El Incordio


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Abogando por el diablo

March 16th, 2010 por Javier Cuchí

De la serie: Correo ordinario

Hace unos días, el Juzgado Mercantil número 7 de Barcelona dictó sentencia en una demanda de la $GAE contra una página de enlaces a contenidos que circulan por redes P2P. Mediante dicha sentencia, este Juzgado se adhirió a las tesis sostenidas por varios otros y por algunas audiencias provinciales, declarando que los enlaces a redes P2P no constituyen actos de divulgación ni de distribución ni de comunicación pública de estos contenidos y, por tanto, procedía desestimar la demanda y cascarle las costas al demandante, es decir, a la $GAE.

Vaya por delante, ante todo, mi felicitación a don Jesús Guerra Calderón, el demandado, propietario de la página El Rincón de Jesús y, como suele decirse en ocasiones más tristes, le acompaño en el sentimiento, es decir, mi corazón se llena de jolgorio sólo un poco menos que el de él. Y vaya por delante también mi felicitación a la estupenda asistencia letrada de don Jesús, dirigida por el ínclito amigo Carlos Sánchez-Almeida.

Pero esta sentencia ha dado lugar a una especie de fiesta generalizada por toda la Red hispana, una fiesta que me recuerda a la del final de la tercera parte (de la tercera-tercera) de «La guerra de las galaxias», como si el imperio, el emperador y el lado oscuro hubieran sido aniquilados por la jurisespada lasérica del juez García Orejudo.

No quisiera ser cenizo, pero en homenaje a aquella verdad que tanto curte por lo que jode y a la que yo siempre me acojo, debo decir que no hay para tanto, que sí procede exclamar, con el Tenorio, aquello de «¡Buen lance, viven los cielos, estos son los que dan fama!», pero que la guerra sigue y sigue tan caliente y tan incierta como antes. Se ha avanzado, es verdad, sobre todo porque esta sentencia -dictada por un juez que evidentemente conoce muy bien la red y ya empieza a haberlos, que ya iba tocando- nos ayuda a constatar que, si bien tímidamente, demasiado tímidamente, la mentalidad de los jueces se va aproximando a lo racional y razonable, sobre todo en primeras instancias, en las que los magistrados suelen ser, en general, jóvenes. A medida que se sube en el escalafon togado, el panorama se torna más siniestro. Mucho más siniestro.

Para empezar, esta sentencia es recurrible, no es firme aún. ¿La recurrirá la $GAE? Chi lo sá!. La $GAE ha seguido con harta regularidad una política que consiste en envainarse los reveses -sobre todo los reveses en el fondo teórico de su posición- para eludir la eventualidad de que el revés alcance a más severas instancias. En otras palabras -y siempre sin poner la mano en el fuego- parecería probable que las cosas se van a quedar así y que don Jesús se ha librado de la $GAE, porque la $GAE tiene en cartera montones de donjesuses que, puestos ante jueces menos sabios y menos aggiornati, les sentarán la mano bien sentada, así que uno que se pierde, veinte que se ganan. Si recurrieran la sentencia, ésta podría repetirse en sus mismos términos en una Audiencia provincial y eso, amigo, duele, porque las sentencias de las audiencias no sientan jurisprudencia, pero sí ingresan en unas bases de datos y en unos repertorios que los jueces consultan habitualmente.

Si yo fuera la $GAE, sin embargo, igual sí me planteaba recurrirla. Veréis, tengo el vicio de leer y he leído la sentencia porque, como yo antaño estudié la cosa del Derecho, no se me hace extraño, salvo por la redacción infumable del documento (¿en la Administración de Justicia cobran a los jueces un tanto por cada coma que escriben en una sentencia?), pero esa es otra cuestión. Hay una cosa que sí tienen perdida: acreditado que se trata de enlaces, acreditado que no hay ánimo de lucro y acreditado que los letrados de la $GAE olvidaron mencionar en la demanda el asunto del streaming que se ofrecía en la página en cuestión -que igual por ahí podían haber pillado a don Jesús-, que se olviden: con los antecedentes que ya hay con este tema, les iban a tumbar la apelación. El fundamento de derecho segundo de la sentencia es prácticamente de cajón y, a estas alturas de la película, yo creo que pocas audiencias provinciales habrá en España dispuestas a regalarle a la $GAE este pleito por muchos cursillos que los magistrados hayan hecho en la santa casa autoral.

Lo que ocurre es que nuestro buen juez entra seguidamente en unas veredas altamente satisfactorias para el entorno internauta -que son las que, de hecho, provocan el generalizado festejo al que he aludido- pero no acabo de entender a qué vienen ni qué falta hacen para la resolución del asunto, que podía haber quedado la mar de arregladito con los dos primeros fundamentos de derecho, sin más. Un viejo refrán recomendaba Si quieres ser feliz como me dices, no analices, muchacho, no analices. Es un consejo aparentemente un tanto analfabeto, pero a veces resulta útil. Su Señoría no resiste la tentación de explicarnos cuan estúpida es la Ley de Propiedad Intelectual y se lanza a disquisiciones muy celebrables, sí, pero no en todos los casos. Y en algunos son incluso objetables.

La cosa empieza a liarse en el fundamento jurídico tercero: «[...] Los comportamientos y actividades que se desarrollan en estas redes [las P2P] no encuentran un acomodo claro y específico en los comportamientos que prohíbe la ley, en especial la reproducción, distribución y comunicación pública sin autorización». Bueno, hasta ahí, vale, bien. Pero a partir de ahí parece que vamos entrando en terreno pantanoso: «Asimismo, respecto del límite de la copia privada, es preciso añadir que el artículo 31.2 en su redacción vigente que trae causa de la Directiva Sociedad de la Información exige que la copia privada se haga a partir de obras a las que se haya accedido legalmente, poniendo así el acento en la nota de licitud o legalidad del acceso y no en la licitud o legalidad de la fuente. En el marco de las redes P2P, resulta dudoso y complejo el examen en cada caso de la legalidad de la fuente. Pero esto no es la exigencia de la Ley de Propiedad Intelectual, que habla de legalidad del acceso y no de la fuente, de tal manera que la mayoría de los usuarios de estas redes acceden legalmente a la obra, por cuanto han celebrado un contrato lícito y válido a cambio de un precio con un prestador de servicios de la red». Esto ya es coger un poco el rábano por las hojas. El verbo «acceder» tiene una acepción, la tercera, que se viene, en efecto, a las del juez García: «3. intr. Entrar en un lugar o pasar a él». Más ¡ay! el diccionario de la RAE -que debe ser amiguete de la $GAE y por eso riman- nos fastidia con la cuarta acepción, mecachis: «4. intr. Tener acceso a una situación, condición o grado superiores, llegar a alcanzarlos. Acceder el colono a la propiedad de la finca». Advierto que, para mayor inri, las cursivas son de la propia RAE. Y ahí es donde pincha el recoveco interpretativo que, atornillando lo inatornillable, construye nuestro togado.

Seamos claros: la LPI quiso joder las redes P2P sin que se notara y lo hizo utilizando esta expresión que, sintiéndolo mucho -de verdad que lo siento mucho-, incluso sin recurrir a la voluntad del legislador se interpeta fácilmente como que el acceso legítimo sólo puede venir del permiso del autor o de la copia privada procedente de un soporte original o de una copia, a su vez, legítima, como se dice en otra parte de la ley. Curiosamente por ahí sí que se le pueden buscar las vueltas. ¿Tiene el usuario de una red P2P derecho a suponer que la copia que él, a su vez, está copiando es legítima? Porque evidencia de que es ilegítima no la tiene. ¿Qué pesa más, la presunción de legitimidad o la prudencia del buen padre de familia cuando piensa que la copia de la que él pretende copiar podría no ser legítima? ¿Es jurídicamente obligatoria la presunción de que la copia que va a ser objeto de copia es legítima en tanto no se pruebe lo contrario?

Otra parte del fundamento tercero ya es, sin embargo, más plausible: «Y es preciso recordar en este punto, que [los CD, DVD regrabables o los discos duros portátiles] precisamente por ser elementos susceptibles de recibir copias privadas de obras protegidas por propiedad intelectual, todos estos instrumentos y aparatos están gravados por el correspondiente canon o compensación equitativa a que se refiere el artículo 25 de la Ley de Propiedad Intelectual y que redunda en beneficio de la aquí actora y en general de los titulares de los derechos de explotación de la obra». Esto sí. Esto provocaría un efecto vírico en la legalidad: puesto que todos pagamos canon, todos los archivos que copiamos gozarían de la legitimidad que el canon le confiere. Nuestro buen juez le ha dado -sin necesidad alguna para el fondo del asunto, por cierto- un buen puntapié a la $GAE: si cobras canon, apenca con las descargas.

Con lo que políticamente nos jode crudos porque nuestra guerra contra el canon se volvería contra nosotros: de ganar esa guerra y conseguir tumbar el canon, adiós a la copia privada. Y resulta que nosotros, que somos así de sobrados, lo queremos todo (muy legítimamente, ojo): la supresión del canon, el derecho a la copia privada y la legalización indubitada de las descargas P2P como una manifestación digital de ese derecho de copia privada. En el otro lado, la cuestión también se encona, no os vayáis a creer: la $GAE apoya la copia privada (entendida lo más restrictivamente posible, eso sí) porque necesita la pasta del canon como el aire que respira (y más ahora, con los compromisos en que les han metido las trapazadas inmobiliarias de don Teddy); pero las discográdicas (PROMUSICAE dixit) dicen que de derecho de copia privada, nada, y si con la copia privada se cae el canon, que se joda quien proceda. En todo caso, somos los ciudadanos comunes los más perjudicados en que el canon se vincule inseparablemente al derecho de copia privada porque, en ese caso, tenemos que optar por una cosa con la otra o ni la una ni la otra. Peor aún: nosotros no optaríams por nada, nos optarían los unos o los otros.

El discurso de que la copia privada justifica las descargas es tóxico, tóxico de verdad. Así que Su Señoría nos ha hecho maldita la gracia y los que andáis vaciando botellones para celebrarlo, me parece que no os habéis enterado demasiado de la verdadera fiesta (salvo los afectados por la sentencia, don Jesús, que él sí, claro).

No quiero alargar este artículo comentando el ejercicio de trapecismo interpretativo que el juez realiza en el fundamento cuarto porque en Menéame me iban a fusilar al amanecer y no tengo ganas, pero, en fin, recomiendo al lector paciente que lo encare bien sentado en un sillón y que no deje de admirar la inmensa capacidad para hacer encaje de bolillos imaginativos que adorna al juez García Orejudo, porque yo no salgo de mi asombro al ver cómo coge una red de difusión de cualquier tipo, la mezcla bien mezclada con un procedimiento alámbrico o inalámbrico y, pataplum, nos sacamos del sombrero que la conducta por la $GAE pretendida como malévola no lo es en realidad, al no cuadrar exactamente el tipo legal por un lío de que si son muchos o pocos los que se descargan a la vez. Lo único sensato de lo que se dice en este fundamento cuarto es lo de que «difícilmente puede establecerse una necesaria relación de causalidad entre descarga y ausencia de compra de la obra». Yo aún diría más: está meridianamente claro que no hay relación alguna (esos bárbaros que tienen almacenadas tropecientas mil canciones y hepscientas mil películas que no van a tener tiempo de ver o escuchar ni aunque no hicieran otra cosa en la vida y ésta fuera larga no hubieran comprado todos esos contenidos de no haber podido bajarlos. Probablemente se hubieran dedicado a comerse los mocos, todo es entretenerse…).

A ver si nos aclaramos, queridos: las leyes las hace el enemigo, esto lo sabemos todos perfectamente. Pues bien lo que tenemos que hacer con las leyes es intentar torearlas como podamos en la medida en que nos afecten personalmente; para eso contamos con la inestimable ayuda y la larga y sabia experiencia de letrados como los del bufet Almeida, como primeros entre varios otros. Pero lo que no podemos pretender, so pena de incurrir en inocencia gorrionácea infinita, es intentar ganar nuestra lucha apoyándonos en esas leyes. Sobre todo teniendo en cuenta que, tan pronto les encontremos un agujero, procederán a taparlo rápidamente y sin vacilar en hacer trampa (y ahí tienes la disposición final primera de la LES como prueba). Nuestra lucha es política y solamente si como ciudadanos ejercemos presión política con toda nuestra fuerza podremos ganar. Y es verdaderamente posible, no ilusorio. Poco organizados (es más: anárquicos, en el peor sentido de la acepción), a menudo en desacuerdo entre nosotros (peleados, incluso, en algunos casos), cuando hemos sabido vectorizar nuestra ira, el enemigo ha acusado recibo del hostiazo. Si lográramos unos mínimos en coordinación y en ejercicio de la fuerza política, armaríamos una revolución prácticamente mundial. No creáis que exagero: nuestras esporádicas explosiones, nuestros pataleos, tienen admirada a Europa entera y cabreados a los apropiacionistas norteamericanos; los internautas españoles somos un modelo de resistencia contra el lado oscuro. Si supiéramos manejar nuestros cabreos utilizando disciplina y métodos alemanes no sólo seríamos invencibles sino incluso temibles. Y esta posibilidad -la de entrar un día en vereda y organizarnos como es debido- es nuestra verdadera y única oportunidad, oportunidad de verdad, de la que permite confiar en el éxito no como un premio de lotería sino como resultado de un esfuerzo bien dosdificado, orientado y dirigido.

La sentencia del Juzgado Mercantil númeo 7 de Barcelona, es un éxito (y un alivio) para don Jesús Guerra y un timbre de prestigio para su asistencia letrada. Pero ha sido celebrada desproporcionadamente por aquellos que quizá hubieramos debido buscarle -los hubiéramos encontrado- efectos negativos. No por mala fe del juez, al contrario, sino por lo que he dicho en el párrafo anterior: no será la ley, manejada por el enemigo, la que nos lleve al triunfo.

Será, únicamente, nuestra propia fuerza.

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Arroz de resopón

March 12th, 2010 por Javier Cuchí

De la serie: Los jueves, paella

Justito justito. Será una paella de resopón y probablemente entre ya en viernes, pero entrará. El día ha sido espeso y no me ha dejado apenas tiempo, pero esta vez el guión sí estaba hecho y eso es lo más difícil, así que, a escribir y a subir pitando…

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También fue jueves aquel día. Hoy, 11 de marzo, hace seis años que este país vió la bestialidad más grande que se ha conocido desde la guerra civil. Y no es que entre 1939 y 2004 no se hicieran barbaridades, pero esta, doscientos muertos de un sólo golpe, decenas de heridos muy graves y vete a saber las secuelas que habrán quedado, tanto físicas como psíquicas, es mucha barbaridad.

Es de aquellos acontecimientos que hacen que uno recuerde lo que hacía cuando supo de ellos. Yo iba en un autobús camino del trabajo, cuando me llamó mi mujer para decirme que habían atentado contra un AVE cerca de Madrid. Me entró un escalofrío: el AVE está bajo vigilancia militar. Si los de ETA (¿quién iba a ser, si no?) habían logrado romper esa vigilancia, cuando más felices nos las prometíamos sobre su decadencia, el problema había vuelto a engordar como en la peor pesadilla imaginable.

Una vez en el trabajo, una radio puesta empieza a emitir aclaraciones: no ha sido un AVE sino un tren de Cercanías; y de hecho, no uno sino varios: dos, quizá tres. Y, bueno, todos los detalles que recordamos ahora. Una compañera de entonces, de izquierdas, cagándose en todo: el oportuno atentado que vuelca cestos de votos de indecisos para la derecha. Pero… al poco rato, desde el ámbito abertzale se niega la autoría de ETA. Bueno ¿y por qué los íbamos a creer? Pues porque no tiene sentido cometer una barbaridad que requiere tiempo y planificación para arrepentirse de haberla ejecutado apenas minutos después; porque ETA nunca niega sus atentados por más impopulares que resulten. Pero los medios acusan directamente a ETA: sobre todo, los de PRISA, voceras del sector perjudicado por el asunto de los cestos de votos.

Pero de todo, de todo ello, me queda principalmente lo que verdaderamente me emocionó, lo que logró ponerme un nudo en la garganta: Pilar Manjón, propinando la gran bronca a los diputados (mientras el infausto Zaplana leía ostensible y desafiantemente el periódico). Una bronca que los diputados se pasaron por el forro de los cojones, igual que han hecho sus colegas catalanes hace pocos días ante la bronca de los bomberos. Todo es inútil: ellos están por encima del bien, por encima del mal y, sobre todo, por encima de toda ética.

Hoy han guardado un minuto de silencio. Es verdad que no son aquellos diputados, al menos, no todos. Pero es igual, son de la misma ralea y no desmerecen de sus antecesores. ¿Qué habrá pensado la señora Manjón ante ese minuto de silencio que sabe a farisaico? No lo sé, pero me lo imagino.

Y luego se quejan de desafección.

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¡Extra, extra! Ha salido la lista Forbes de los muchimillonarios más muchimillonarios del mundo, que son los de siempre y unos cuantos más que se han añadido. El número de muchimillonarios, crece de año en año. No quepo en mí de gozo. Este año hasta han entrado muchimillonarios de China. La vida es bella.

Nuestro abanderado de todas las Españas adineradas, el gallego de Zara, ha subido más puestos en la clasificación y se anda -me ha parecido oir- por el número 20 o en sus proximidades. ¡Joder, qué grande es España! Por un lado, un gallego en el 20 de Forbes; por otro, un santanderino, cabalgando en su banco, comiéndose con patatas a la rubia Albión… Es que nos quejamos de vicio. Paro, congelación salarial, crisis, mileurismo, juventud a la intemperie… ¡Paparruchas! Nuestros muchimillonarios y nuestras muchinacionales avanzan arrolladoramente. Toda Hispanoamérica, por ejemplo, se caga en Telefoníca como un solo hombre. E idéntico sentimiento de gratitud albergan hacia AGBAR o ENDESA, por poner a otras dos adelantadas glorias nacionales. Y aunque no ha sido dicha tal cosa, no me extrañaría -y si no es hoy, será mañana- que la vanguardia de las Catalunyas irredentas, la Caixa entrañable, les aterrice por allí a ponerles peaje a las autopistas o lo que sea sobre lo que circulen los coches en aquellos parajes (y luego que le echen a Chávez la culpa, como aquí, que nos cagamos en Madrid cada vez que pagamos un peaje, sin darnos cuenta de que el enemigo está dentro).

No deja de ser ilustrativo el nuevo number one de la lista: un mexicano. O sea, un ciudadano de uno de los países más deprimidos de América, corroído por el nacotráfico y por una corrupción endémica que alcanza niveles que hay que verlo para creerlo (los hay que no se lo creen ni habiéndolo visto). Ya dicen que en chino la palabra «crisis» significa «oportunidad»: que se lo digan al caballero en cuestión. Más jodido está un país, más ascienden sus millonarios. También asciende el número de pobres -de pobres de verdad, de los de pasar hambre canina cada día- pero eso no tiene importancia, los pobres no cuentan salvo cuando hay que montar un partido de fútbol o un festival rock para recaudar alguna pasta en su… ¿beneficio? Precisamente leía no hace muchas horas que una buena parte de la pasta recaudada en ayuda para Etiopía (los shows aquellos de Bob Geldof y otros cantamañanas) acabó financiando armas. Claro que las armas no son nada ajenas a una importante parte de la pasta que ilustra el ranking de Forbes.

Y lo de que un país oficialmente comunista genere millonarios es como para que la mortadela de Lenin se levante del escaparate en que lo tienen y baje a verlo.

Es el signo de los tiempos: antes, los millonarios se ocultaban vergonzantemente, repugnaban aparecer en los periódicos (los muchimillonarios de verdad, no los ricachoncillos de medio pelo de la farándula) y nadie sabía que cara tenía un banquero, salvo sus colegas del consejo. Hoy, no sólo aparecen bajo rutilantes focos, sino que jugan como una especie de liga de campeones.

Ya veo a Bill Gates llamando a Steve Ballmer: «Oye, macho, sube los precios del Window$ y baja los sobornos de los políticos; recáudame más pasta, chaval, que un mexicano me ha desbancado del primer puesto del Forbes y tengo a la Beli de los nervios».

Qué dura es la vida del riquísimo…

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Anteayer cayeron en Barcelona -dedito arriba, dedito abajo- diez centímetros de nieve. Al cabo de media hora haber caído, ya eran veinte centímetros de mierda, pero esa es otra cuestión. Lo importante para el caso es que toda la ciudad quedó paralizada y bloqueada, tanto para salir como para acceder a ella: niños pernoctando en sus colegios, gente alojándose en hoteles (o en instalaciones deportivas, o en hospitales)… la recaraba.

Fuera de Barcelona, las cosas no iban mejor (claro que fuera de Barcelona los centímetros de nieve fueron ya muchos más): miles y miles de coches atrapados en carreteras impracticables, miles de conductores que no podían ni ir ni volver, nuevamente polideportivos sirviendo de improvisada acampada… el descojono.

¿Una tormenta de improviso? No, nada de eso: todos los servicios meteorológicos -con mucha mayor precisión, por cierto, la Agencia Nacional de Meteorología que el MeteoCat- avisaron de que iba a pasar esto con 72 horas de antelación.

La noche antes, los meteorólogos televisivos decían que pocas veces se daba una unanimidad tan exacta entre todos los modelos matemáticos de predicción, es decir, que lo que iba a pasar estaba cantado. Pero bien cantado, más allá de toda duda.

¿Y los políticos? ¿Y los gestores de la atención a emergencias? Pues en bragas. Ni más ni menos. Nadie indicó a las empresas que liberaran a sus trabajadores con tiempo para evitar verse pillados por el temporal (ni las propias administraciones públicas lo hicieron), nadie cerró los colegios, nadie preparó medidas de tráfico extraordinarias (con lo que las rondas quedaron colapsadas ipso facto y durante muchísimas horas)… nadie hizo nada, salvo a toro pasado. Y aún lo que se hizo, se hizo mal: descoordinación, desconcierto…

Luego lo de las infraestructuras, que es un cachondeo, para qué decir más. Y no vamos a echarle las culpas al Gobierno central, no. Las culpas las tiene el Gobierno de aquí, que después de la que liaron hace dos años y medio ENDESA y Red Eléctrica, les dieron el viático con una multita inferior a lo que se gasta en puros en un mes el consejo de administración y, claro, a las compañías estas no hay que andarles con multitas, hay que hacerles pagar gusto y ganas, obligarles a pagar daños y perjuicios tasados con muy holgada suficiencia y encima un multón de los que les frenen en seco el incremento de los beneficios. Pero nada, como ya sabemos para quién trabajan en realidad los políticos, ya sabemos también lo que hubo: la multita de mierda.

Como consecuencia de tan relajado trato, la han vuelto a armar y, en estos momentos, pasadas más de cuarenta y ocho horas desde la tormenta, aún hay treinta mil abonados, o sea, más de cien mil ciudadanos en diversos pueblos de la Costa Brava sin electricidad (y con el relente que está haciendo…). Y aún FECSA-ENDESA tiene el morro de aprovechar para arrimar el ascua a su sardina diciendo que con la MAT (la conducción eléctrica de muy alta tensión, que ha levantado una oposición tremenda por su impacto ecológico) esto no habría pasado.

Y que vayan montando referendums, que vayan…

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Bueno, pues hasta aquí hemos llegado. A duras penas, pero hemos llegado. ¿Qué tal estará la paella como desayuno? Pues depende, imagino: si uno ha estado conduciendo toda la noche con sólo un bocadillo de atún encima, un buen plato de arroz igual le sienta de maravilla. En todo caso, chicos, es lo que hay.

¿Y la semana que viene? La semana que viene estaré el jueves en Asturias, donde acabaré de atar junto con Víctor Domingo una cosita que… ya veréis, ya. Por tanto, no puedo asegurar la paella.

Voy a intentarlo. A ver si la saco el miércoles o -posibilidad muy remota- hago como esta semana, que dejo el guión listo y la remato en una horita el jueves por la noche, en el hotel. Pero no puedo aseguraros nada.

De todos modos, id viniendo, que igual os cuento algo ;-)

Y, por lo demás, aquí seguirá «El Incordio» dando caña. Como siempre.

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Planicie intelectual

March 10th, 2010 por Javier Cuchí

De la serie: Pequeños bocaditos

Hoy he vuelto a casa más pronto de lo normal al haberse suspendido la clase de un cursillo al que tenía que asistir. Y aprovechando la cosa, he dado rienda suelta a la vena cocinillas y he sintonizado el programa de Arguiñano, que debe hacer mil años que no lo veo, quizá porque, además de que lo emiten a horas imposibles, no me acaba de chocar la forma de cocinar de este hombre. Pero la cocina es la cocina y una receta bien vale un Arguiñano en (ecs) telahinco. Hoy tocaba «Patatas a la riojana» y, sí, muy correcto y muy tal, pero este hombre no tiene duende, le falta… un… un no sé qué, no sabría cómo definirlo.

Lo grande viene ahora.

Mientras decido qué me hago para comer, dejo la tele encendida sin darme cuanta. Y estando en la cocina oigo los gritos de un par de tías que se están llamando el nombre del puerco. Entreabro la ventana y no, no son vecinas; voy hacia el salón y, vaya, es la tele. ¡Qué raro que en telahinco haya un par de pájaras chillándose! Por aquello de la hipnosis de la imagen, me quedo un minuto clavado delante de la cosa. Es un programa que consiste en que dos personas que sostienen un litigio -de hecho, no judicial- por cosas que imagino de pequeña cuantía, recurren a un arbitraje auspiciado por la telecadena. Bueno. Así que hay ahí una abogada la mar de resultona, del ilustrísimo colegio de vete a saber, que hace de árbitro de la cuestión, ante la cual -muy togada y muy puestita- las dos tías se tiran los trastos a la cabeza (incidentalmente: me da la impresión de que este litigio está más prefabricado que las tetas de la Obregón, pero, en fin…). Hasta aquí, bueno, vale, un unreality show baratito, low cost, como si dijésemos. Voy a cambiar de cadena para poner un canal de noticias full time cuando suena el teléfono, que me entretiene dos o tres minutos. Cuando vuelvo a la realidad, veo que hay un montón de tíos -y alguna que otra tía- más horteras que una bailarina con chirucas, gritando como posesos e insultando de mala manera ora a una litigante, ora a la otra, ora a ambas, ora entre ellos y no se salva ni el regidor.

Alucino. ¿Qué es esto?

Daos cuenta, sufridos lectores: después de que las partes cuenten a la abogada-árbitro su respectiva versión de los hechos (tan absolutamente gilipollescos que no vienen al caso), entregan el programa a una chusma que hay ahí sentada y que empieza a desbarrar aludiendo, además, a hechos y circunstancias que ni se han mencionado ni pueden conocer. Así, a saco. Y en base a esas circunstancias -que ni de presuntas llegan a tener entidad- ponen a parir, ya digo, a una, a otra, a ambas y, finalmente, entre sí mismos. Mariquitas de carnaval barato, verdaderos macarras de barrio chino, tontos del pueblo, marujas descangayás, algún que otro despojo socio-laboral… todos ahí, a barullo, berreando como histéricos. Dos supuestos presentadores andan por ahí metiendo maraña. No muy hábilmente, por cierto: también deben ser presentadores low cost.

Ni ánimo para cambiar de canal. Cierro la tele sin esperar a que la cosa acabe, perdiéndome el sapientísimo laudo de la señora de la toga, pero me da igual. Ni canal de noticias ni nada.

¿Será posible que esa porquería tenga audiencia? Sí, seguramente muchos me diréis que si viera otras cosas que hacen en esta cadena -sobre todo en esta- y en muchas de las otras, y viera la audiencia que llegan a tener, no sería sorprendente que esa cosa tuviera sus seguidores (y hasta podríamos llegar a concluir que, dentro de la telebasura, no es de lo más maloliente… quizá). Pero no dejo de sorprenderme de hasta dónde puede llegar el electroencefalograma plano de tantísima gente. Me pregunto, inluso, cuál será el más allá que llegarán a inventar cuando toda esta basura esté tan cotidianizada que la gente empiece a dejar de hacerle caso. Yo apuesto por las ejecuciones de pena de muerte en directo (¿qué tal un gran hermano en el corredor de la muerte? Audiencias millonarias gaantizadas).

Claro, viendo estas cosas, no me extraña que este país vaya como va y que pasen las cosas que pasan.

Y ahora que lo pienso: ¿no será el actual Gobierno un programa de Tele 5?

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Alarma

March 9th, 2010 por Javier Cuchí

De la serie: Rugidos

Los servicios de protección civil avisan a los ciudadanos de Barcelona de que se acerca un escuadrón comanche de aviones de combate para bombardear la ciudad. Los barceloneses, sin embargo, no deben dejarse llevar por el pánico, puesto que están bien entrenados: bastará con que se hagan a la idea de que van a caer diez centímetros de nieve o se va a romper un cable en una subestación de FECSA-ENDESA.

No pasa nada.

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Hasta aquí de mierda

March 8th, 2010 por Javier Cuchí

De la serie: Rugidos

En Barcelona, la nieva no es blanca, la nieve es marrón, marrón mierda, marrón como el que sufrimos los ciudadanos. Los autobuses inutilizados, parte del metro (Ferrocarrils de la Generalitat), averiado (¡y estos acróbatas quieren gestionar las cercanías de RENFE, los muy ineptos!), la otra parte del metro, colapsada. La ciudad, como siempre que pasa cualquier tontería, patas p’arriba. Mucho diseño, mucha marca BCN y mucho guano, pero a la hora de la verdad, esto es lo que hay.

Toda la ciudad hecha un pingo por cuatro copos y cuatro dedos de nieve (eso, donde ha llegado a haber cuatro dedos). A estas alturas, la nieve, convenientemente pisoteada, es ya una pastuza gris y resbaladiza. Muchos fémures van a saltar esta tarde. Y como esta noche hiele, los servicios de urgencias no van a saber ni por dónde empezar mañana.

¡Y encima el tío ese quiere traernos (imponernos) unas olimpiadas de invierno!.

Si dentro de un año volvemos a meter en la alcaldía a este tipo y a su gente, todo lo que nos pase lo tendremos bien merecido.

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