no vaya a ocurrírsele llamarlos «imbéciles» con todas las letras.

Déjese de historias: si les tenemos a ustedes preocupados -¡muy preocupados, y eso es notorio!- no es porque cuatro, cuarenta, cuatrocientos o cuatro mil socios andemos dando la tabarra. ¡Pobres de nosotros! ¿Cómo íbamos nosotritos, cuatro mindundis, a preocupar a todo un Gobierno? ¿Cómo íbamos a poder hacerlo? ¿Cómo íbamos a poder hacerlo, señora ministra, si no contáramos con el apoyo de la ciudadanía que siente suyas nuestras reivindicaciones precisamente porque nosotros las planteamos pensando en el conjunto de la ciudadanía?. Somos lo que somos precisamente porque nos arropa la entera ciudadanía, no por otra cosa. Y esto es lo que a ustedes les jode.

Hala, pues. Mejor suerte en otra ocasión. Dígale a esa eminencia gris, a ese genio en la sombra que la asesora (porque no me dirá que ese montajito de mercadillo de saldos es idea suya ¿eh?) que coma muchas sopas, que aún no da la talla. Que para llegar a Mazarino aún le falta mucho.

Al artista.

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¡Al Velázquez! ¡Ar!

July 1st, 2009 por Javier Cuchí

De la serie: Correo ordinario

Todavía con la inercia del reciente artículo sobre los museos, me viene a la memoria una exposición monográfica sobre Velázquez que organizó el Museo del Prado hará cosa de unos veinte o veintidós años. Recuerdo que, en aquel entonces, fuimos a pasar un fin de semana a Madrid mi mujer y yo; cuando íbamos a Madrid solíamos tomar un Talgo muy cómodo y agradable que salía a las once de la noche de la estación de Francia y te depositaba en Chamartín a las ocho de la mañana, con la cara lavada y recién peiná, y nos quedamos sorprendidos de lo inusualmente larguísimo que era el tren el fin de semana en cuestión. Nos explicaron que era por la exposición (irrepetible, decían) de Velázquez. Ciertamente, había sido muy publicitada y los medios de comunicación, de manera prácticamente unánime, no habían escatimado botafumeiro para la cosa.

Yo, que nunca acabo de aprender a estar de vuelta de todo cuando se trajina a masas enteras, me asombré hasta lo infinito. Pero, bueno… Velázquez era el pintor del Rey, de Felipe IV, y, por tanto, como es lógico -y sabe perfectamente cualquier habitual del Museo del Prado- lo más y lo mejor de Velázquez está ahí, en el Prado, con plaza fija. Como una de las cosas que hacemos siempre que vamos a Madrid, si vamos por ocio (o, siendo por trabajo, si tenemos dos o tres horas libres), es darnos una vuelta por el Museo del Prado, aquel fin de semana nos acercamos. Mi asombro se multiplicó: ¡la cola para acceder a la exposición velazquiana era inmensa, larguísima! Perfectamente comparable a las taquillas de un campo de calzoncilleros en víspera de final tremenda. ¡En un museo! El daño colateral consistió en que, si bien no tan exagerada, también había una cola notable para la entrada general.

Íbamos a dejarlo correr, porque considero las colas como un fenómeno típicamente soviético, degradante, indigno de un país desarrollado, no importa a qué fin se hagan, y les tengo casi tanta alergia como a las aglomeraciones de gente, de modo que las evito como el mearme en la cama salvo que sea irremediable (que casi siempre tiene que ver con algo obligatorio o de otro modo insoslayable), pero algo se me encendió en alguna parte y persuadí a mi mujer para que nos quedáramos; por supuesto al museo común.

Y, efectivamente: allí estaban los cuadros de Velázquez de siempre, y donde siempre. La irrepetible exposición estaba en salas aparte. No me importa decir que me colé (era facilísimo y no fui, ni mucho menos el único). Y me colé no al malévolo fin de disfrutar de un bien cultural sin abonar la justa compensación al autor y toda la cagarela sino al de satisfacer mi curiosidad sobre qué carajo de Velázquez se estaba exponiendo allí. Conclusión: salvo un cuadro realmente importante traído de Londres, todo lo demás eran obras menores -algunas de ellas muy menores, si me perdonáis la expresión- traídas de diversas colecciones privadas que hacían, efectivamente, de muy difícil repetición la exposición monográfica en cuestión, pero que tampoco la hacían nada del otro mundo.

Era tan pobre, cuando menos en relación al fondo habitual que puede verse cualquier día del año en el Prado, que si llega a realizarse esa exposición en Barcelona y hubiera sabido en qué consistía, probablemente no me hubiera tomado siquiera la molestia de acudir (y más, previendo la cola correspondiente). Me he perdido, en cambio -dicho sea entre paréntesis- la exposición de Sorolla, por aquello de que un día por otro nunca encontré momento y cuando quise darme cuenta, mec, ya se había ido. Dentro de muchos años aún estaré lamentándolo, como me lamento aún por lo que explico en el párrafo siguiente.

Tres o cuatro años antes, hacia 1982 o 1983, no recuerdo con precisión, pasé varios días en Madrid realizando unas oposiciones, con lo que, obviamente, tuve tiempo para hacer muchas cosas entre las que se contaba, casi en primer lugar, la visita al Prado. Y pillé, por pura casualidad, porque no había sido en absoluto divulgada, una exposición monográfica sobre El Greco que era para echarse a temblar de puro síndrome de Stendhal. Aquella sí que era verdaderamente irrepetible y aquella sí que reunió un fondo valiosísimo e imposible en España. Siempre he agradecido al Espagueti volador que me hubiera puesto aquella colección maravillosa a tiro. La disfruté como un enano, aunque el recuerdo es agridulce porque todavía me corrompo por un error que cometí: no compré el catálogo de la exposición. Yo iba bastante canino y costaba cuatro mil inabarcables pesetas de las de entonces, pero me he tirado un cuarto de siglo reprochándome agria y amargamente no haberlo comprado aún al coste de una semana a pan y agua. Errores de juventud, qué le vamos a hacer…

Dicho todo esto, y a la vista de ello, no me extraña que el patio cultural sea en España una cuestión de chorizos y macarras, como aquellos asaltantes de la sede barcelonesa del Banco Central, de los cuales poco más se supo.

La gente se mueve -debo volver a lo que sostenía en el artículo precitado- a puro toque de silbato, a simple incitación ludómana. Se diría que la gente vive amargada, en una especie de marasmo soporífero, en un caldo espeso de aburrimiento profundo del cual no sabe salir sola. Cuando la vida tiene tantísimos alicientes que no pasan por engordar a la $GAE -putear a la $GAE es, precisamente, uno de ellos-, cuando hay tantas y tan necesarias causas atascadas por falta de esfuerzo, por falta de brazos, cuando hay tanta gente que dice que no tiene tiempo sin que nadie sepa en qué lo emplea, cuando hay tanto libro por leer… Puro toque de silbato: hoy os vais a entretener poniéndoos en calzoncillos y corriendo a la salud de «El Corte Inglés»; tal día, toca llenar Talgos de infinitos vagones para ir a Madrid a ver una exposición (cuando en la puta vida se les ha ocurrido ir al Prado por iniciativa propia ninguna de las veces que han visitado Madrid); tal día, lo que procede es ir a un museo tipo enseñar deleitando, para deleitarse poniendo especial cuidado (¡no lo quiera Dios!) en no aprender y en no permitir que los demás aprendan.

¿Sabéis la última del achuntamén barcelonés? Resulta que no sé qué día de estos vienen por aquí unos tíos de estos del calzoncillo, sector biciclo; sí, de esos que no paran de meterse cosas y que ya han procesado por narcotas a no sé cuántos, todo un ejemplo de lo modélico, lo educativo y lo ético de eso que llaman (y no sé por qué) deporte. Bueno, pues nuestro dilecto alcalde ha convocado al personal para que llene las calles recibiendo a los tíos estos… ¡con todo el mundo llevando algo amarillo en el atuendo! Os propongo una porra sobre el número de tontos del culo que acudirán como bobos a la cosa, pero, si queréis tener la menor posibilidad de ganar, tendréis que ponerle muchos ceros a la cifra por la que apostéis: con menos de cinco (más el primer número, por supuesto), vamos, es que ni lo intentéis. Yo apuesto por los 600.000.

Tirad por lo alto sin miedo.

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Interoperabilidad, divino tesoro

June 29th, 2009 por Javier Cuchí

De la serie: Pequeños bocaditos

Estoy subiendo a Linux-GUAI (Grupo de Usuarios Linux de la Asociación de Internautas) una serie de artículos escritos por Fernando Acero sobre la interoperabilidad, ese problema que no debiera serlo, sobre todo pensando en el 31 de diciembre de este año, cuando la Administración del Estado, las autonómicas y unas cuantas municipales, tendrán que estar en condiciones de atender al ciudadano electrónicamente y, como mínimo, respetar los estándares libres con los que el ciudadano pueda y quiera actuar. Digo que el problema no debiera serlo, pero lo es y mucho me temo que, además, lo va a ser.

Como pasa siempre en este país de políticos chusma, las leyes sólo son para hacerse la foto. El 31 de diciembre, el 2 de enero de 2010, para ser más realistas, los ciudadanos no van a poder ejercitar su derecho a interactuar electrónicamente con estándares libres (y hasta me huelo que tampoco con los otros) con la Administración pública -salvo en pequeñas islas de gestión que, de hecho, ya funcionaban ahora con las TIC a tope-, porque eso está más verde que la nuez de la fábula. Enseguida empezarán a llegar modificaciones legales (a lo mejor hasta por vía de Ley de Presupuestos Generales del Estado, que estos analfabetos son capaces de cualquier cosa) que dispondrán prórrogas y tíos Paco con la rebaja.

Mientras tanto, y como aperitivo para el sufrimiento, vamos a ir siguiendo estos documentadísimos artículos de Fernando de los que subí el primero hace días -demasiados- y hasta hoy no he subido el segundo; pero esta semana iré llevando a Linux-GUAI los otros dos. Lo que hay ahora es esto:

El problema de la interoperabilidad I parte: Las definiciones
El problema de la interoperabilidad II parte: La realidad

Que no sea nada, señores.

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